

La candidata independiente Catherine Connolly ha ganado las elecciones presidenciales de Irlanda con un amplio margen, superando a su rival Heather Humphreys y convirtiéndose en la décima presidenta del país.
Catherine Connolly, una diputada independiente de 68 años, se convertirá en la próxima presidenta de Irlanda después de una victoria contundente en las elecciones presidenciales celebradas este sábado. Su rival, Heather Humphreys, del partido Fine Gael, concedió la derrota antes de la declaración oficial de resultados.
Según los primeros recuentos de votos, Connolly obtuvo resultados abrumadores en múltiples circunscripciones. En Cork South Central, ganó el 65% de los votos, mientras que en Louth alcanzó el 68.65%. En algunas circunscripciones, su ventaja sobre Humphreys superó la proporción de dos a uno.
Un elemento destacado de estas elecciones ha sido el número inusualmente alto de votos nulos. Se estima que alrededor de 200.000 personas pudieron haber anulado deliberadamente sus papeletas, lo que representa aproximadamente el 10% de los votantes. El líder de Fine Gael, Simon Harris, describió esto como una 'campaña organizada' para anular votos.
Connolly, una ex abogada que ha sido diputada independiente desde 2016, recibió el apoyo de varios partidos de izquierda, incluyendo el Partido Laborista y los Socialdemócratas. Durante su campaña, fue crítica con temas internacionales como la situación en Israel.
La presidencia irlandesa, aunque principalmente ceremonial, representa al país en el escenario internacional y desempeña un papel constitucional importante. Connolly sucederá a Michael D. Higgins, quien ha sido presidente desde 2011 y ha cumplido el máximo de dos mandatos de siete años.
En su primera declaración tras la victoria, Connolly manifestó estar 'absolutamente encantada' con el resultado y agradeció a todos sus votantes, incluso a aquellos que no la eligieron. El líder de Sinn Féin, Mary Lou McDonald, describió la victoria como 'impresionante' y una 'victoria del optimismo sobre el cinismo'.
La elección marca un momento significativo en la política irlandesa, con Connolly convirtiéndose en la tercera mujer en ocupar la presidencia del país.