China enfrenta dilema estratégico ante guerra en Irán: ganancias diplomáticas versus vulnerabilidad energética
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China enfrenta dilema estratégico ante guerra en Irán: ganancias diplomáticas versus vulnerabilidad energética

El conflicto desatado en Oriente Próximo tras los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán el 28 de febrero de 2026 ha colocado a China en una posición contradictoria, según análisis de expertos internacionales. Mientras Pekín refuerza su imagen de potencia estable frente a Washington, la guerra expone su dependencia crítica del Golfo Pérsico, por donde transita casi la mitad de sus importaciones petroleras y el 31% de su gas natural licuado.

INTERNACIONAL15 MAR 2026

La escalada militar en Oriente Próximo está generando efectos contradictorios para China. Por un lado, la crisis permite al gigante asiático proyectar una imagen de potencia responsable frente a un Estados Unidos cada vez más impredecible. Por otro, revela vulnerabilidades estructurales en su modelo económico, particularmente su dependencia de una región ahora sumida en conflicto armado.

Desde el inicio de la escalada bélica, la diplomacia china ha reclamado el retorno a las negociaciones y ha condenado las operaciones militares de Washington y Tel Aviv, según reporta El País. El ministro de Exteriores chino, Wang Yi, ha subrayado que la guerra "no debería haber ocurrido" y que "no beneficia a nadie", y ha pedido que se respete la soberanía iraní pero también la seguridad e integridad territorial de los países del Golfo atacados por Teherán.

Ese discurso encaja con el relato que Pekín lleva años cultivando: el de una potencia prudente que prioriza la estabilidad y el comercio frente al intervencionismo militar. Los ataques contra Irán refuerzan esa narrativa y alimentan la comparación que China busca proyectar en buena parte del llamado Sur Global: mientras Estados Unidos impone su parecer por la fuerza, China insiste en que "nunca interviene en los asuntos internos de otros países", una muletilla que los portavoces de Exteriores repiten casi a diario en ruedas de prensa.

"La imagen de China se está beneficiando claramente", sostiene Inés Arco, investigadora de CIDOB especializada en Asia Oriental, según El País. Arco considera que la posición firme de Pekín frente a algunos movimientos geopolíticos de la Administración Trump, desde la guerra arancelaria lanzada el año pasado hasta la intervención en Venezuela de enero, ofrece una "visión continuista" frente a los cambios bruscos que caracterizan la política exterior estadounidense.

No obstante, la situación en Oriente Próximo también está reforzando otra constante en la política exterior china: no ir más allá del plano retórico. Pekín ha criticado duramente los ataques contra la República Islámica, pero ha evitado ofrecerle compromisos de seguridad. La misma actitud que asumió tras la extracción forzosa de Nicolás Maduro.

A pesar de tener firmada una "asociación estratégica integral" con Irán, que eleva la relación bilateral dentro de los estándares diplomáticos chinos, el pacto no implica una alianza militar real, según El País. Es similar a lo que ocurre con la "asociación estratégica a toda prueba y todo tiempo" sinovenezolana, un reconocimiento político lleno de florituras que resulta útil a China en el plano simbólico, pero que se limita a la cooperación económica.

"Pekín no está dispuesta a desempeñar un papel de seguridad regional lejos de sus fronteras", opina Ja-Ian Chong, profesor asistente de Ciencias Políticas de la Universidad Nacional de Singapur, según El País. No obstante, la guerra podría aumentar las expectativas sobre China. "Si los países del Golfo llegan a sentirse decepcionados con la estrategia estadounidense (que en su opinión ha terminado convirtiéndolos en objetivos de Irán) podrían pedir a China que asuma un papel mayor", señala Yun Sun, directora del programa de China en el centro de estudios Stimson. Sin embargo, añade, esa presión difícilmente cambiará la posición de Pekín: "un rol de seguridad más amplio implicaría asumir responsabilidades para las que China aún no está preparada".

Esta cautela responde a la lógica de las autoridades chinas de preservar relaciones con todos los actores regionales, independientemente de cómo evolucione el conflicto. Y es que, aunque China es el principal comprador de crudo iraní (se calcula que absorbe el 80% de sus exportaciones, que en gran medida se liquidan en yuanes para evitar las sanciones estadounidenses), sus intereses en Oriente Próximo se extienden mucho más allá de Teherán, según El País.

China importa tres veces más petróleo de Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait, Omán y Bahréin que de Irán, y el volumen de comercio con Riad es casi diez veces mayor que el que mantiene con Teherán, según estimaciones del centro alemán de estudios MERICS citadas por El País.

Pero el petróleo está lejos de ser el único activo estratégico chino en la región. En los últimos años, empresas chinas han ampliado sus inversiones en infraestructuras, energías renovables y proyectos industriales en Arabia Saudí y Emiratos, y varias de estas petromonarquías se han convertido en socios clave para la expansión de centros de datos y proyectos vinculados a la inteligencia artificial, según El País.

El peso económico de la región para Pekín explica buena parte del tono prudente que ha adoptado. "Irán no es Rusia para China", resume en su última newsletter Claus Soong, analista de MERICS, según El País. "Por mucho que Pekín hable de ser una fuerza estabilizadora en un mundo turbulento, su respuesta limitada a esta crisis muestra los límites de esa retórica cuando entran en juego sus intereses económicos y su relación con Estados Unidos y los países del Golfo".

En realidad, la principal preocupación para Pekín es el bloqueo del estrecho de Ormuz, un paso marítimo por el que transita casi la mitad del petróleo que importa China y alrededor del 31% de sus compras de gas natural licuado, según El País. La Comisión Nacional de Desarrollo y Reforma, el máximo regulador económico del país, elevó a principios de marzo el techo limitado de los precios minoristas de la gasolina y el diésel tras el repunte del crudo, en el mayor incremento desde 2022. Aun así, el sistema estatal de control de precios y las reservas estratégicas están amortiguando por ahora el impacto directo sobre los consumidores.

Alicia García-Herrero, economista jefe para Asia-Pacífico de Natixis, explica que China llevaba tiempo preparándose para un posible choque energético y, solo en los dos primeros meses de 2026, sus importaciones de petróleo aumentaron un 16%, según El País. Se estima que China tiene reservas suficientes para cubrir entre tres y cuatro meses de importaciones, por lo que, a corto plazo, cuenta con cierto margen de amortiguamiento. Además, algunos buques vinculados a China siguen cruzando el paso de Ormuz, según datos de seguimiento marítimo analizados por la consultora energética Kpler.

Parte de esa resiliencia responde también a la transición energética impulsada por Pekín en las últimas dos décadas, ya que el rápido despliegue de renovables y la electrificación del transporte han reducido gradualmente la exposición de su economía a las sacudidas del mercado petrolero, según El País.

Pero el Golfo es, además, un nodo crítico para otros productos energéticos y químicos esenciales. Por Ormuz circulan grandes volúmenes de fertilizantes y azufre, y cualquier interrupción amenaza con encarecer insumos básicos para la agricultura y la industria en buena parte de Asia, según El País.

Arco de CIDOB apunta que, por tanto, el conflicto expone otra vulnerabilidad estructural del modelo chino: su fuerte dependencia de las exportaciones, según El País. Esta investigadora advierte de que el encarecimiento de la energía, los fertilizantes y el transporte marítimo podría desencadenar un efecto dominó que amenaza con golpear a varias economías asiáticas fuertemente dependientes del Golfo (desde India hasta Indonesia, pasando por Japón o Corea del Sur). Y, si esas economías se desaceleran, también lo hace la demanda de productos chinos.

La crisis también podría tener implicaciones estratégicas más amplias. La creciente implicación militar de Estados Unidos en Oriente Próximo obliga a Washington a redirigir recursos y sistemas de defensa hacia la región, lo que podría reducir temporalmente su atención en el Indo-Pacífico, donde se concentra la principal rivalidad con China, según El País. Aunque, a largo plazo, ese desplazamiento de prioridades puede jugar a favor de Pekín, a corto, está complicando la agenda diplomática entre ambas potencias.

La escalada coincide con los preparativos de la visita que Trump tiene previsto realizar a China a finales de marzo, pero la guerra está absorbiendo gran parte de la atención de la Casa Blanca y restando margen a la preparación de discusiones sensibles que Pekín esperaba abordar, como Taiwán y las ventas de armas estadounidenses a la isla, enfatiza Arco, según El País.

Entre los expertos predomina la idea de que China obtiene poco de esta crisis. "Lo único que puede ganar es reforzar su discurso de potencia pacífica", resume el profesor Chong, según El País.

La situación plantea un dilema fundamental para la estrategia china: mientras busca proyectarse como alternativa estable al liderazgo estadounidense, su modelo económico sigue profundamente vinculado a regiones volátiles donde carece de capacidad militar para proteger sus intereses. Esta contradicción entre ambiciones geopolíticas y vulnerabilidades estructurales define la incómoda posición de Pekín en el actual conflicto de Oriente Próximo.

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