

La isla caribeña atraviesa uno de sus momentos más críticos con cortes de electricidad que superan las 48 horas continuas, 96.000 pacientes en lista de espera quirúrgica y una crisis alimentaria que obliga a los cubanos a vivir en constante incertidumbre, mientras el gobierno anuncia medidas de apertura económica en medio de las amenazas del presidente estadounidense Donald Trump de tomar la isla.
Centro Habana permanece sumido en la oscuridad cada viernes por la noche, con apenas velas o farolillos solares iluminando las casas coloniales deterioradas por el paso del tiempo, según reporta El País. Solo el sexto piso del hotel Deauville, sin turistas, mantiene encendida la música de son y timba que reúne cada fin de semana a un centenar de cubanos y algunos extranjeros.
La crisis energética ha alcanzado niveles extremos. Francis Hernández, de 66 años, dejó de contar los días sin agua tras el decimoquinto y ha vivido apagones de hasta 48 horas seguidas en su casa del barrio del Vedado, según el medio español. "Lo que tenemos ya no son apagones, sino alumbrones de vez en cuando", afirma resignada.
Los cortes de electricidad llevan años modificando las rutinas de millones de cubanos. "Dúchate corriendo, que se va. Cocina rapidito, que se va. No mires tanto Instagram, que se te va. Es una ansiedad constante", explica un joven al diario. Esta frase "alumbrones de vez en cuando" era común durante el Periodo Especial, la crisis económica que paralizó la isla tras el colapso de la Unión Soviética en 1991.
Elaine Acosta, investigadora asociada al Cuban Research Institute de Florida International University, subraya las consecuencias para la salud mental de vivir en permanente incertidumbre. "Hay una preocupación permanente por cómo cumplir los quehaceres diarios que sostienen la vida", señala según El País. Acostumbrarse a vivir al límite, inventar dispositivos para cargar el celular o no poder hacer planes a futuro es un lastre "demasiado negativo", explica.
La desigualdad social se ha profundizado desde los años noventa hasta la fecha, según Acosta. "El impacto de las políticas sociales que deberían proteger a los sectores más vulnerables no está teniendo el efecto esperado. El Estado cubano ha ido retirando cada vez más el presupuesto a la protección social y, por ello, el patrón de vulnerabilidad social se ha amplificado", lamenta la investigadora.
Margarita Díaz, de 59 años, tuvo que tirar el pollo y el salmón de su congelador este martes. "Ya no aplica eso de 'si la carne está barata compra 10 libras y las guardas'. Toca ir día a día. Después de estos últimos apagones decidí que no compro más nada hasta que se acabe lo que tengo", explica desde su casa en el Vedado, según el reportaje. En su nevera, que debe vaciar y limpiar cuando los apagones superan las seis horas, hay más medicamentos que comida. Las pastillas para dolores de rodilla, cabeza y el tratamiento oncológico de su marido Aurelio Pedrosa, de 74 años, ocupan el espacio principal.
La pareja ha dejado sus dos coches acumulando polvo. El escaso combustible que tienen está reservado exclusivamente para las citas oncológicas de Aurelio, reporta El País.
La crisis sanitaria alcanza dimensiones alarmantes. La viceministra primera de Salud, Tania Margarita Cruz Hernández, reveló este viernes que 96.000 pacientes están en lista de espera para alguna intervención quirúrgica, de los cuales 11.193 son menores de edad, según el medio. Se espera que esta cifra alcance los 160.000 a final de año.
Pese a la situación, los hospitales se han mantenido abiertos. Este domingo, la isla recibirá cientos de paneles solares valorados en medio millón de dólares, donados por el Convoy Nuestra América, que busca aplacar el impacto de la orden ejecutiva del presidente estadounidense Donald Trump de imponer una asfixia energética en la isla desde finales de enero, según El País. Estos sistemas serán instalados en varios hospitales del país.
La desigualdad energética marca diferencias profundas entre los cubanos. Existe un grupo de extranjeros, empresarios y taxistas con acceso directo a divisas que pueden importar paneles solares de Panamá o Estados Unidos, con los que también cargan coches o motos eléctricas. Estos son los vehículos que más circulan por la capital, mientras muchos de los clásicos ladas permanecen aparcados sin combustible ni turistas a los que transportar, reporta el diario español.
El restaurante italiano El Nero di sepia, uno de los más distinguidos del país, genera prácticamente el 100% de su energía con una turbina eólica vertical y 26 paneles solares. "Es verdad que en Italia no tendría problemas de luz, pero aquí tengo todo lo que no tendría allá", reconoce el gerente, según El País. "En Cuba está todo por hacer".
El negocio de paneles solares se ha convertido en el más lucrativo del momento. Empresas como Suncar aseguran que instalan al menos tres sistemas diarios, con precios que oscilan entre los 2.000 dólares y los 78.000, según el reportaje.
Este lunes, el gobierno cubano anunció un paquete de medidas de mayor apertura económica, como un guiño político en medio de las conversaciones de La Habana con Washington. Las medidas otorgan permiso a ciudadanos cubanos en el exterior para invertir en empresas privadas en la isla, pues hasta ahora no podían ser socios de las más de 10.000 micro, pequeñas o medianas empresas del país, según informó el ministro de Comercio Exterior e Inversión Extranjera de Cuba, Oscar Pérez-Oliva.
La actualización de la norma también incluye "grandes inversiones, especialmente en infraestructuras", según anunció Pérez-Oliva. Sin embargo, en la isla la noticia generó desconfianza entre varios empresarios. "No creo que eso se materialice", señala Antonio Pozuelo Núñez, dueño de una empresa de coches eléctricos en La Habana que desde hace tres semanas también instala paneles solares, según El País.
La crisis alimentaria obliga a cambios drásticos en los hábitos de consumo. Los cubanos ya no pueden almacenar alimentos por los prolongados apagones que echan a perder la comida refrigerada, reporta el medio español.
Pese a las amenazas constantes de Trump de tomar la isla, la vida cotidiana continúa. A medianoche del viernes, nadie en el hotel Deauville recordaba que el presidente cubano Miguel Díaz-Canel prometió hace apenas unas horas "dar la vida por la defensa de la Revolución", según El País. El miedo y la incertidumbre se pierden entre el baile de casino, con la cúpula del Capitolio iluminada de fondo.
"El cubano sabe que las bombas pueden caer en cualquier momento, lo sabemos desde hace décadas. Y por eso bailamos, por costumbre", dice Yessica, una de las asistentes a la peña musical. "Pero si caen mañana, hoy al menos nos lo bailamos", añade.
Los enamorados siguen llegando al Malecón a tomar cerveza Cristal, las quinceañeras continúan tomándose fotos frente a las iglesias, los pequeños empresarios siguen abriendo negocios de comida importada y quienes no pueden llegar en guagua por la escasez de combustible, caminan. Hasta las protestas contra el gobierno son espontáneas, reporta el diario.
"Hoy es un día más en nuestra vida", reconoce Haris, con un ron en la mano. "Desde fuera hablan como si esto fuera el límite o el final de algo, pero aquí llevamos viviendo al límite muchos años, adaptándonos a no tener nada, a esperar que lleguen remesas… Uno tiene que seguir viviendo", explica según El País.
La sensación que reina en la isla es similar a la fábula de la rana hirviendo, que no percibe en qué momento se cocinó porque el calor llegó gradualmente. Muchos cubanos sienten "que subieron un poco más el volumen", pero que ya estaba alto, según el reportaje. Un análisis de The New York Times que muestra el mapa de apagones en 2025 y 2026 revela una diferencia mínima entre ambas imágenes.
En el barrio del Vedado convive una élite acomodada con clase obrera y cientos de trabajadores del Estado, cuyos sueldos no alcanzan los 20 dólares mensuales. Francis Hernández, nacida en 1959, cobra 13 dólares mensuales. "Tengo la edad de la Revolución", cuenta orgullosa, según El País.
Su madre trabajó como empleada del servicio "de unos blancos ricos" a dos cuadras de donde ahora vive ella. "¿En qué país del mundo una mujer negra como yo, iba a poder vivir en el mismo barrio donde su mamá limpió casas?", pregunta emocionada. "Ningún sistema es perfecto, tampoco el cubano, pero Cuba es nuestra casa y la tenemos que limpiar nosotros. Nadie de fuera", afirma.
En su casa, las goteras han empapado el suelo y agrietado las paredes, pero comprar arena o cemento para arreglarlo es misión imposible para la mayoría en Cuba. "Al que diga que el bloqueo no existe, lo invito a pasar a mi casa", dice esta abogada tras unos lentes oscuros que alivian las migrañas sin tratar, según el reportaje. "Existe y lo vivimos en carne propia cada día de nuestras vidas".
Olga Cubertier, enfermera y lideresa comunitaria del Consejo Popular del Vedado, cuestiona: "Si tan malo es el comunismo, ¿por qué no levantan el bloqueo y dejan que nos caigamos nosotros solos?", según El País.
Esta comunidad de vecinas unidas en la Federación de Mujeres se reúne cada sábado en La casa del moro para cantar clásicos cubanos. "Nada de reparto (reggaeton cubano)", cuentan divertidas, reporta el medio. Cubertier presume de un video de su sobrina cantando en uno de los encuentros anteriores.
"El cubano sabe mejor que nadie gozarse la vida, con o sin luz", suspira Cubertier al concluir el clip. Y matiza: "Eso no significa que no nos duela todo lo que nos pasa, porque a mí se me desgarra el alma cuando sé que mi vecina no tiene medicinas o que a la otra no le alcanza para comer. Duele y duele mucho, pero tenemos que seguir viviendo. ¿Qué más hacemos?", concluye según El País.