

El economista Antón Costas sostiene que las acciones bélicas y comerciales del presidente estadounidense Donald Trump, incluida la guerra contra Irán, no desencadenarán una recesión económica mundial pero buscan debilitar a aliados y rivales mediante la incertidumbre para mantener la hegemonía de Estados Unidos, según un análisis publicado en El País.
Las guerras emprendidas por el presidente estadounidense Donald Trump, tanto bélicas como comerciales, tienen como objetivo fundamental crear incertidumbre económica y política global sin necesariamente provocar una recesión mundial, según el análisis del economista español Antón Costas publicado en El País.
Costas plantea dos preguntas centrales: si la guerra de Irán provocará una recesión económica mundial y si las sociedades están abocadas a aceptar el mundo sin normas que intenta imponer Trump. Según el economista, la respuesta inicial solo puede ser "depende", advirtiendo contra pronósticos más categóricos.
La respuesta a estas cuestiones depende de múltiples factores, según Costas: la duración de la guerra, si será corta o larga; los daños sobre el sistema mundial de energía; los efectos sobre los precios energéticos, si serán temporales o duraderos; el impacto sobre los precios de los alimentos y otros productos básicos; las intenciones de Trump; y la conducta que adoptarán los países directa e indirectamente afectados.
El economista cita advertencias históricas sobre la dificultad de hacer predicciones económicas. John Maynard Keynes señaló en los años veinte del siglo pasado que "sobre estas cuestiones no hay una base científica sobre la cual basar cualquier probabilidad calculable. ¡Simplemente, no lo sabemos!", según recoge Costas. Por su parte, John K. Galbraith afirmó con ironía que "la única función de la predicción económica es hacer que la astrología parezca respetable".
Pese a estas advertencias, Costas pronostica que, "si el cielo no se nos viene encima, cosa que no es probable", la guerra de Irán no provocará una recesión económica global al estilo de las crisis energéticas de la década de 1970, desencadenadas por la guerra del Yom Kipur y la revolución iraní de 1979. Sin embargo, advierte que puede afectar las condiciones de vida de la población más vulnerable.
Respecto a la segunda cuestión, el economista pronostica que las sociedades liberales europea y norteamericana no aceptarán el mundo sin reglas de Trump y utilizarán el "posibilismo" para encontrar un modelo alternativo que mantenga los valores de la civilización occidental.
Costas señala que las guerras, ya sean bélicas, comerciales o diplomáticas, no siempre afectan negativamente a la macroeconomía, aunque sí a la economía de los hogares. Como ejemplo, menciona que el pronóstico generalizado entre economistas sobre una recesión en el primer semestre de 2025 debido a la guerra arancelaria de Trump no se cumplió.
Según el análisis, tanto la economía norteamericana como la mundial se encuentran en una etapa de crecimiento sólido y equilibrado, con fuertes inversiones empresariales para aprovechar las oportunidades de las nuevas tecnologías, particularmente las aplicaciones de inteligencia artificial avanzada. Además, el fuerte aumento del gasto en defensa previsto para los próximos años en la Unión Europea para hacer frente a la amenaza rusa, así como en Estados Unidos y China, representa una inyección de demanda agregada que aleja la posibilidad de recesión.
Costas destaca como sorprendente que el aumento del riesgo geopolítico, consecuencia de las guerras de Vladímir Putin y Trump, no haya venido acompañado de una disminución del apetito al riesgo por parte de los inversores. Explica que los inversores y operadores están anticipando que las guerras de Trump son cortas y que las alteraciones en los precios de la energía y los mercados financieros son temporales.
El economista señala que el movimiento de los precios del petróleo y el gas apunta más a un problema de volatilidad que de escasez. Esta volatilidad está dentro de parámetros normales en situaciones de tensión geopolítica, según Costas. Las elevadas reservas de petróleo de Estados Unidos, el G-7, la Unión Europea y China permitirán gestionar las situaciones temporales de escasez de suministro derivadas de las dificultades de tránsito en el estrecho de Ormuz, dependiendo de si la guerra es corta o larga.
Según el análisis, a Trump le gustan las guerras cortas: "llegar, descabalgar a los sátrapas, colocar a otro en su lugar, lograr acuerdos comerciales y salir". Este fue el modelo aplicado en Venezuela, que funcionó. Sin embargo, Costas advierte que puede no funcionar en Irán.
El economista señala que aunque existen motivos para alegrarse de la detención de tiranos como Nicolás Maduro o la desaparición de Ali Jameneí, no se debe olvidar que a Trump no le interesa la democracia, sino los negocios, ya sean en beneficio de Estados Unidos o de él mismo y su familia. Por tanto, no es seguro que en Irán sea posible sustituir a un tirano por otro similar capaz de asegurar los acuerdos comerciales que interesan a Trump.
Costas cita al analista Stephen Homes en Project Syndicate, quien señaló que el ataque a la cúpula del régimen iraní ha sido tan eficaz que no solo eliminó al dictador, sino también a quienes podrían negociar acuerdos. El propio Trump lo reconoció: "La mayoría de las personas que teníamos en mente [como posibles interlocutores para alcanzar acuerdos comerciales] están muertas", según recoge el análisis.
La estrategia de guerra corta solo funciona si la eliminación del tirano es lo suficientemente precisa como para dejar a alguien dentro del régimen capaz de aceptar las condiciones de un acuerdo y llevarlas a cabo, lo que no parece ser el caso en Irán, según Costas.
Sin embargo, el economista señala que Trump podría acabar negociando con el nuevo líder iraní, siguiendo su conducta habitual de amenazas y retrocesos. Esta conducta transaccional le ha costado el apelativo de TACO (Trump Always Chickens Out, que en español significa "Trump siempre se acobarda").
Una guerra larga como desea el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu tendría para Trump consecuencias políticas graves, según el análisis. Por un lado, aumentaría el cuestionamiento interno por su tendencia a implicarse en nuevas guerras, contradiciendo su compromiso de campaña como "presidente de la paz". Por otra parte, una guerra larga tendría efectos duraderos en los precios de la energía, los alimentos, la inflación, los tipos de interés y el coste de la vida.
Costas identifica la inflación como el talón de Aquiles de Trump. Aunque la guerra de Irán probablemente no provoque una recesión económica, el potencial impacto de la volatilidad de los precios de la energía sobre el coste de vida de sus electores representa el principal riesgo político.
La volatilidad de los precios del petróleo afecta más a Estados Unidos que a otros países, lo que puede sorprender considerando que es el mayor productor de petróleo del mundo y exportador neto. El motivo es que el petróleo se negocia en un mercado global a un precio único, y ese aumento ya está afectando a los consumidores al llenar el depósito. De ahí la obsesión de Trump por desatar guerras cortas en países petroleros y quedarse con una parte de su producción, según Costas.
El impacto de la volatilidad de los precios energéticos sobre la inflación y el coste de vida es también el principal riesgo político para los gobiernos europeos. Aunque la guerra sea corta y un repunte de la inflación se corrija rápido, los precios pueden permanecer elevados, como ocurrió con la crisis de la covid. La experiencia adquirida en la gestión de esta crisis ofrece a los gobiernos europeos, y en particular al español, vías de acción para contener o aliviar el aumento del coste de vida, según el economista.
Costas sostiene que el objetivo fundamental de las guerras de Trump es debilitar la fortaleza económica de aliados y rivales para mantener la hegemonía estadounidense. Cita al economista e historiador Charles P. Kindleberger, quien enseñó que cuando un imperio comienza a percibir que los costes de mantener el orden mundial son inferiores a los beneficios, acaba enfrentándose a un dilema: elegir un "liderazgo cooperativo" o un "liderazgo hegemónico" que obligue a sus socios comerciales a mantener su hegemonía.
Estados Unidos se enfrenta a un claro declive de su poder imperial, según el análisis. Para revertirlo y hacer "Make America Great Again", Trump ha elegido el camino del liderazgo hegemónico. El instrumento utilizado para torcer el brazo y debilitar a los demás son las guerras económicas.
La guerra de Irán debilita a China y a la Unión Europea, según Costas. La razón se comprende cuando se observa que el 84% del tráfico petrolero por el estrecho de Ormuz va a Asia, y el 25% de esta cantidad a China. El resto prácticamente va a la Unión Europea.
En esta estrategia hegemónica juegan un papel esencial dos tipos de acciones, según el economista. Por un lado, crear una elevada incertidumbre sobre el futuro de la economía internacional. La incertidumbre económica actúa como una densa niebla que no permite entrever el futuro y paraliza a quienes la sufren. La incertidumbre provocada por Trump sobre la economía internacional obstaculiza las inversiones y el crecimiento de la Unión Europea y China, pero beneficia a Estados Unidos. Por eso continuará provocándola, según Costas.
El otro elemento de la estrategia hegemónica de Trump es hacer saltar por los aires el orden político internacional construido con esfuerzo a lo largo del siglo pasado. La Carta de las Naciones Unidas, ratificada por Estados Unidos, establece que una nación no puede usar la fuerza en el territorio soberano de otro país sin su consentimiento, un motivo de legítima defensa o la autorización del Consejo de Seguridad. Trump ha dejado claro que el único principio moral es el suyo propio, según el análisis.
Costas advierte que el peligro para las sociedades liberales de tipo partidista como las de la Unión Europea es aceptar la lógica trumpista de que el mundo de reglas civilizadas de comercio y derecho internacional ya no existe. Si la Unión Europea acepta esta lógica determinista, desaparecerá. La fortaleza de la Unión Europea es precisamente la defensa de un modelo liberal y humanitario único, al que muchos ciudadanos y países quieren ingresar.
Para desarrollar una estrategia alternativa al mundo sin reglas de Trump, el economista propone utilizar el "posibilismo" legado por el economista Albert Hirschman. Se trata de un enfoque analítico que rechaza los determinismos y pone en valor la capacidad humana para encontrar soluciones creativas y reformas graduales. Se trata de explorar las posibilidades ocultas de una hegemonía compartida que existen dentro de situaciones concretas como las actuales.
Costas considera que el modelo descentralizado de la Unión Europea facilita esa experimentación. Junto con otras potencias intermedias, puede jugar un papel determinante en la búsqueda de una alternativa tanto al modelo inmoral de Trump como al modelo totalitario chino.
Ese posibilismo ha comenzado a aparecer en Estados Unidos en la respuesta de la sociedad a los comportamientos fascistas de la policía inmigratoria de Trump, así como también en los tribunales de justicia, según el economista. "Hay razones para la esperanza", afirma Costas.
El análisis concluye que las guerras de Trump no pueden llevar a aceptar como inevitable un mundo de incertidumbre económica y sin normas. "Sería el final de la civilización occidental", sentencia el economista.