

Un estudio de la Fundación Friedrich Ebert revela que en Argentina, Brasil y Chile aproximadamente un 60% del electorado se opone a líderes ultraderechistas como Milei, Bolsonaro y Kast, aunque estos logran conquistar el poder gracias a sistemas de segunda vuelta y la fragmentación de sus opositores.
La ultraderecha ha logrado conquistar el poder ejecutivo en varios países de América Latina, como Argentina con Javier Milei y anteriormente Brasil con Jair Bolsonaro, mientras que en Chile, José Antonio Kast tiene altas probabilidades de ganar la segunda vuelta presidencial. Sin embargo, un estudio reciente de la Fundación Friedrich Ebert (FES), vinculada al Partido Socialdemócrata de Alemania, revela una paradoja: aproximadamente el 60% de los ciudadanos de estos países rechaza a estos líderes ultraderechistas.
Según el politólogo chileno Cristóbal Rovira Kaltwasser, autor principal de la investigación, el ascenso de la ultraderecha en América Latina ha sido mucho más rápido que en Europa, donde este fenómeno ha sido gradual y sin suficiente peso electoral para gobernar en solitario. "A diferencia de Europa, donde el crecimiento de la ultraderecha ha sido un proceso gradual y sin suficiente peso electoral como para gobernar por sí sola, en América Latina su ascenso ha sido muy rápido", señala Rovira en el estudio.
La investigación, basada en encuestas representativas realizadas a finales de 2023 en Argentina, Brasil y Chile, utilizó técnicas estadísticas avanzadas (análisis de clases latentes) para identificar distintos grupos dentro del amplio universo de quienes no apoyan a la ultraderecha. Los resultados muestran que la cantidad de personas dispuestas a apoyar a los "jinetes" de la ultraderecha en el Cono Sur ronda el 30% de la población, mientras que poco más de la mitad declara no estar dispuesta a votar por ellos.
¿Cómo es posible entonces que líderes con tan altos niveles de rechazo logren conquistar el poder ejecutivo? Según el estudio, parte importante de la respuesta radica en los diseños institucionales existentes: "En elecciones presidenciales con segunda vuelta, gran parte de los votantes termina apoyando al 'mal menor' y castigando a los incumbentes si no han gobernado bien", explica el informe. En cambio, en Europa predominan los sistemas parlamentarios, donde la ultraderecha prácticamente nunca gobierna por sí sola, sino en coalición con la derecha convencional.
El perfil de los votantes ultraderechistas en los tres países analizados muestra algunas características comunes: "Son personas moralmente conservadoras, favorables al libre mercado y al punitivismo penal, con predisposiciones antifeministas y una escasa valoración de la democracia", según el estudio. Sin embargo, difieren en aspectos como edad, género y nivel educacional.
Lo más novedoso de esta investigación es el análisis detallado de quiénes conforman ese 60% que rechaza a la ultraderecha, un aspecto poco estudiado hasta ahora. El estudio revela que no se trata de un bloque homogéneo, sino de un mosaico de grupos diversos con diferentes características sociodemográficas e ideológicas.
En Argentina, por ejemplo, el rechazo a Milei proviene de cuatro grupos principales: un bloque progresista educado (45,8%), un centro católico de clase media (32%), un conservadurismo popular católico (12,5%) y una juventud popular (9,6%). Este último grupo es el más tajante en su rechazo a Milei, con un 93,5% que "definitivamente no" lo votaría.
En Brasil, la oposición al bolsonarismo se expresa desde cuatro sectores: jóvenes urbanos progresistas (33%), sur popular católico (32,4%), nordeste femenino y popular (24%) y clase media católica (16,7%). El grupo del nordeste es el que muestra el rechazo más homogéneo a Bolsonaro, con un 94% concentrado en esa región del país.
En Chile, quienes rechazan a Kast se dividen en: centro pluralista (41,2%), mujeres populares a favor de la redistribución (33%), conservadores moderados (14,9%) y progresistas radicales (11%). Este último grupo posee mayor coherencia ideológica y se articula detrás de una identidad progresista urbana, secular y educada.
A pesar de sus diferencias, estos grupos comparten algunos patrones comunes, como la oposición a facilitar la tenencia de armas y el apoyo a la democracia como régimen siempre preferible. Sin embargo, existen tensiones internas entre valores progresistas y demandas de punitivismo penal, lo que configura un espacio ideológicamente plural y, por lo tanto, difícil de articular políticamente.
Las líneas de conflicto entre estos grupos varían según el país. En Argentina pesan especialmente las diferencias educacionales, en Brasil adquieren particular relevancia las divisiones geográficas dentro del país, y en Chile juegan un rol importante las tensiones en torno a los temas culturales.
El estudio concluye que el conjunto de personas que no está dispuesto a apoyar a la ultraderecha debe entenderse como un mosaico de grupos diversos que, si bien no forman una coalición política organizada, podrían dar vida a una "alianza negativa". La formación de esta alianza podría cumplir una función vital para la democracia: contener la expansión de la ultraderecha e impedir su acceso al poder.
"El amplio espectro de actores políticos que defiende la democracia debería prestar atención a esta evidencia empírica, porque muestra que es posible tender puentes entre electores diversos que se oponen a la ultraderecha", señala Rovira. "De hecho, la supervivencia del sistema democrático depende, en gran medida, de la capacidad de articular liderazgos y pactos que unan a los actores democráticos y aíslen a los antidemocráticos".
El informe advierte que nominar candidatos que representen nichos de votantes y que no logren ser percibidos como un "mal menor" en segundas vueltas electorales facilita el éxito de la ultraderecha por defecto. A su vez, sugiere la necesidad de gestionar alianzas a nivel legislativo para avanzar en demandas transversales de la ciudadanía, sin caer en propuestas radicales que son promovidas por la ultraderecha.