El blanqueamiento de piel en Senegal: una práctica peligrosa que afecta al 50% de la población
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El blanqueamiento de piel en Senegal: una práctica peligrosa que afecta al 50% de la población

La despigmentación voluntaria de la piel, conocida localmente como 'xeesal', se ha convertido en una práctica alarmantemente común en Senegal, donde afecta al 50% de la población según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS). A pesar de los graves riesgos para la salud, que incluyen cáncer, diabetes y daños irreversibles en la piel, esta práctica persiste impulsada por presiones sociales y estándares de belleza arraigados en la cultura.

SALUD26 OCT 2025

La despigmentación voluntaria de la piel ha adquirido proporciones alarmantes en Senegal durante la última década, según advierte la dermatóloga Astou Diouf, presidenta de la Asociación Internacional de Información sobre la Despigmentación Artificial (AIIDA). Un análisis de 2023 de la Organización Mundial de la Salud (OMS) revela que la prevalencia de esta práctica alcanza el 50% de la población senegalesa.

Conocido localmente como 'xeesal', el blanqueamiento de piel comienza habitualmente como un ritual estético: la aplicación de jabones, aceites o cremas que prometen aclarar la piel en apenas siete días. Su uso se intensifica especialmente antes de celebraciones importantes como bodas, bautizos o festividades religiosas. Sin embargo, los especialistas advierten que el verdadero peligro radica en la aplicación constante durante años, cuyos efectos más graves pueden manifestarse hasta 15 años después de iniciar su uso regular.

"Ningún órgano se salva de las consecuencias de la despigmentación voluntaria", afirma categóricamente Fatimata Ly, dermatóloga, investigadora y fundadora de AIIDA, quien subraya el impacto y la toxicidad generalizada de esta práctica en todo el organismo.

El caso de Maïmouna, una mujer de Léona, en la región senegalesa de Louga, ilustra esta realidad. Comenzó a blanquearse la piel en la veintena, poco antes de casarse. "Me despigmenté para mi boda, pero era para gustarme a mí misma", afirma, aunque reconoce inmediatamente que en realidad lo hizo porque a su marido le gustaba, quien incluso le proporcionó el dinero para comprar los productos.

A sus casi 50 años, y a pesar de presentar un cutis grisáceo, marcas visibles en el cuerpo y reacciones cutáneas ocasionales, Maïmouna no contempla abandonar su ritual de belleza. "Cuando tengo problemas en la piel, hago una pausa. Dejo que descanse y luego vuelvo a empezar", explica. Ni siquiera durante sus embarazos dejó de usar estos productos, a pesar de las posibles complicaciones obstétricas tanto para la madre como para el recién nacido, que incluyen retraso en el desarrollo, bajo peso al nacer, niveles más bajos de cortisol en plasma o una placenta más pequeña, según advierte la comadrona de su pueblo.

La mayoría de estos productos contienen dosis excesivamente altas de corticosteroides, potentes sustancias derivadas de la cortisona con numerosos efectos secundarios como hematomas en la piel, cambios de humor, aumento de peso o irritación estomacal. También suelen incluir sustancias químicas como la hidroquinona, prohibida en la Unión Europea desde el año 2000 como ingrediente de cosméticos sin receta, o incluso metales pesados como el mercurio.

Estos cosméticos, producidos principalmente en África Occidental o Asia, se comercializan ampliamente: en pequeñas tiendas, supermercados, por internet, en redes sociales como Snapchat, e incluso a través de vendedores ambulantes que los distribuyen directamente a domicilio.

"No llevan nada escrito en el frasco", explica la doctora Astou Diouf. "Solo aparece una mujer atractiva y despigmentada. Lo compran por la imagen, porque piensan: 'Quiero ser como ella'", añade. "Así que esperan una semana, funciona y ya han mordido el anzuelo. Lo comentan con sus amigas, se intercambian los recipientes... Y las ventas se disparan".

Los efectos a largo plazo son devastadores. Entre las complicaciones documentadas figuran diabetes, acné, estrías en la piel e incluso casos de cáncer asociados al uso de estos productos. Bintou, una mujer de más de 60 años del barrio periférico de Dalifort, en Dakar, es testigo de estas consecuencias. "Yo antes era guapa. Estaba casada y era muy bonita", relata. En 2013 le aparecieron las primeras manchas y, aunque redujo el uso de estos productos, el daño ya estaba hecho. Hoy su piel está marcada irreversiblemente: tiene la cara llena de llagas oscuras que forman una especie de máscara alrededor de los ojos, y el tono desigual de sus manos evidencia años de exposición a productos blanqueadores.

Nyamae Aminata Touré, coordinadora del equipo de trabajadores sociales de AIIDA, señala que las mujeres que practican el 'xeesal' conocen perfectamente sus posibles efectos perjudiciales. "No hace falta traer a un dermatólogo para advertirles. Toda mujer que se hace el xeesal tiene cerca a una madre, una tía, una hermana que ha sufrido. Pero es como una droga. No pueden abandonar el hábito, aun conociendo los riesgos", afirma.

Abandonar esta práctica resulta extremadamente difícil. Al interrumpir el proceso, el pigmento natural de la piel reaparece, lo que provoca angustia en muchas mujeres, que continúan aclarándose la piel, a veces en secreto, incluso ocultándoselo a los médicos que las atienden.

La presión social juega un papel fundamental en esta persistencia. "En cuanto se les oscurece un poco la piel, a lo mejor el marido le suelta: '¿Qué te pasa? ¿Cómo es que estás así?'. Y luego la vecina le dice: '¿Estás enferma? ¿No tienes dinero para cuidarte?'", relata la trabajadora social. "Y ahí es cuando recaen".

La doctora Astou Diouf añade con preocupación: "La mayor parte solo lo deja cuando no tiene más opción, si las lesiones son graves. En los peores casos, derivan en cáncer".

El fenómeno afecta cada vez a edades más tempranas. En el pueblo de Léona, por ejemplo, las adolescentes comienzan con estas prácticas a los 10 años. "Empecé usando los productos del baño de mi madre, porque yo la veía más guapa", explica tímidamente Seynabou, la hija menor de Maïmouna, de 17 años. Ella y sus amigas viven en un entorno donde la despigmentación se ha convertido en una norma social. Todas reconocen que "está de moda" y en su instituto prácticamente todas las chicas utilizan estos productos.

"Si no te haces xeesal, no tienes amigas. Te quedas sola y no gustas a los chicos", confiesa una joven. "Para que te vean, para que te miren, para encontrar marido y ser la primera esposa, tienes que ser djongoma ('atractiva')", comenta otra entre risas. Aunque saben que estos productos son perjudiciales, especialmente las cremas más baratas de menos de 1.000 francos CFA (aproximadamente 1,50 euros), continúan aplicándoselos diariamente. "Lo dejaremos cuando seamos lo bastante djongoma", afirman, a pesar de que todas han experimentado ya lesiones en el cuerpo.

No obstante, existen voces disidentes como Marie, la hija mayor de Maïmouna, de 20 años, quien ha decidido no seguir los pasos de su madre. "Soy negra y estoy orgullosa de mi piel de ébano", declara. "Puedes ser guapa y seguir siendo natural. Hay muchos hombres a los que no les gusta el xeesal".

Para combatir esta problemática, AIIDA lleva años apelando a los responsables políticos. Una de sus principales victorias fue la aprobación en 2017 del artículo 112 del Código de Prensa, que prohíbe la promoción de productos despigmentantes por televisión y radio. Sin embargo, esta victoria resulta agridulce: a pesar de la vigilancia del Consejo Nacional de Regulación Audiovisual (CNRA) sobre los anuncios, la mayoría de las presentadoras de televisión siguen luciendo un cutis claro, y los ideales normativos de belleza que sustentan la despigmentación permanecen profundamente arraigados en la cultura popular.

Estos cánones se refuerzan a través de videoclips y series populares como "Xalisso", donde aparecen actrices con signos evidentes de haberse blanqueado la piel. Además, rara vez se ven en los carteles publicitarios personas de piel oscura.

Fatimata Ly lamenta la falta de voluntad política para abordar este problema de manera más contundente: "Son productos que suponen una fuente de ingresos considerable. Si nuestras leyes no son lo bastante contundentes, es por motivos económicos". La investigadora contrasta la situación con Mauritania, donde existe una ley que prohíbe la importación de productos despigmentantes y se bloquea su entrada en aduanas, además de contar con un plan nacional para combatir la despigmentación voluntaria.

No obstante, Ly mantiene la esperanza de que se produzcan cambios con el nuevo gobierno de Bassirou Diomaye Faye. Mientras tanto, AIIDA continúa su labor en otros frentes, organizando campañas de sensibilización en escuelas para ayudar a las jóvenes a redescubrir el orgullo por su color de piel, una tarea titánica considerando la magnitud y normalización de esta práctica en la sociedad senegalesa.

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