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El declive de la conciencia de clase: por qué el trabajo ya no define nuestra identidad

La clase trabajadora se ha fragmentado en las últimas décadas debido a profundas transformaciones sociales, económicas y culturales. Según expertos, el trabajo ha dejado de ser el eje central que articulaba la identidad y la comunidad, siendo reemplazado por otros factores como el consumo, el género, la edad o la nacionalidad.

INTERNACIONAL24 ENE 2026

La clase obrera ya no es lo que era. El sentido de pertenencia basado en el trabajo se ha desplazado hacia otras formas de identidad como el consumo, el género, la edad, la raza, la nacionalidad o la orientación sexual. Aunque estas son formas legítimas de identidad, han relegado la cuestión de clase a un segundo plano, creando una burbuja que impide al trabajador reconocer a sus semejantes.

Según el último barómetro del CIS, solo un 14,2% de los españoles se reconoce como "clase trabajadora, obrera o proletaria", a pesar de que más de la mitad de los encuestados se muestran insatisfechos con su situación económica y más del 40% no están contentos con su vida laboral, de acuerdo con una encuesta de Oxfam Intermón.

"Vivimos una falsa sensación de bienestar", afirma Nayarit Fuentes Licht, joven dramaturga y miembro del Sindicato de Inquilinas de Madrid. "Tenemos mil zapatillas, un iPhone, nos vamos de viaje y nos olvidamos de que tenemos una situación precaria", explica.

Este descontento generalizado no se traduce en un aumento de la lucha obrera ni de afiliación a los sindicatos. Según los últimos informes de la OCDE, la densidad sindical en las principales economías del mundo se ha reducido a la mitad desde 1985. En España, la tasa de sindicación ronda el 12%–13% de los asalariados, por debajo del 23% de la Unión Europea, aunque un 80% está protegido por convenios colectivos.

La movilización social también parece haber perdido fuerza. En 2023 se comunicaron 31.715 manifestaciones, un 6,7% menos que en 2022, según el anuario estadístico del Ministerio del Interior. La última huelga general de 24 horas en España convocada por los sindicatos mayoritarios (CC OO y UGT) fue en 2012, y en toda la democracia solo ha habido ocho.

Isabel Vilabella, secretaria de Formación, Empleo y Memoria Democrática de UGT Madrid, lamenta la "injusta imagen" de "sindicatos comegambas" que se forjó la organización en los años noventa, y reconoce que los jóvenes se están incorporando "lentamente" al sindicato.

"La conciencia de clase fluctúa y tiene más peso en ciertos momentos y espacios", advierte Francisco Pérez, catedrático de Análisis Económico de la Universitat de València y director de investigación del Ivie. "Eso no significa que buena parte de la población no sienta que pertenece al grupo social de los trabajadores o, en caso contrario, al de los propietarios, pero ese no es el único rasgo identitario que los define ni, en ocasiones, el más fuerte".

El historiador británico E. P. Thompson ya señalaba en su célebre libro "La formación de la clase obrera en Inglaterra" (1963) que no basta con vivir una situación de explotación para tener conciencia de clase. Las clases sociales no nacen solo de las condiciones materiales, sino de la capacidad de reconocerse y organizarse en torno a intereses comunes frente a otros grupos con experiencias distintas y opuestas.

Una de las primeras razones que se citan al hablar de la desintegración de la clase obrera es la transformación radical que ha experimentado la fuerza de trabajo. "Tener conciencia de clase no es solo tener un trabajo de clase obrera, también es vivir como clase obrera, en determinados barrios, conocer a determinada gente", afirma el sociólogo José Saturnino Martínez García, autor de "Estructura social y desigualdad en España". "En los últimos años esa forma de convivir que genera identidad de clase ha desaparecido".

Unai Sordo, secretario general de Comisiones Obreras, recuerda su infancia en el País Vasco, cuando todavía había muchos trabajadores que acudían diariamente a la fábrica. "Eran trabajadores relativamente parecidos: salían a los mismos lugares, se tomaban un vino en los mismos bares, se creaban una serie de espacios comunitarios. Su vínculo con el trabajo era parecido. La clase trabajadora sigue existiendo, pero se ha vuelto más diversa y fragmentada, y eso debilita su identidad colectiva".

Sin embargo, muchas de las supuestas transformaciones del sistema productivo son, en realidad, mitos. El tiempo medio que una persona pasa en un mismo puesto de trabajo no ha disminuido, sino que ha aumentado de 10,3 años en 1993 a 11,3 en 2021. La última reforma laboral logró reducir la rotación laboral, y en marzo el número de trabajadores con un contrato temporal cayó por primera vez por debajo del 12%.

La gente también vive más tiempo en el mismo sitio. En 2024 la media fue de 17,7 años, un máximo histórico, según el Anuario de la Estadística Registral Inmobiliaria. El tamaño de las empresas en España es cada vez mayor: a cierre de 2024, las empresas con más de 250 trabajadores empleaban al 43% de los asalariados, cinco puntos más que hace una década.

Tampoco es cierto que el número de autónomos haya crecido frente al número de asalariados. Según un estudio de Máximo Camacho y Ana Rodríguez-Santiago, el número de trabajadores autónomos en España ha disminuido de forma sostenida desde 1979.

Lo que sí ha cambiado es la implementación del teletrabajo. En España, alrededor del 15% de los trabajadores desempeña su empleo desde casa, según Eurostat, frente a apenas entre el 1% y el 2% en 1992. Los "productores fordistas" se han transformado en "productores posdomésticos", limitando profundamente el tipo de interacción que mantienen con sus compañeros.

Otra transformación importante es la incorporación masiva de las mujeres al trabajo. El año pasado, el número de trabajadoras alcanzó por primera vez los 10 millones. Desde 2007, la cifra de ocupadas ha aumentado en dos millones, mientras que la de hombres se mantiene prácticamente igual.

La llegada de mano de obra migrante también ha diversificado el panorama laboral. Según la Seguridad Social, en España hay tres millones de trabajadores con nacionalidad extranjera, que representan el 14% del total de ocupados, aunque su peso es mucho mayor en ciertos sectores: el 42% en el empleo doméstico, el 35% en la agricultura, el 30% en la hostelería y el 22% en la construcción.

El conflicto generacional es otro factor de división. España vivió entre 1960 y 2005 un salto económico extraordinario: entre 1985 y 2005 el PIB per capita aumentó un 70%; desde 2005, apenas un 11%. En una economía que avanza mucho más despacio, las oportunidades se reparten con más dificultad y el relevo entre generaciones se convierte en una fuente de fricción.

Unai Sordo destaca que una de las últimas grandes movilizaciones protagonizada por un colectivo homogéneo fue la de los pensionistas en 2018, cuando salieron en masa a protestar ante la "insuficiente" subida del 0,25% de sus pensiones. "Aunque hay mucha diversidad de renta entre los pensionistas, todos se parecen en que dependen de una pensión que alguien les recorta. El colectivo responde de forma masiva y transversal a las ideologías. Fue una agresión a un cuerpo que mantiene elementos de homogeneidad", explica.

Para entender la descomposición de la clase trabajadora, también hay que analizar los cambios culturales, como la consolidación de una ideología individualista que sustituye al compañerismo obrero. El dogma económico dominante desde los años ochenta pone el acento en la iniciativa privada y la responsabilidad individual. En internet proliferan los gurús del esfuerzo individual y youtubers ultraliberales.

Esta tendencia también explica la baja natalidad y la proliferación de hijos únicos: los nacimientos cayeron un 25% en España en la última década, según el INE. Además, el porcentaje de personas que viven solas es del 28%, un 20% más que un decenio antes.

Nacho Fernández, un publicista de 28 años, opina que uno de los motivos por los que la gente no se dedica a defender sus intereses de clase es porque siempre está intentando pertenecer a una clase superior. "Siempre hay algo a lo que aspirar". Añade que muchas personas confunden su clase social. "Yo, por ejemplo, no me considero clase obrera, aunque sé que la única manera en la que me voy a comprar una casa es que alguno de mis padres fallezca. Hay una parte de mí que se pregunta por qué voy a perder mi tiempo en defender los intereses de una clase a la que no creo, ni quiero pertenecer".

"Mucha gente tiene las condiciones de vida de la clase obrera, pero no se percibe a sí misma como parte de ella", incide el economista Esteban Hernández, autor de "El rencor de clase media alta y el fin de una era". Según el experto, muchos jóvenes vienen de una clase social elevada y no son realmente conscientes de su empobrecimiento.

Para Mario Ríos, analista político y profesor asociado en la Universitat de Girona, la fragmentación de la clase obrera se explica por el fracaso de las instituciones capaces de aglutinarla. "Ya no estamos en la época de los grandes partidos políticos, ni de los sindicatos ni los medios de comunicación de masas. Si tres de las grandes instituciones que difundían y generaban conciencia de clase están fallando, es muy difícil que se dé esta batalla política".

Desde el punto de vista sociológico, otro aspecto destacado es que el trabajo ha dejado de ser el principal elemento en base al cual construimos nuestra identidad. "La conciencia de clase ha perdido centralidad como elemento constituyente de nuestra identidad", resume Pérez. "La influencia de las condiciones materiales sigue siendo importante, pero no es la única. Las sociedades también valoran, a la hora de definir sus sentimientos de pertenencia, factores culturales, históricos, ideológicos, religiosos o geográficos".

Jesús Rodríguez Rojo, doctor en Ciencias Políticas por la Universidad Pablo de Olavide, sostiene que hoy la gente se define "más por lo que consume que por su trabajo". Es decir, que muchas personas se agrupan no por afinidad laboral, sino en función de sus gustos y hábitos de consumo. Según el experto, hemos pasado de la "ética del trabajo a la estética del consumo".

Este análisis coincide con el que el filósofo Maurizio Ferraris desarrolla en su libro "Documanidad", en el que defiende que el ser humano no es un homo faber —el animal que fabrica— sino homo consumens. Con la llegada de la inteligencia artificial, que pronto podrá realizar casi cualquier actividad más rápido y mejor que los seres humanos, la única tarea de la gente será la de consumir.

El resultado de estos cambios culturales sumados a las transformaciones en el sistema productivo es un bloque popular dividido en diversos intereses. "Aunque es el mismo sujeto, la identidad movilizada es otra", resume el teórico marxista Álvaro García Linera, en su libro "Cuidar el alma popular".

Lo que ocurre es que muchas veces el bloque popular no solo está dividido sino, según José Saturnino Martínez, también enfrentado. "Ha habido una izquierda que, en lugar de integrar diversas identidades como conciencia trabajadora, las ha trabajado de forma separada, como opuestas. Y de este enfrentamiento se aprovecha el populismo de derechas".

Tres de cada cuatro españoles asocian la inmigración con algún concepto negativo, como la sobrecarga de los servicios y recursos públicos. Es frecuente escuchar a personas nacidas en España, pertenecientes a la clase trabajadora tradicional, señalar a los migrantes como los culpables de su situación económica. "Si tú lo planteas como debate de identidades de oposición, los fascismos te ganan porque van a una identidad más grande, la nacional", asegura Martínez.

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