

El PPE, liderado por Manfred Weber, ha comenzado a pactar con grupos ultraderechistas para aprobar legislación en el Parlamento Europeo, abandonando décadas de aislamiento a estas formaciones y provocando una fuerte reacción de socialdemócratas, liberales y verdes que advierten sobre los riesgos para el proyecto europeo.
El Partido Popular Europeo (PPE) ha dado un paso histórico al romper el cordón sanitario que durante décadas mantuvo aislada a la extrema derecha en las instituciones europeas. Esta decisión, materializada en recientes votaciones parlamentarias, ha desatado una tormenta política en Bruselas y marca un punto de inflexión en la dinámica de poder dentro de la Unión Europea.
Según fuentes consultadas, los populares europeos sacaron adelante hace unos días, con el apoyo de los grupos ultraderechistas, una rebaja drástica de los requisitos de sostenibilidad ambiental para grandes empresas. Lo que hace especialmente significativo este movimiento es que el PPE no solo votó con los ultraconservadores de ECR, el grupo de Giorgia Meloni, sino que también pactó con los Patriotas de Viktor Orbán, Marine Le Pen y Vox, e incluso con los Soberanistas, considerados los más extremistas, donde se integra Alternativa para Alemania (AfD).
"No hay estrategia: es pura inercia, Europa ha virado a la derecha en política nacional y esa tendencia tenía que acabar llegando a Bruselas", sostiene Margaritis Schinas, exeurodiputado popular, quien añade que "nos adentramos en un ecosistema de mayorías cambiantes".
La vicepresidenta de la Comisión Europea, Teresa Ribera, ha expresado su preocupación en declaraciones a EL PAÍS: "El PPE quiere ocupar espacios de poder a toda costa: a cambio de los votos pueden poner en peligro el proyecto europeo y dar alas a nuestros enemigos. Incluso en políticas que van a marcar el éxito o el fracaso de Europa, como la agenda verde. No había visto una fragilidad como la actual por una irresponsabilidad de ese calibre".
Este giro político se produce en un momento en que los conservadores acumulan un poder sin precedentes en las instituciones europeas. La alemana Ursula Von der Leyen preside la Comisión, la maltesa Roberta Metsola lidera la Eurocámara, los primeros ministros del PP son el grupo más numeroso en el Consejo, y la francesa Christine Lagarde dirige el Banco Central Europeo. Como señala una fuente diplomática: "El PPE es una máquina de poder. El debilitamiento del cordón sanitario obedece a la lógica de digerir poder. Eso es todo".
La ruptura del cordón sanitario no se ha limitado a un solo episodio. Poco después de la votación sobre requisitos ambientales, el PPE volvió a apoyarse en los ultras para impedir que una comisión de la Eurocámara visitara Roma para evaluar el Estado de derecho en la Italia de Meloni. Estos movimientos han provocado una fuerte reacción entre el resto de formaciones proeuropeas.
Terry Reitke, colíder de los verdes, ha definido la situación con crudeza: "El PP ha conseguido crear una atmósfera de mierda". Por su parte, fuentes de la dirección del grupo liberal Renew advierten que "Weber va a generar una inestabilidad enorme. Trump debe estar aplaudiendo con las orejas". Iratxe García, líder de los socialdemócratas, también ha cargado contra Weber: "El PP europeo se ha españolizado para mal, y por esa senda es muy posible que de la desregulación pasemos al pacto verde, a la migración y a aguar la normativa digital. El sueño de la desregulación produce monstruos".
Desde el PPE intentan restar importancia a estos movimientos. Pedro López de Pablos, asesor de Weber, niega que esa mayoría alternativa vaya a ser la norma: "Estamos firmemente comprometidos a seguir trabajando con la plataforma proeuropea". El propio Weber tuvo que justificarse en su país afirmando que "los votos de AfD no fueron decisivos" después de que el cordón sanitario saltara por los aires.
Sin embargo, dentro de las filas populares hay voces que reconocen la existencia de "tensión interna" por esta decisión. Un eurodiputado español del PPE argumenta que la extrema derecha ha crecido tanto que dejar fuera a los ultras ya no es una opción: "Los populistas deben tener responsabilidades; de lo contrario nunca se desgastarán. Europa pierde competitividad y hay que desmontar lo aprobado en la legislatura anterior, y con socialistas y liberales eso no es fácil".
Este mismo eurodiputado plantea una pregunta clave: "El trumpismo es una revolución social que está llegando a Europa: ¿Esa marea la va a recepcionar por entero la extrema derecha o podemos tratar de absorberla en el centroderecha?".
Los expertos señalan que este cambio refleja una transformación más amplia del panorama político europeo. Luuk Van Middelaar, del Instituto de Geopolítica Europea, explica: "El cordón sanitario era lógico hace años, cuando había dos bloques, izquierda-derecha. Desde la crisis de refugiados han aparecido tres bloques: un tercio del electorado es de izquierdas, un tercio de centroderecha liberal y el último tercio ultra, con fuerzas muy peligrosas, pero también animales políticos más híbridos. Y muy votados, han conseguido conectar con el espíritu de los tiempos. Me temo que los cordones van a ir aflojando".
La situación actual contrasta con la definición que Milan Kundera hizo de Europa en los años ochenta como "máxima diversidad en el mínimo espacio". Joaquín Almunia, exvicepresidente comunitario y exministro socialista, considera que la socialdemocracia "está en los huesos" y poco puede hacer "ante el desmontaje paulatino del proyecto europeo, en la doble escala nacional y de Bruselas", con un centroderecha que se centra "en sobrevivir y en agarrarse al poder, si hace falta desnaturalizando poco a poco el proyecto europeo".
El analista Alberto Alemanno va más allá y advierte que el fin del cordón sanitario "es una herida autoinfligida que permite a Trump intensificar su presión sobre la UE". Por su parte, el politólogo Cas Mudde cuestiona la idea de que los ultras se moderan en el poder, calificándola de "ingenua": "Dejan de lado las posiciones más radicales, pero solo para sacar adelante una parte de su agenda. Meloni es el mejor ejemplo: socava los valores liberales con ataques furibundos a la comunidad LGTBI, a los medios y a los migrantes, pero pese a todo en Europa es percibida como presentable".
Mientras tanto, los partidos ultraderechistas celebran este cambio de paradigma. Jorge Buxadé, eurodiputado de Vox, no oculta su satisfacción: "Los populares parecen avergonzados de esa primera infidelidad al cordón sanitario. Pero les ha entrado el miedo en el cuerpo: votan mirando qué hacemos nosotros, y acabarán aliándose con ECR, Patriotas y Soberanistas en muchos más asuntos". Y lanza una advertencia: "Vamos a ser inflexibles con las políticas migratorias y medioambientales".
Este giro político se produce en un contexto internacional complejo, con múltiples crisis que afectan a Europa: desde el deshielo del Ártico que ha llevado a Islandia a decretar la máxima alerta, hasta los ataques rusos en territorio OTAN que han obligado a Rumania a evacuar municipios, pasando por la exclusión de la UE de los planes de paz para Ucrania y Palestina.
La nueva dinámica parlamentaria podría tener profundas implicaciones para el futuro de la legislación europea, especialmente en áreas como el pacto verde, la migración y la regulación digital. Lo que está claro es que Bruselas ha entrado en una nueva era política donde las alianzas tradicionales están siendo reemplazadas por un sistema más fluido y potencialmente más inestable de mayorías cambiantes.