

Un informe del Banco de España y el Banco Central Europeo que analiza 190 millones de precios revela que las empresas duplicaron la frecuencia de cambios de precios entre 2021 y 2024, pasando del 8% al 16% de productos modificados mensualmente. Aunque la inflación se ha moderado hasta el 2,3% en febrero de 2026, los consumidores mantienen la percepción de carestía debido al impacto acumulado en productos esenciales y factores psicológicos que persisten tras dos décadas de estabilidad de precios.
La experiencia de comprar en el supermercado se transformó radicalmente entre 2021 y 2024 para los consumidores españoles, que pasaron de décadas de estabilidad de precios a enfrentar cambios constantes en las etiquetas de los productos, según revela un reciente informe del Banco de España y el Banco Central Europeo.
El estudio, que analiza 190 millones de precios en diferentes países europeos, confirma que las empresas comenzaron a cambiar sus precios a una velocidad sin precedentes, transformando la percepción del coste de la vida en una inquietud colectiva que persiste incluso cuando los datos macroeconómicos indican que lo peor ha pasado, según el informe. La inflación en España permaneció estable en el 2,3% en febrero de 2026, según el dato oficial divulgado.
Los datos son contundentes. Antes de la pandemia, solo el 8% de los productos en la eurozona cambiaba de precio cada mes, según el informe del Banco de España y el Banco Central Europeo. En 2022, esa cifra saltó al 12% y llegó a rozar el 16% a principios de 2023. En España específicamente, el ritmo de cambio aumentó en 4,2 puntos porcentuales, alineándose con el frenesí del resto del continente.
Según el análisis, en los momentos más duros de la crisis inflacionaria se duplicó la probabilidad de que el consumidor encontrara un nuevo precio en cada visita al supermercado. Las empresas pasaron de un modelo de calendario —revisar precios primordialmente en enero— a un modelo dependiente del estado, es decir, que en cuanto el coste de la electricidad o el gas aumentaba, la etiqueta del lineal se movía en tiempo real.
José Emilio Boscá, investigador de Fedea, explica que a diferencia de otras crisis donde los precios suben y bajan rápido, el encarecimiento de la energía —el motor de todo este proceso— tuvo un impacto de largo alcance. Cuando el petróleo o el gas subían, tardaban mucho tiempo en volver a su nivel original, lo que condicionaba el ajuste final en los lineales de los supermercados, según Boscá.
El economista Manuel Hidalgo pone énfasis en los llamados costes de menú, que son los gastos económicos (por ejemplo, de reetiquetado) y de tiempo en los que incurren las empresas al modificar los precios de sus productos o servicios. Tradicionalmente, cambiar un precio es algo caro para las empresas, por lo que suelen preferir asumir pequeñas subidas de sus costes antes que molestar al cliente o gastar dinero en la logística del cambio, según Hidalgo. Sin embargo, durante los años de crisis inflacionaria, la escalada fue tan intensa que esa resistencia a retocar tarifas prácticamente desapareció.
El comportamiento de las empresas no fue inocuo. Los modelos del Banco de España sugieren que esta agilidad en los cambios de etiqueta le sumó un punto porcentual extra al pico de la inflación. A cambio, el tejido empresarial no se desangró, según el informe.
Aunque las empresas españolas fueron tan rápidas como las alemanas o las francesas en cambiar sus precios, la inflación final en España se mantuvo por debajo de la media europea en 2022, el momento más duro de la crisis de precios. En ese año, el IPC se situó en el 5,6% en términos armonizados, frente al 9,2% del conjunto del área monetaria, lo que dejó a España 3,6 puntos por debajo de la media, según los datos.
Hidalgo achaca esta diferencia a tres factores: la menor dependencia del gas ruso gracias a la excepción ibérica, una mayor responsabilidad de los trabajadores que evitaron una espiral de salarios y una competencia feroz en los supermercados. "En España, la distribución alimentaria es tan competitiva que, si te pasas subiendo el precio, el cliente se te va al súper de enfrente al día siguiente", dijo el economista. En su opinión, esta presión obligó a las cadenas a absorber parte de los costes con sus márgenes, actuando como un dique de contención.
El año 2024 marcó el inicio del fin de este frenesí, aunque el aterrizaje está siendo desigual. Mientras que las etiquetas de los alimentos y los bienes industriales han recuperado su dinámica habitual de ajustes de precios, en el sector servicios los precios han seguido moviéndose a un ritmo dos puntos porcentuales por encima de su media histórica, reflejando el impacto tardío pero persistente de las presiones salariales y los efectos de segunda vuelta, según el informe.
Pero si la inflación ya se ha moderado y las empresas han vuelto poco a poco a sus ritmos normales de cambio, la pregunta es por qué los ciudadanos siguen teniendo la sensación de que sus bolsillos se desangran cada vez que pasan por caja. Aquí es donde entra el factor psicológico y lo que Hidalgo define como un comportamiento anecdótico pero generalizador.
El consumidor no analiza el IPC medio, pero sí recuerda el encarecimiento de los huevos, del aceite de oliva y, más recientemente, del café y el chocolate. Estos productos han variado de precio por circunstancias muy concretas, como la gripe aviar, la sequía que destrozó los campos españoles, o las malas cosechas del cacao en Costa de Marfil y Ghana, según las fuentes. "El problema es que, aunque el resto de los 5.000 productos que componen la cesta de la compra se hayan estabilizado, el cerebro humano se queda con la subida del producto que usa a diario y ahora mismo los consumidores tienen un trauma tras haber gozado de dos décadas de estabilidad absoluta", dijo Hidalgo.
A ello se suma lo que los economistas denominan la paradoja del sentimiento del consumidor, que es la brecha entre indicadores macroeconómicos sólidos y un sentimiento negativo por parte de los hogares. Un reciente informe de Funcas señala que el impacto acumulado en los precios puede deprimir la confianza mucho después de que la tasa de inflación haya bajado, ya que las personas se anclan en los precios prepandemia de productos esenciales como alimentos, alquiler y energía, según el informe.
Incluso sectores que parecen ajenos a la cesta básica, como la joyería o los relojes, están alimentando esta sensación de carestía perpetua. En el último año, estos artículos se han colado entre los que más suben debido al precio del oro, que se ha multiplicado por la incertidumbre geopolítica internacional. Los bancos centrales compran oro para protegerse de las turbulencias internacionales y, de rebote, el anillo que alguien quería llevar a arreglar en su barrio cuesta hoy el doble que hace dos años, según las fuentes.
Paralelamente, el debate sobre los márgenes empresariales ha cobrado relevancia. Según el Observatorio de Márgenes Empresariales, el margen sobre ventas ha pasado del 11,5% en 2019 al 13,4% en 2025, casi dos puntos porcentuales más, y casi toda esta subida en los últimos tres años. El excedente bruto de explotación ha crecido un 56% en ese periodo, frente al 35% de la masa salarial, según los datos del OME.
Sin embargo, un análisis detallado revela que la mayor parte de la ampliación de márgenes se concentra en apenas tres ramas de actividad de más de setenta. El comercio mayorista de combustibles, el de artículos de uso doméstico y el sector de energía eléctrica y gas explican, por sí solos, más de un punto porcentual del aumento total, según el análisis sectorial del OME.
Las razones son sectores donde los precios internacionales de las materias primas se dispararon con la guerra de Ucrania, donde los mecanismos de fijación de precios (como el mercado marginalista eléctrico) amplificaron las subidas, y donde la estructura de mercado —con pocos operadores de gran tamaño— facilitó el traslado completo a precios finales, según el análisis.
Si se eliminan esos tres sectores del cálculo, los márgenes del conjunto de la economía española llevan prácticamente estancados una década, según los datos. El temido aumento generalizado de márgenes no existe más allá de un puñado de actividades muy concretas.
Desde 2023, los salarios están creciendo al doble de ritmo que el excedente: un 12% frente a un 7% en los dos últimos años, según los datos del OME. El margen sobre ventas apenas se ha movido una décima. La corrección, lenta pero real, está en marcha.
Conviene aclarar que cuando se habla de margen empresarial —el indicador que publica el OME— no se está hablando del beneficio neto de las empresas. El margen sobre ventas mide el excedente bruto de explotación, es decir, lo que queda de las ventas después de pagar proveedores y salarios. Pero de ese excedente aún hay que descontar amortizaciones, gastos financieros e impuestos. Según datos de la Central de Balances del Banco de España, el beneficio neto apenas representa un tercio del excedente bruto en un año normal.
El análisis sectorial muestra que los sectores donde más ha crecido el excedente empresarial son también aquellos donde más ha crecido la masa salarial. Y en muchos sectores donde los márgenes han caído, los salarios han seguido subiendo. No hay, en los datos, evidencia de un juego de suma cero donde el capital gane a costa del trabajo de forma sistemática, más allá de los efectos generados por esos sectores que han participado de una temporada extraordinaria, según el análisis.
La situación plantea desafíos para la política económica. Reclamar subidas salariales generalizadas porque el margen medio ha subido carece de rigor, al igual que negar que existan sectores con márgenes claramente ampliados que merecen un escrutinio específico. Si los márgenes evolucionan de forma tan dispar entre sectores, las respuestas salariales deben adaptarse a cada realidad, lo que refuerza la importancia de la negociación colectiva sectorial.