

Tres madres de jóvenes estadounidenses desaparecidos en México fundaron la Asociación de Estadounidenses Desaparecidos en México (ACMMA) tras enfrentarse a la falta de apoyo institucional. Con 1.756 ciudadanos de EE.UU. desaparecidos en territorio mexicano, estas mujeres se han convertido en investigadoras de sus propios casos mientras luchan contra lo que describen como una "pesadilla infinita".
Lisa Torres, Luz Francisca Rivera y Jeanette Cerecer comparten una tragedia común: sus hijos, nacidos en Texas de padres inmigrantes, cruzaron la frontera hacia México y nunca regresaron. Ante la respuesta insuficiente de las autoridades de ambos países, estas tres madres decidieron unir fuerzas en 2018 para crear la Asociación de Estadounidenses Desaparecidos en México (ACMMA, por sus siglas en inglés).
El caso de Lisa Torres comenzó el 29 de julio de 2017, cuando despertó con un dolor inexplicable en el pecho mientras visitaba a su familia en Guanajuato. Lo que entonces no sabía era que su hijo Roberto Franco Jr., de 22 años, acababa de desaparecer en el camino hacia donde ella estaba. Roberto había salido manejando desde Houston, Texas, alrededor de las cuatro de la mañana y debía llegar a las diez, según relata la madre.
Ese mismo día, Juan Francisco Hernández, de 24 años, quien trabajaba limpiando tanques en una refinería del área de Houston, viajaba en el mismo vehículo que Roberto. Su madre, Luz Francisca Rivera, estaba en su rancho en México, recién operada de la vesícula, sin internet ni señal. Para comunicarse con su hijo, siempre tenía que caminar hasta el pueblo más cercano. Cuando Juan Francisco desapareció, su madre caminó hasta el pueblo para llamar a un teléfono que nunca contestó.
Un mes después, el 30 de agosto, Ernesto Garnica Jr., hijo de Jeanette Cerecer, desapareció el día que cumplía 29 años. Ernesto trabajaba en un centro de acogida para niños migrantes y vivía entre Texas y Matamoros. El día de su cumpleaños, salió del trabajo de noche y llamó a su madre: "Mami, ¿qué onda?". Le dijo que había quedado con amigos para una carne asada, pero que comería con ella al día siguiente. A las cinco de la madrugada alertaron a Jeanette de que Ernesto no aparecía. Tres días después encontraron su camioneta quemada en la carretera entre Matamoros y Reynosa, con dos cuerpos calcinados adentro. Jeanette pasó meses creyendo que su hijo había muerto, pero los resultados del ADN confirmaron que ninguno de los cuerpos hallados era el suyo. Sigue desaparecido.
Investigadoras por cuenta propia
Ante una desaparición, lo primero es presentar un reporte a la policía, explica Melissa Rangel, coordinadora de casos en el Texas Center for the Missing, una organización local que apoya en la búsqueda de personas desaparecidas. Luego recomienda contactar a organizaciones que ofrecen apoyo adicional.
En 2024 se reportaron 10.458 nuevos casos de desaparecidos en Harris County: 3.513 adultos y 6.945 niños. Con esas cifras, el condado más grande de Estados Unidos se convirtió también en el condado con más desapariciones de Texas, que a su vez es el estado con más casos sin identificar en todo el país. En enero pasado, Houston, la capital de Harris County, era la ciudad norteamericana con más personas desaparecidas, con 442. De ellas, 196 eran latinas.
Rangel asegura que las familias hispanas dudan cada vez más en reportar desapariciones ante la policía, o al menos así lo ha observado en los últimos meses. Están dejando de hacerlo, sobre todo, por miedo a acabar detenidos o deportados.
Cuando la desaparición ocurre en un país extranjero, el Departamento de Estado recomienda que las familias contacten a la embajada o consulado correspondiente. El personal puede trabajar con autoridades locales para localizar al ciudadano, verificar reportes de hospitalizaciones o arrestos, y mantener informada a la familia ante posibles actualizaciones. Sin embargo, los consulados no investigan crímenes ni emprenden búsquedas. Tampoco pueden dar asesoría legal, aunque pueden proporcionar listas de investigadores privados o abogados. Las familias deben financiar sus propias investigaciones.
Según el Registro Nacional, hay más de 8.000 desaparecidos en México cuya nacionalidad se desconoce, así que la cifra de norteamericanos podría ser mayor. En marzo de 2023, cuatro estadounidenses fueron secuestrados en Matamoros, Tamaulipas, y las autoridades respondieron rápidamente, coordinando su rescate junto con EE.UU. Sin embargo, muchas familias de personas desaparecidas en México han denunciado que no reciben la misma atención.
Para Lisa, Luz Francisca y Jeanette, los consulados resultaron ser no más que buzones de quejas y sugerencias. "Es como un asistente administrativo, un lleva y trae información", dice Jeanette. Las autoridades texanas tomaron el reporte y pusieron una alerta en el puente fronterizo. Sin demasiado apoyo institucional, las tres comenzaron a mover cielo y tierra por su cuenta.
Jeanette dejó su trabajo. Asegura que pasó siete meses sin dormir, recorriendo Tamaulipas, moviendo contactos, revisando cámaras de seguridad hasta que identificó a dos personas usando la tarjeta bancaria de Ernesto. Se dedicó a localizarlos. Consiguió videos y recibos de compras, e identificó a varias personas involucradas, incluyendo a un amigo de su hijo. Hasta la fecha, dice, nadie ha sido detenido.
Lisa revisó el iCloud de su hijo y descubrió que alguien se tomó una selfi con su teléfono días después de la desaparición. Lisa llevó la foto a la policía en México. Llamaba constantemente preguntando si habían identificado a la persona, pero no obtuvo respuesta. Empezó a revisar páginas de Facebook sobre crimen organizado y a mirar fotos de cuerpos no identificados en internet tratando de reconocer a su hijo.
Luz Francisca estaba enferma en México sin papeles para cruzar. Cuando llamaba a la fiscalía con el número de caso le respondían: "No tenemos nada".
"Sed de justicia"
Jeanette describe una desaparición como una "pesadilla infinita", como una granada en medio de la familia. "Explota y todos quedamos en pedacitos. Es tan inmensa la afectación que no podemos reconstruirnos ni ayudar a reconstruir al otro". Ocho años más tarde, sigue en pedazos, pero nunca habla de Ernesto en pretérito. "Todo puede pasar, mi hijo puede estar vivo, reclutado por un cartel y haciendo cosas que no quiere hacer", asegura.
Después de siete meses investigando, sintió miedo del crimen organizado y pidió asilo en el puente fronterizo. Un funcionario le recomendó que no se quedara en la zona, que se fuera a vivir lejos. "Yo soy una mujer fría. Yo mi duelo no lo he vivido porque si yo vivo mi duelo yo me muero", señala Jeanette, quien considera que su hijo "es una víctima de la delincuencia y es una víctima de las autoridades". "Tengo sed de justicia. Una justicia que se me ha negado".
Lisa, mientras tanto, considera que "uno tiene que saber sobrevivir". "El trauma toma mucho esfuerzo", añade, mientras recuerda cómo se unió a un colectivo de búsqueda en la ciudad fronteriza Reynosa, México, para escarbar en fosas clandestinas. "Yo no iba con esperanza de encontrar a Roberto. Yo nomás sentía que tenía que hacer algo con mis manos".
Luz Francisca es más directa: "Mi vida ya no tiene sentido", dice. Su actualización sobre el caso: ninguna. "Lo único que tengo es fe en mi Padre Santo".
En 2018, las tres madres se conocieron y fundaron la Asociación de Estadounidenses Desaparecidos en México. "Creo que Dios nos puso en el camino por algo", dice Jeanette. "Hemos hecho una amistad de una tragedia".
Había colectivos de búsqueda en México enfocados en mexicanos, y había organizaciones para desaparecidos en Texas y en el resto del país. Pero los ciudadanos estadounidenses desaparecidos en México eran casi invisibles para ambos lados. Además, las familias de estas personas, junto con el dolor de no saber, la ansiedad y la depresión, enfrentan dificultades económicas: el costo de viajar constantemente entre ambos países buscando respuestas y de financiar investigaciones privadas.
Ellas, que en ese entonces no sabían bien cómo funcionaba el sistema, se dedicaron a estudiarlo y a transmitir lo que han ido aprendiendo. "Hay muchas madres que no saben español, que no saben el idioma, están perdidas, no saben qué hacer", explican.
Jo Ann Lowitzer, una activista cuya hija adolescente, Alexandria Lowitzer, desapareció en 2010, dice que las familias de desaparecidos se han convertido en su familia extendida a lo largo de los años. "Cuando una persona desaparecida toca tu vida, es como si un pedazo de ti desapareciera con ellos", afirma. "Eso es realmente lo que anhelas: sentir que no estás sola".
En Texas, donde el año pasado se reportaron cerca de 45.000 desapariciones, esa familia extendida sigue creciendo.