Margaret Atwood: "A las mujeres mayores solo nos permiten ser dos cosas: sabias ancianas o viejas brujas malvadas"
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Margaret Atwood: "A las mujeres mayores solo nos permiten ser dos cosas: sabias ancianas o viejas brujas malvadas"

La reconocida escritora canadiense de 85 años, autora de 'El cuento de la criada', reflexiona sobre su vida, su carrera literaria y el feminismo en una entrevista en Toronto, donde presenta sus esperadas memorias 'El libro de las vidas'.

ARTE Y CULTURA1 NOV 2025

Es hora punta en un ajetreado café del centro de Toronto, pero nadie parece reparar en la presencia de Margaret Atwood, la escritora más famosa de Canadá y una de las más célebres del mundo. Menuda, vestida de oscuro y tocada por un sombrero que tapa su blanca cabellera rizada, Atwood, de 85 años, cruza el local inadvertida y, en uno de esos soleados días en los que el otoño canadiense enseña tímidamente los dientes del invierno, escoge la terraza para hablar con un hilo de voz grave y su acostumbrada ironía de sus esperadísimas memorias.

No le veía el sentido a escribirlas ("¿Quién quiere leer la historia de alguien sentado delante de un escritorio peleándose con un folio en blanco?", se pregunta en el libro; "Para morirse de aburrimiento", remata), pero finalmente lo hizo. Y las ha titulado 'El libro de las vidas' (Salamandra), porque son exactamente eso: el recuento nada aburrido, generoso y bienhumorado de las existencias que le tocaron en suerte a alguien siempre dispuesto a restarse importancia: de la infancia silvestre a la juventud errante; del despertar como la poeta que acaba de ser galardonada con el Premio Internacional Joan Margarit a la consagración de la novelista; y de la madurez como la autora profética de 'El cuento de la criada' a los años de la viudedad tras la muerte en 2019 de su segundo marido, Graeme Gibson, compañero de casi toda una vida y padre de su hija.

El libro, de casi 700 páginas, es también el relato de un tiempo perdido: la historia de la generación de la posguerra y de la evolución de las costumbres en la segunda mitad del siglo XX, de los triunfos y tribulaciones del feminismo y de esas letras canadienses que emergieron, gracias a ella y a sus coetáneos, a la sombra hegemónica de Estados Unidos. De ellas, el tópico suele decir que Atwood −"Peggy, para los amigos", matiza− es su gran dama.

"La fama no es tanto problema", comenta Atwood cuando se le pregunta sobre ella. "Me reconocen mucho en los aeropuertos. Ahí sí caigo en lo que yo llamo 'la emboscada del selfi'", añade con humor. Sobre su vida, la escritora considera que "fue suerte. Me tocó un momento afortunado de la historia. Gran parte de lo que define una vida es su tiempo y su lugar".

Cuando se le pregunta si es nostálgica, responde tajante: "En absoluto. Cuando uno es joven cree que vive una existencia superior. Luego aprende que tener entre 20 y 30 años es un infierno". Y sobre por qué en su libro emplea 400 páginas en sus primeros 40 años y 200 en los segundos, contesta con ironía: "¡Porque las cosas se vuelven menos interesantes cuando envejeces!".

Atwood no se muestra optimista sobre el futuro de la humanidad: "Se avecinan tiempos difíciles por varias razones: la bomba de tiempo demográfica, la degradación ambiental, el gran deshielo y el calentamiento global (que no son buenas noticias para España). También, la posibilidad de que alguien de gatillo fácil apriete el botón nuclear".

La escritora recuerda que durante la crisis de los misiles de Cuba, en 1962, estudiaba en Harvard literatura victoriana: "Pensábamos que volaríamos por los aires mientras discutíamos la poesía de Tennyson". Sobre su experiencia con drogas, confiesa que probó el LSD y "me pareció aburrido", mientras que rechazó la ayahuasca porque "lo de vomitar no va conmigo".

Al hablar de 'El cuento de la criada', novela que publicó hace 40 años y que se ha convertido en un símbolo de resistencia en la era Trump, Atwood recuerda: "Cuando poco después de la caída del Muro de Berlín estrenamos la película en la parte oriental, la gente nos decía: 'Vivir aquí era exactamente así'. La vigilancia es lo que define los regímenes totalitarios. Y esas armas de control de la población han mejorado muchísimo en estos cuarenta años".

Sobre si un régimen como el de Gilead, el mundo distópico y opresivo para las mujeres que imaginó, podría ocurrir en Estados Unidos, responde: "Creo que no, y estoy tentada de añadir 'todavía'. Trump y los suyos no están tan bien organizados. Y, de nuevo, dudo de si agregar 'aún'".

Atwood deja claro que no buscó inspiración para 'El cuento de la criada' más allá del Telón de Acero, sino en Estados Unidos, "en el puritanismo del siglo XVII". Y añade: "Todas las dictaduras que conocemos tienen un líder supremo. ¿Por qué Gilead no? Porque es una sociedad regida por la religión y la iglesia…".

Sobre el nacionalismo cristiano que resurge en Estados Unidos, opina: "Es una contradicción. Se supone que el cristianismo es una religión universal. Es peor cuando le añaden el adjetivo de 'blanco'. Gran parte de los cristianos están en África".

En su libro, Atwood define un terreno intermedio entre la distopía y la utopía: la "ustopía", que describe como "un período de caos que ha permitido hacerse con el poder a una administración fuerte y capaz de asumir el mando". Cuando se le pregunta si pensaba en Trump, responde: "Desde luego, le gustaría lograrlo. Trabaja con denuedo para eliminar fundamentos democráticos como la separación de poderes. Y mucha gente está obedeciendo por adelantado".

Sobre la adaptación televisiva de 'El cuento de la criada', Atwood prefiere no opinar sobre el final de la serie: "Dejémoslo en que aún no he tenido tiempo de verlo. En realidad, no quiero decir nada al respecto". Y explica que nunca tuvo control sobre hacia dónde iría la historia: "Ninguna productora le daría el poder de veto a un escritor. Estarían locos si lo hicieran. Firmé un contrato en los años 80 que incluía los derechos televisivos, pero entonces nadie creía que un libro así pudiera convertirse en una serie".

Al abordar el tema del feminismo actual y sus divisiones internas, Atwood señala: "Todos los movimientos de la historia tuvieron luchas internas de poder, desde el cristianismo a los bolcheviques. El feminismo no es distinto. Ha tenido sus altibajos desde que la Revolución Francesa prefirió que su eslogan no fuera 'Libertad, Igualdad, Fraternidad… y Sororidad'".

Sobre el momento actual del feminismo, considera que "no creo que sea un buen momento para las escritoras feministas, porque la gente se hartó del MeToo. Es lo de siempre: el péndulo de la historia. Lo mejor está en el centro, pero también lo más difícil: te atacan desde ambos extremos".

Cuando se le pregunta si siempre la consideraron un poco bruja, ahora que es una venerable leyenda de las letras universales, responde con humor: "Ahora soy la Bruja Buena de El mago de Oz. A las mujeres mayores solo nos permiten ser dos cosas: sabias ancianas o viejas brujas malvadas. A veces, ambas a la vez…".

Al final de la entrevista, Atwood habla sobre la muerte con serenidad: "La muerte le da miedo a la gente de su edad. Un artista alemán hizo un proyecto de fotos en cementerios y entrevistas a escritores sobre la muerte. Me contó que los jóvenes no tenían inconveniente en participar. Tampoco los más mayores. Eran los que estaban en medio los que no querían. A mí no me entusiasma la perspectiva, pero ya me he hecho a la idea".

'Libro de mis vidas. Como unas memorias' (Salamandra) está traducido por Irene Oliva Luque, Ana Mata Buill, Francisco Ramos, Antonio Padilla y Raquel Lanseros.

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