

Mohammed Salim Khan, nacido hace 30 años en el campamento de refugiados de Kutupalong en Bangladés, ha creado la Rohingya Photography School, donde ya ha formado a más de 1.000 jóvenes rohinyás para documentar su propia realidad a través de la fotografía con teléfonos móviles.
Mohammed Salim Khan nació hace 30 años en el sur de Bangladés, en Kutupalong, el campamento de refugiados rohinyás que con el tiempo se convertiría en el conjunto de campos de desplazados más grande del mundo. Este complejo acoge actualmente a casi 1,2 millones de personas de esta minoría étnica musulmana que han huido de la brutal persecución que sufren en su país de origen, Myanmar.
Salim ha crecido en estos campos y conoce de primera mano tanto el sufrimiento de su pueblo como su extraordinaria capacidad de resiliencia, incluso después del gran éxodo de 2017. En aquel momento, cientos de miles de rohinyás tuvieron que huir precipitadamente cuando décadas de opresión por parte de la mayoría budista de Myanmar culminaron en lo que ha sido calificado como una auténtica limpieza étnica perpetrada por el ejército birmano.
Esta capacidad de resistencia se mantiene incluso en la actualidad, cuando los recortes a la ayuda humanitaria, especialmente por parte de Estados Unidos, están poniendo al límite la vida en unos campamentos cada vez más deteriorados, saturados e inseguros, según explica el propio Salim.
Todo este contexto es lo que Salim quiere documentar desde dentro a través de sus fotografías. Para ello, no solo captura imágenes, sino que también forma a sus compatriotas en la Rohingya Photography School, una escuela por cuyos talleres de fotografía con teléfono móvil ya han pasado en los últimos dos años aproximadamente 1.000 estudiantes, según asegura su fundador.
"Nunca he visto mi país. Toda mi vida ha transcurrido en el campo de refugiados. Mis padres escaparon de Myanmar con solo dos trozos de papel que demostraban su pasado. Esa pérdida me llevó a querer utilizar la fotografía para conservar nuestros recuerdos y mostrar nuestras vidas", explica Salim, cuyos padres llegaron al campo de refugiados en Bangladés en 1992, antes de que él naciera.
La vida de Salim no ha sido fácil. Ha desempeñado —y sigue desempeñando— diversos trabajos; entre otras ocupaciones, es formador en preparación y respuesta ante emergencias, especializado en la seguridad contra incendios e inundaciones. Sin embargo, la fotografía siempre ha estado presente en su vida. "Desde pequeño. Cuando jugaba al críquet e íbamos a jugar un torneo, tomaba fotografías. En 2019, presenté mi trabajo a un concurso de fotografía rohinyá y gané". Al año siguiente, pudo adquirir su primera cámara digital.
"Nunca tuve la oportunidad de estudiar fotografía en ninguna escuela formal. Me enseñaron en una organización humanitaria en la que trabajaba como traductor, mediador y responsable de comunicación. Y muchos periodistas extranjeros y locales a los que he ayudado en su trabajo en los campos también me han ido formando", relata. Actualmente, su trabajo ha sido publicado en numerosos medios internacionales, ha formado parte de exposiciones alrededor del mundo y ha publicado el libro "A million faces of resilience" (Un millón de rostros de resiliencia).
En 2023, Salim fue uno de los galardonados con el Premio Nansen para los Refugiados de la región de Asia y el Pacífico, un reconocimiento que distingue la labor de personas, grupos y organizaciones en la protección de los refugiados, los desplazados internos y las personas apátridas.
El dinero obtenido con este premio le permitió fundar la escuela de fotografía hace dos años, con el objetivo de ayudar a otros jóvenes rohinyás a contar sus propias historias. "Los comienzos no fueron fáciles. Teníamos muy pocos recursos, pero poco a poco fue creciendo", recuerda. Actualmente cuenta con algunos colaboradores —como Mohammed Ayas— para atender las crecientes peticiones que reciben para organizar talleres desde todos los rincones de los 33 campamentos distribuidos por la región.
"Vamos a seguir aceptando todas las invitaciones [...] Por lo tanto, les pedimos que tengan paciencia. Nadie interesado en la fotografía se quedará sin ella", escribieron el pasado 24 de septiembre en una publicación en redes sociales.
Todavía sin una sede permanente, la escuela utiliza para sus clases los espacios que los organismos internacionales les prestan. Los talleres, que tienen una duración de dos días, son gratuitos e incluyen la comida. En ellos se enseñan los fundamentos básicos de la fotografía que los jóvenes podrán aplicar con sus teléfonos móviles. "Y algunas de sus fotos, incluso, se han expuesto ya en todo el mundo", explica con orgullo. Aproximadamente el 20% del millar de estudiantes que han pasado por la escuela han sido mujeres, según indica Salim. Y, en general, "aunque ha habido grupos de estudiantes, la mayoría son jóvenes rohinyás que trabajan con organizaciones humanitarias que apoyan los servicios de saneamiento, comunicaciones y otros sectores".
En realidad, aunque reciban alguna compensación económica, no pueden ser considerados oficialmente como trabajadores, sino como voluntarios, ya que el Gobierno de Bangladés, que no reconoce a los rohinyás como ciudadanos, prohíbe a estos refugiados trabajar legalmente. Esta situación hace que dependan casi por completo de la ayuda de las organizaciones internacionales, lo que incrementa una frustración que continúa creciendo a medida que transcurren los años sin que se vislumbre ninguna solución definitiva para la crisis.
Por un lado, el retorno a sus hogares —que es lo que desean tanto la mayoría de refugiados como el Gobierno de Bangladés— parece inviable en estos momentos debido a la cruenta guerra civil que vive Myanmar desde hace cuatro años. De hecho, siguen llegando diariamente nuevos refugiados rohinyás a los campamentos.
Por otro lado, en medio de los recortes de fondos a la ayuda humanitaria que obligan a las organizaciones a ajustar sus servicios, el aparente desinterés de la comunidad internacional por buscar soluciones se hizo evidente en la reunión de alto nivel celebrada el mes pasado en la sede de Naciones Unidas en Nueva York. Este encuentro concluyó únicamente con la promesa de algunos fondos adicionales por parte de Estados Unidos y Reino Unido, pero sin ningún plan o iniciativa concreta para resolver la situación a largo plazo.
A pesar de todo, Salim mantiene una actitud optimista. "Tras la conferencia de la ONU, los rohinyás están contentos porque, al menos, se está hablando de la crisis. Hace solo dos años, nos sentíamos completamente olvidados", explica. "Mi objetivo con la escuela es empoderar a los jóvenes para que se inspiren en el fotoperiodismo, que se conviertan en narradores y agentes del cambio. Contar las cosas significa dar nuevas esperanzas", concluye.