

Un estudio genómico de la Universidad de California en Los Ángeles reveló que los indígenas andinos poseen hasta cuatro veces más copias del gen que produce amilasa salival, una enzima que digiere almidón, que cualquier otra población mundial. La investigación, publicada en Nature Communications, atribuye esta adaptación evolutiva al consumo de papa que comenzó hace aproximadamente 10.000 años en los Andes peruanos.
Los indígenas andinos tienen en promedio 10 copias del gen AMY1, responsable de producir amilasa salival, comparado con un promedio de siete copias en otras poblaciones del mundo, según un análisis genómico realizado por investigadores de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) sobre más de 3.700 individuos de 83 poblaciones diferentes.
La amilasa salival es una enzima que descompone el almidón, un azúcar complejo usado por las plantas para almacenar energía, en formas que el cuerpo humano puede metabolizar rápidamente. Este proceso comienza en la boca en el momento en que se ingiere el alimento.
El gen AMY1 se duplicó hace aproximadamente 800.000 años en los humanos, aumentando la capacidad de digerir almidón. Sin embargo, algunas poblaciones han desarrollado múltiples copias adicionales de este gen, y hasta ahora había sido difícil determinar si estos duplicados eran consecuencia directa de cambios dietéticos.
La firma genética de la selección natural
Para descartar que esta concentración inusual de copias del gen fuera resultado de una reducción poblacional accidental, los investigadores utilizaron diferentes técnicas para comparar las secuencias de los genes de amilasa. Identificaron una clara firma de selección natural que favoreció a individuos con numerosas copias de AMY1, precisamente en el período cuando las papas se incorporaban al menú andino.
"No es que los indígenas andinos ganaran copias adicionales de AMY1 una vez que comenzaron a comer papas", explicó Omer Gokcumen, biólogo y autor principal del estudio. "En cambio, aquellos con menor número de copias fueron eliminados de la población con el tiempo, quizás porque tuvieron menos descendencia, y los que tenían mayor número de copias permanecieron".
Gokcumen no considera que esta sincronización temporal sea mera coincidencia. "Los biólogos han sospechado durante mucho tiempo que diferentes grupos de humanos han desarrollado adaptaciones genéticas en respuesta a sus dietas, pero hay muy pocos casos donde la evidencia es tan sólida", afirmó.
Ventaja evolutiva calculable
Tener más copias del gen de amilasa salival proporciona una concentración ligeramente mayor de enzimas que digieren almidón. Según los cálculos de los investigadores, esto otorgó a los antiguos peruanos un 1,24% más de probabilidad de sobrevivir el tiempo suficiente para tener más hijos.
Aunque este porcentaje puede parecer modesto, durante miles de años ha convertido a los indígenas andinos en líderes mundiales en digestión de almidón, según el estudio.
La investigación descartó que el impacto de enfermedades, violencia y colapso poblacional resultante del contacto europeo en siglos recientes pudiera explicar esta distribución genética, ya que la selección ocurrió hace aproximadamente 10.000 años.
Implicaciones más amplias sobre dieta y evolución
La alimentación moldea los cuerpos y el genoma humano de innumerables formas. Ejemplos previos incluyen la capacidad de algunos grupos para digerir lactosa en la edad adulta, almacenar grasa de manera eficiente, o metabolizar alcohol.
"No hay duda de que nuestra dieta moderna dejará su firma en nuestros genes para las generaciones venideras, tal como lo hizo la papa en su momento", señala el estudio.
La papa, domesticada en los Andes hace miles de años, se convirtió en un alimento básico para las poblaciones de la región. Este tubérculo es rico en almidón, lo que habría ejercido presión selectiva sobre las poblaciones que lo consumían regularmente, favoreciendo a aquellos individuos genéticamente mejor equipados para digerirlo.
La investigación fue publicada en Nature Communications y verificada por Darren Quick. El estudio proporciona evidencia directa de cómo cambios dietéticos específicos pueden impulsar adaptaciones genéticas en poblaciones humanas a lo largo de milenios, ofreciendo un caso documentado de evolución humana reciente en respuesta a factores culturales y alimentarios.