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Rusia refuerza sigilosamente su presencia militar y económica en Siria tras la caída de El Asad

Moscú ha iniciado un discreto pero sistemático regreso a Siria, consolidando su influencia militar, económica y diplomática en el país, según revela un análisis de expertos internacionales. A pesar de la caída del régimen de Bachar el Asad en diciembre de 2024 y la llegada al poder del ex líder yihadista Ahmed al Shara, Rusia mantiene sus bases estratégicas en Tartus y Khmeimim, mientras establece nuevos acuerdos con el actual gobierno sirio.

INTERNACIONAL3 FEB 2026

El retorno ruso a Siria comenzó apenas dos días después de que el entonces presidente Bachar el Asad huyera a Moscú el 10 de diciembre de 2024. Según imágenes captadas por el satélite europeo SENTINEL-2, aviones de transporte táctico ruso clase Ilyushin Il-76 Candid, Antonov An-26 y Antonov An-72 STOL, diseñados para el traslado de material bélico pesado, aterrizaron en las bases rusas de Hmeimim y Tartous, en la costa siria, protegidos por helicópteros de combate KA-52.

Las mismas imágenes mostraron que la flota militar rusa destacada en Siria había abandonado la ribera de Latakia y permanecía posicionada en aguas internacionales del Mediterráneo oriental con las proas orientadas al sur, en lo que parecía una retirada pactada del país. Este acuerdo secreto fue posteriormente reconocido por el propio Al Shara, ya investido como presidente, en una entrevista difundida por la agencia de noticias francesa AFP.

La presencia militar rusa en Siria no es nueva. Sus primeras trazas se remontan a 2013, cuando unos 250 hombres de Slavonic Corps Ltd, empresa pionera en la industria de mercenarios rusa, se unieron al ejército regular sirio y a grupos salafistas en la región de Homs, en una misión que concluyó en fracaso. Un año después, destacamentos mejor entrenados de las compañías privadas de seguridad militar rusas Wagner Group, Moran Group y Schif Gorup, tomaron el relevo y fueron fundamentales en la victoria del ejército de El Asad en la "Batalla de Palmira" contra el Estado Islámico.

En aquellos combates ganaron medallas generales rusos como Serguei Rudskói, entonces director general de operaciones del Estado Mayor y desde 2023 número dos de las Fuerzas Armadas rusas, y Andrei Troshev, conocido como "Sedoi", antiguo comandante de la unidad de elite SOBR, a quien Putin entregó en 2024 la dirección del Wagner Group (hoy rebautizado Africa Corps) tras la traición de su fundador, Yevgueni Prighozin.

Tres eran entonces los objetivos principales del Kremlin en Siria: combatir las aspiraciones geo-estratégicas de Estados Unidos e Israel en Oriente Medio, garantizarse una gran base militar en el Mediterráneo que le permitiera eludir a Turquía e impulsar su expansión en África, y defender los intereses económicos de oligarcas del círculo íntimo de Putin como Gennady Timchenko.

El éxito militar ruso comenzó a declinar a partir de 2018, especialmente tras la "Batalla de Khasham" y la ofensiva del régimen en Ghouta, que contribuyeron a formar la heterogénea alianza que llevaría al actual presidente sirio y exlíder de Al Qaeda al poder siete años después. Decenas de mercenarios rusos perdieron la vida en febrero de aquel año junto a soldados iraníes y guerrilleros de Hezbolá en bombardeos estadounidenses apoyados por unidades de inteligencia israelíes, mercenarios árabes, soldados turcos, empresas de seguridad norteamericanas como Constellis (antigua Blackwater), y los hombres de Al Shara.

Este último, en una maniobra política, se había desligado primero del Estado Islámico y después de Al Qaeda para convertirse en 2017 en el jefe de la milicia salafista Hayat e-Tahrir as-Sham (HTS) y en el tutor del llamado Gobierno de Salvación Sirio, gracias al apoyo político y económico de Turquía.

"La atención mediática sobre lo que hace Rusia en Siria ha disminuido. Pero lo cierto es que la presencia de Rusia allí se está volviendo a consolidar lentamente. Moscú conserva el acceso a las bases militares de Siria en Tartus y Khmeimim y puede reutilizarlas para tareas adicionales, como centros para enviar ayuda humanitaria a África", advierte Anna Borshchevskaya, investigadora principal en el Washington Institute, según recoge El País.

La experta añade que "Rusia sigue siendo el principal proveedor de petróleo en Siria, e imprime moneda siria. La embajada rusa permanece abierta. Con menos restricciones a las transacciones económicas en Siria, Rusia está bien posicionada para consolidar lazos más fuertes mediante el uso de intermediarios comerciales opacos".

El regreso ruso no es solo militar y económico, sino también geo-estratégico y diplomático. En septiembre de 2026, el viceprimer ministro de Rusia, Alexander Novak, visitó Damasco al frente de una amplia delegación en la que ofreció ayuda económica y energética, con la petrolera Tatneft, la quinta compañía más grande de Rusia en el sector, como punta de lanza.

A principios de octubre, y un mes antes de su controvertida visita a la Casa Blanca, Al Shara viajó a Moscú donde se comprometió a "honrar" los acuerdos firmados en el pasado. "Siria necesita dinero, la crisis es muy profunda, y al presidente no le importa de donde sacarlo. Ya hemos visto que escrúpulos no le faltan, y que cambiar de chaqueta no es un problema", explica un miembro de la nueva oposición siria, que prefiere no ser identificado, según la fuente consultada.

"Si bien la influencia de Moscú en Siria ha disminuido en comparación a cuando El Asad tenía el poder, para el Kremlin esta es una partida a largo plazo. Está adoptando un enfoque más cauteloso y construyendo lentamente lazos en múltiples frentes, mientras se presenta como un contrapeso a otros actores externos en Siria. Ni el propio Al Shara, ni actores externos como Israel, tienen prisa por negarle a Rusia este papel", insiste Borshchevskaya.

Actualmente, tres vuelven a ser las ambiciones principales de Moscú en Siria: recuperar el poder militar y naval que construyó en la costa de Latakia durante los últimos años del régimen de El Asad; consolidar y multiplicar los negocios tanto del Estado ruso como de las compañías privadas de seguridad y los siloviki (la casta de políticos y exdirigentes del KGB que han devenido en oligarcas y forman el círculo estrecho del poder en torno a Putin); y mantener Siria inestable para frenar la creciente injerencia de Irán y Turquía, mientras se asienta en una zona del Mediterráneo estratégica para sus operaciones en Ucrania y su pugna con la OTAN y la Unión Europea.

"En los últimos meses, Israel ha trazado claras líneas rojas con respecto al atrincheramiento militar turco e incluso ha atacado sitios que el ejército turco planeaba usar. Rusia nunca se ha opuesto a los ataques israelíes en Siria y es poco probable que se oponga a un aumento de las operaciones israelíes en el futuro", explica Ahmad Sharawi, investigador de la Fundación para la Defensa de la Democracia (FDD), según la información recogida.

Sharawi recuerda que Rusia, Israel y el Gobierno sirio ya firmaron en 2017 un acuerdo de seguridad que permitía a fuerzas rusas gestionar puestos de control en la región de los Altos del Golán como parte de un mecanismo de desescalada. El Gobierno ultraderechista de Benjamín Netanyahu vería con buenos ojos la reactivación de este pacto, que devolvería a los soldados y mercenarios rusos a la zona, pese a las advertencias de parte del ejército israelí sobre el riesgo de filtración iraní.

"En febrero, los funcionarios israelíes presionaron a Washington para que preservara las bases militares de Rusia en el oeste de Siria, viendo a Moscú como un contrapeso a la creciente influencia de Turquía sobre el nuevo gobierno en Damasco. Israel mantuvo una fuerte relación con Rusia a lo largo de la intervención de Moscú para apoyar al régimen de El Asad en la larga guerra civil de Siria", recalca el investigador.

Esta estrategia ya está tomando forma sobre el terreno. El 17 de noviembre de 2025, una importante delegación militar rusa visitó la provincia siria de Quneitra, limítrofe con los Altos del Golán, acompañada por responsables del Ministerio de Interior sirio en lo que se definió como "operaciones de reconocimiento". La visita incluyó un recorrido por un promontorio próximo a la ciudad de Beit Jinn, que anteriormente albergó un puesto militar ruso.

Sin embargo, las negociaciones parecen haberse ralentizado en las últimas semanas. El complejo tablero geopolítico incluye a actores como Donald Trump, Vladímir Putin, Benjamín Netanyahu y Recep Tayeb Erdogan, todos bajo la mirada de Ahmed Al Shara, quien ha demostrado una notable capacidad de adaptación política: de prisionero estadounidense en Irak a combatiente del Estado Islámico y Al Qaeda, para luego aceptar ayuda turca y negociar separadamente con Irán e Israel, hasta convertirse en presidente reconocido internacionalmente que mantiene relaciones tanto con el Kremlin como con la Casa Blanca.

Mientras tanto, según advierte la fuente consultada, la amenaza del Estado Islámico y el yihadismo resurge en la región, alimentada por los intereses contrapuestos de las potencias involucradas en el conflicto sirio.

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