El ratopín rasurado (Heterocephalus glaber) es una anomalía evolutiva que vive bajo tierra en África Oriental. Estos mamíferos poseen características extraordinarias: pueden vivir entre 30 y 40 años, diez veces más que un ratón común; apenas sienten dolor; pueden sobrevivir con muy poco oxígeno, y no desarrollan cáncer. Pero su característica más asombrosa es su estructura social. Organizan sus colonias de forma muy similar a los insectos eusociales, donde solo la reina y uno o varios machos reproductores tienen descendencia, mientras que el resto de los individuos excava túneles, busca alimento, cuida de las crías y defiende la colonia.
Durante años, los expertos en biología intentaron desentrañar cómo la reina conseguía mantener este orden social sin apenas recurrir a la fuerza. Se creía que sus constantes desplazamientos por la red de túneles, que en la naturaleza puede extenderse varios kilómetros, servían para empujar, acosar o reafirmar físicamente su autoridad sobre los demás. Sin embargo, el nuevo estudio propone una explicación completamente diferente basada en química.
El equipo de investigadores, liderado por Mohammed Khallaf, neurocientífico del Centro Max Delbrück de Medicina Molecular en Berlín, Alemania, analizó 771 muestras de olor procedentes de 351 animales pertenecientes a distintas colonias. Entre los más de 200 compuestos químicos detectados, identificaron una molécula específica: el miristato de isopropilo (IPM). Este compuesto aparecía sistemáticamente en las reinas en grandes cantidades, pero apenas se detectaba en el resto de los miembros de la colonia.
La concentración del IPM alcanzaba su máximo durante la ovulación y disminuía durante la gestación y la lactancia. Se producía principalmente alrededor de los genitales, lo que indicaba claramente un componente relacionado con la reproducción. El compuesto es suficientemente volátil para difundirse por el aire, pero no desaparece enseguida: si se deposita en algún lugar, sigue presente durante aproximadamente 24 horas.
Para confirmar que el IPM no era solo un marcador químico sino que tenía una función biológica real, los investigadores realizaron una serie de experimentos. Las pruebas mostraron que el IPM activaba regiones olfativas específicas del cerebro. Según Gary Lewin, uno de los autores del estudio y fisiólogo del Centro Max Delbrück, "vimos una activación intensa de la corteza olfatoria". Esa región está conectada con el hipotálamo, donde se regulan las hormonas reproductivas.
El mecanismo funciona de la siguiente manera: cuando los animales están expuestos al miristato de isopropilo, presentan niveles muy elevados de prolactina, la hormona que aumenta durante la lactancia e inhibe de forma natural la reproducción durante este período. Al mismo tiempo, disminuyen los niveles de progesterona. Como explica Lewin, "el animal huele la molécula y cambia su estado hormonal. Básicamente deja de poder reproducirse".
Para verificar que la hipótesis era correcta, el equipo realizó un experimento crucial: removieron la fuente de la molécula y observaron qué ocurría. Cuando aplicaron el éster en animales ya sin reina, no hubo agresividad. Los animales se comportaban como si la reina estuviera presente. Incluso cuando removieron algunas hembras no reproductoras de la colonia o usaron drogas para bloquear su capacidad de olfato, los niveles de prolactina bajaron, permitiendo que aquellas emparejadas con machos pudieran reproducirse. Esto demuestra que la presencia del IPM por sí sola, incluso en ausencia de la reina, es suficiente para bloquear la reproducción y mantener el status quo en la colonia.
Susana Pilar Gaytán, neurobióloga de la Universidad de Sevilla que no participó en la investigación, describe el hallazgo como "sorprendente". "Es la primera vez que lo encontramos en un mamífero absolutamente eusocial, que se comporta como ya habíamos visto que ocurría en hormigas o termitas", sostiene. El descubrimiento es particularmente significativo porque explica un misterio de larga data: por qué solo una hembra en una colonia de ratopines rasurados puede reproducirse, mientras que las demás permanecen infértiles, a veces durante toda su vida.
Melissa Holmes, neurobióloga del comportamiento de la Universidad de Toronto, Canadá, califica el estudio como un "cambio de juego" porque explica "un misterio de larga data". Lisa Stowers, neurobióloga del Instituto Scripps en San Diego, California, señala que la mayoría de las hembras están atrapadas en una "fase de pubertad estancada", donde sus órganos reproductivos están subdesarrollados y los niveles de prolactina están elevados.
La razón evolutiva detrás de este sistema es clara. Los ratopines rasurados viven bajo tierra buscando tubérculos extremadamente escasos. Ningún individuo podría sobrevivir solo. Como explica Lewin, "tienen que cooperar para construir kilómetros de túneles y compartir el alimento cuando lo encuentran". La cohesión social necesaria para esta cooperación está regulada por la reina a través del IPM. Los animales que viven bajo tierra tienen el estímulo visual prácticamente residual, por lo que todas las demás señales que pueden percibir son mucho más importantes. El olfato se convierte en el canal de comunicación dominante.
El IPM no solo está presente en las ratopinas. El equipo también lo detectó en otras especies sociales de ratas topo donde solo unas pocas hembras pueden reproducirse. Incluso aparece en mamíferos muy alejados evolutivamente. Según Lewin, "también se ha encontrado en mujeres durante la lactancia". Sin embargo, se desconoce exactamente qué función cumple en humanos. Los experimentos realizados por el equipo indican que las personas apenas pueden detectar esta molécula mediante el olfato. "Eso no significa necesariamente que no produzca algún efecto subconsciente, pero por ahora es solo una especulación", afirma el autor del estudio.
Cabe destacar que el miristato de isopropilo es un compuesto que se usa ampliamente en cosmética, lo que añade una dimensión interesante al descubrimiento: una sustancia química común en productos de consumo humano juega un papel crucial en la regulación del comportamiento reproductivo en estos mamíferos.
El siguiente paso en la investigación será encontrar el receptor olfativo capaz de reconocer esta molécula. Como señala Lewin, "si lo identificamos, podremos seguir el rastro de las neuronas implicadas. Nos gustaría ver cómo se comunican con otras regiones del cerebro y comprobar si este mismo mecanismo existe en otras especies y cumple funciones similares". Por ahora, la única certeza es que se trata de una molécula capaz de "modificar el comportamiento de forma drástica".
El descubrimiento también arroja luz sobre lo que ocurre cuando la reina muere. Sin la producción de IPM, la colonia entra en crisis y estalla una violenta lucha por ocupar su lugar. El orden social se rompe completamente, demostrando cuán fundamental es esta molécula para mantener la estructura jerárquica de estas colonias subterráneas.
Gary Lewin y su equipo han dedicado los últimos 15 años a desentrañar la extraordinaria biología de estos animales. Su investigación, publicada en Nature, representa un hito importante en la comprensión de cómo los sistemas químicos pueden regular comportamientos sociales complejos en mamíferos, abriendo nuevas líneas de investigación sobre la comunicación química en otras especies, incluida potencialmente la humana.



