El Mundial de 2026 se perfila como el torneo más politizado de la era moderna, con Trump como protagonista de una competición marcada por la comercialización y la diversidad
El Mundial de fútbol que concluye este domingo en Nueva Jersey se inscribe en una larga tradición de Mundiales instrumentalizados políticamente, pero con características singulares en la era contemporánea. Desde la intervención de Donald Trump ante la FIFA para favorecer a un jugador estadounidense hasta la presencia del presidente español Pedro Sánchez en la final, este torneo ejemplifica cómo los grandes eventos deportivos trascienden lo meramente deportivo para convertirse en escenarios de poder, identidad nacional y proyección geopolítica, según análisis de historiadores y expertos en comunicación deportiva.
La historia política de los Mundiales de fútbol es extensa y reveladora. Benito Mussolini utilizó el torneo de 1934 celebrado en Italia, que además ganó la selección italiana, para hacer propaganda del Estado fascista. La dictadura argentina de Jorge Rafael Videla aprovechó el triunfo albiceleste en 1978 con Kempes como estrella para blanquearse internacionalmente. Vladímir Putin, en Rusia 2018, realizó una ostentación de poder mientras fingía un acercamiento a Occidente, en una memorable imagen donde todas las autoridades se mojaban bajo la lluvia mientras él era protegido por un paraguas, según reporta El País.
"El modelo siempre es el mismo. Aprovechando el enorme potencial simbólico y la exaltación identitaria del Mundial, el mandatario trata de presentarse como algo unido a la nación, como si fueran una sola cosa, sea Mussolini, la junta militar o el emir de Qatar", explica Alejandro Quiroga, historiador y director del Máster sobre Nacionalismo e Identidades Nacionales de la Universidad Complutense de Madrid, quien ha estudiado la dimensión política del fútbol. Los líderes buscan tanto un "reforzamiento de su imagen para consumo interno" como una "promoción de su régimen" que traspasa las barreras de su país.
Este fenómeno no es exclusivo de dictaduras o regímenes autoritarios. Las democracias también aprovechan políticamente sus Mundiales. España 82, aunque concedido durante el franquismo, acabó sirviendo a las autoridades para mostrar la modernización de un país recién incorporado al concierto de las naciones democráticas. Sudáfrica en 2010 y Brasil en 2014 utilizaron el macroevento para reivindicarse como potencias regionales mediante lo que en jerga geopolítica se denomina soft power.
Sin embargo, los guiones que escriben los países anfitriones no siempre se cumplen. Brasil, que quería mostrarse floreciente, se topó con un aluvión de protestas contra un Mundial considerado un dispendio en un país con necesidades acuciantes. "No queremos un Mundial, queremos hospitales", decían las pancartas. En Argentina 1978, la operación de sportwashing de Videla se tambaleó cuando periodistas extranjeros que cubrían el torneo descubrieron los relatos de las madres de desaparecidos que seguían concentrándose en la Plaza de Mayo. Con todos los focos apuntando, la posibilidad de que se exhiba lo que el poder quiere ocultar siempre está abierta.
El significado político de los Mundiales también emerge de lo imprevisto. En Qatar 2022, un torneo concebido como una operación de marketing acabó abriendo un debate no solo sobre la inferioridad en derechos de las mujeres y la criminalización de los homosexuales en el país árabe, sino también sobre la complicidad de los Estados democráticos. A veces, el fenómeno que eleva el Mundial por encima de su condición de mero espectáculo deportivo ocurre en el campo. El caso emblemático son los dos goles de Diego Maradona a Inglaterra en México 1986, que tuvieron algo de revancha futbolística argentina tras su derrota bélica en Las Malvinas. "Era como ganarle a un país, no a un equipo", rememoraría años después el Diez.
El Mundial de 1998 en Francia marcó un hito en la construcción de narrativas políticas alrededor del torneo. La victoria del equipo liderado por Zinedine Zidane fue celebrada como un triunfo de la diversidad gala bajo el sobrenombre popular de "black-blanc-beur" (negra-blanca-árabe), que propició un efímero espíritu de cohesión nacional en torno a la idea de diversidad. Este éxito se incrustó en la memoria colectiva no solo por sus goles, sino también por su significado político. Décadas después, Mariano Rajoy logró enrarecer la antesala del España-Francia con solo cuatro palabras: "eso sí, sin franceses", devolviendo el foco a un asunto que ya había sido protagonista de aquel Mundial de 1998.
El Mundial de 2026 añade nuevos capítulos a esta historia política. Donald Trump ha tratado de poner el torneo al servicio de su incesante discurso sobre la supuesta recuperación de la grandeza de Estados Unidos. Su insólita intervención llamando al presidente de la FIFA para favorecer a un jugador estadounidense ha dado un ejemplo de la falta de limitaciones con las que ejerce el poder. Está previsto que Trump entregue el trofeo al ganador este domingo, lo que podría generar una foto con vuelo político si España gana, considerando que Trump denosta a España cada vez que tiene ocasión y que el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, es una diana de sus dardos.
Xavier Ginesta, referente en la discusión sobre fútbol como negocio y fenómeno cultural, identifica dos características que confieren singularidad a este Mundial. La primera es la "hipercomercialización" del evento, que aproxima ya al fútbol a los formatos típicos del deporte de masas en Estados Unidos, condicionados al máximo por la publicidad. La segunda es el "triunfo de la interculturalidad" en un contexto de proliferación de discursos en su contra. Si se observa la diversidad que muestra la mayoría de selecciones que desfilan ante las audiencias televisivas de todo el mundo, queda claro que "el rancio concepto nacional" vinculado al "patrón étnico" está "desfasado", según Ginesta, autor de "La disneyització del futbol" (Eumo, 2021).
Las selecciones nacionales, no solo los Mundiales, sirven como excusa para la construcción de narraciones políticas. España no es una excepción. El éxito de La Roja en 2010 fue utilizado para vehicular a través de aquel equipo mensajes a favor de las ventajas de la "integración" de la diversidad interna de España en un momento en que empezaba a emerger el conflicto catalán, explica Quiroga, autor de "Goles y banderas. Fútbol e identidades nacionales en España" (Marcial Pons, 2014).
"Los mismos que unos años antes decían que eso de tener jugadores de todas las comunidades era malo, porque los vascos y los catalanes no sienten los colores, en 2008 y sobre todo 2010 pasaron a decir que Xabi Alonso aportaba a la selección esa fuerza vasca y Xavi esa elegancia catalana que tan bien mezclan con los rasgos del resto de territorios españoles", señala Quiroga con una sonrisa irónica. El impulso a todo aquel entusiasmo por la diversidad de la selección fue debido a dos factores. El primero es que pasó a ser útil para un discurso político de unidad que tenía gran cantidad de valedores en la política y los medios. El segundo es que la selección ganaba, dejando en la marginalidad a todo el que quisiera descargar sus prejuicios contra ella. "Veníamos de años de lo que yo llamo la narrativa de la furia y el fracaso. Teníamos mucha pasión, sí, pero perdíamos. Y de repente, en 2008 y 2010 nos sacudimos todo aquello y se quedó una selección victoriosa sobre la que era muy fácil hacer proyecciones simbólicas", expone Quiroga.
Ginesta ve en la actual selección española un ejemplo perfecto de cómo un equipo puede ser algo más que un vehículo para la exaltación patriótica y encerrar significados complejos. Para ilustrarlo, plantea la hipótesis de que España gane con un gol de Lamine Yamal. "Determinados partidos políticos que rechazan la inmigración de manera sistemática van a aplaudir a un jugador de origen marroquí que te puede dar una final y entronizarse como el sustituto de Leo Messi". Buen conocedor de las implicaciones simbólicas del fútbol, lo recalca: "España puede ganar el Mundial con un gol de un musulmán de ascendencia afro".
El balance más allá de lo futbolístico del Mundial de 2026 irá inevitablemente ligado a Donald Trump, que ha tratado de ponerlo al servicio de su incesante discurso sobre la supuesta recuperación de la grandeza de Estados Unidos. Su intervención ante la FIFA ejemplifica la falta de limitaciones con las que ejerce el poder. Así que el de 2026 será en parte recordado como el Mundial de Trump, que está previsto que este domingo entregue el trofeo al ganador. Pero no será solo eso. La competición se perfila como un torneo que marca un punto de inflexión en cómo los eventos deportivos globales reflejan las tensiones políticas, comerciales e identitarias del mundo contemporáneo.

