Afganistán legaliza el matrimonio infantil y la violación de niñas con nuevo decreto talibán
Internacional

Afganistán legaliza el matrimonio infantil y la violación de niñas con nuevo decreto talibán

Los talibanes promulgaron el 14 de mayo el Decreto nº 18, que legaliza el matrimonio de niñas de seis o siete años sin necesidad de consentimiento, bastando su silencio, según la activista afgana Zubaida Akbar. La norma permite que menores sean casadas con hombres adultos y teóricamente puedan pedir el divorcio al cumplir nueve años, edad en que la jurisprudencia islámica hanafí sitúa arbitrariamente la pubertad femenina. Este decreto se suma a las aproximadamente 140 normas contra las mujeres sancionadas por los fundamentalistas desde su regreso al poder el 15 de agosto de 2021.

INTERNACIONAL31 MAY 2026

El Decreto nº 18, denominado oficialmente "Código de separación judicial de los cónyuges", normaliza la pederastia al legalizar que niñas de seis, siete años o menos sean casadas con hombres adultos, según explicó Zubaida Akbar, directora del programa para Afganistán de la organización Femena, desde Estados Unidos. La norma establece que estas menores podrían teóricamente solicitar el divorcio al cumplir nueve años, siempre que sigan siendo vírgenes y se atrevan a enfrentarse a un marido adulto y a los jueces talibanes.

La nueva ley reduce además casi a la nada las posibilidades de que una afgana obtenga el divorcio e impide que una mujer solicite que se declare muerto a su marido, incluso si lleva décadas desaparecido, "hasta que todos los coetáneos del hombre hayan fallecido", según Akbar. La activista calificó el Decreto nº 18 como una ley "particularmente desoladora".

Este decreto es solo una medida más dentro de un sistema de opresión sistemática. En sus casi cinco años en el poder, los talibanes han sancionado alrededor de 140 normas, decretos u órdenes contra las mujeres, según contabilizó Femena el pasado verano. Estas normas constituyen lo que Akbar denomina "un infierno en la tierra", un abismo que se profundiza mientras la comunidad internacional da pasos para legitimar a los fundamentalistas como gobernantes de Afganistán.

En 2025, Rusia se convirtió en el primer Estado en reconocer oficialmente al gobierno talibán. El mismo 14 de mayo en que se promulgó el decreto que legaliza el matrimonio infantil, se conoció que la Unión Europea había invitado para junio a Bruselas a una delegación de los fundamentalistas para discutir nuevas vías de expulsión de afganos, a instancias de una veintena de países miembros, entre los que no figura España. "Una alfombra roja que esa Europa que se presenta como defensora de los derechos humanos les tiende a los talibanes, a quienes se les confiere así legitimidad", resumió la periodista afgana exiliada en España Khadija Amin.

Una de las primeras decisiones de los talibanes al regresar al poder fue suspender la Constitución que establecía una edad mínima de 16 años para contraer matrimonio. Esa ley no se respetaba en muchos casos, recordó desde Londres Rachel Reid, de la Red de Analistas Afganos, pero al menos existía, al igual que "las juezas, las fiscales, las abogadas y los refugios para víctimas".

Los fundamentalistas avanzaron inicialmente con cautela. En septiembre de 2021 cerraron los institutos de secundaria femeninos afirmando que se trataba de una clausura "temporal" mientras garantizaban una segregación de sexos que ya existía. Para entonces ya habían instado a las afganas a no ir a trabajar, con la excusa de que sus militantes no estaban acostumbrados a tratar con mujeres.

Primero prohibieron la secundaria. Después, en diciembre de 2022, la universidad, convirtiendo a Afganistán en el único país del mundo donde las niñas tienen vetado estudiar desde los 12 años. Desde entonces los talibanes han clausurado todas las alternativas que las afganas buscaron para seguir formándose, como academias privadas de idiomas o escuelas profesionales gestionadas por organizaciones humanitarias. Los fundamentalistas persiguen con especial saña las escuelas clandestinas a las que, arriesgando sus vidas, algunas niñas siguen asistiendo, lo que demuestra "su coraje, su tenacidad y su deseo de aprender", según Reid.

En el casi lustro de poder talibán, el 80% de las afganas han sido expulsadas del mercado laboral, según un informe de ONU Mujeres. Las afganas tienen prohibido trabajar en la Administración, las fuerzas de seguridad, los bancos, las ONG y las agencias humanitarias de Naciones Unidas. Tampoco pueden ejercer como fiscales, jueces o diputadas, ni siquiera regentar salones de belleza, que los radicales cerraron en julio de 2023, privándolas de uno de los pocos lugares donde aún podían ganarse la vida y socializar.

A las pocas que aún tienen empleo se les exige que un pariente varón —el mahram o guardián, padre, marido o hermano— las acompañe en el trayecto de ida y vuelta a su trabajo. Si una mujer prescinde o carece de ese tutor y se aventura en la calle puede ser encarcelada y torturada. Las afganas no pueden obtener el pasaporte, acudir a un hospital ni viajar sin esa carabina.

El ocio les está igualmente vedado. A la prohibición general de escuchar música se suma la de entrar en parques, jardines, gimnasios, baños públicos, restaurantes y cafés. Tienen vetado practicar deporte y conducir, e incluso su mera presencia en la calle solas sin un propósito definido se considera "vagabundeo", pese a que la mayoría de mendigos que se ven ahora en las calles de las ciudades afganas son mujeres y niños, algo relacionado directamente con la prohibición de trabajar.

En 2024, los talibanes aprobaron una ley de moralidad que prohíbe a las afganas mostrar su rostro, mirar a los hombres y hablar en público, equiparando su voz a algo que debe ocultarse como los genitales. Ya antes las habían obligado a cubrirse de la cabeza a los pies —el burka aún no es obligatorio— y prohibido el uso de perfume, tacones y ropa de colores vivos. Las afganas no pueden ni asomarse a una ventana. Los fundamentalistas han ordenado tapiar todo vano que permita verlas desde la calle o las viviendas vecinas.

Más grave aún es que las afganas no pueden ser atendidas por médicos varones, ni siquiera en riesgo de muerte, cuando el país deplora una grave escasez de sanitarias que ahora solo irá a peor. En diciembre de 2024 los fundamentalistas eliminaron la excepción que hasta entonces permitía a las afganas estudiar medicina, enfermería o formarse como matronas. Esa decisión es una condena a muerte diferida para muchas mujeres del país.

Esa lista de medidas demuestra "la naturaleza sistémica de una discriminación que afecta a todas las facetas de la vida de las afganas", según Reid; lo que Naciones Unidas define como un "apartheid de género" contra el que las afganas, progresivamente olvidadas por la comunidad internacional, siguen protestando. Amnistía Internacional ha documentado decenas de casos de manifestantes sometidas a desaparición forzosa, encarcelamiento, palizas, descargas eléctricas y todo tipo de torturas.

Hasta ahora la acción internacional más decidida contra los talibanes ha partido del Tribunal Penal Internacional, que el año pasado emitió órdenes de detención contra Haibatulá Ajundzadá, líder supremo talibán, y Abdul Hakim Haqqani, presidente del Tribunal Supremo afgano. Sobre varios altos cargos del gobierno fundamentalista pesan también sanciones financieras y prohibiciones de viaje del Consejo de Seguridad y de diferentes países. Sin embargo, en 2024 el órgano ejecutivo de la ONU levantó momentáneamente esas sanciones para que cuatro dirigentes talibanes peregrinaran a La Meca. Antes habían viajado sin que nadie los inquietara a Emiratos Árabes Unidos.

La miseria en la que viven los afganos ha resultado ser una baza en manos de los fundamentalistas. Casi 23 millones de los alrededor de 44 millones de ciudadanos necesitaron ayuda humanitaria en 2025. Enfrentados al dilema de abandonar a estas personas a su suerte o colaborar con los talibanes, la comunidad internacional se ha plegado a lo segundo. Contra Afganistán no pesa un embargo comercial y el país sigue recibiendo ayuda humanitaria que controlan en parte los talibanes. Casi cinco años después del regreso de los fundamentalistas, la reacción internacional a cada nuevo atropello a los derechos de las mujeres y niñas suele limitarse a vacíos comunicados de condena.

En medio de esa impunidad, los talibanes aceleraron en 2024 la codificación de su "apartheid de género", al reunir más de un centenar de edictos contra las mujeres bajo el paraguas de la ley de moralidad y dotarlos así de rango de norma legal. En enero pasado, la arquitectura legal de la opresión se afianzó aún más cuando los fundamentalistas sancionaron una norma que ejerce de Código Penal y legaliza la violencia machista.

Esa ley no solo permite al marido "castigar" a su mujer —o violarla— cuando lo crea conveniente, mientras que a la esposa se le prohíbe incluso refugiarse en casa de su familia. Equipara a las mujeres a una propiedad cuyo valor es menor que el de un camello o un perro. La ley recoge una pena de prisión de solo 15 días si un hombre ha provocado "una fractura, una herida abierta o un hematoma" a su esposa, y solo si la mujer logra demostrarlo ante un juez a quien no puede mostrar ni un centímetro de piel. La pena por organizar una pelea de perros puede llegar a cinco meses de cárcel.

Ese código expone a las afganas a la violencia de literalmente cualquiera. El texto asegura que cualquier musulmán "que sea testigo de lo que se considera un 'pecado' está autorizado a imponer un castigo corrector en el acto para 'prevenir el vicio'" o actos prohibidos, cuando las afganas tienen ya prohibido casi todo. "Excepto respirar, que no es lo mismo que vivir", dijo una de ellas en un informe de Femena.

"No es extraño que no haya día sin noticias de suicidios de afganas o de feminicidios perpetrados por los motivos más banales", reflexionó Akbar. Todo "el sistema de los talibanes ofrece impunidad y legaliza la violencia contra las mujeres, que pueden ser golpeadas, encarceladas y humilladas por los talibanes, por padres, maridos o hermanos", afirmó la activista. O por simples transeúntes. Si matas a una mujer "no pasa nada". Y "no se trata solo de borrar a las afganas del mundo laboral y del espacio público, como se ha dicho", resaltó la activista de Femena, sino que el objetivo es "eliminarlas físicamente".

Karishma, de 24 años, era una estudiante de Informática a la que el cierre de las universidades impidió graduarse. Ahora, desde un lugar que no revela de Afganistán, sobrevive más que vive "sin planes ni futuro". Sin poder estudiar ni trabajar, muchas familias están entregando a sus hijas en matrimonio porque piensan "que al menos estarán seguras", explicó la joven.

Karishma relató el caso de Fajunda, de 17 años, cuyo marido "la mató cerca del mercado Gulhabar de Kabul, un mes y medio después de contraer matrimonio", en agosto pasado. También conoce el caso de una niña de seis años a quien casaron con un hombre de 45 años en Helmand, en el suroeste del país. Una niña afgana es ahora mismo "el ser humano más indefenso" que se pueda concebir, lamentó Reid.

También es una mercancía. Karishma conoce varios casos de padres que, sumidos en la miseria, han vendido a sus hijas a hombres adultos. A esta joven le impresiona que ese comercio que condena a las niñas a violencia sexual, "embarazos precoces que ponen en riesgo sus vidas" y las entierra en vida tenga a veces como contrapartida "cantidades muy pequeñas de dinero". Unicef menciona casos en los que ese pago ha sido inferior a 2.000 euros. Las ONG internacionales calculan que el matrimonio infantil se ha incrementado un 500% en Afganistán en los casi cinco años de poder de los talibanes.

Algunas afganas escapan, pero la mayoría no tiene cómo hacerlo. Zahra, una chica de Kabul que enseñaba inglés a otras jóvenes por internet, vive y estudia ahora en Bangladés. Leila Bassim montó la última librería para mujeres de Kabul. Los talibanes la cerraron y le pegaron una paliza. Estaba amenazada de muerte. Esta semana respondió desde una ciudad occidental. Vive libre y ha sido madre de una niña.

SIGUE LEYENDO
MÁS DE INTERNACIONAL
ColGlobal
Afganistán legaliza el matrimonio infantil y la violación de niñas con nuevo decreto talibán
Internacional

Afganistán legaliza el matrimonio infantil y la violación de niñas con nuevo decreto talibán

Los talibanes promulgaron el 14 de mayo el Decreto nº 18, que legaliza el matrimonio de niñas de seis o siete años sin necesidad de consentimiento, bastando su silencio, según la activista afgana Zubaida Akbar. La norma permite que menores sean casadas con hombres adultos y teóricamente puedan pedir el divorcio al cumplir nueve años, edad en que la jurisprudencia islámica hanafí sitúa arbitrariamente la pubertad femenina. Este decreto se suma a las aproximadamente 140 normas contra las mujeres sancionadas por los fundamentalistas desde su regreso al poder el 15 de agosto de 2021.

31 may 2026
Tamaño de texto

El Decreto nº 18, denominado oficialmente "Código de separación judicial de los cónyuges", normaliza la pederastia al legalizar que niñas de seis, siete años o menos sean casadas con hombres adultos, según explicó Zubaida Akbar, directora del programa para Afganistán de la organización Femena, desde Estados Unidos. La norma establece que estas menores podrían teóricamente solicitar el divorcio al cumplir nueve años, siempre que sigan siendo vírgenes y se atrevan a enfrentarse a un marido adulto y a los jueces talibanes.

La nueva ley reduce además casi a la nada las posibilidades de que una afgana obtenga el divorcio e impide que una mujer solicite que se declare muerto a su marido, incluso si lleva décadas desaparecido, "hasta que todos los coetáneos del hombre hayan fallecido", según Akbar. La activista calificó el Decreto nº 18 como una ley "particularmente desoladora".

Este decreto es solo una medida más dentro de un sistema de opresión sistemática. En sus casi cinco años en el poder, los talibanes han sancionado alrededor de 140 normas, decretos u órdenes contra las mujeres, según contabilizó Femena el pasado verano. Estas normas constituyen lo que Akbar denomina "un infierno en la tierra", un abismo que se profundiza mientras la comunidad internacional da pasos para legitimar a los fundamentalistas como gobernantes de Afganistán.

En 2025, Rusia se convirtió en el primer Estado en reconocer oficialmente al gobierno talibán. El mismo 14 de mayo en que se promulgó el decreto que legaliza el matrimonio infantil, se conoció que la Unión Europea había invitado para junio a Bruselas a una delegación de los fundamentalistas para discutir nuevas vías de expulsión de afganos, a instancias de una veintena de países miembros, entre los que no figura España. "Una alfombra roja que esa Europa que se presenta como defensora de los derechos humanos les tiende a los talibanes, a quienes se les confiere así legitimidad", resumió la periodista afgana exiliada en España Khadija Amin.

Una de las primeras decisiones de los talibanes al regresar al poder fue suspender la Constitución que establecía una edad mínima de 16 años para contraer matrimonio. Esa ley no se respetaba en muchos casos, recordó desde Londres Rachel Reid, de la Red de Analistas Afganos, pero al menos existía, al igual que "las juezas, las fiscales, las abogadas y los refugios para víctimas".

Los fundamentalistas avanzaron inicialmente con cautela. En septiembre de 2021 cerraron los institutos de secundaria femeninos afirmando que se trataba de una clausura "temporal" mientras garantizaban una segregación de sexos que ya existía. Para entonces ya habían instado a las afganas a no ir a trabajar, con la excusa de que sus militantes no estaban acostumbrados a tratar con mujeres.

Primero prohibieron la secundaria. Después, en diciembre de 2022, la universidad, convirtiendo a Afganistán en el único país del mundo donde las niñas tienen vetado estudiar desde los 12 años. Desde entonces los talibanes han clausurado todas las alternativas que las afganas buscaron para seguir formándose, como academias privadas de idiomas o escuelas profesionales gestionadas por organizaciones humanitarias. Los fundamentalistas persiguen con especial saña las escuelas clandestinas a las que, arriesgando sus vidas, algunas niñas siguen asistiendo, lo que demuestra "su coraje, su tenacidad y su deseo de aprender", según Reid.

En el casi lustro de poder talibán, el 80% de las afganas han sido expulsadas del mercado laboral, según un informe de ONU Mujeres. Las afganas tienen prohibido trabajar en la Administración, las fuerzas de seguridad, los bancos, las ONG y las agencias humanitarias de Naciones Unidas. Tampoco pueden ejercer como fiscales, jueces o diputadas, ni siquiera regentar salones de belleza, que los radicales cerraron en julio de 2023, privándolas de uno de los pocos lugares donde aún podían ganarse la vida y socializar.

A las pocas que aún tienen empleo se les exige que un pariente varón —el mahram o guardián, padre, marido o hermano— las acompañe en el trayecto de ida y vuelta a su trabajo. Si una mujer prescinde o carece de ese tutor y se aventura en la calle puede ser encarcelada y torturada. Las afganas no pueden obtener el pasaporte, acudir a un hospital ni viajar sin esa carabina.

El ocio les está igualmente vedado. A la prohibición general de escuchar música se suma la de entrar en parques, jardines, gimnasios, baños públicos, restaurantes y cafés. Tienen vetado practicar deporte y conducir, e incluso su mera presencia en la calle solas sin un propósito definido se considera "vagabundeo", pese a que la mayoría de mendigos que se ven ahora en las calles de las ciudades afganas son mujeres y niños, algo relacionado directamente con la prohibición de trabajar.

En 2024, los talibanes aprobaron una ley de moralidad que prohíbe a las afganas mostrar su rostro, mirar a los hombres y hablar en público, equiparando su voz a algo que debe ocultarse como los genitales. Ya antes las habían obligado a cubrirse de la cabeza a los pies —el burka aún no es obligatorio— y prohibido el uso de perfume, tacones y ropa de colores vivos. Las afganas no pueden ni asomarse a una ventana. Los fundamentalistas han ordenado tapiar todo vano que permita verlas desde la calle o las viviendas vecinas.

Más grave aún es que las afganas no pueden ser atendidas por médicos varones, ni siquiera en riesgo de muerte, cuando el país deplora una grave escasez de sanitarias que ahora solo irá a peor. En diciembre de 2024 los fundamentalistas eliminaron la excepción que hasta entonces permitía a las afganas estudiar medicina, enfermería o formarse como matronas. Esa decisión es una condena a muerte diferida para muchas mujeres del país.

Esa lista de medidas demuestra "la naturaleza sistémica de una discriminación que afecta a todas las facetas de la vida de las afganas", según Reid; lo que Naciones Unidas define como un "apartheid de género" contra el que las afganas, progresivamente olvidadas por la comunidad internacional, siguen protestando. Amnistía Internacional ha documentado decenas de casos de manifestantes sometidas a desaparición forzosa, encarcelamiento, palizas, descargas eléctricas y todo tipo de torturas.

Hasta ahora la acción internacional más decidida contra los talibanes ha partido del Tribunal Penal Internacional, que el año pasado emitió órdenes de detención contra Haibatulá Ajundzadá, líder supremo talibán, y Abdul Hakim Haqqani, presidente del Tribunal Supremo afgano. Sobre varios altos cargos del gobierno fundamentalista pesan también sanciones financieras y prohibiciones de viaje del Consejo de Seguridad y de diferentes países. Sin embargo, en 2024 el órgano ejecutivo de la ONU levantó momentáneamente esas sanciones para que cuatro dirigentes talibanes peregrinaran a La Meca. Antes habían viajado sin que nadie los inquietara a Emiratos Árabes Unidos.

La miseria en la que viven los afganos ha resultado ser una baza en manos de los fundamentalistas. Casi 23 millones de los alrededor de 44 millones de ciudadanos necesitaron ayuda humanitaria en 2025. Enfrentados al dilema de abandonar a estas personas a su suerte o colaborar con los talibanes, la comunidad internacional se ha plegado a lo segundo. Contra Afganistán no pesa un embargo comercial y el país sigue recibiendo ayuda humanitaria que controlan en parte los talibanes. Casi cinco años después del regreso de los fundamentalistas, la reacción internacional a cada nuevo atropello a los derechos de las mujeres y niñas suele limitarse a vacíos comunicados de condena.

En medio de esa impunidad, los talibanes aceleraron en 2024 la codificación de su "apartheid de género", al reunir más de un centenar de edictos contra las mujeres bajo el paraguas de la ley de moralidad y dotarlos así de rango de norma legal. En enero pasado, la arquitectura legal de la opresión se afianzó aún más cuando los fundamentalistas sancionaron una norma que ejerce de Código Penal y legaliza la violencia machista.

Esa ley no solo permite al marido "castigar" a su mujer —o violarla— cuando lo crea conveniente, mientras que a la esposa se le prohíbe incluso refugiarse en casa de su familia. Equipara a las mujeres a una propiedad cuyo valor es menor que el de un camello o un perro. La ley recoge una pena de prisión de solo 15 días si un hombre ha provocado "una fractura, una herida abierta o un hematoma" a su esposa, y solo si la mujer logra demostrarlo ante un juez a quien no puede mostrar ni un centímetro de piel. La pena por organizar una pelea de perros puede llegar a cinco meses de cárcel.

Ese código expone a las afganas a la violencia de literalmente cualquiera. El texto asegura que cualquier musulmán "que sea testigo de lo que se considera un 'pecado' está autorizado a imponer un castigo corrector en el acto para 'prevenir el vicio'" o actos prohibidos, cuando las afganas tienen ya prohibido casi todo. "Excepto respirar, que no es lo mismo que vivir", dijo una de ellas en un informe de Femena.

"No es extraño que no haya día sin noticias de suicidios de afganas o de feminicidios perpetrados por los motivos más banales", reflexionó Akbar. Todo "el sistema de los talibanes ofrece impunidad y legaliza la violencia contra las mujeres, que pueden ser golpeadas, encarceladas y humilladas por los talibanes, por padres, maridos o hermanos", afirmó la activista. O por simples transeúntes. Si matas a una mujer "no pasa nada". Y "no se trata solo de borrar a las afganas del mundo laboral y del espacio público, como se ha dicho", resaltó la activista de Femena, sino que el objetivo es "eliminarlas físicamente".

Karishma, de 24 años, era una estudiante de Informática a la que el cierre de las universidades impidió graduarse. Ahora, desde un lugar que no revela de Afganistán, sobrevive más que vive "sin planes ni futuro". Sin poder estudiar ni trabajar, muchas familias están entregando a sus hijas en matrimonio porque piensan "que al menos estarán seguras", explicó la joven.

Karishma relató el caso de Fajunda, de 17 años, cuyo marido "la mató cerca del mercado Gulhabar de Kabul, un mes y medio después de contraer matrimonio", en agosto pasado. También conoce el caso de una niña de seis años a quien casaron con un hombre de 45 años en Helmand, en el suroeste del país. Una niña afgana es ahora mismo "el ser humano más indefenso" que se pueda concebir, lamentó Reid.

También es una mercancía. Karishma conoce varios casos de padres que, sumidos en la miseria, han vendido a sus hijas a hombres adultos. A esta joven le impresiona que ese comercio que condena a las niñas a violencia sexual, "embarazos precoces que ponen en riesgo sus vidas" y las entierra en vida tenga a veces como contrapartida "cantidades muy pequeñas de dinero". Unicef menciona casos en los que ese pago ha sido inferior a 2.000 euros. Las ONG internacionales calculan que el matrimonio infantil se ha incrementado un 500% en Afganistán en los casi cinco años de poder de los talibanes.

Algunas afganas escapan, pero la mayoría no tiene cómo hacerlo. Zahra, una chica de Kabul que enseñaba inglés a otras jóvenes por internet, vive y estudia ahora en Bangladés. Leila Bassim montó la última librería para mujeres de Kabul. Los talibanes la cerraron y le pegaron una paliza. Estaba amenazada de muerte. Esta semana respondió desde una ciudad occidental. Vive libre y ha sido madre de una niña.

FUENTES
SIGUE LEYENDO