Internacional

Alemania enfrenta su peor crisis de confianza en décadas con economía estancada y ultraderecha en ascenso

Alemania atraviesa una crisis sin precedentes que combina estancamiento económico, desconfianza ciudadana en el Gobierno y el auge de la ultraderecha. Según la última encuesta de DeutschlandTrend, solo el 13% de los alemanes está satisfecho con el Ejecutivo del canciller Friedrich Merz, la peor valoración jamás registrada para un líder en funciones. El país ha perdido más de 341.000 empleos industriales desde la pandemia, mientras el partido de ultraderecha Alternativa para Alemania lidera los sondeos con un 29% de intención de voto.

INTERNACIONAL7 JUL 2026

Tras décadas de prosperidad económica basada en el mercado único europeo, la energía rusa barata y China como destino de exportaciones, Alemania enfrenta una realidad radicalmente distinta. La primera economía europea acumula siete años sin crecimiento, una situación inédita en su historia, según el sociólogo Steffen Mau, director del Instituto Max Planck de Ciencias Políticas y Sociales y profesor en la Universidad Humboldt de Berlín.

La crisis industrial golpea con fuerza. Desde la pandemia de coronavirus, el sector industrial alemán ha perdido más de 341.000 empleos, lo que equivale a uno de cada 17 puestos de trabajo, especialmente en el sector automotriz, según datos citados por El País. La última noticia llegó a finales de junio, cuando el grupo Volkswagen anunció que prevé recortar hasta 100.000 empleos en todo el mundo y estudia el posible cierre de tres fábricas en las ciudades alemanas de Hannover, Zwickau y Emden.

La competencia china ha desplazado a los fabricantes alemanes no solo en automóviles, sino también en sectores como la ingeniería mecánica. A esto se suman los aranceles estadounidenses impuestos por Donald Trump y la crisis energética desencadenada tras la guerra en Ucrania. La falta de competitividad de las empresas alemanas, tanto en productos como en costes, ha llevado a muchas a emprender duros recortes y a trasladar sus actividades fuera del territorio germano.

El pronóstico de crecimiento para 2026 es de apenas un 0,5%, según la fuente. Los problemas se extienden más allá de la economía: grandes proyectos de infraestructura sufren retrasos y la impuntualidad de los trenes alemanes se ha convertido en símbolo del deterioro. El año pasado, apenas el 60% de los trenes llegó a su hora.

El pesimismo se ha extendido entre toda la población alemana. Menos del 10% cree que a la próxima generación o a la siguiente le irá mejor, una cifra que "hasta ahora no habíamos visto", según Mau. Este pesimismo generalizado afecta a todas las capas sociales y es distinto a épocas pasadas. "Es diferente porque la crisis es mucho mayor. Llevamos siete años sin crecimiento. Esto no ha ocurrido nunca antes en la historia de Alemania", señala el sociólogo, quien añade que "también falta liderazgo por parte de la política".

La popularidad del Gobierno de conservadores y socialdemócratas ha caído en picado. Según la última encuesta de DeutschlandTrend, solo el 13% está satisfecho con la labor del Ejecutivo y, de nuevo, solo el 13% lo está con el canciller Friedrich Merz. Ningún canciller en el cargo ha recibido jamás una valoración tan mala.

"Ese pesimismo económico y a la vez político, con un auge de dos partidos extremos y un Gobierno a la vista de los votantes débil, es una mezcla bastante peligrosa, porque con anteriores crisis económicas, por lo menos había un mínimo de confianza en el Ejecutivo", explica Peter Matuschek, politólogo e investigador del instituto demoscópico Forsa. "Con un Gobierno malo había una economía que funcionaba, pero ahora se junta la crisis económica con la política y es peligroso", alerta.

De acuerdo con las encuestas de Forsa, la economía sigue siendo la principal preocupación "con diferencia" de los alemanes. Mientras que durante la pandemia había una mayoría que creía que el Estado era capaz de afrontar los problemas, ahora ya no es así. "Hay una desconfianza que no afecta solo a la actuación del Gobierno, sino también a la capacidad del Estado de cumplir con sus funciones. Y en la medida que eso se extienda puede ser peligroso para el apoyo al sistema democrático en su conjunto", advierte Matuschek.

El Gobierno ha intentado ponerle remedio, pero Merz tardó 14 meses en lograr un acuerdo con los socialdemócratas, su socio en la coalición, para presentar finalmente esta semana un extenso paquete de medidas con las que volver a encarrilar al país. Las medidas van desde una reforma fiscal y flexibilizaciones en el mercado laboral hasta una profunda reforma de las pensiones.

Sin embargo, el electorado lleva mucho tiempo viendo las peleas de los socios de coalición y escuchando declaraciones desafortunadas de Merz, como cuando insinuó que los alemanes eran unos vagos y que debían trabajar más si querían mantener la prosperidad del país. "Hasta los votantes conservadores están insatisfechos con el rumbo del país y del Gobierno", indica Matuschek.

"Cuando preguntamos a ese más del 80% que no está satisfecho con Merz qué les molesta, son tres cosas: que haya roto sus promesas electorales, que no haya liderazgo y que anuncie cosas que luego no cumple", analiza el experto de Forsa. "Nunca hemos visto una caída de confianza en un Gobierno en un solo año como ahora", subraya.

Existe un sentimiento generalizado entre la población de que los políticos "simplemente no son capaces" de resolver los problemas actuales, según Mau. El gran beneficiario de esta situación es el partido de ultraderecha Alternativa para Alemania, conocido como AfD, que lidera los sondeos de intención de voto con un 29%.

"Una sociedad sin confianza en el futuro y sin optimismo es difícil de integrar. Es entonces cuando crecen las fuerzas centrífugas y surgen nuevos actores políticos que pueden sacar partido de ello. Y eso es precisamente lo que está haciendo AfD con gran éxito en estos momentos. Y eso es, en realidad, algo que hace cuatro o cinco años no nos hubiéramos podido imaginar: que casi un tercio de los votantes estuviera dispuesto a dar su voto a un partido que, en algunos aspectos, es inconstitucional", comenta Mau sobre el éxito de los ultras.

El auge de AfD está impulsado por el pesimismo y "un resentimiento arraigado" en el este de Alemania, según el sociólogo. En Sajonia-Anhalt, el partido podría ganar las elecciones regionales en septiembre con más de un 40%. Pero también cuenta con mucho apoyo en el oeste, "donde la gente les vota por miedo hacia el futuro", apunta Matuschek.

El sociólogo Axel Salheiser, del Instituto para la Democracia y la Sociedad Civil, explica que todos los partidos democráticos deberían hacer balance "con un poco de autocrítica y reconocer que, sencillamente, hay razones por las que el electorado tradicional se ha alejado". "Se trata precisamente de abordar de verdad los problemas, los miedos y las preocupaciones de la gente. Y es evidente que AfD lo ha conseguido con algo más de éxito, al menos en lo que respecta a la comunicación y la presentación", apunta.

La entrada de AfD por primera vez en un Gobierno de un Estado federado enviaría, según Salheiser, "una señal fatal", ya que en última instancia se abrirían las puertas a la participación del partido en otros gobiernos. "AfD se normalizaría, al igual que otros partidos de ultraderecha en Europa ya se normalizaron mucho antes", pronostica. "Pero con la diferencia de que aquí nos enfrentamos a un partido verdaderamente antidemocrático, muy radical y una ideología de facto fascista".

AfD se nutre de la sucesión de crisis: primero la de los refugiados, después la del coronavirus y al final la energética, que han provocado que la gente sienta que se va de mal a peor. "Sienten que la política solo saca conejos viejos de la chistera", asegura Salheiser.

La semana pasada, la selección alemana fue eliminada en el Mundial de fútbol ante Paraguay, añadiendo un elemento simbólico a la crisis de confianza. Como dice Matuschek, "hay que tener en cuenta que la mayoría no está interesada en el fútbol. Solo un tercio de la población tiene interés en el fútbol". "Pero sí, es un poco simbólico", reconoce.

El orgullo alemán se nutría antaño, sobre todo, de los éxitos económicos y de la industria automotriz. "Ese orgullo se basaba, en realidad, en que, con el trasfondo del auge económico de la posguerra, siempre se ha creído que es económicamente superior a otros países", recuerda Mau. "Uno viajaba antes a Italia u otros países y allí siempre se decía: 'Sí, se está muy bien allí, pero cuando vuelves a Alemania, aquí todo funciona a la perfección'".

Eso ha cambiado radicalmente. "Cuando hoy uno viaja a España, Italia o Francia ya no se dice eso necesariamente, sino que uno se sorprende de que muchos ámbitos de la vida estén mucho más digitalizados, de que el tren funcione de maravilla y esté muy limpio, y así sucesivamente", agrega Mau. "Aunque como es natural, algunas personas interpretan la eliminación del Mundial de alguna manera como un reflejo de la situación mental, política y económica general del país", concluye el experto.

La combinación de estancamiento económico prolongado, pérdida masiva de empleos industriales, desconfianza en las instituciones y el ascenso de un partido de ultraderecha con ideología antidemocrática plantea un escenario sin precedentes para Alemania. La capacidad del Gobierno de Merz para revertir esta situación con su paquete de medidas económicas y sociales será determinante no solo para el futuro político del país, sino también para la estabilidad de la mayor economía europea y su papel en la Unión Europea.

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7 jul 2026
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Tras décadas de prosperidad económica basada en el mercado único europeo, la energía rusa barata y China como destino de exportaciones, Alemania enfrenta una realidad radicalmente distinta. La primera economía europea acumula siete años sin crecimiento, una situación inédita en su historia, según el sociólogo Steffen Mau, director del Instituto Max Planck de Ciencias Políticas y Sociales y profesor en la Universidad Humboldt de Berlín.

La crisis industrial golpea con fuerza. Desde la pandemia de coronavirus, el sector industrial alemán ha perdido más de 341.000 empleos, lo que equivale a uno de cada 17 puestos de trabajo, especialmente en el sector automotriz, según datos citados por El País. La última noticia llegó a finales de junio, cuando el grupo Volkswagen anunció que prevé recortar hasta 100.000 empleos en todo el mundo y estudia el posible cierre de tres fábricas en las ciudades alemanas de Hannover, Zwickau y Emden.

La competencia china ha desplazado a los fabricantes alemanes no solo en automóviles, sino también en sectores como la ingeniería mecánica. A esto se suman los aranceles estadounidenses impuestos por Donald Trump y la crisis energética desencadenada tras la guerra en Ucrania. La falta de competitividad de las empresas alemanas, tanto en productos como en costes, ha llevado a muchas a emprender duros recortes y a trasladar sus actividades fuera del territorio germano.

El pronóstico de crecimiento para 2026 es de apenas un 0,5%, según la fuente. Los problemas se extienden más allá de la economía: grandes proyectos de infraestructura sufren retrasos y la impuntualidad de los trenes alemanes se ha convertido en símbolo del deterioro. El año pasado, apenas el 60% de los trenes llegó a su hora.

El pesimismo se ha extendido entre toda la población alemana. Menos del 10% cree que a la próxima generación o a la siguiente le irá mejor, una cifra que "hasta ahora no habíamos visto", según Mau. Este pesimismo generalizado afecta a todas las capas sociales y es distinto a épocas pasadas. "Es diferente porque la crisis es mucho mayor. Llevamos siete años sin crecimiento. Esto no ha ocurrido nunca antes en la historia de Alemania", señala el sociólogo, quien añade que "también falta liderazgo por parte de la política".

La popularidad del Gobierno de conservadores y socialdemócratas ha caído en picado. Según la última encuesta de DeutschlandTrend, solo el 13% está satisfecho con la labor del Ejecutivo y, de nuevo, solo el 13% lo está con el canciller Friedrich Merz. Ningún canciller en el cargo ha recibido jamás una valoración tan mala.

"Ese pesimismo económico y a la vez político, con un auge de dos partidos extremos y un Gobierno a la vista de los votantes débil, es una mezcla bastante peligrosa, porque con anteriores crisis económicas, por lo menos había un mínimo de confianza en el Ejecutivo", explica Peter Matuschek, politólogo e investigador del instituto demoscópico Forsa. "Con un Gobierno malo había una economía que funcionaba, pero ahora se junta la crisis económica con la política y es peligroso", alerta.

De acuerdo con las encuestas de Forsa, la economía sigue siendo la principal preocupación "con diferencia" de los alemanes. Mientras que durante la pandemia había una mayoría que creía que el Estado era capaz de afrontar los problemas, ahora ya no es así. "Hay una desconfianza que no afecta solo a la actuación del Gobierno, sino también a la capacidad del Estado de cumplir con sus funciones. Y en la medida que eso se extienda puede ser peligroso para el apoyo al sistema democrático en su conjunto", advierte Matuschek.

El Gobierno ha intentado ponerle remedio, pero Merz tardó 14 meses en lograr un acuerdo con los socialdemócratas, su socio en la coalición, para presentar finalmente esta semana un extenso paquete de medidas con las que volver a encarrilar al país. Las medidas van desde una reforma fiscal y flexibilizaciones en el mercado laboral hasta una profunda reforma de las pensiones.

Sin embargo, el electorado lleva mucho tiempo viendo las peleas de los socios de coalición y escuchando declaraciones desafortunadas de Merz, como cuando insinuó que los alemanes eran unos vagos y que debían trabajar más si querían mantener la prosperidad del país. "Hasta los votantes conservadores están insatisfechos con el rumbo del país y del Gobierno", indica Matuschek.

"Cuando preguntamos a ese más del 80% que no está satisfecho con Merz qué les molesta, son tres cosas: que haya roto sus promesas electorales, que no haya liderazgo y que anuncie cosas que luego no cumple", analiza el experto de Forsa. "Nunca hemos visto una caída de confianza en un Gobierno en un solo año como ahora", subraya.

Existe un sentimiento generalizado entre la población de que los políticos "simplemente no son capaces" de resolver los problemas actuales, según Mau. El gran beneficiario de esta situación es el partido de ultraderecha Alternativa para Alemania, conocido como AfD, que lidera los sondeos de intención de voto con un 29%.

"Una sociedad sin confianza en el futuro y sin optimismo es difícil de integrar. Es entonces cuando crecen las fuerzas centrífugas y surgen nuevos actores políticos que pueden sacar partido de ello. Y eso es precisamente lo que está haciendo AfD con gran éxito en estos momentos. Y eso es, en realidad, algo que hace cuatro o cinco años no nos hubiéramos podido imaginar: que casi un tercio de los votantes estuviera dispuesto a dar su voto a un partido que, en algunos aspectos, es inconstitucional", comenta Mau sobre el éxito de los ultras.

El auge de AfD está impulsado por el pesimismo y "un resentimiento arraigado" en el este de Alemania, según el sociólogo. En Sajonia-Anhalt, el partido podría ganar las elecciones regionales en septiembre con más de un 40%. Pero también cuenta con mucho apoyo en el oeste, "donde la gente les vota por miedo hacia el futuro", apunta Matuschek.

El sociólogo Axel Salheiser, del Instituto para la Democracia y la Sociedad Civil, explica que todos los partidos democráticos deberían hacer balance "con un poco de autocrítica y reconocer que, sencillamente, hay razones por las que el electorado tradicional se ha alejado". "Se trata precisamente de abordar de verdad los problemas, los miedos y las preocupaciones de la gente. Y es evidente que AfD lo ha conseguido con algo más de éxito, al menos en lo que respecta a la comunicación y la presentación", apunta.

La entrada de AfD por primera vez en un Gobierno de un Estado federado enviaría, según Salheiser, "una señal fatal", ya que en última instancia se abrirían las puertas a la participación del partido en otros gobiernos. "AfD se normalizaría, al igual que otros partidos de ultraderecha en Europa ya se normalizaron mucho antes", pronostica. "Pero con la diferencia de que aquí nos enfrentamos a un partido verdaderamente antidemocrático, muy radical y una ideología de facto fascista".

AfD se nutre de la sucesión de crisis: primero la de los refugiados, después la del coronavirus y al final la energética, que han provocado que la gente sienta que se va de mal a peor. "Sienten que la política solo saca conejos viejos de la chistera", asegura Salheiser.

La semana pasada, la selección alemana fue eliminada en el Mundial de fútbol ante Paraguay, añadiendo un elemento simbólico a la crisis de confianza. Como dice Matuschek, "hay que tener en cuenta que la mayoría no está interesada en el fútbol. Solo un tercio de la población tiene interés en el fútbol". "Pero sí, es un poco simbólico", reconoce.

El orgullo alemán se nutría antaño, sobre todo, de los éxitos económicos y de la industria automotriz. "Ese orgullo se basaba, en realidad, en que, con el trasfondo del auge económico de la posguerra, siempre se ha creído que es económicamente superior a otros países", recuerda Mau. "Uno viajaba antes a Italia u otros países y allí siempre se decía: 'Sí, se está muy bien allí, pero cuando vuelves a Alemania, aquí todo funciona a la perfección'".

Eso ha cambiado radicalmente. "Cuando hoy uno viaja a España, Italia o Francia ya no se dice eso necesariamente, sino que uno se sorprende de que muchos ámbitos de la vida estén mucho más digitalizados, de que el tren funcione de maravilla y esté muy limpio, y así sucesivamente", agrega Mau. "Aunque como es natural, algunas personas interpretan la eliminación del Mundial de alguna manera como un reflejo de la situación mental, política y económica general del país", concluye el experto.

La combinación de estancamiento económico prolongado, pérdida masiva de empleos industriales, desconfianza en las instituciones y el ascenso de un partido de ultraderecha con ideología antidemocrática plantea un escenario sin precedentes para Alemania. La capacidad del Gobierno de Merz para revertir esta situación con su paquete de medidas económicas y sociales será determinante no solo para el futuro político del país, sino también para la estabilidad de la mayor economía europea y su papel en la Unión Europea.

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