Los aranceles del 25% representan el último golpe tarifario de la administración de Donald Trump contra Brasil. Cuando se anunció la medida la semana anterior, el Gobierno brasileño respondió inicialmente con un comunicado contundente en el que anunciaba la activación inmediata de los mecanismos de la ley de reciprocidad, según El País. Sin embargo, esa respuesta agresiva no se materializó.
El vicepresidente Geraldo Alckmin expresó la posición del Gobierno el martes con una frase que resume la estrategia brasileña: "Ojo por ojo y nos quedaremos ciegos". La ley de reciprocidad, aprobada por unanimidad por el Congreso brasileño el año pasado tras el primer arancel de Trump del 50%, permanece en un cajón como elemento disuasorio. Alckmin no descartó su uso futuro "en el momento oportuno, de la forma adecuada", según El País.
La respuesta brasileña se estructura en tres pilares. El primero es un programa de créditos y ayudas a las empresas más afectadas. El plan "Brasil soberano" de Lula abrió una línea de crédito de más de 8.800 millones de dólares que el Gobierno promete continuar y ampliar, aunque aún no hay cifras definitivas sobre la expansión. El segundo pilar es la búsqueda activa de mercados alternativos, una estrategia que Brasil ya venía implementando desde hace un año cuando Trump impuso el primer castigo tarifario. El tercero es la cautela diplomática: el Gobierno está reuniéndose gradualmente con los sectores más afectados para entender la magnitud del perjuicio antes de tomar decisiones definitivas.
En esos encuentros iniciales, los empresarios brasileños están pidiendo calma y evitar la reciprocidad para no entrar en una espiral inflacionaria, insistiendo en el diálogo, aunque reconocen que las posibilidades de negociación son mínimas, según El País.
Los sectores más preocupados son los fabricantes de madera, maquinaria, equipos eléctricos, muebles, productos cerámicos, calzado y azúcar. Sin embargo, algunas de las principales exportaciones brasileñas a Estados Unidos se salvaron de los aranceles. Más de 2.000 excepciones incluyen productos clave como café, carne bovina, petróleo y zumo de naranja. Los aviones y sus piezas también quedaron fuera, algo crucial para Embraer, una de las joyas de la industria brasileña.
El Ministerio de Industria y Comercio de Brasil calcula que los aranceles afectarán apenas entre el 15% y el 18% del total de exportaciones a Estados Unidos, equivalente a unos 7.400 millones de dólares, según El País. Dado que Brasil ya vende más a Pekín que a Washington, se espera que el daño económico sea asumible.
Sin embargo, reina la incertidumbre porque se espera que el Gobierno Trump anuncie un nuevo arancel del 12,5% relacionado con una investigación que culpa a Brasil y a otros 59 países de no hacer lo suficiente para evitar la exportación de productos supuestamente fabricados con trabajo forzado. Ni los empresarios ni el Gobierno brasileño saben si esta tasa extra se sumaría a la actual o se daría por amortizada.
Adair Robert Carneiro, presidente de la Federación de las Cámaras de Comercio Exterior de Brasil, afirmó que los aranceles no responden a cuestiones técnicas sino que tienen un carácter puramente político. Según El País, Carneiro advirtió que si Brasil toma represalias, vendrían nuevas decisiones contra los bancos brasileños, intensificando el enfrentamiento: "Caeríamos en la trampa y no sería bueno. Pero tampoco podemos ser pasivos ante este movimiento hostil de las tarifas". En su opinión, Lula hace bien en mantenerse en un perfil bajo y dejar el tema en manos de sus ministros.
Carneiro también señaló que Lula se beneficiará políticamente de la "idiotez inmensa" que cometieron los hijos del expresidente Jair Bolsonaro cuando presionaron a Trump para castigar a Brasil, pensando que así salvarían a su padre, quien acabó condenado a 27 años de cárcel.
Brasil celebra elecciones en octubre, y una encuesta del instituto Quaest divulgada recientemente apunta que el 51% de los brasileños culpa de los aranceles a Flávio Bolsonaro, principal candidato de la derecha, mientras que apenas el 30% compra su renovada narrativa de defensor de los intereses de Brasil, que incluyó un viaje a Washington para pedir que la Casa Blanca aplazase el tarifazo, según El País.
Mientras tanto, Lula mantiene un silencio sorprendente y calculado. Se pronunció públicamente sobre los nuevos aranceles una sola vez y muy rápidamente. Lo justificó diciendo que solo hablará después de Trump: "Porque vamos a mostrar que contra Brasil nadie gana mintiendo. O él es más verdadero que nosotros o no va a engañar a la sociedad brasileña", dijo en un discurso improvisado, según El País.
La estrategia brasileña refleja un cálculo político y económico complejo. Por un lado, el Gobierno reconoce que una guerra comercial total sería contraproducente para una economía que ya enfrenta presiones externas. Por otro, debe demostrar a su electorado que no es pasivo ante lo que considera un ataque injustificado. La cautela de Lula contrasta con la agresividad inicial de su respuesta anunciada, sugiriendo que el Gobierno brasileño está jugando una partida diplomática donde la amenaza de represalia es más valiosa que su ejecución.