Brote de ébola en República Democrática del Congo se agrava por conflicto armado y colapso sanitario
Salud

Brote de ébola en República Democrática del Congo se agrava por conflicto armado y colapso sanitario

La República Democrática del Congo enfrenta una crisis sanitaria sin precedentes con 1.963 infecciones confirmadas de ébola y 719 muertes registradas hasta mediados de julio de 2026, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). La cepa Bundibugyo, detectada desde abril en la región oriental, se propaga aceleradamente en campamentos de desplazados donde la falta de agua, saneamiento e higiene básica, combinada con la violencia de grupos rebeldes, ha convertido el brote en una catástrofe humanitaria que expertos advierten podría ser mucho más grave de lo reportado, ya que la OMS estima que solo se detecta entre el 25 y el 50 por ciento de los casos reales.

SALUD17 JUL 2026

En el campamento de Kigonze, en las afueras de Bunia en la provincia de Ituri, viven 20.000 personas desplazadas internamente que huyeron de la violencia de múltiples grupos rebeldes que desestabilizan la región desde hace décadas. Ahora enfrentan una amenaza adicional: el ébola. D'zirava Lety, residente del campamento, describe la desesperación de su situación: "No hay agua. En todo el campamento hay solo una llave. Otro desafío es la falta de baños. Los niños se alivian en cualquier lugar. Con la enfermedad que ha llegado, nos dicen que nos lavemos las manos, pero no hay kits de higiene. Y cuando vamos al pueblo a vender nuestros productos, la gente nos rechaza diciendo que llevamos enfermedades", según reportó Deutsche Welle (DW).

El presidente del campamento, Étienne Ndrutsi, confirmó a DW que en junio se detectó ébola por primera vez entre personas fallecidas. "Desde que llegó el ébola, hemos estado registrando hasta seis muertes al día", afirmó Ndrutsi. La cepa Bundibugyo, considerada rara, ha circulado en el área desde al menos abril, de acuerdo con expertos. Tras identificarse el brote en mayo, la OMS declaró una emergencia de salud pública.

Las cifras oficiales revelan la magnitud del desastre: hasta mediados de julio, la República Democrática del Congo registraba 1.963 infecciones confirmadas y 719 muertes. Uganda, país vecino, reportó 20 casos y dos muertes. Sin embargo, la OMS advierte que estas cifras subestiman dramáticamente la realidad. Los expertos estiman que solo se detecta entre uno de cada dos casos y, posiblemente, tan solo uno de cada cuatro casos reales, lo que sugiere que el número verdadero de infecciones podría alcanzar entre 3.926 y 7.852 personas.

El conflicto armado en la región oriental de la República Democrática del Congo es el factor determinante que acelera la propagación del virus. El combate entre múltiples milicias y el ejército congoleño por el control territorial obstaculiza directamente los esfuerzos de contención. Simultáneamente, el virus se propaga con mayor facilidad porque personas como D'zirava Lety viven en campamentos superpoblados o se ven obligadas a desplazarse constantemente, acelerando la transmisión.

Juste Codjo, exoficial del ejército de Benín e investigador de seguridad en la Universidad Kean en Nueva Jersey, explicó a DW la necesidad crítica de proteger la infraestructura sanitaria: "Los trabajadores de salud, centros de tratamiento, laboratorios, ambulancias y rutas de suministro médico siempre deben estar protegidos de la interferencia militar y la competencia política". Codjo añadió que aunque el derecho humanitario internacional protege el acceso a la atención médica durante conflictos armados, "la realidad es que estas obligaciones legales deben reforzarse mediante negociaciones prácticas con cada actor que controla territorio en la zona de conflicto".

El patrón de conflicto y enfermedad no es exclusivo de la República Democrática del Congo. En Yemen, devastado por la guerra, grupos de ayuda y autoridades han pasado la última década combatiendo brotes recurrentes de cólera. En Sudán, la epidemia de cólera ha cobrado más de 3.500 vidas desde 2024 y está directamente vinculada a la guerra civil en curso, en parte porque los bandos en conflicto restringen severamente el acceso humanitario a los esfuerzos de respuesta ante brotes.

La historia ofrece ejemplos de enfoques que pueden detener la propagación de enfermedades durante conflictos. Durante la guerra civil en El Salvador (1980-1992), los bandos en conflicto acordaron tres treguas de un día para permitir que organizaciones de ayuda realizaran campañas seguras de vacunación contra varias enfermedades infantiles. En la República Democrática del Congo, sin embargo, los llamados a treguas para contener la propagación del ébola han permanecido sin respuesta hasta ahora.

Los investigadores estadounidenses documentaron un patrón claro durante el brote devastador de ébola en el Congo oriental en 2018: una correlación directa entre la violencia y la propagación del virus. Cuando rebeldes atacaban una ubicación o centro de salud, el rastreo de contactos y las vacunaciones para personas expuestas al virus se desmoronaban, seguido de un aumento significativo en los casos locales. En la ciudad de Beni, cada persona infectada transmitía el virus a un promedio de 0,8 otras personas después de que comenzó la campaña de vacunación, lo que significa que la transmisión disminuía gradualmente. Sin embargo, después de un ataque rebelde, el número de reproducción (valor R0) aumentaba nuevamente a 1,9, lo que significa que cada persona infectada transmitía temporalmente el virus a casi dos personas adicionales. A medida que disminuía el impacto de la violencia, la proporción caía nuevamente, alcanzando 0,72 para noviembre de 2018.

La amenaza se agravó por residentes alarmados por teorías conspirativas. En esta región remota, el acceso a la atención médica es algo que muchas personas rara vez experimentan fuera de crisis agudas, lo que alimenta el escepticismo sobre los trabajadores de salud en equipo de protección. Ante este panorama, expertos hacen llamados repetidos a medidas de construcción de confianza, incluyendo esfuerzos liderados por figuras comunitarias locales o líderes religiosos.

El epicentro del brote actual es la provincia de Ituri, donde varias milicias y el ejército congoleño luchan por el control. Sin embargo, los casos continúan reportándose en áreas vecinas, incluyendo más al sur, donde la coalición rebelde AFC/M23 ha tomado grandes territorios desde principios de 2025. El grupo parece estar persiguiendo una estrategia de construcción de sus propias instituciones y fortalecimiento de su influencia a largo plazo sobre el gobierno en Kinshasa, la capital de la República Democrática del Congo.

Esto incluye los esfuerzos de respuesta al ébola. Cuando se reportaron los primeros casos en áreas bajo su control, los rebeldes AFC/M23 establecieron una zona de emergencia e intensificaron las pruebas. Ruanda también proporciona apoyo, según reportó Reuters, aunque Kigali continúa negando oficialmente las acusaciones ampliamente documentadas de que respalda a los rebeldes. La OMS, pragmáticamente, está cooperando con ellos.

El Ministerio de Salud en Kinshasa ha sido aparentemente marginado en gran medida, pero continúa recibiendo datos y resultados de pruebas de las áreas concernientes. Mientras la transmisión continúa aumentando en Ituri, AFC/M23 afirmó a finales de junio que el brote local en los territorios que controla había sido contenido.

Juste Codjo, experto en seguridad, no descarta que la posición política de los rebeldes podría fortalecerse debido a su manejo de la epidemia, y advierte que tanto ellos como el gobierno podrían buscar monopolizar la ayuda. "No deben permitir que las preocupaciones sobre la apariencia política obstruyan la asistencia que salva vidas. La salud pública no puede ser tomada como rehén en un concurso de legitimidad", afirmó. "La asistencia debe ser cuidadosamente despolitizada, monitoreada y entregada a través de intermediarios neutrales".

La crisis actual expone la vulnerabilidad de sistemas de salud débiles ante la convergencia de conflicto armado, desplazamiento masivo y enfermedades infecciosas. Sin intervención internacional coordinada, acceso humanitario garantizado y, crucialmente, una reducción de la violencia, el brote de ébola en la República Democrática del Congo amenaza con convertirse en una de las peores epidemias del siglo, con cifras reales potencialmente multiplicadas respecto a lo reportado oficialmente.

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17 jul 2026
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En el campamento de Kigonze, en las afueras de Bunia en la provincia de Ituri, viven 20.000 personas desplazadas internamente que huyeron de la violencia de múltiples grupos rebeldes que desestabilizan la región desde hace décadas. Ahora enfrentan una amenaza adicional: el ébola. D'zirava Lety, residente del campamento, describe la desesperación de su situación: "No hay agua. En todo el campamento hay solo una llave. Otro desafío es la falta de baños. Los niños se alivian en cualquier lugar. Con la enfermedad que ha llegado, nos dicen que nos lavemos las manos, pero no hay kits de higiene. Y cuando vamos al pueblo a vender nuestros productos, la gente nos rechaza diciendo que llevamos enfermedades", según reportó Deutsche Welle (DW).

El presidente del campamento, Étienne Ndrutsi, confirmó a DW que en junio se detectó ébola por primera vez entre personas fallecidas. "Desde que llegó el ébola, hemos estado registrando hasta seis muertes al día", afirmó Ndrutsi. La cepa Bundibugyo, considerada rara, ha circulado en el área desde al menos abril, de acuerdo con expertos. Tras identificarse el brote en mayo, la OMS declaró una emergencia de salud pública.

Las cifras oficiales revelan la magnitud del desastre: hasta mediados de julio, la República Democrática del Congo registraba 1.963 infecciones confirmadas y 719 muertes. Uganda, país vecino, reportó 20 casos y dos muertes. Sin embargo, la OMS advierte que estas cifras subestiman dramáticamente la realidad. Los expertos estiman que solo se detecta entre uno de cada dos casos y, posiblemente, tan solo uno de cada cuatro casos reales, lo que sugiere que el número verdadero de infecciones podría alcanzar entre 3.926 y 7.852 personas.

El conflicto armado en la región oriental de la República Democrática del Congo es el factor determinante que acelera la propagación del virus. El combate entre múltiples milicias y el ejército congoleño por el control territorial obstaculiza directamente los esfuerzos de contención. Simultáneamente, el virus se propaga con mayor facilidad porque personas como D'zirava Lety viven en campamentos superpoblados o se ven obligadas a desplazarse constantemente, acelerando la transmisión.

Juste Codjo, exoficial del ejército de Benín e investigador de seguridad en la Universidad Kean en Nueva Jersey, explicó a DW la necesidad crítica de proteger la infraestructura sanitaria: "Los trabajadores de salud, centros de tratamiento, laboratorios, ambulancias y rutas de suministro médico siempre deben estar protegidos de la interferencia militar y la competencia política". Codjo añadió que aunque el derecho humanitario internacional protege el acceso a la atención médica durante conflictos armados, "la realidad es que estas obligaciones legales deben reforzarse mediante negociaciones prácticas con cada actor que controla territorio en la zona de conflicto".

El patrón de conflicto y enfermedad no es exclusivo de la República Democrática del Congo. En Yemen, devastado por la guerra, grupos de ayuda y autoridades han pasado la última década combatiendo brotes recurrentes de cólera. En Sudán, la epidemia de cólera ha cobrado más de 3.500 vidas desde 2024 y está directamente vinculada a la guerra civil en curso, en parte porque los bandos en conflicto restringen severamente el acceso humanitario a los esfuerzos de respuesta ante brotes.

La historia ofrece ejemplos de enfoques que pueden detener la propagación de enfermedades durante conflictos. Durante la guerra civil en El Salvador (1980-1992), los bandos en conflicto acordaron tres treguas de un día para permitir que organizaciones de ayuda realizaran campañas seguras de vacunación contra varias enfermedades infantiles. En la República Democrática del Congo, sin embargo, los llamados a treguas para contener la propagación del ébola han permanecido sin respuesta hasta ahora.

Los investigadores estadounidenses documentaron un patrón claro durante el brote devastador de ébola en el Congo oriental en 2018: una correlación directa entre la violencia y la propagación del virus. Cuando rebeldes atacaban una ubicación o centro de salud, el rastreo de contactos y las vacunaciones para personas expuestas al virus se desmoronaban, seguido de un aumento significativo en los casos locales. En la ciudad de Beni, cada persona infectada transmitía el virus a un promedio de 0,8 otras personas después de que comenzó la campaña de vacunación, lo que significa que la transmisión disminuía gradualmente. Sin embargo, después de un ataque rebelde, el número de reproducción (valor R0) aumentaba nuevamente a 1,9, lo que significa que cada persona infectada transmitía temporalmente el virus a casi dos personas adicionales. A medida que disminuía el impacto de la violencia, la proporción caía nuevamente, alcanzando 0,72 para noviembre de 2018.

La amenaza se agravó por residentes alarmados por teorías conspirativas. En esta región remota, el acceso a la atención médica es algo que muchas personas rara vez experimentan fuera de crisis agudas, lo que alimenta el escepticismo sobre los trabajadores de salud en equipo de protección. Ante este panorama, expertos hacen llamados repetidos a medidas de construcción de confianza, incluyendo esfuerzos liderados por figuras comunitarias locales o líderes religiosos.

El epicentro del brote actual es la provincia de Ituri, donde varias milicias y el ejército congoleño luchan por el control. Sin embargo, los casos continúan reportándose en áreas vecinas, incluyendo más al sur, donde la coalición rebelde AFC/M23 ha tomado grandes territorios desde principios de 2025. El grupo parece estar persiguiendo una estrategia de construcción de sus propias instituciones y fortalecimiento de su influencia a largo plazo sobre el gobierno en Kinshasa, la capital de la República Democrática del Congo.

Esto incluye los esfuerzos de respuesta al ébola. Cuando se reportaron los primeros casos en áreas bajo su control, los rebeldes AFC/M23 establecieron una zona de emergencia e intensificaron las pruebas. Ruanda también proporciona apoyo, según reportó Reuters, aunque Kigali continúa negando oficialmente las acusaciones ampliamente documentadas de que respalda a los rebeldes. La OMS, pragmáticamente, está cooperando con ellos.

El Ministerio de Salud en Kinshasa ha sido aparentemente marginado en gran medida, pero continúa recibiendo datos y resultados de pruebas de las áreas concernientes. Mientras la transmisión continúa aumentando en Ituri, AFC/M23 afirmó a finales de junio que el brote local en los territorios que controla había sido contenido.

Juste Codjo, experto en seguridad, no descarta que la posición política de los rebeldes podría fortalecerse debido a su manejo de la epidemia, y advierte que tanto ellos como el gobierno podrían buscar monopolizar la ayuda. "No deben permitir que las preocupaciones sobre la apariencia política obstruyan la asistencia que salva vidas. La salud pública no puede ser tomada como rehén en un concurso de legitimidad", afirmó. "La asistencia debe ser cuidadosamente despolitizada, monitoreada y entregada a través de intermediarios neutrales".

La crisis actual expone la vulnerabilidad de sistemas de salud débiles ante la convergencia de conflicto armado, desplazamiento masivo y enfermedades infecciosas. Sin intervención internacional coordinada, acceso humanitario garantizado y, crucialmente, una reducción de la violencia, el brote de ébola en la República Democrática del Congo amenaza con convertirse en una de las peores epidemias del siglo, con cifras reales potencialmente multiplicadas respecto a lo reportado oficialmente.

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