

El director de la CIA, John Ratcliffe, se reunió este jueves en La Habana con el ministro del Interior cubano y el jefe de inteligencia de la isla, en el encuentro de más alto nivel entre ambos países en décadas. La histórica reunión, documentada con fotografías publicadas por la propia agencia estadounidense, ocurre mientras Cuba atraviesa una crisis terminal de abastecimiento energético, con apagones de hasta 22 horas y sin reservas de combustible, según el ministro de Energía y Minas cubano, Vicente de la O Levy.
La reunión en La Habana marca el mayor hito en dos meses de negociaciones opacas entre Washington y La Habana, según informó la CIA. Ambas partes anunciaron su compromiso de "abordar seriamente cuestiones económicas y de seguridad", en un momento de máxima debilidad para el régimen cubano, asfixiado por el cerco energético impuesto desde finales de enero por la administración de Donald Trump.
En el encuentro destacó la presencia del General de Brigada Romero Curbelo, jefe de la Dirección de Inteligencia del régimen, y de Raúl Guillermo Rodríguez Castro, conocido como "El Cangrejo", nieto y guardaespaldas de Raúl Castro de 41 años. Este último ha sido una constante en casi todos los momentos clave de la negociación entre La Habana y Washington a lo largo de este año, según reportes.
Desde febrero se conoció que el Secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, mantenía conversaciones con el nieto de Castro. "El Cangrejo" viajó a la capital de San Cristóbal y Nieves en el marco de la cumbre de la Comunidad del Caribe para sostener un encuentro con asesores de Rubio. Cuando en marzo el gobernante Miguel Díaz-Canel reconoció por primera vez que estaban negociando con la administración Trump, el nieto de Castro estaba sentado entre los periodistas. Durante la primera visita de una delegación estadounidense a La Habana el pasado 10 de abril, Rodríguez Castro también estuvo presente en la mesa de diálogo.
Un día antes de la llegada del Boeing C-40B Clipper a La Habana con la delegación oficial encabezada por Ratcliffe, las autoridades cubanas anunciaron un nuevo parte de guerra sobre la situación energética. "No tenemos absolutamente nada de combustible. Ya no tenemos reservas", declaró el ministro de la O Levy en la televisión cubana el miércoles.
El día del anuncio, la isla sufrió apagones que en algunas zonas alcanzaron las 22 horas sin luz, una constante durante los últimos meses. La crisis terminal de abastecimiento está desencadenando problemas graves en servicios básicos como hospitales y transporte. Los cubanos miden sus protestas con caceroladas, calles cortadas por la basura acumulada a la que prenden fuego, y gasolineras que no funcionan atacadas a pedradas. En medio del colapso, el aparato represivo castrista es de lo poco que sigue en pie, según la fuente.
La reunión se produce después de que Trump colocara a Cuba en su diana, justo después del ataque sobre Caracas para llevarse en helicóptero al presidente venezolano, Nicolás Maduro, hasta una cárcel de Nueva York. Desde entonces se han sucedido señales contradictorias sobre el futuro de la isla.
Mientras imponía el severo cerco energético, Trump mandaba señales de apertura hacia una posible vía diplomática. En marzo permitió la llegada de un buque ruso con 100.000 toneladas de crudo que alivió solo temporalmente otro momento crítico de desabastecimiento, mientras lanzaba amenazas como "Vamos a tomar Cuba casi de inmediato". A cada golpe o amenaza les ha ido sucediendo una cierta tregua, siguiendo el manual clásico de negociación agresiva del mandatario republicano.
Esta misma semana, tanto Rubio como Trump lanzaron mensajes conciliadores. Poco antes, habían endurecido aún más las sanciones con castigos a cualquier persona o entidad no estadounidense que mantenga relaciones comerciales con la isla, especialmente en los sectores de la energía, la defensa, la seguridad y las finanzas.
Como antesala de la reunión de la CIA, el Departamento de Estado emitió un comunicado ofreciendo a la isla 100 millones de dólares en ayuda, aceptada por el castrismo este jueves, a cambio de "reformas significativas al sistema comunista de Cuba".
En este contexto, medios estadounidenses informaron que Estados Unidos planea procesar judicialmente al expresidente Raúl Castro, de 94 años, acusado del derribo en 1996 de un avión de una organización humanitaria de exiliados cubanos en Miami.
Castro es la ficha que Cuba siempre saca en momentos de tensión, a modo de recordatorio del apellido que, al menos a nivel simbólico, dirige el país. Cuando se conoció de la muerte de 32 militares cubanos tras el ataque a Venezuela, Castro apareció en público. Y cuando Trump endureció su retórica y deslizó que iba a garantizar "un nuevo amanecer para Cuba", Castro salió desfilando en primera plana en el acto patriótico del pasado Primero de Mayo en La Habana. A pesar de que se dice que Castro sigue dictando la política de la isla, Alina Rodríguez, hija de Fidel, cuestionó en una entrevista: "¿En qué sentido una persona de 94 años puede seguir moviendo los hilos de Cuba?".
Los mensajes del castrismo también han sido ambivalentes. Desde una actitud colaborativa para sentarse a la mesa hasta los mantras habituales, como la advertencia de que "cualquier agresor externo" que avance sobre la isla "chocará con una resistencia inexpugnable". Aunque se supo que la delegación estadounidense de visita en La Habana impuso un ultimátum de 14 días para que los cubanos hicieran algunas concesiones, entre ellas la liberación de sus presos políticos, hasta el momento no ha habido una excarcelación masiva de los casi mil detenidos por oponerse al régimen.
Las reacciones a la reunión de este jueves han sido templadas. El Partido Comunista de Cuba la encuadró en "parte de los esfuerzos por afrontar el escenario actual". Mientras que el Ministerio del Interior, al frente del gran aparato de espionaje y de represión, habló de "desarrollar la cooperación bilateral", además de subrayar su "enfrentamiento y condena de manera inequívoca al terrorismo en todas sus formas y manifestaciones".
El fantasma heredado de la Guerra Fría que sitúa a Cuba como "refugio para los adversarios de Estados Unidos", según el propio comunicado de la CIA tras la reunión, es uno de los argumentos sobre los que insiste la Casa Blanca, enfrascada en una campaña política y militar para recuperar su influencia sobre la región que está haciendo estallar las costuras del orden internacional.
La reunión representa un giro histórico en las relaciones entre ambos países, enemigos durante décadas, pero ocurre en un momento en que el régimen cubano enfrenta su peor crisis desde el colapso de la Unión Soviética. La combinación de presión económica extrema y apertura diplomática selectiva por parte de Washington busca forzar cambios en el sistema político cubano, mientras la población de la isla sufre las consecuencias de un colapso que afecta todos los aspectos de la vida cotidiana.