El calor extremo enferma y mata: cómo el estrés térmico desencadena crisis cardiovasculares, mentales y metabólicas
Salud

El calor extremo enferma y mata: cómo el estrés térmico desencadena crisis cardiovasculares, mentales y metabólicas

El calor extremo provoca múltiples desajustes fisiológicos graves más allá de los golpes de calor. Según investigadores de ISGlobal, por cada aumento de un grado centígrado en la temperatura ambiental, la mortalidad por calor aumenta un 35%, los decesos cardiovasculares suben un 2,1% y el número de personas que enferman crece un 18%. En el verano de 2022, uno de los más cálidos registrados en Europa, hubo más de 61.000 muertes asociadas a las altas temperaturas, mientras que en España solo en junio de 2026 se contabilizaron más de un millar. Los expertos advierten que estos fenómenos serán cada vez más frecuentes y exigen cambios urgentes en la forma de vivir para evitar males mayores.

SALUD19 JUL 2026

El estrés térmico, que ocurre cuando la necesidad de disipar el calor supera la capacidad del organismo para hacerlo, desencadena un abanico de malestar que va desde el cansancio, los calambres o la irritabilidad, hasta cuadros más graves como el síncope o el golpe de calor, según explica Elisabeth Diago, investigadora de ISGlobal. El golpe de calor es una emergencia médica que se caracteriza por una temperatura corporal superior a los 40°C y causa una alteración del estado mental con un riesgo elevado de fallo multiorgánico y muerte, aunque estos casos son poco frecuentes. La mayoría de los fallecimientos vinculados al calor extremo se producen por el agravamiento de patologías preexistentes.

Cuando el ser humano se enfrenta a episodios de calor intenso, el organismo responde desplegando estrategias fisiológicas para mantener la temperatura corporal interna a unos 37 grados, el nivel óptimo para la vida. El cuerpo usa la sudoración, que es el gran mecanismo de termorregulación para disipar el calor al evaporar el sudor en la superficie cutánea, y también recurre a la vasodilatación periférica, que aumenta el flujo de sangre hacia la piel para facilitar la pérdida de calor. Sin embargo, estos mecanismos tienen límites, y cuando se sobrepasan, aparece el estrés térmico.

La vulnerabilidad ante el calor extremo no es igual para todos. Según Diago, "depende de la exposición; de factores intrínsecos de la persona, como sus enfermedades de base; y también de la vulnerabilidad estructural, como el barrio en el que vives o la capacidad socioeconómica para acceder a determinados recursos". Los ancianos y los niños se llevan la peor parte. Los mayores tienen el termostato del organismo desgastado por la edad y acostumbran a tener enfermedades de base que, ante el calor, pueden descompensarse con más facilidad. Alfons Aguirre, jefe de sección del servicio de Urgencias del Hospital del Mar de Barcelona, explica que "suelen tener los mecanismos de adaptación al calor más comprometidos. Además, si tienen una alteración neurológica, pierden el reflejo de la sed y tienen más riesgo de deshidratarse". En los niños, el termostato está subdesarrollado todavía. La soledad no deseada también es un factor de vulnerabilidad en los ancianos.

Otro colectivo de riesgo son los trabajadores al aire libre, por la exposición directa a las altas temperaturas. Las embarazadas también enfrentan peligros específicos: estar bajo calor extremo, sobre todo en el primer trimestre, se relaciona con un mayor riesgo de parto prematuro, bajo peso al nacer y muerte fetal.

Las mujeres mueren más en las olas de calor. Según ISGlobal, en el verano de 2022, la mortalidad fue un 56% más alta que en hombres. Los expertos achacan esta brecha a diferencias fisiológicas en la termorregulación, sobre todo en la menopausia, pero también a que sufren más aislamiento y tienen menos acceso a zonas refrigeradas.

El impacto en el sueño es profundo. El cuerpo humano emplea las horas nocturnas para liberar el calor acumulado durante el día, pero cuando hay noches muy calurosas, ese proceso de recuperación fisiológica se ve comprometido. Marta Garaulet, catedrática de Fisiología y Bases Fisiológicas de la Nutrición en la Universidad de Murcia, explica que "el cuerpo tiene que dedicar más esfuerzo a regular la temperatura, aumenta la activación fisiológica y se altera la arquitectura normal del sueño. En general, el calor se asocia con más vigilia nocturna y con una reducción del sueño profundo y del sueño REM, que son fases importantes para la recuperación física, cognitiva y emocional".

El calor no altera el reloj biológico como lo hace la luz nocturna, pero sí puede "desorganizar la expresión" de los ritmos circadianos, según Garaulet. "Dormimos peor, nos acostamos más tarde, nos levantamos más cansados y al día siguiente solemos estar menos activos. Todo esto puede acabar afectando al ritmo sueño-vigilia, al metabolismo y al bienestar general".

Garaulet descubrió también el poder de la siesta en contextos de calor extremo. En sus investigaciones, "vimos que en el 11% de las personas, la siesta no aparece como un hábito constante durante todo el año, sino como un comportamiento estacional, que se da sobre todo en verano". Lo descubrió en estudios hechos en Murcia, donde es habitual que en las tardes de verano se alcancen los 40°C. "En esas condiciones, el cuerpo tiende de forma natural a reducir la actividad y favorecer el descanso. La siesta no sería solo una costumbre cultural, sino también una respuesta biológica al entorno. Cuando el calor es extremo, descansar en las horas centrales del día ayuda a evitar el estrés térmico, conservar energía y reorganizar la actividad hacia momentos más frescos", explica.

Garaulet recomienda que la habitación tienda a estar fresca para dormir bien. Además, "aunque a veces se piensa lo contrario, las duchas muy calientes justo antes de acostarse pueden dificultar el sueño si aumentan demasiado la temperatura corporal o impiden esa pérdida natural de calor que necesitamos para dormir".

La falta de descanso adecuado es uno de los factores que espolea un empeoramiento de la salud mental. En atención primaria, el calor persistente se ha asociado con un aumento de las consultas por ansiedad del 43% y por depresión del 23%, según el informe de ISGlobal. Por cada grado que aumenta la temperatura, asciende hasta un 1,7% el riesgo de suicidio y las hospitalizaciones psiquiátricas crecen casi un 10% durante las olas de calor.

Los expertos achacan este impacto a una confluencia de factores. Desde mecanismos psicológicos, relacionados con la percepción del calor a través de sentimientos de estrés y ansiedad; hasta elementos conductuales, con cambios en el comportamiento a causa del calor; o mecanismos sociales, vinculados a cambios en las interacciones a causa del calor, como más aislamiento.

En una situación de estrés térmico, también aumenta el riesgo de desajustes en la función cardiovascular. En ese intento de disipar el calor, el corazón hace un sobreesfuerzo. "Y eso puede contribuir a descompensar enfermedades cardiovasculares", sintetiza Aguirre.

Hay fármacos que pueden empeorar la situación. Christian Garriga, pediatra y director médico corporativo de DKV, subraya que "los antihipertensivos [para controlar la presión arterial alta], los betabloqueantes [reducen la frecuencia cardíaca y la presión sanguínea] y los diuréticos [ayudan a eliminar exceso de agua y sal por la orina] afectan al sistema vascular y también a los líquidos". Con el calor, por ese mecanismo de vasodilatación periférica, puede bajar la tensión y con la sudoración se eliminan más electrolitos. Estos fármacos acentúan todavía más estos síntomas y pueden provocar deshidratación, mareos, cansancio o, incluso, desmayos.

Las enfermedades respiratorias también pueden desequilibrarse. Con el calor, el organismo hace más gasto cardíaco e hiperventilación, lo que puede empeorar dolencias como el asma o la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC). "Al aumentar la vasodilatación, el cuerpo lo compensa con una frecuencia cardíaca más alta y más esfuerzo respiratorio para oxigenar la sangre", cuenta Bernardino Alcázar-Navarrete, presidente electo de la Sociedad Española de Pneumología.

Esa situación, en personas con enfermedades crónicas, puede complicar su cuadro clínico. "Se ha descrito que con el calor del verano aumenta un 8% el riesgo de hospitalización por EPOC. Hay agudizaciones porque cuando cambia la temperatura, cambia también la densidad del aire y los pacientes lo notan más; también suele coincidir con episodios de calima, un momento en el que hay más polvo ambiental y partículas en suspensión; y además, con el calor hay más riesgo de deshidratarse y esto afecta a las secreciones [el moco es más espeso y más difícil de eliminar por la tos, lo que favorece la obstrucción de las vías respiratorias]", explica Alcázar-Navarrete.

El estrés térmico puede provocar también disfunciones metabólicas. Con el calor, por ejemplo, se altera la forma en la que el organismo procesa la glucosa. Rosa Corcoy, directora de la Unidad de Diabetes del Hospital Sant Pau de Barcelona, explica que "en personas con diabetes tratadas con insulina, la absorción puede aumentar con el calor y disminuir los requerimientos de insulina, observándose tendencia a hipoglucemia. En el otro extremo, personas con diabetes y cifras muy altas de glucosa pueden tener con más facilidad una descompensación hiperglucémica porque tanto la hiperglucemia como el calor favorecen la deshidratación".

Corcoy recuerda, además, que el metabolismo de los nutrientes también genera calor. Y eso explica, en parte, por qué en épocas de calor extremo preferimos comidas frescas y ligeras en lugar de alimentos muy calóricos: "Para empezar, si el alimento que tomamos está fresco, ya ayuda a bajar temperatura del cuerpo, que es lo que conviene. Pero además, si se ingiere una comida copiosa, el esfuerzo del organismo para metabolizar ese alimento generará más calor y eso aumentará la temperatura corporal. Y el organismo lo que busca es equilibrar la temperatura corporal, no aumentarla".

Las personas con obesidad son otro colectivo vulnerable. "Presentan más dificultad para eliminar el calor porque tienen menos superficie corporal en relación con la masa. Y el tejido adiposo también hace de aislante térmico", subraya Corcoy.

Las personas con enfermedades renales son otro colectivo que puede sufrir desajustes. En olas de calor hay más riesgo de deshidratación y eso conduce a un desequilibrio electrolítico que obliga a los riñones a trabajar más y, fruto de ese estrés extra, pueden exacerbarse enfermedades renales preexistentes.

Los expertos advierten de que hay que prepararse para un mundo con calor extremo cada vez más frecuente. "Tenemos que cambiar nuestra forma de vivir", asegura Diago. "Tendrá que haber un cambio de mentalidad. Tenemos que aprender a convivir con el calor extremo de forma habitual". Un ejemplo simple: "Llevar agua encima siempre y beber, aunque no tengas sed". Otro: "No puede ser que te pongas a correr a las cuatro de la tarde... ¡Te puede dar un síncope por calor!″, exclama Diago.

El autocuidado, redes comunitarias de apoyo a los vulnerables, viviendas mejor preparadas y un cambio en la salud urbana para evitar el efecto isla de calor serán clave. Hidratarse con agua, no refrescos ni alcohol, es fundamental. Y protegerse del sol. Y refrescarse, como sea. Los expertos subrayan que estos cambios no son opcionales, sino necesarios para evitar una crisis sanitaria de magnitudes crecientes en un planeta cada vez más caluroso.

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19 jul 2026
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El estrés térmico, que ocurre cuando la necesidad de disipar el calor supera la capacidad del organismo para hacerlo, desencadena un abanico de malestar que va desde el cansancio, los calambres o la irritabilidad, hasta cuadros más graves como el síncope o el golpe de calor, según explica Elisabeth Diago, investigadora de ISGlobal. El golpe de calor es una emergencia médica que se caracteriza por una temperatura corporal superior a los 40°C y causa una alteración del estado mental con un riesgo elevado de fallo multiorgánico y muerte, aunque estos casos son poco frecuentes. La mayoría de los fallecimientos vinculados al calor extremo se producen por el agravamiento de patologías preexistentes.

Cuando el ser humano se enfrenta a episodios de calor intenso, el organismo responde desplegando estrategias fisiológicas para mantener la temperatura corporal interna a unos 37 grados, el nivel óptimo para la vida. El cuerpo usa la sudoración, que es el gran mecanismo de termorregulación para disipar el calor al evaporar el sudor en la superficie cutánea, y también recurre a la vasodilatación periférica, que aumenta el flujo de sangre hacia la piel para facilitar la pérdida de calor. Sin embargo, estos mecanismos tienen límites, y cuando se sobrepasan, aparece el estrés térmico.

La vulnerabilidad ante el calor extremo no es igual para todos. Según Diago, "depende de la exposición; de factores intrínsecos de la persona, como sus enfermedades de base; y también de la vulnerabilidad estructural, como el barrio en el que vives o la capacidad socioeconómica para acceder a determinados recursos". Los ancianos y los niños se llevan la peor parte. Los mayores tienen el termostato del organismo desgastado por la edad y acostumbran a tener enfermedades de base que, ante el calor, pueden descompensarse con más facilidad. Alfons Aguirre, jefe de sección del servicio de Urgencias del Hospital del Mar de Barcelona, explica que "suelen tener los mecanismos de adaptación al calor más comprometidos. Además, si tienen una alteración neurológica, pierden el reflejo de la sed y tienen más riesgo de deshidratarse". En los niños, el termostato está subdesarrollado todavía. La soledad no deseada también es un factor de vulnerabilidad en los ancianos.

Otro colectivo de riesgo son los trabajadores al aire libre, por la exposición directa a las altas temperaturas. Las embarazadas también enfrentan peligros específicos: estar bajo calor extremo, sobre todo en el primer trimestre, se relaciona con un mayor riesgo de parto prematuro, bajo peso al nacer y muerte fetal.

Las mujeres mueren más en las olas de calor. Según ISGlobal, en el verano de 2022, la mortalidad fue un 56% más alta que en hombres. Los expertos achacan esta brecha a diferencias fisiológicas en la termorregulación, sobre todo en la menopausia, pero también a que sufren más aislamiento y tienen menos acceso a zonas refrigeradas.

El impacto en el sueño es profundo. El cuerpo humano emplea las horas nocturnas para liberar el calor acumulado durante el día, pero cuando hay noches muy calurosas, ese proceso de recuperación fisiológica se ve comprometido. Marta Garaulet, catedrática de Fisiología y Bases Fisiológicas de la Nutrición en la Universidad de Murcia, explica que "el cuerpo tiene que dedicar más esfuerzo a regular la temperatura, aumenta la activación fisiológica y se altera la arquitectura normal del sueño. En general, el calor se asocia con más vigilia nocturna y con una reducción del sueño profundo y del sueño REM, que son fases importantes para la recuperación física, cognitiva y emocional".

El calor no altera el reloj biológico como lo hace la luz nocturna, pero sí puede "desorganizar la expresión" de los ritmos circadianos, según Garaulet. "Dormimos peor, nos acostamos más tarde, nos levantamos más cansados y al día siguiente solemos estar menos activos. Todo esto puede acabar afectando al ritmo sueño-vigilia, al metabolismo y al bienestar general".

Garaulet descubrió también el poder de la siesta en contextos de calor extremo. En sus investigaciones, "vimos que en el 11% de las personas, la siesta no aparece como un hábito constante durante todo el año, sino como un comportamiento estacional, que se da sobre todo en verano". Lo descubrió en estudios hechos en Murcia, donde es habitual que en las tardes de verano se alcancen los 40°C. "En esas condiciones, el cuerpo tiende de forma natural a reducir la actividad y favorecer el descanso. La siesta no sería solo una costumbre cultural, sino también una respuesta biológica al entorno. Cuando el calor es extremo, descansar en las horas centrales del día ayuda a evitar el estrés térmico, conservar energía y reorganizar la actividad hacia momentos más frescos", explica.

Garaulet recomienda que la habitación tienda a estar fresca para dormir bien. Además, "aunque a veces se piensa lo contrario, las duchas muy calientes justo antes de acostarse pueden dificultar el sueño si aumentan demasiado la temperatura corporal o impiden esa pérdida natural de calor que necesitamos para dormir".

La falta de descanso adecuado es uno de los factores que espolea un empeoramiento de la salud mental. En atención primaria, el calor persistente se ha asociado con un aumento de las consultas por ansiedad del 43% y por depresión del 23%, según el informe de ISGlobal. Por cada grado que aumenta la temperatura, asciende hasta un 1,7% el riesgo de suicidio y las hospitalizaciones psiquiátricas crecen casi un 10% durante las olas de calor.

Los expertos achacan este impacto a una confluencia de factores. Desde mecanismos psicológicos, relacionados con la percepción del calor a través de sentimientos de estrés y ansiedad; hasta elementos conductuales, con cambios en el comportamiento a causa del calor; o mecanismos sociales, vinculados a cambios en las interacciones a causa del calor, como más aislamiento.

En una situación de estrés térmico, también aumenta el riesgo de desajustes en la función cardiovascular. En ese intento de disipar el calor, el corazón hace un sobreesfuerzo. "Y eso puede contribuir a descompensar enfermedades cardiovasculares", sintetiza Aguirre.

Hay fármacos que pueden empeorar la situación. Christian Garriga, pediatra y director médico corporativo de DKV, subraya que "los antihipertensivos [para controlar la presión arterial alta], los betabloqueantes [reducen la frecuencia cardíaca y la presión sanguínea] y los diuréticos [ayudan a eliminar exceso de agua y sal por la orina] afectan al sistema vascular y también a los líquidos". Con el calor, por ese mecanismo de vasodilatación periférica, puede bajar la tensión y con la sudoración se eliminan más electrolitos. Estos fármacos acentúan todavía más estos síntomas y pueden provocar deshidratación, mareos, cansancio o, incluso, desmayos.

Las enfermedades respiratorias también pueden desequilibrarse. Con el calor, el organismo hace más gasto cardíaco e hiperventilación, lo que puede empeorar dolencias como el asma o la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC). "Al aumentar la vasodilatación, el cuerpo lo compensa con una frecuencia cardíaca más alta y más esfuerzo respiratorio para oxigenar la sangre", cuenta Bernardino Alcázar-Navarrete, presidente electo de la Sociedad Española de Pneumología.

Esa situación, en personas con enfermedades crónicas, puede complicar su cuadro clínico. "Se ha descrito que con el calor del verano aumenta un 8% el riesgo de hospitalización por EPOC. Hay agudizaciones porque cuando cambia la temperatura, cambia también la densidad del aire y los pacientes lo notan más; también suele coincidir con episodios de calima, un momento en el que hay más polvo ambiental y partículas en suspensión; y además, con el calor hay más riesgo de deshidratarse y esto afecta a las secreciones [el moco es más espeso y más difícil de eliminar por la tos, lo que favorece la obstrucción de las vías respiratorias]", explica Alcázar-Navarrete.

El estrés térmico puede provocar también disfunciones metabólicas. Con el calor, por ejemplo, se altera la forma en la que el organismo procesa la glucosa. Rosa Corcoy, directora de la Unidad de Diabetes del Hospital Sant Pau de Barcelona, explica que "en personas con diabetes tratadas con insulina, la absorción puede aumentar con el calor y disminuir los requerimientos de insulina, observándose tendencia a hipoglucemia. En el otro extremo, personas con diabetes y cifras muy altas de glucosa pueden tener con más facilidad una descompensación hiperglucémica porque tanto la hiperglucemia como el calor favorecen la deshidratación".

Corcoy recuerda, además, que el metabolismo de los nutrientes también genera calor. Y eso explica, en parte, por qué en épocas de calor extremo preferimos comidas frescas y ligeras en lugar de alimentos muy calóricos: "Para empezar, si el alimento que tomamos está fresco, ya ayuda a bajar temperatura del cuerpo, que es lo que conviene. Pero además, si se ingiere una comida copiosa, el esfuerzo del organismo para metabolizar ese alimento generará más calor y eso aumentará la temperatura corporal. Y el organismo lo que busca es equilibrar la temperatura corporal, no aumentarla".

Las personas con obesidad son otro colectivo vulnerable. "Presentan más dificultad para eliminar el calor porque tienen menos superficie corporal en relación con la masa. Y el tejido adiposo también hace de aislante térmico", subraya Corcoy.

Las personas con enfermedades renales son otro colectivo que puede sufrir desajustes. En olas de calor hay más riesgo de deshidratación y eso conduce a un desequilibrio electrolítico que obliga a los riñones a trabajar más y, fruto de ese estrés extra, pueden exacerbarse enfermedades renales preexistentes.

Los expertos advierten de que hay que prepararse para un mundo con calor extremo cada vez más frecuente. "Tenemos que cambiar nuestra forma de vivir", asegura Diago. "Tendrá que haber un cambio de mentalidad. Tenemos que aprender a convivir con el calor extremo de forma habitual". Un ejemplo simple: "Llevar agua encima siempre y beber, aunque no tengas sed". Otro: "No puede ser que te pongas a correr a las cuatro de la tarde... ¡Te puede dar un síncope por calor!″, exclama Diago.

El autocuidado, redes comunitarias de apoyo a los vulnerables, viviendas mejor preparadas y un cambio en la salud urbana para evitar el efecto isla de calor serán clave. Hidratarse con agua, no refrescos ni alcohol, es fundamental. Y protegerse del sol. Y refrescarse, como sea. Los expertos subrayan que estos cambios no son opcionales, sino necesarios para evitar una crisis sanitaria de magnitudes crecientes en un planeta cada vez más caluroso.

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