Salud

España rechaza financiar dos nuevos tratamientos para el alzhéimer y desata crisis con Eli Lilly

La Comisión Interministerial de Precios de los Medicamentos de España rechazó el miércoles financiar públicamente los fármacos Kisunla (donanemab) de Eli Lilly y Leqembi (lecanemab) de Eisai y Biogen tras negarse las farmacéuticas a aceptar una cláusula de techo de gasto. La decisión ha provocado un enfrentamiento público inusual entre el Ministerio de Sanidad y la compañía estadounidense, con acusaciones cruzadas sobre engaño a pacientes y falta de herramientas médicas, mientras ningún país de la Unión Europea financia estos tratamientos de forma general.

SALUD17 JUL 2026

El conflicto entre las administraciones sanitarias españolas y la industria farmacéutica ha alcanzado un punto de ruptura raramente visto en público. Eli Lilly, a través de su presidente en España Julio Gay-Ger, expresó su "sorpresa y desilusión" con la decisión de la Comisión Interministerial de Precios de los Medicamentos (CIPM), afirmando que la compañía se siente "disgustada" por el rechazo. En una carta abierta, Gay-Ger argumentó que "detrás de cada expediente administrativo hay personas reales: pacientes que esperan, familias que acompañan y profesionales sanitarios que necesitan herramientas para actuar a tiempo".

La disputa gira en torno a dos medicamentos indicados para las fases iniciales del alzhéimer. El Kisunla de Eli Lilly tiene un precio oficial de aproximadamente 30.000 euros anuales por paciente, mientras que el Leqembi es comercializado conjuntamente por Eisai y Biogen. Ambos fármacos han demostrado cierta capacidad de retrasar ligeramente el avance de la enfermedad, lo que los convierte en los primeros tratamientos con esta característica.

El punto de fricción central es la cláusula de "techo de gasto", una fórmula habitual en el sector que establece un límite máximo al dinero que la sanidad pública puede destinar a un tratamiento. Según Sanidad, esta medida es necesaria para "evitar que los nuevos fármacos supongan un escalado que ponga en riesgo seguir invirtiendo en otras áreas también necesarias". Las farmacéuticas rechazaron aceptar esta condición, lo que llevó al rechazo de financiación.

La asociación de pacientes CEAFA se alineó rápidamente con Eli Lilly, calificando la decisión de "injustificable" y acusando a Sanidad y las comunidades autónomas de "condenar a los pacientes de Alzheimer al abandono". La Sociedad Española de Neurología (SEN) también expresó su "profundo pesar" y "preocupación" por el rechazo a financiar los tratamientos.

Sin embargo, el Ministerio de Sanidad, dirigido por Mónica García, ha respondido con firmeza a estas críticas. El secretario de Estado de Sanidad, Javier Padilla, publicó en redes sociales una respuesta contundente en la que rechazó las acusaciones de falta de interés en mejorar la calidad de vida de los pacientes con alzhéimer. Padilla enfatizó que "nadie, absolutamente nadie, tampoco ninguna compañía farmacéutica, tiene mayor interés que el Ministerio de Sanidad y las comunidades autónomas en mejorar la calidad de vida de las personas con Alzheimer y sus familiares".

Padilla cuestionó el valor clínico de estos medicamentos, señalando que "los tratamientos de los que estamos hablando tienen un valor clínico muy dudoso y han sido puestos en duda por múltiples agencias de evaluación de todo el mundo". Añadió que "ningún país de la UE los tiene financiados de manera general y solo tres (Alemania, Austria y Luxemburgo) con un programa muy muy restringido y restrictivo".

Respecto a los efectos secundarios, Sanidad destacó que estos fármacos no están libres de riesgos graves. Entre los efectos adversos documentados se encuentran hemorragias cerebrales que han sido relacionadas con varias muertes en los ensayos clínicos. El ministerio también señaló que la autorización europea de estos medicamentos "se produjo tras un proceso de evaluación especialmente complejo, en el que el balance beneficio-riesgo fue objeto de un intenso debate científico".

La cuestión del coste es particularmente relevante dado el envejecimiento de la población española. Con un precio de 30.000 euros anuales por paciente y la elevada incidencia del alzhéimer entre la población anciana, la factura para el Sistema Nacional de Salud podría resultar insostenible sin límites de gasto establecidos.

Padilla fue explícito en su crítica final: "No estamos hablando de tratamientos cuyo efecto revolucione la situación clínica de las personas con Alzheimer. En absoluto. Y esto es algo que conviene dejar claro porque si no estaríamos engañando a las personas que tienen alzhéimer y a sus familiares, y eso es lo primero que no hay que hacer".

Sanidad aclaró que España habría sido "el primero de Europa en financiarlo" de forma general si se hubiera alcanzado un acuerdo, aunque algunos países europeos lo hacen bajo condiciones muy restrictivas. El ministerio también reconoció que estos tratamientos "han levantado grandes expectativas al ser los primeros que han demostrado cierta capacidad de retrasar ligeramente el avance del alzhéimer" y que "las autoridades regulatorias decidieron su autorización porque cubren una necesidad médica no cubierta y porque es necesario abrir vías para que lleguen más y mejores tratamientos".

A pesar de la dureza del enfrentamiento, Sanidad no ha cerrado completamente la puerta a futuras negociaciones. El ministerio ha llamado a las farmacéuticas a "encontrar una solución que haga posible la incorporación de este medicamento al Sistema Nacional de Salud en cuanto concurran las condiciones adecuadas".

Este conflicto refleja una tensión más amplia en el sistema sanitario europeo: la necesidad de acceso a tratamientos innovadores frente a la sostenibilidad financiera de los sistemas de salud pública. Las negociaciones entre administraciones y farmacéuticas para financiar medicamentos innovadores suelen ser largas y complejas, prolongándose en algunos casos más de un año, con propuestas estudiadas múltiples veces antes de alcanzar acuerdos. Sin embargo, la decisión de Eli Lilly de hacer pública su disputa, en lugar de continuar negociando discretamente, marca un precedente inusual en estas conversaciones.

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17 jul 2026
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El conflicto entre las administraciones sanitarias españolas y la industria farmacéutica ha alcanzado un punto de ruptura raramente visto en público. Eli Lilly, a través de su presidente en España Julio Gay-Ger, expresó su "sorpresa y desilusión" con la decisión de la Comisión Interministerial de Precios de los Medicamentos (CIPM), afirmando que la compañía se siente "disgustada" por el rechazo. En una carta abierta, Gay-Ger argumentó que "detrás de cada expediente administrativo hay personas reales: pacientes que esperan, familias que acompañan y profesionales sanitarios que necesitan herramientas para actuar a tiempo".

La disputa gira en torno a dos medicamentos indicados para las fases iniciales del alzhéimer. El Kisunla de Eli Lilly tiene un precio oficial de aproximadamente 30.000 euros anuales por paciente, mientras que el Leqembi es comercializado conjuntamente por Eisai y Biogen. Ambos fármacos han demostrado cierta capacidad de retrasar ligeramente el avance de la enfermedad, lo que los convierte en los primeros tratamientos con esta característica.

El punto de fricción central es la cláusula de "techo de gasto", una fórmula habitual en el sector que establece un límite máximo al dinero que la sanidad pública puede destinar a un tratamiento. Según Sanidad, esta medida es necesaria para "evitar que los nuevos fármacos supongan un escalado que ponga en riesgo seguir invirtiendo en otras áreas también necesarias". Las farmacéuticas rechazaron aceptar esta condición, lo que llevó al rechazo de financiación.

La asociación de pacientes CEAFA se alineó rápidamente con Eli Lilly, calificando la decisión de "injustificable" y acusando a Sanidad y las comunidades autónomas de "condenar a los pacientes de Alzheimer al abandono". La Sociedad Española de Neurología (SEN) también expresó su "profundo pesar" y "preocupación" por el rechazo a financiar los tratamientos.

Sin embargo, el Ministerio de Sanidad, dirigido por Mónica García, ha respondido con firmeza a estas críticas. El secretario de Estado de Sanidad, Javier Padilla, publicó en redes sociales una respuesta contundente en la que rechazó las acusaciones de falta de interés en mejorar la calidad de vida de los pacientes con alzhéimer. Padilla enfatizó que "nadie, absolutamente nadie, tampoco ninguna compañía farmacéutica, tiene mayor interés que el Ministerio de Sanidad y las comunidades autónomas en mejorar la calidad de vida de las personas con Alzheimer y sus familiares".

Padilla cuestionó el valor clínico de estos medicamentos, señalando que "los tratamientos de los que estamos hablando tienen un valor clínico muy dudoso y han sido puestos en duda por múltiples agencias de evaluación de todo el mundo". Añadió que "ningún país de la UE los tiene financiados de manera general y solo tres (Alemania, Austria y Luxemburgo) con un programa muy muy restringido y restrictivo".

Respecto a los efectos secundarios, Sanidad destacó que estos fármacos no están libres de riesgos graves. Entre los efectos adversos documentados se encuentran hemorragias cerebrales que han sido relacionadas con varias muertes en los ensayos clínicos. El ministerio también señaló que la autorización europea de estos medicamentos "se produjo tras un proceso de evaluación especialmente complejo, en el que el balance beneficio-riesgo fue objeto de un intenso debate científico".

La cuestión del coste es particularmente relevante dado el envejecimiento de la población española. Con un precio de 30.000 euros anuales por paciente y la elevada incidencia del alzhéimer entre la población anciana, la factura para el Sistema Nacional de Salud podría resultar insostenible sin límites de gasto establecidos.

Padilla fue explícito en su crítica final: "No estamos hablando de tratamientos cuyo efecto revolucione la situación clínica de las personas con Alzheimer. En absoluto. Y esto es algo que conviene dejar claro porque si no estaríamos engañando a las personas que tienen alzhéimer y a sus familiares, y eso es lo primero que no hay que hacer".

Sanidad aclaró que España habría sido "el primero de Europa en financiarlo" de forma general si se hubiera alcanzado un acuerdo, aunque algunos países europeos lo hacen bajo condiciones muy restrictivas. El ministerio también reconoció que estos tratamientos "han levantado grandes expectativas al ser los primeros que han demostrado cierta capacidad de retrasar ligeramente el avance del alzhéimer" y que "las autoridades regulatorias decidieron su autorización porque cubren una necesidad médica no cubierta y porque es necesario abrir vías para que lleguen más y mejores tratamientos".

A pesar de la dureza del enfrentamiento, Sanidad no ha cerrado completamente la puerta a futuras negociaciones. El ministerio ha llamado a las farmacéuticas a "encontrar una solución que haga posible la incorporación de este medicamento al Sistema Nacional de Salud en cuanto concurran las condiciones adecuadas".

Este conflicto refleja una tensión más amplia en el sistema sanitario europeo: la necesidad de acceso a tratamientos innovadores frente a la sostenibilidad financiera de los sistemas de salud pública. Las negociaciones entre administraciones y farmacéuticas para financiar medicamentos innovadores suelen ser largas y complejas, prolongándose en algunos casos más de un año, con propuestas estudiadas múltiples veces antes de alcanzar acuerdos. Sin embargo, la decisión de Eli Lilly de hacer pública su disputa, en lugar de continuar negociando discretamente, marca un precedente inusual en estas conversaciones.

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