Filipinas se ha convertido en un caso único en el mundo donde conviven una alta aceptación social hacia las personas transgénero y la prohibición total del divorcio, siendo junto al Vaticano los únicos estados donde esta práctica sigue siendo ilegal. Esta paradoja refleja la profunda brecha entre una sociedad relativamente tolerante y unas élites políticas ultraconservadoras fuertemente influenciadas por la jerarquía católica, según revelan diversos testimonios e investigaciones.