Filipinas: el contraste entre la tolerancia trans y la prohibición del divorcio revela profunda brecha social
Filipinas se ha convertido en un caso único en el mundo donde conviven una alta aceptación social hacia las personas transgénero y la prohibición total del divorcio, siendo junto al Vaticano los únicos estados donde esta práctica sigue siendo ilegal. Esta paradoja refleja la profunda brecha entre una sociedad relativamente tolerante y unas élites políticas ultraconservadoras fuertemente influenciadas por la jerarquía católica, según revelan diversos testimonios e investigaciones.
La vida de Harper Viiteri ejemplifica la compleja realidad filipina. Nacida hace 33 años en Marruecos de madre filipina y padre marroquí, Viiteri inició su transición de género siendo adolescente y hoy trabaja en el departamento de recursos humanos de una multinacional. "A los ocho o nueve años comencé a tener conciencia de haber nacido en el cuerpo equivocado", relata desde su apartamento en Bonifacio Global City, un área privilegiada de Manila, según recoge El País.
Viiteri forma parte de las aproximadamente 317.000 personas que, según estimaciones de Naciones Unidas, se identifican como transgénero en Filipinas, la cifra más alta de toda Asia. Por debajo de los 100.000 se sitúan, en este orden, India, Vietnam y Tailandia, un país que habitualmente se asocia con la visibilidad trans en el continente.
En el archipiélago filipino, las personas transgénero son plenamente visibles tanto en grandes ciudades como Manila o Cebú, como en localidades menores y zonas rurales. Trabajan en diversos sectores, desde la belleza y el espectáculo hasta posiciones como abogadas, profesoras o ejecutivas de empresas.
Gigi Mary García, de la Sociedad de Mujeres Trans de Filipinas, explica que esta fluidez de género tiene raíces precoloniales. "Algunas mujeres trans cumplían un papel destacado en la sociedad", afirma García, mencionando ejemplos como las asog, veneradas por sus supuestas virtudes chamánicas, o las mentefuwaley libun ("el que se convierte en mujer" en el idioma de los teduray, un grupo étnico del sur de Filipinas).
Esta normalización contrasta fuertemente con el ultracatolicismo institucional que impera en el país. Mientras en sus calles y medios de comunicación circula con amplia libertad la diversidad de género, Filipinas sigue siendo el único Estado del mundo, junto con el Vaticano, donde el divorcio está prohibido en todos los supuestos.
Marc Reyes, investigador sobre cuestiones LGTBI, encuentra la explicación a esta aparente contradicción en la profunda brecha que separa a la clase política de la ciudadanía común. "Los legisladores están mucho más imbuidos de la doctrina católica tradicional que la población general. Son infinitamente más retrógrados", estima según recoge El País.
Gran parte del poder político en Filipinas sigue en manos de ricas familias conservadoras. El actual presidente, Bongbong Marcos, es hijo del expresidente Ferdinand Marcos, mientras que la líder de la oposición, Sara Duterte, es hija de Rodrigo Duterte, quien ocupó la presidencia entre 2016 y 2022 y que desde marzo de 2025 permanece detenido en La Haya a la espera de juicio por crímenes contra la humanidad.
Aunque la Constitución de 1987 garantiza la separación entre Iglesia y Estado, Reyes considera que pocas leyes tienen opciones de prosperar si no reciben antes la bendición de la jerarquía católica. Proposiciones de ley sobre el divorcio y contra la discriminación por orientación sexual e identidad de género permanecen estancadas en el Parlamento desde hace años.
Desde la Iglesia Filipina Independiente (IFI), una rama que se separó de Roma hace más de un siglo, el monseñor Renato Silvestre sostiene que muchos políticos filipinos siguen presos de un miedo con trasfondo religioso pero esencialmente terrenal: "Temen perder el favor de las élites católicas y que esto les estigmatice de cara a sus votantes", explica. Cuando se le pregunta si los votantes son menos conservadores de lo que los políticos piensan, responde: "Aun así, prefieren ir a lo seguro".
La IFI representa una visión más progresista dentro del cristianismo filipino. No impone el celibato, participa en las marchas del orgullo y en 2023 ordenó como clérigo a una mujer trans. "Ahora tenemos a muchos seminaristas LGTBI, algunos de ellos transgénero. Solo les pedimos que hagan el bien, y para nosotros no hay nada malo en que dos personas del mismo sexo tengan relaciones o en sentirte mujer cuando has nacido en el cuerpo de un hombre", asegura Silvestre.
Las experiencias personales de García y Viiteri sugieren una desconexión entre los obispos y el catolicismo de base. Ambas crecieron en ambientes muy religiosos —Viiteri fue monaguillo y García se reunía con otros fieles para rezar el rosario—, pero cuando comenzaron su transición siendo adolescentes, sus familias mostraron preocupaciones más prácticas que morales.
"Estaban preocupados por las consecuencias del cambio para mi salud, pero hoy me aceptan casi al 100%", señala García. Por su parte, Viiteri recuerda: "Mis padres me dijeron que fuera lo que quisiera ser pero que antes terminara mis estudios", y añade que ha observado experiencias similares de aceptación parental entre casi todas sus amigas trans.
En sus investigaciones, Marc Reyes ha constatado que los padres católicos de personas transgénero suelen ser más tolerantes hacia sus hijas e hijos que aquellos que profesan la fe protestante, especialmente en su vertiente más dogmática como la que representa la poderosa Iglesia Ni Cristo. "Pienso que si algo define a los filipinos es que somos soft hearted (compasivos) y bastante camaleónicos", explica.
Esta paradoja filipina refleja una sociedad en transición donde las tradiciones precoloniales de fluidez de género han sobrevivido a siglos de influencia católica, mientras que las estructuras de poder político permanecen ancladas en un conservadurismo que ya no representa necesariamente los valores de la mayoría de la población.
Mientras las personas trans gozan de visibilidad y cierta aceptación social, sus derechos legales, según García, son "nulos". Y mientras el divorcio sigue siendo ilegal, muchas universidades católicas como el Ateneo, una prestigiosa institución jesuita, han implementado baños de género neutro, mostrando una apertura que contrasta con la rigidez legislativa.
Esta situación evidencia cómo en Filipinas conviven realidades aparentemente contradictorias: un país que parece haberse saltado ciertas etapas del progresismo moral occidental para aterrizar directamente en otras más avanzadas, mientras mantiene restricciones que en la mayor parte del mundo ya se han superado.



