Fundador de revista independiente cubana relata años de persecución y exilio forzado
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Fundador de revista independiente cubana relata años de persecución y exilio forzado

Abraham Jiménez Enoa, cofundador de El Estornudo, la primera revista independiente de periodismo de investigación en Cuba, narra en un testimonio publicado en The Guardian cómo el lanzamiento de la publicación en 2016 desencadenó una campaña de hostigamiento estatal que incluyó detenciones, interrogatorios y amenazas, obligándolo finalmente al exilio. La revista, bloqueada en la isla desde 2017, se convirtió en un símbolo de la lucha por la libertad de prensa en un país donde la Constitución prohíbe el periodismo fuera del control del Partido Comunista.

INTERNACIONAL4 JUN 2026

Abraham Jiménez Enoa trabajaba en 2014 en OnCuba, una revista en La Habana, cuando junto a su amigo Carlos Manuel Álvarez comenzó a soñar con crear un medio propio, según relata en un extenso testimonio publicado en The Guardian. Jiménez Enoa y un grupo de amigos universitarios compartían computadoras en la redacción porque solo los editores tenían equipos propios, lo que a veces significaba esperar una hora para trabajar, según el periodista.

El grupo soñaba con derrocar al editor Hugo Cancio y convertir sus recursos —una oficina gigante con múltiples habitaciones y balcón con vistas al mar, computadoras e internet, dinero y conexiones— en el medio que querían, según Jiménez Enoa. Acordaron que su mandato principal sería el periodismo de investigación, renunciando a las noticias de última hora para concentrarse en excavar, analizar, identificar, reconstruir, revelar y, sobre todo, narrar, según el testimonio.

"Pensábamos que el reportaje sin profundidad no tenía sentido. La historia de nuestro país está muriendo porque nadie la está contando", afirma Jiménez Enoa en el relato. El segundo mandato emergió del primero: escribirían reportajes largos. Leían, diseccionaban y envidiaban cada pieza de las principales revistas latinoamericanas de la época: Malpensante, Gatopardo, Etiqueta Negra, SoHo y Anfibia, según el periodista.

El sueño contrastaba con la realidad matutina. Para cumplir con el servicio social requerido después de la graduación, Carla Colomé trabajaba en Tablas, la revista estatal de teatro; Jorge Carrasco en el sitio web de Radio Reloj, una estación que transmite la hora; Maykel González en Granma, el periódico del Partido Comunista y principal medio de Cuba; Carlos Manuel Álvarez en la oficina de comunicaciones del Ministerio de Cultura; mientras Jiménez Enoa trabajaba en el Ministerio del Interior, según el testimonio.

OnCuba les daba oportunidad de expresarse, pero a medida que cambiaba, ellos se volvieron obsoletos, según Jiménez Enoa. El periodista cubría deportes y un día le informaron que si quería continuar debía concentrarse en equipos y atletas en Cuba, no en el extranjero. "Queremos concentrarnos en los jugadores que todavía están aquí. Ellos son los que importan", le dijeron, según el relato. La explicación "apestaba a gobierno", afirma Jiménez Enoa, quien renunció a la revista.

**El virus de la Fundación Gabo**

Carlos Manuel Álvarez regresó de Colombia, donde había asistido a un taller de periodismo en la Fundación Gabo, con lo que Jiménez Enoa describe como "un virus". Nunca había salido de Cuba antes, según el testimonio. En la Fundación Gabo contrajo la idea de que no existe un buen momento y lugar para ser periodista, escuchando a escritores de toda América Latina describir trabajar bajo condiciones al menos tan adversas como las suyas, personas atraídas a la profesión porque querían ser custodios de la verdad en sus países, según Jiménez Enoa.

La agitación de la región estaba produciendo una nueva generación de medios independientes, según el periodista. Nuevos medios como Agência Pública de Brasil, Efecto Cocuyo de Venezuela y Periodistas de a Pie de México estaban siendo pioneros en una forma no tradicional de reportear, según el testimonio. No transmitían las noticias fríamente, sin ensuciarse las manos. Juzgaban a los poderosos, los hacían responsables, hundían sus dientes —con estilo, por supuesto— en la carne, según Jiménez Enoa.

"Sin una prensa libre, la historia y la memoria de Cuba estaban a merced del poder. Vivir allí como periodista era como ser un zombi que sabe que está muerto", afirma Jiménez Enoa en el relato. El periodista rumiaba constantemente una idea: si en el futuro alguien intentara reconstruir la Cuba de principios del siglo XXI desde un archivo de prensa, lo que encontraría sería la historia de un país que no existió, según el testimonio. "Nuestra misión era traer de vuelta la realidad", afirma.

La llegada del internet generalizado los hizo intentar su suerte, según Jiménez Enoa. Sin ese evento, que transformó la nación, no habrían tenido oportunidad, según el periodista. En 2015, el gobierno instaló puntos de wifi en 35 lugares públicos. En esos lugares, una hora de internet costaba dos dólares, según el testimonio. Por primera vez en sus vidas, los cubanos podían salir y conectarse en línea, según Jiménez Enoa.

El alto precio significaba elegir entre internet y ropa o comida; pero antes solo se podía usar en hoteles —que costaban aún más— o en centros de trabajo, según el periodista. La Constitución de Cuba declara que el Partido Comunista, que es la única organización política legal, tiene jurisdicción regulatoria sobre todos los medios de radio, televisión e impresos, según el testimonio. También prohíbe el periodismo fuera de esta esfera, según Jiménez Enoa. Iniciar una revista independiente significaba declarar la guerra al gobierno, según el periodista.

**Nacimiento de El Estornudo**

No tenían oficina, ni dinero ni conexión propia a internet, según Jiménez Enoa. Su idea de lo que realmente significaba lanzar una publicación era nebulosa, según el periodista. Pero tenían energía y determinación, y eso era lo que contaba, según el testimonio. Si no podían conseguir una oficina, entonces las 35 plazas públicas con wifi serían sus oficinas. Si no podían conseguir dinero, trabajarían gratis hasta poder atraer patrocinadores fuera de Cuba, según Jiménez Enoa.

Decidieron que, como regla inviolable, no serían ni pro ni anticastristas, según el periodista. En cambio, serían militantes del reportaje riguroso y la escritura limpia. Darían voz a quienes habían sido silenciados durante décadas, según el testimonio. Idealmente publicarían un reportaje por semana, según Jiménez Enoa. Si asumían que reportear y escribir uno tomaría a cada uno un mes, podían establecer una rotación, según el periodista.

Más allá de los reportajes, Carlos Manuel Álvarez dijo que conseguiría a dos conocidos suyos como columnistas: Iván de la Nuez, un crítico de arte que vivía en Barcelona, y Juan Orlando Pérez, un profesor de periodismo de la Universidad de Roehampton en Londres que había sido despedido de Tribuna de La Habana porque escribió una pieza criticando al gobierno por aumentar impuestos para imprimir libros de texto sobre José Martí, el poeta nacional e intelectual faro de Cuba, según el testimonio.

Jiménez Enoa sugirió una sección que terminaron llamando "Las Píldoras", en la que contaban historias de vida de cubanos ordinarios en narrativas cortas en primera persona que daban a la revista una ráfaga de emoción, según el relato. Pensaron que también podrían tener algunas historias solo de fotos, según el periodista.

El nombre surgió de forma inesperada. Mientras deliberaban, escucharon a un vendedor ambulante afuera cuya voz flotaba desde el pasillo, llamando: "Salgan todos, bajen y consigan mi limón y miel. Los mantendrá calientes, ayudará con su tos, combatirá sus resfriados, detendrá su estornudo", según el testimonio. Estornudo. Eso era. Saltar, rebelarse, expulsar, reaccionar, actuar, según Jiménez Enoa. "Íbamos a ser la reacción física inevitable del país. El Estornudo", afirma el periodista.

Levantaron el telón de El Estornudo el 14 de marzo de 2016, según el testimonio. Solo ese día se dieron cuenta de que en Nueva York, exactamente 124 años antes, José Martí había fundado el periódico Patria, con el objetivo de liberar a Cuba de España, según Jiménez Enoa.

El primer texto que publicaron fue una declaración de principios que comenzaba: "Los periodistas son atletas y el periodismo es un maratón, y nos está dando artritis de los viejos medios y sus reglas. Hemos decidido volver a la línea de salida. Así que aquí estamos, fundando independientemente una revista en línea de reportajes largos sobre Cuba. Vamos a hurgar en los vicios y virtudes de nuestra sociedad, describir las vidas regulares de la gente regular, mostrarles cómo nuestros descubrimientos difieren de lo que los poderosos nos dicen. Esperamos que estas historias eventualmente se conviertan en pequeñas piezas del rompecabezas de nuestro tiempo", según el testimonio.

**Éxito internacional y bloqueo interno**

No podrían haber elegido un mejor momento para lanzar, según Jiménez Enoa. No solo porque los cubanos podían conectarse en línea, sino también porque Cuba y Estados Unidos habían restablecido relaciones diplomáticas, terminando décadas de guerra fría, y la noticia atrajo la atención de medios extranjeros a la isla, según el periodista. Cuba estaba en tendencia y todo tipo de medios internacionales los querían para color local, según el testimonio.

La BBC, Al Jazeera, Vice, Univision, Internazionale y otros pagaron por republicar su contenido, según Jiménez Enoa. Ese ingreso esporádico, que no era suficiente para pagarse salarios mensuales, fue el único dinero que ganaron durante dos años, hasta que comenzaron a recibir financiamiento de organizaciones internacionales que apoyan el periodismo independiente, según el periodista.

El Estornudo cambió la rutina de Jiménez Enoa, quien tomó residencia en un parque cerca de su casa, según el testimonio. Era una plaza cuadrada llena de árboles y bancos de metal, con una fuente de agua seca en el medio y una iglesia a un lado. Si no estaba reporteando o escribiendo en casa, estaba allí. Era su oficina, según el periodista.

Se sentaba a la sombra de un árbol frondoso, en un banco o en el suelo o en una de las enormes raíces que rompían el suelo, según Jiménez Enoa. A veces el árbol dejaba caer pequeños frutos marrones, bayas no comestibles que manchaban todo y lo obligaban a ir al sol abrasador, según el testimonio. Si tenía que hacerlo, trabajaba de pie, sudando en pantalones cortos y sandalias, según el periodista.

Nunca estaba solo en el parque, según Jiménez Enoa. Los vendedores de internet le hacían compañía, según el testimonio. Para conectarse en línea, se compraban tarjetas en oficinas de correos y quioscos. Cada parque estaba repleto de jóvenes que acaparaban las tarjetas, luego dividían sus conexiones usando aplicaciones y Bluetooth, según el periodista. Alquilar sus servicios ilegales costaba un dólar por hora, la mitad del precio del internet estatal, según el testimonio.

"Al igual que los traficantes de drogas, los vendedores de internet deambulaban por los parques vendiendo su producto en susurros, evitando la persecución policial. Sin ellos, muchos cubanos no habrían podido permitirse hablar con sus familiares en el extranjero, y como periodistas independientes, ciertamente no podríamos haber pasado tantas horas en línea", afirma Jiménez Enoa en el relato.

Cuando llovía, se acurrucaba bajo el toldo de un edificio que estaba lo suficientemente cerca de un punto de acceso como para poder trabajar, según el testimonio. Cuando tenía que subir una foto o video, esperaba hasta después de las 11 de la noche, e idealmente mucho más tarde, cuando el parque estaba casi vacío. La conexión era más rápida entonces, según el periodista. En horas pico —media mañana, o cualquier momento de la tarde o noche— el parque se llenaba tanto que la red colapsaba, según Jiménez Enoa.

"Me encantaba sentarme en la fuente de agua vacía por la noche y observar a los cientos de personas que se apiñaban a mi alrededor, con los ojos fijos en sus teléfonos inteligentes, computadoras portátiles y tabletas. Un zumbido flotaba por el parque. Era gente hablando con los familiares que no habían abrazado en años, pidiendo ropa, comida y jabón, mirando con ojos como pelotas de fútbol el mundo más allá de su isla, acelerando hacia la modernidad después de tanto tiempo atascados en el pasado. Rostros en el crepúsculo, iluminados por pantallas. El parque estaba oscuro, como el país, y las luces de los dispositivos eran pequeños túneles hacia el futuro", relata Jiménez Enoa.

La revista comenzó a concentrarse en la nueva sociedad que emergía junto con el internet en Cuba, según el testimonio. El reportaje detallado agitó al gobierno, que pasó de ignorar su existencia a respirarles en la nuca, según Jiménez Enoa. Descubrieron este cambio cuando bloquearon su sitio web en la isla, según el periodista. Desde ese momento, las personas en Cuba no han podido acceder a El Estornudo excepto a través de trucos tecnológicos como VPN que alteran su geolocalización, según el testimonio. Perdieron muchos lectores de esa manera, pero también obtuvieron confirmación de que su trabajo era importante, según Jiménez Enoa.

**La primera detención**

En 2017, Jiménez Enoa no había escrito sobre deportes desde OnCuba, pero ese año los Astros de Houston y los Dodgers de Los Ángeles estaban en la Serie Mundial, y cada equipo tenía un cubano: Yulieski Gurriel y Yasiel Puig, según el testimonio. Ambos habían jugado para Cuba, pero como luego se habían ido a Estados Unidos, el gobierno los había declarado traidores y borrado de la historia, según el periodista. Sin embargo, todo el país estaba emocionado de que Gurriel y Puig estuvieran jugando uno contra el otro por el trofeo más grande del béisbol, el juego nacional de Cuba, según Jiménez Enoa.

Su idea era ver el juego rodeado de fanáticos, según el testimonio. Tenía dos opciones: ir a un bar de hotel donde todos tienen que pagar para entrar, luego cumplir con la costosa obligación de comer y beber; o ir a una de las muchas casas que tenían un satélite ilegal, algo que el gobierno prohibía porque captaban estaciones de televisión internacionales, según el periodista. Eligió la segunda, según el testimonio.

En La Habana Vieja encontró un grupo de edificios pobres y en ruinas con abundancia de satélites secretos, según Jiménez Enoa. Los fanáticos estaban apiñados en habitaciones pequeñas para ver el juego, y él se apretujó con ellos, según el testimonio. No llegó a casa hasta las dos de la madrugada, según el periodista. Había prometido escribir un reportaje sobre su noche, pero estaba exhausto y olía a club nocturno, según Jiménez Enoa.

Se bañó para quitarse el humo de cigarrillo, luego pensó que si comenzaba a escribir en ese momento, se rendiría a mitad de camino, según el testimonio. Debería dormir un par de horas, según el periodista. Puso su alarma para las cinco de la madrugada y cuando lo despertó, comenzó a escribir, según Jiménez Enoa. Se sirvió una taza de café y trabajó hasta las siete de la mañana, cuando se dio cuenta de que el ventilador no estaba girando. Se había ido la luz, según el testimonio.

Siempre que su vecindario perdía electricidad temprano en el día, no la recuperaban hasta las cuatro o cinco de la tarde, según el periodista. Reunió sus cosas y fue a la casa de su madre en el centro de La Habana para escribir, según Jiménez Enoa. Subió a un taxi compartido Chevrolet 1957 vacío. En el camino, un número desconocido lo llamó, según el testimonio.

"Hola, Abraham. Soy el mayor Roberto Carlos", dijo el interlocutor, según el relato. Jiménez Enoa respondió que no conocía a ningún mayor Roberto Carlos, según el testimonio. "Necesito verte", dijo el mayor, según el periodista. Jiménez Enoa dijo que estaba fuera, que no podía hablar ese día, que mañana funcionaría, pero preguntó quién era, según el relato.

"Sé que estás fuera. Toqué tu puerta y nadie respondió. Dime dónde estás", dijo el mayor, según el testimonio. Jiménez Enoa dijo que estaba ocupado, según el relato. "Abraham, pareces estar perdiendo el punto. Esta es una citación policial. Dime dónde estás y estaré allí", respondió el mayor, según el periodista. Jiménez Enoa preguntó por qué, cuál era el problema, según el testimonio. "Dime dónde estás y te explicaré", dijo el mayor, según el relato.

Jiménez Enoa llegó a la casa de su madre, según el testimonio. Diez minutos después vio un Lada blanco con el escudo del Ministerio del Interior estacionarse afuera del edificio de al lado, según el periodista. Sacó la cabeza por la ventana y vio a un hombre con botas de montaña y jeans verdosos y corroídos que estaban gastados en los muslos y remendados en la entrepierna. El mayor Roberto Carlos, según Jiménez Enoa. Lo acompañaba un joven dentudo, de 25 años como máximo. Un secuaz. Durante las siguientes horas no habló una palabra, según el testimonio.

Las únicas personas en casa eran los abuelos de Jiménez Enoa, según el relato. Su madre estaba en el trabajo, su hermana pequeña en la universidad y su hermana mayor, que estaba muy embarazada y con licencia de maternidad —en Cuba se obtienen seis semanas antes del parto— había ido a pasar unos días con su padre, según el periodista. En lugar de esperar ansiosamente arriba, bajó a la calle, según el testimonio.

"Abraham, necesitamos que respondas algunas preguntas en la estación. Necesitamos ver tu computadora portátil y teléfono móvil también, así que si no los tienes aquí, tendremos que ir a buscarlos ahora mismo", dijo Carlos con calma, según el relato. "Hazles saber a tus abuelos que todo está bien. Invéntales algo y luego ven conmigo", agregó, según el testimonio.

Jiménez Enoa aprovechó para subir y llamar a su padre, que se había retirado del Ministerio del Interior meses antes, según el relato. Le explicó la situación y su padre le dijo que no los dejara llevarlo. Estaría allí enseguida con su hermana, que trabajaba en el ministerio también, según el testimonio. El jefe de su hermana había llamado esa mañana para decir que él y dos de sus colegas querían ver cómo estaba, según el periodista.

El jefe de su hermana dijo que Jiménez Enoa había estado bajo vigilancia durante meses y ahora iba a ser detenido, según el testimonio. Dijo que habían demostrado que él, su hermano, estaba yendo por el camino equivocado, que era parte de un proyecto subversivo, que se ganaba la vida trabajando como freelance para medios extranjeros cuando debería estar escribiendo para Granma, que escribía duramente sobre el gobierno y luego salía a cenar con amigos y diplomáticos extranjeros, según el relato. Dijo que se había vuelto peligroso, según el periodista.

Su padre y hermana llegaron rápidamente, según Jiménez Enoa. Bajó. Le preguntaron qué había hecho y dijo: "Nada", según el testimonio. Su padre entonces fue a Carlos y le preguntó si había cometido un crimen, qué estaba pasando, dónde querían llevarlo, según el relato. Carlos dijo, nuevamente, que tenían que hacerle algunas preguntas y que estaría de vuelta en unas horas, según el periodista.

Su padre respondió que había pasado 39 años trabajando para la seguridad del estado y era muy consciente de con qué frecuencia decían una cosa y hacían otra, según Jiménez Enoa. Conocía muchos casos de personas a las que les dijeron que solo iban a aclarar algo, y luego no vieron la luz del día durante años. Sabía que eso podría pasarle a él, según el testimonio.

Jiménez Enoa los observó hablar durante media hora antes de cansarse, según el relato. Se levantó de su silla, recogió la mochila y dijo que estaba listo para ir a donde quisieran, responder sus preguntas y terminar, según el periodista. El secuaz silencioso abrió la puerta trasera del Lada y se subió a su lado, dejando el asiento del pasajero vacío, según el testimonio. Las ventanas del auto de la era soviética estaban cerradas y hacía un calor sofocante, según Jiménez Enoa.

"Por el rabillo del ojo vi a mi padre, hermanas y abuelos parados frente a la casa mientras nos alejábamos. Saludé como si estuviera dejando el país por mucho tiempo", relata el periodista.

**Once horas de interrogatorio**

Condujeron a una estación de policía en el borde de La Habana, en las calles 100 y Avenida Aldabo, según el testimonio. Carlos le dijo al secuaz silencioso que lo sentara en la parte trasera del edificio, donde otro agente vino y tomó su teléfono y computadora portátil con él por un largo pasillo, según Jiménez Enoa. Quince minutos después, Carlos regresó. "Ven conmigo", dijo, y lo escoltó a una habitación muy pequeña con dos sillones, un sofá en el que se sentó, una computadora de escritorio en una mesa de vidrio y un enorme aire acondicionado que afirmaba estar configurado a unos inobjectionables 23 grados centígrados, aunque la habitación estaba tan fría que se sentía como si acabara de llegar a Alaska, según el testimonio.

Jiménez Enoa pasó sus 11 horas de detención escuchando amenazas, chantaje y disparates, según el relato. El mayor dejó en claro que si seguía escribiendo, el estado lo procesaría y encarcelaría, según el periodista. También demostró cuánto sabían sobre él: cada paso que daba, cada palabra que hablaba. Fue humillante. Se sintió desnudo, según Jiménez Enoa.

Cuando entró a la estación de policía tuvo que entregar su reloj, según el testimonio. Adentro, donde no había luz natural, era imposible saber cuánto tiempo había pasado, según el periodista. Eventualmente, el interrogatorio se convirtió en un monólogo sobre la revolución y su enemigo histórico, Estados Unidos, Fidel y Raúl, y la gran humanidad del Ministerio del Interior, según Jiménez Enoa. Le dijo que pensara en su madre y padre, sus hermanas, sus familiares. Su actitud no era buena para ellos, según el testimonio.

Lo hicieron escribir el registro del ultraje moral al que lo habían sometido: cada ultimátum, cada pedazo de extorsión, cada segundo de esas 11 horas, según el relato. Es ilegal que un detenido escriba su propia declaración. También es una solución ingeniosa para un represor perezoso y con pocos recursos con una computadora rota, o tal vez una impresora sin tinta, según Jiménez Enoa.

Salió exhausto y paranoico, según el testimonio. Sabía que no tenía privacidad ni refugio del régimen arbitrario. Fue desestabilizador, según el periodista. Por primera vez en su vida se sintió indefenso y abandonado, según Jiménez Enoa. Fue su primer interrogatorio, primera detención, su primera vez viendo los ojos y tentáculos del estado de seguridad cubano, según el testimonio.

**Exilio y continuidad**

El testimonio de Jiménez Enoa, publicado en The Guardian, no especifica la fecha exacta de su salida de Cuba ni su ubicación actual. Sin embargo, el relato deja claro que la persecución estatal contra El Estornudo y sus fundadores se intensificó progresivamente desde el bloqueo del sitio web en 2017, según el periodista.

La revista continúa operando desde el exilio, manteniendo su compromiso con el periodismo de investigación sobre Cuba a pesar de que los lectores en la isla solo pueden acceder a su contenido mediante redes privadas virtuales, según el testimonio. El caso de El Estornudo ilustra las dificultades que enfrentan los periodistas independientes en Cuba, donde la Constitución otorga al Partido Comunista control exclusivo sobre todos los medios de comunicación, según Jiménez Enoa.

La experiencia relatada por el periodista cubano refleja un patrón de represión que incluye vigilancia constante, detenciones arbitrarias, interrogatorios prolongados y amenazas contra familiares, según el testimonio. El uso de tácticas de intimidación psicológica, como demostrar conocimiento detallado de los movimientos y contactos del periodista, busca generar autocensura y abandono de la actividad periodística independiente, según el relato.

El financiamiento internacional de organizaciones que apoyan el periodismo independiente se ha convertido en la única fuente de ingresos sostenible para medios como El Estornudo, que no pueden operar comercialmente dentro de Cuba ni depender exclusivamente de la republicación esporádica de contenido por medios extranjeros, según Jiménez Enoa. Esta dependencia de fondos externos es utilizada por el gobierno cubano para deslegitimar a los medios independientes, acusándolos de ser instrumentos de intereses extranjeros, según el contexto del testimonio.

La llegada del internet a Cuba en 2015, aunque limitada y costosa, representó un punto de inflexión que hizo posible la existencia de medios digitales independientes como El Estornudo, según el relato. Sin embargo, el bloqueo gubernamental de sitios web considerados subversivos demuestra que el acceso a internet en la isla sigue estando fuertemente controlado y censurado, según Jiménez Enoa.

El caso también ilustra el papel de los "vendedores de internet" que, operando ilegalmente, democratizaron parcialmente el acceso a la red al ofrecer conexiones a mitad de precio del costo estatal, según el testimonio. Esta economía informal del internet se convirtió en infraestructura esencial tanto para ciudadanos comunes que querían comunicarse con familiares en el extranjero como para periodistas independientes que necesitaban conectividad constante para su trabajo, según el periodista.

La historia de El Estornudo se inscribe en un movimiento más amplio de medios independientes en América Latina que surgieron en la década de 2010 como respuesta a contextos políticos adversos, según el relato. Medios como Agência Pública en Brasil, Efecto Cocuyo en Venezuela y Periodistas de a Pie en México compartían con El Estornudo el compromiso con el periodismo de investigación riguroso y la defensa de los derechos humanos en países con gobiernos autoritarios o democracias debilitadas, según Jiménez Enoa.

El testimonio subraya la importancia de la memoria histórica y el registro periodístico independiente en sociedades donde el estado controla la narrativa oficial, según el relato. La preocupación expresada por Jiménez Enoa de que un futuro investigador que intentara reconstruir la Cuba de principios del siglo XXI desde archivos de prensa oficial encontraría "la historia de un país que no existió" refleja el papel fundamental del periodismo independiente como guardián de la verdad histórica, según el testimonio.

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4 jun 2026
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Abraham Jiménez Enoa trabajaba en 2014 en OnCuba, una revista en La Habana, cuando junto a su amigo Carlos Manuel Álvarez comenzó a soñar con crear un medio propio, según relata en un extenso testimonio publicado en The Guardian. Jiménez Enoa y un grupo de amigos universitarios compartían computadoras en la redacción porque solo los editores tenían equipos propios, lo que a veces significaba esperar una hora para trabajar, según el periodista.

El grupo soñaba con derrocar al editor Hugo Cancio y convertir sus recursos —una oficina gigante con múltiples habitaciones y balcón con vistas al mar, computadoras e internet, dinero y conexiones— en el medio que querían, según Jiménez Enoa. Acordaron que su mandato principal sería el periodismo de investigación, renunciando a las noticias de última hora para concentrarse en excavar, analizar, identificar, reconstruir, revelar y, sobre todo, narrar, según el testimonio.

"Pensábamos que el reportaje sin profundidad no tenía sentido. La historia de nuestro país está muriendo porque nadie la está contando", afirma Jiménez Enoa en el relato. El segundo mandato emergió del primero: escribirían reportajes largos. Leían, diseccionaban y envidiaban cada pieza de las principales revistas latinoamericanas de la época: Malpensante, Gatopardo, Etiqueta Negra, SoHo y Anfibia, según el periodista.

El sueño contrastaba con la realidad matutina. Para cumplir con el servicio social requerido después de la graduación, Carla Colomé trabajaba en Tablas, la revista estatal de teatro; Jorge Carrasco en el sitio web de Radio Reloj, una estación que transmite la hora; Maykel González en Granma, el periódico del Partido Comunista y principal medio de Cuba; Carlos Manuel Álvarez en la oficina de comunicaciones del Ministerio de Cultura; mientras Jiménez Enoa trabajaba en el Ministerio del Interior, según el testimonio.

OnCuba les daba oportunidad de expresarse, pero a medida que cambiaba, ellos se volvieron obsoletos, según Jiménez Enoa. El periodista cubría deportes y un día le informaron que si quería continuar debía concentrarse en equipos y atletas en Cuba, no en el extranjero. "Queremos concentrarnos en los jugadores que todavía están aquí. Ellos son los que importan", le dijeron, según el relato. La explicación "apestaba a gobierno", afirma Jiménez Enoa, quien renunció a la revista.

**El virus de la Fundación Gabo**

Carlos Manuel Álvarez regresó de Colombia, donde había asistido a un taller de periodismo en la Fundación Gabo, con lo que Jiménez Enoa describe como "un virus". Nunca había salido de Cuba antes, según el testimonio. En la Fundación Gabo contrajo la idea de que no existe un buen momento y lugar para ser periodista, escuchando a escritores de toda América Latina describir trabajar bajo condiciones al menos tan adversas como las suyas, personas atraídas a la profesión porque querían ser custodios de la verdad en sus países, según Jiménez Enoa.

La agitación de la región estaba produciendo una nueva generación de medios independientes, según el periodista. Nuevos medios como Agência Pública de Brasil, Efecto Cocuyo de Venezuela y Periodistas de a Pie de México estaban siendo pioneros en una forma no tradicional de reportear, según el testimonio. No transmitían las noticias fríamente, sin ensuciarse las manos. Juzgaban a los poderosos, los hacían responsables, hundían sus dientes —con estilo, por supuesto— en la carne, según Jiménez Enoa.

"Sin una prensa libre, la historia y la memoria de Cuba estaban a merced del poder. Vivir allí como periodista era como ser un zombi que sabe que está muerto", afirma Jiménez Enoa en el relato. El periodista rumiaba constantemente una idea: si en el futuro alguien intentara reconstruir la Cuba de principios del siglo XXI desde un archivo de prensa, lo que encontraría sería la historia de un país que no existió, según el testimonio. "Nuestra misión era traer de vuelta la realidad", afirma.

La llegada del internet generalizado los hizo intentar su suerte, según Jiménez Enoa. Sin ese evento, que transformó la nación, no habrían tenido oportunidad, según el periodista. En 2015, el gobierno instaló puntos de wifi en 35 lugares públicos. En esos lugares, una hora de internet costaba dos dólares, según el testimonio. Por primera vez en sus vidas, los cubanos podían salir y conectarse en línea, según Jiménez Enoa.

El alto precio significaba elegir entre internet y ropa o comida; pero antes solo se podía usar en hoteles —que costaban aún más— o en centros de trabajo, según el periodista. La Constitución de Cuba declara que el Partido Comunista, que es la única organización política legal, tiene jurisdicción regulatoria sobre todos los medios de radio, televisión e impresos, según el testimonio. También prohíbe el periodismo fuera de esta esfera, según Jiménez Enoa. Iniciar una revista independiente significaba declarar la guerra al gobierno, según el periodista.

**Nacimiento de El Estornudo**

No tenían oficina, ni dinero ni conexión propia a internet, según Jiménez Enoa. Su idea de lo que realmente significaba lanzar una publicación era nebulosa, según el periodista. Pero tenían energía y determinación, y eso era lo que contaba, según el testimonio. Si no podían conseguir una oficina, entonces las 35 plazas públicas con wifi serían sus oficinas. Si no podían conseguir dinero, trabajarían gratis hasta poder atraer patrocinadores fuera de Cuba, según Jiménez Enoa.

Decidieron que, como regla inviolable, no serían ni pro ni anticastristas, según el periodista. En cambio, serían militantes del reportaje riguroso y la escritura limpia. Darían voz a quienes habían sido silenciados durante décadas, según el testimonio. Idealmente publicarían un reportaje por semana, según Jiménez Enoa. Si asumían que reportear y escribir uno tomaría a cada uno un mes, podían establecer una rotación, según el periodista.

Más allá de los reportajes, Carlos Manuel Álvarez dijo que conseguiría a dos conocidos suyos como columnistas: Iván de la Nuez, un crítico de arte que vivía en Barcelona, y Juan Orlando Pérez, un profesor de periodismo de la Universidad de Roehampton en Londres que había sido despedido de Tribuna de La Habana porque escribió una pieza criticando al gobierno por aumentar impuestos para imprimir libros de texto sobre José Martí, el poeta nacional e intelectual faro de Cuba, según el testimonio.

Jiménez Enoa sugirió una sección que terminaron llamando "Las Píldoras", en la que contaban historias de vida de cubanos ordinarios en narrativas cortas en primera persona que daban a la revista una ráfaga de emoción, según el relato. Pensaron que también podrían tener algunas historias solo de fotos, según el periodista.

El nombre surgió de forma inesperada. Mientras deliberaban, escucharon a un vendedor ambulante afuera cuya voz flotaba desde el pasillo, llamando: "Salgan todos, bajen y consigan mi limón y miel. Los mantendrá calientes, ayudará con su tos, combatirá sus resfriados, detendrá su estornudo", según el testimonio. Estornudo. Eso era. Saltar, rebelarse, expulsar, reaccionar, actuar, según Jiménez Enoa. "Íbamos a ser la reacción física inevitable del país. El Estornudo", afirma el periodista.

Levantaron el telón de El Estornudo el 14 de marzo de 2016, según el testimonio. Solo ese día se dieron cuenta de que en Nueva York, exactamente 124 años antes, José Martí había fundado el periódico Patria, con el objetivo de liberar a Cuba de España, según Jiménez Enoa.

El primer texto que publicaron fue una declaración de principios que comenzaba: "Los periodistas son atletas y el periodismo es un maratón, y nos está dando artritis de los viejos medios y sus reglas. Hemos decidido volver a la línea de salida. Así que aquí estamos, fundando independientemente una revista en línea de reportajes largos sobre Cuba. Vamos a hurgar en los vicios y virtudes de nuestra sociedad, describir las vidas regulares de la gente regular, mostrarles cómo nuestros descubrimientos difieren de lo que los poderosos nos dicen. Esperamos que estas historias eventualmente se conviertan en pequeñas piezas del rompecabezas de nuestro tiempo", según el testimonio.

**Éxito internacional y bloqueo interno**

No podrían haber elegido un mejor momento para lanzar, según Jiménez Enoa. No solo porque los cubanos podían conectarse en línea, sino también porque Cuba y Estados Unidos habían restablecido relaciones diplomáticas, terminando décadas de guerra fría, y la noticia atrajo la atención de medios extranjeros a la isla, según el periodista. Cuba estaba en tendencia y todo tipo de medios internacionales los querían para color local, según el testimonio.

La BBC, Al Jazeera, Vice, Univision, Internazionale y otros pagaron por republicar su contenido, según Jiménez Enoa. Ese ingreso esporádico, que no era suficiente para pagarse salarios mensuales, fue el único dinero que ganaron durante dos años, hasta que comenzaron a recibir financiamiento de organizaciones internacionales que apoyan el periodismo independiente, según el periodista.

El Estornudo cambió la rutina de Jiménez Enoa, quien tomó residencia en un parque cerca de su casa, según el testimonio. Era una plaza cuadrada llena de árboles y bancos de metal, con una fuente de agua seca en el medio y una iglesia a un lado. Si no estaba reporteando o escribiendo en casa, estaba allí. Era su oficina, según el periodista.

Se sentaba a la sombra de un árbol frondoso, en un banco o en el suelo o en una de las enormes raíces que rompían el suelo, según Jiménez Enoa. A veces el árbol dejaba caer pequeños frutos marrones, bayas no comestibles que manchaban todo y lo obligaban a ir al sol abrasador, según el testimonio. Si tenía que hacerlo, trabajaba de pie, sudando en pantalones cortos y sandalias, según el periodista.

Nunca estaba solo en el parque, según Jiménez Enoa. Los vendedores de internet le hacían compañía, según el testimonio. Para conectarse en línea, se compraban tarjetas en oficinas de correos y quioscos. Cada parque estaba repleto de jóvenes que acaparaban las tarjetas, luego dividían sus conexiones usando aplicaciones y Bluetooth, según el periodista. Alquilar sus servicios ilegales costaba un dólar por hora, la mitad del precio del internet estatal, según el testimonio.

"Al igual que los traficantes de drogas, los vendedores de internet deambulaban por los parques vendiendo su producto en susurros, evitando la persecución policial. Sin ellos, muchos cubanos no habrían podido permitirse hablar con sus familiares en el extranjero, y como periodistas independientes, ciertamente no podríamos haber pasado tantas horas en línea", afirma Jiménez Enoa en el relato.

Cuando llovía, se acurrucaba bajo el toldo de un edificio que estaba lo suficientemente cerca de un punto de acceso como para poder trabajar, según el testimonio. Cuando tenía que subir una foto o video, esperaba hasta después de las 11 de la noche, e idealmente mucho más tarde, cuando el parque estaba casi vacío. La conexión era más rápida entonces, según el periodista. En horas pico —media mañana, o cualquier momento de la tarde o noche— el parque se llenaba tanto que la red colapsaba, según Jiménez Enoa.

"Me encantaba sentarme en la fuente de agua vacía por la noche y observar a los cientos de personas que se apiñaban a mi alrededor, con los ojos fijos en sus teléfonos inteligentes, computadoras portátiles y tabletas. Un zumbido flotaba por el parque. Era gente hablando con los familiares que no habían abrazado en años, pidiendo ropa, comida y jabón, mirando con ojos como pelotas de fútbol el mundo más allá de su isla, acelerando hacia la modernidad después de tanto tiempo atascados en el pasado. Rostros en el crepúsculo, iluminados por pantallas. El parque estaba oscuro, como el país, y las luces de los dispositivos eran pequeños túneles hacia el futuro", relata Jiménez Enoa.

La revista comenzó a concentrarse en la nueva sociedad que emergía junto con el internet en Cuba, según el testimonio. El reportaje detallado agitó al gobierno, que pasó de ignorar su existencia a respirarles en la nuca, según Jiménez Enoa. Descubrieron este cambio cuando bloquearon su sitio web en la isla, según el periodista. Desde ese momento, las personas en Cuba no han podido acceder a El Estornudo excepto a través de trucos tecnológicos como VPN que alteran su geolocalización, según el testimonio. Perdieron muchos lectores de esa manera, pero también obtuvieron confirmación de que su trabajo era importante, según Jiménez Enoa.

**La primera detención**

En 2017, Jiménez Enoa no había escrito sobre deportes desde OnCuba, pero ese año los Astros de Houston y los Dodgers de Los Ángeles estaban en la Serie Mundial, y cada equipo tenía un cubano: Yulieski Gurriel y Yasiel Puig, según el testimonio. Ambos habían jugado para Cuba, pero como luego se habían ido a Estados Unidos, el gobierno los había declarado traidores y borrado de la historia, según el periodista. Sin embargo, todo el país estaba emocionado de que Gurriel y Puig estuvieran jugando uno contra el otro por el trofeo más grande del béisbol, el juego nacional de Cuba, según Jiménez Enoa.

Su idea era ver el juego rodeado de fanáticos, según el testimonio. Tenía dos opciones: ir a un bar de hotel donde todos tienen que pagar para entrar, luego cumplir con la costosa obligación de comer y beber; o ir a una de las muchas casas que tenían un satélite ilegal, algo que el gobierno prohibía porque captaban estaciones de televisión internacionales, según el periodista. Eligió la segunda, según el testimonio.

En La Habana Vieja encontró un grupo de edificios pobres y en ruinas con abundancia de satélites secretos, según Jiménez Enoa. Los fanáticos estaban apiñados en habitaciones pequeñas para ver el juego, y él se apretujó con ellos, según el testimonio. No llegó a casa hasta las dos de la madrugada, según el periodista. Había prometido escribir un reportaje sobre su noche, pero estaba exhausto y olía a club nocturno, según Jiménez Enoa.

Se bañó para quitarse el humo de cigarrillo, luego pensó que si comenzaba a escribir en ese momento, se rendiría a mitad de camino, según el testimonio. Debería dormir un par de horas, según el periodista. Puso su alarma para las cinco de la madrugada y cuando lo despertó, comenzó a escribir, según Jiménez Enoa. Se sirvió una taza de café y trabajó hasta las siete de la mañana, cuando se dio cuenta de que el ventilador no estaba girando. Se había ido la luz, según el testimonio.

Siempre que su vecindario perdía electricidad temprano en el día, no la recuperaban hasta las cuatro o cinco de la tarde, según el periodista. Reunió sus cosas y fue a la casa de su madre en el centro de La Habana para escribir, según Jiménez Enoa. Subió a un taxi compartido Chevrolet 1957 vacío. En el camino, un número desconocido lo llamó, según el testimonio.

"Hola, Abraham. Soy el mayor Roberto Carlos", dijo el interlocutor, según el relato. Jiménez Enoa respondió que no conocía a ningún mayor Roberto Carlos, según el testimonio. "Necesito verte", dijo el mayor, según el periodista. Jiménez Enoa dijo que estaba fuera, que no podía hablar ese día, que mañana funcionaría, pero preguntó quién era, según el relato.

"Sé que estás fuera. Toqué tu puerta y nadie respondió. Dime dónde estás", dijo el mayor, según el testimonio. Jiménez Enoa dijo que estaba ocupado, según el relato. "Abraham, pareces estar perdiendo el punto. Esta es una citación policial. Dime dónde estás y estaré allí", respondió el mayor, según el periodista. Jiménez Enoa preguntó por qué, cuál era el problema, según el testimonio. "Dime dónde estás y te explicaré", dijo el mayor, según el relato.

Jiménez Enoa llegó a la casa de su madre, según el testimonio. Diez minutos después vio un Lada blanco con el escudo del Ministerio del Interior estacionarse afuera del edificio de al lado, según el periodista. Sacó la cabeza por la ventana y vio a un hombre con botas de montaña y jeans verdosos y corroídos que estaban gastados en los muslos y remendados en la entrepierna. El mayor Roberto Carlos, según Jiménez Enoa. Lo acompañaba un joven dentudo, de 25 años como máximo. Un secuaz. Durante las siguientes horas no habló una palabra, según el testimonio.

Las únicas personas en casa eran los abuelos de Jiménez Enoa, según el relato. Su madre estaba en el trabajo, su hermana pequeña en la universidad y su hermana mayor, que estaba muy embarazada y con licencia de maternidad —en Cuba se obtienen seis semanas antes del parto— había ido a pasar unos días con su padre, según el periodista. En lugar de esperar ansiosamente arriba, bajó a la calle, según el testimonio.

"Abraham, necesitamos que respondas algunas preguntas en la estación. Necesitamos ver tu computadora portátil y teléfono móvil también, así que si no los tienes aquí, tendremos que ir a buscarlos ahora mismo", dijo Carlos con calma, según el relato. "Hazles saber a tus abuelos que todo está bien. Invéntales algo y luego ven conmigo", agregó, según el testimonio.

Jiménez Enoa aprovechó para subir y llamar a su padre, que se había retirado del Ministerio del Interior meses antes, según el relato. Le explicó la situación y su padre le dijo que no los dejara llevarlo. Estaría allí enseguida con su hermana, que trabajaba en el ministerio también, según el testimonio. El jefe de su hermana había llamado esa mañana para decir que él y dos de sus colegas querían ver cómo estaba, según el periodista.

El jefe de su hermana dijo que Jiménez Enoa había estado bajo vigilancia durante meses y ahora iba a ser detenido, según el testimonio. Dijo que habían demostrado que él, su hermano, estaba yendo por el camino equivocado, que era parte de un proyecto subversivo, que se ganaba la vida trabajando como freelance para medios extranjeros cuando debería estar escribiendo para Granma, que escribía duramente sobre el gobierno y luego salía a cenar con amigos y diplomáticos extranjeros, según el relato. Dijo que se había vuelto peligroso, según el periodista.

Su padre y hermana llegaron rápidamente, según Jiménez Enoa. Bajó. Le preguntaron qué había hecho y dijo: "Nada", según el testimonio. Su padre entonces fue a Carlos y le preguntó si había cometido un crimen, qué estaba pasando, dónde querían llevarlo, según el relato. Carlos dijo, nuevamente, que tenían que hacerle algunas preguntas y que estaría de vuelta en unas horas, según el periodista.

Su padre respondió que había pasado 39 años trabajando para la seguridad del estado y era muy consciente de con qué frecuencia decían una cosa y hacían otra, según Jiménez Enoa. Conocía muchos casos de personas a las que les dijeron que solo iban a aclarar algo, y luego no vieron la luz del día durante años. Sabía que eso podría pasarle a él, según el testimonio.

Jiménez Enoa los observó hablar durante media hora antes de cansarse, según el relato. Se levantó de su silla, recogió la mochila y dijo que estaba listo para ir a donde quisieran, responder sus preguntas y terminar, según el periodista. El secuaz silencioso abrió la puerta trasera del Lada y se subió a su lado, dejando el asiento del pasajero vacío, según el testimonio. Las ventanas del auto de la era soviética estaban cerradas y hacía un calor sofocante, según Jiménez Enoa.

"Por el rabillo del ojo vi a mi padre, hermanas y abuelos parados frente a la casa mientras nos alejábamos. Saludé como si estuviera dejando el país por mucho tiempo", relata el periodista.

**Once horas de interrogatorio**

Condujeron a una estación de policía en el borde de La Habana, en las calles 100 y Avenida Aldabo, según el testimonio. Carlos le dijo al secuaz silencioso que lo sentara en la parte trasera del edificio, donde otro agente vino y tomó su teléfono y computadora portátil con él por un largo pasillo, según Jiménez Enoa. Quince minutos después, Carlos regresó. "Ven conmigo", dijo, y lo escoltó a una habitación muy pequeña con dos sillones, un sofá en el que se sentó, una computadora de escritorio en una mesa de vidrio y un enorme aire acondicionado que afirmaba estar configurado a unos inobjectionables 23 grados centígrados, aunque la habitación estaba tan fría que se sentía como si acabara de llegar a Alaska, según el testimonio.

Jiménez Enoa pasó sus 11 horas de detención escuchando amenazas, chantaje y disparates, según el relato. El mayor dejó en claro que si seguía escribiendo, el estado lo procesaría y encarcelaría, según el periodista. También demostró cuánto sabían sobre él: cada paso que daba, cada palabra que hablaba. Fue humillante. Se sintió desnudo, según Jiménez Enoa.

Cuando entró a la estación de policía tuvo que entregar su reloj, según el testimonio. Adentro, donde no había luz natural, era imposible saber cuánto tiempo había pasado, según el periodista. Eventualmente, el interrogatorio se convirtió en un monólogo sobre la revolución y su enemigo histórico, Estados Unidos, Fidel y Raúl, y la gran humanidad del Ministerio del Interior, según Jiménez Enoa. Le dijo que pensara en su madre y padre, sus hermanas, sus familiares. Su actitud no era buena para ellos, según el testimonio.

Lo hicieron escribir el registro del ultraje moral al que lo habían sometido: cada ultimátum, cada pedazo de extorsión, cada segundo de esas 11 horas, según el relato. Es ilegal que un detenido escriba su propia declaración. También es una solución ingeniosa para un represor perezoso y con pocos recursos con una computadora rota, o tal vez una impresora sin tinta, según Jiménez Enoa.

Salió exhausto y paranoico, según el testimonio. Sabía que no tenía privacidad ni refugio del régimen arbitrario. Fue desestabilizador, según el periodista. Por primera vez en su vida se sintió indefenso y abandonado, según Jiménez Enoa. Fue su primer interrogatorio, primera detención, su primera vez viendo los ojos y tentáculos del estado de seguridad cubano, según el testimonio.

**Exilio y continuidad**

El testimonio de Jiménez Enoa, publicado en The Guardian, no especifica la fecha exacta de su salida de Cuba ni su ubicación actual. Sin embargo, el relato deja claro que la persecución estatal contra El Estornudo y sus fundadores se intensificó progresivamente desde el bloqueo del sitio web en 2017, según el periodista.

La revista continúa operando desde el exilio, manteniendo su compromiso con el periodismo de investigación sobre Cuba a pesar de que los lectores en la isla solo pueden acceder a su contenido mediante redes privadas virtuales, según el testimonio. El caso de El Estornudo ilustra las dificultades que enfrentan los periodistas independientes en Cuba, donde la Constitución otorga al Partido Comunista control exclusivo sobre todos los medios de comunicación, según Jiménez Enoa.

La experiencia relatada por el periodista cubano refleja un patrón de represión que incluye vigilancia constante, detenciones arbitrarias, interrogatorios prolongados y amenazas contra familiares, según el testimonio. El uso de tácticas de intimidación psicológica, como demostrar conocimiento detallado de los movimientos y contactos del periodista, busca generar autocensura y abandono de la actividad periodística independiente, según el relato.

El financiamiento internacional de organizaciones que apoyan el periodismo independiente se ha convertido en la única fuente de ingresos sostenible para medios como El Estornudo, que no pueden operar comercialmente dentro de Cuba ni depender exclusivamente de la republicación esporádica de contenido por medios extranjeros, según Jiménez Enoa. Esta dependencia de fondos externos es utilizada por el gobierno cubano para deslegitimar a los medios independientes, acusándolos de ser instrumentos de intereses extranjeros, según el contexto del testimonio.

La llegada del internet a Cuba en 2015, aunque limitada y costosa, representó un punto de inflexión que hizo posible la existencia de medios digitales independientes como El Estornudo, según el relato. Sin embargo, el bloqueo gubernamental de sitios web considerados subversivos demuestra que el acceso a internet en la isla sigue estando fuertemente controlado y censurado, según Jiménez Enoa.

El caso también ilustra el papel de los "vendedores de internet" que, operando ilegalmente, democratizaron parcialmente el acceso a la red al ofrecer conexiones a mitad de precio del costo estatal, según el testimonio. Esta economía informal del internet se convirtió en infraestructura esencial tanto para ciudadanos comunes que querían comunicarse con familiares en el extranjero como para periodistas independientes que necesitaban conectividad constante para su trabajo, según el periodista.

La historia de El Estornudo se inscribe en un movimiento más amplio de medios independientes en América Latina que surgieron en la década de 2010 como respuesta a contextos políticos adversos, según el relato. Medios como Agência Pública en Brasil, Efecto Cocuyo en Venezuela y Periodistas de a Pie en México compartían con El Estornudo el compromiso con el periodismo de investigación riguroso y la defensa de los derechos humanos en países con gobiernos autoritarios o democracias debilitadas, según Jiménez Enoa.

El testimonio subraya la importancia de la memoria histórica y el registro periodístico independiente en sociedades donde el estado controla la narrativa oficial, según el relato. La preocupación expresada por Jiménez Enoa de que un futuro investigador que intentara reconstruir la Cuba de principios del siglo XXI desde archivos de prensa oficial encontraría "la historia de un país que no existió" refleja el papel fundamental del periodismo independiente como guardián de la verdad histórica, según el testimonio.

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