Débora Soares, de 41 años, nació en el mayor manicomio de Brasil, donde sus padres adoptivos trabajaban. Durante décadas creyó ser hija biológica de ellos, hasta que a los veinte años descubrió la verdad: era una de al menos 30 bebés entregados sin trámite legal a empleados del Hospital-Colonia de Barbacena, en el Estado de Minas Gerais, según relató en su primera entrevista con un medio extranjero.
Su madre biológica, Sueli Resende, fue internada a la fuerza con solo 16 años tras ser abandonada a los ocho por sufrir crisis epilépticas. Nunca más vivió fuera del psiquiátrico. Murió con 50 años en 2006, solo un año antes de que Débora descubriera su origen, según consta en el expediente médico número 947 que la hija tardó tres años en conseguir permiso para consultar.
João Bosco Siqueira, de 59 años y bombero militar jubilado, tiene una historia similar. Su madre, Geralda Siqueira, fue internada a la fuerza con 14 años después de quedar embarazada tras el abuso sexual cotidiano al que la sometía el patrón de la influyente familia para la que servía, según explicó en una entrevista en Belo Horizonte. La metieron en un tren con destino a Barbacena, donde dio a luz. A finales de los años sesenta le arrebataron al niño sin avisar. Cuando intentó buscarlo, la sometieron a electrochoques y la amenazaron con un trato peor si volvía a sacar el tema, según el testimonio de João Bosco.
LA DEMANDA CONTRA EL ESTADO
Ahora estos supervivientes, junto a otros afectados, han demandado al Estado brasileño ante la justicia. La demanda, elaborada por el abogado Gabriel Hess, hijastro de Débora, acusa a las instituciones por omisión y por acción en "uno de los capítulos más oscuros y masivos de la violación de los derechos humanos en Brasil, perpetrado con la complicidad del Estado, de parte de la comunidad médica y de la sociedad", según el texto legal.
El documento sostiene que "no fue una mera negligencia hospitalaria, sino una política deliberada de exterminio dirigida contra individuos considerados indeseables, que transformó un supuesto lugar de atención en un campo de exterminio", según cita la demanda.
La iniciativa surgió después de que en 2025 el Ministerio Público brasileño, que funciona como un híbrido de Fiscalía y Defensor del Pueblo, abriera una investigación sobre el hospital de Barbacena como paso para afrontar las infamias del pasado, según informó el fiscal Angelo Giardini de Oliveira, quien lleva el caso.
EL HORROR DEL HOSPITAL-COLONIA
El Hospital-Colonia de Barbacena fue durante décadas epicentro de la infamia cometida en nombre de la psiquiatría en Brasil. El hambre, el frío, las torturas y la diarrea se llevaron por delante a unos 60.000 pacientes, locos supuestos o reales, según datos recopilados. Las muertes eran tantas que el centro tenía cementerio propio. Hacían negocio con la venta de cadáveres a las universidades, según documentó la investigación.
El centro cerró definitivamente en mayo de 2026 con el traslado de los últimos 14 pacientes a una finca extramuros, según informó El País. Los demandantes temen que peligren las historias médicas y toda la memoria documental del sanatorio.
Barbacena fue durante el siglo XX una especie de ciudad-manicomio gracias a que tenía un clima fresco de montaña y llegaba el tren. El más importante de los hospitales psiquiátricos fue fundado en 1903 como sanatorio para ricos, con lujos como teléfono y cubertería de plata. Los internos posteriores llegaron a perder la dentadura tras años de comer con las manos, según describe la investigación.
Una extensa red ferroviaria que confluía en la ciudad llevó hasta allí a decenas de miles de personas. Se estima que dos tercios no eran enfermos mentales, según los datos disponibles. Muchos enloquecieron tras aquellos muros. João Guimarães Rosa, uno de los grandes escritores brasileños, le dedicó un cuento a lo que bautizó como el tren de los locos, expresión que caló en la sociedad.
LAS VÍCTIMAS DEL SISTEMA
Prostitutas, alcohólicos y vagabundos compartieron destino con homosexuales y disidentes políticos. Con madres solteras, esposas confinadas por sus maridos e hijas que perdieron la virginidad antes de casarse. Con "mujeres que desafiaron el orden patriarcal", apunta la demanda.
El fiscal De Oliveira recalca en su despacho que "algo así no ocurre solo por la actuación del Estado, sino porque una parte de la sociedad lo acepta y apoya", según declaró. Pese a puntuales reportajes-denuncia, como el del fotógrafo Luiz Alfredo, que en 1961 retrató a los pacientes como zombis en blanco y negro (imágenes que pertenecen al archivo municipal de Barbacena), las mejoras fueron mínimas durante décadas.
El gran punto de inflexión fue Holocausto Brasileiro, un libro publicado en 2013 por la periodista Daniela Arbex que se convirtió en superventas. La sociedad brasileña empezó a entender la dimensión del horror, según señala el reportaje.
EL PROCESO DE JUSTICIA
El fiscal De Oliveira recalca que una investigación como esta requiere una sociedad madura y sensibilidad. Su equipo avanza paso a paso. Aspiran a buscar la verdad, a preservar la memoria, pero también escuchan a las víctimas para saber qué forma debería adoptar la reparación colectiva. "Estamos en una fase inicial, de escucha, concienciación, recopilación de documentos y comprensión del alcance de las violaciones de derechos que ocurrieron allí", apunta el fiscal, según sus declaraciones.
Débora, João Bosco y otra víctima ya han declarado. La Universidad Federal de Belo Horizonte y la de Juiz de Fora, dos de las 17 que compraron cadáveres de pacientes, han pedido perdón recientemente. Y la fundación pública que gestionaba el hospital va a digitalizar los archivos, según informó el fiscal.
EL TRAUMA MATERNO DOCUMENTADO
Débora conoció a su madre leyendo su historial médico. Tardó tres años en conseguir permiso para consultarlo. Confirmó que murió en 2006, solo un año antes de que ella descubriera la verdad. Durante dos semanas, Débora acudió a diario al hospital a leer y tomar notas del expediente 947, un detallado recorrido por los 35 años que pasó confinada, según relató.
Ahí están las crisis epilépticas —hasta cinco en un solo día—, la medicación, los electrochoques, el terror y la angustia antes de las sesiones, el estado vegetativo en el que la dejaban, las automutilaciones y su agresividad para evitar semejante crueldad, las muchas temporadas en la celda de castigo, según documenta el expediente. La familia impidió que la lobotomizaran, pero jamás la visitó.
En el historial de Sueli también está la maternidad y el trauma de la pérdida. Puso a sus hijas los nombres de dos de sus hermanas. Como se las arrebataron recién nacidas, solo sabía sus nombres, las fechas de nacimiento y el color de la piel. Cada una era fruto de una relación con un interno, según consta en los registros.
"Tengo dos hijas. Una morenita, una blanca. La morena se llama Débora, cumple años el 23 de agosto de 1984. La rubia se llama Luzia, es del 15 de junio de 1986", repetía, según recoge el expediente. Y rezaba por ellas con un rosario que su hija localizó y conserva.
Cada año, a medida que se acercaban los cumpleaños de las niñas, empeoraban las crisis de llanto de su madre. Sueli falleció de un infarto sin noticia de sus hijas, según el historial médico.
EL REENCUENTRO DE LOS HIJOS
Tras el reencuentro, João Bosco y doña Geralda, de 75 años, construyeron una relación materno-filial. El bombero, licenciado en Filosofía y ávido lector, dice que exigen justicia porque el sistema, "en vez de ser justo, cerró los ojos. Abandonó a una niña en aquel lugar porque había sido abusada", según declaró. Recordar el pasado le duele. "Exijo justicia porque no es justo apartar a un hijo de su madre, porque mi madre no ha tenido un momento de paz en toda su vida; han sido todo dificultades", afirmó.
Analfabeta, Geralda se ganó la vida como empleada doméstica y, aunque creó una familia, la vida le ha dado innumerables golpes, según relató su hijo. Cuatro décadas pasaron hasta que los compañeros de trabajo del hijo localizaron a doña Geralda y propiciaron el reencuentro como regalo de cumpleaños.
Débora buscó a su hermana durante 12 años sin éxito. Y, de repente, un día de 2019, supo que Luzia la buscaba. A la conmoción se unió la colosal sorpresa de descubrir que no sabe portugués porque es francesa. Se llama Marie Florin Gillot y se parece a su madre. Tras conocerse a través de la pantalla, pasaron juntas unas Navidades inolvidables en Francia, según relató Débora.
Gracias a que su adopción fue legal, el nombre de la jueza que la firmó es el hilo del que tiró la hermana francesa para descubrir su pasado y localizar a su hermana brasileña. "Fue la mayor alegría de mi vida, el mayor logro después de haber llorado muchísimo por no haber conocido a mi madre", dijo Débora. Con emoción, paciencia y ayuda del traductor de Google, las hermanas mantienen contacto.
LA REFORMA Y EL LEGADO
El psiquiatra italiano Franco Basaglia, impulsor de la reforma manicomial, visitó el Hospital-Colonia en 1979 y salió impactadísimo: "Hoy he estado en un campo de concentración nazi. En ningún lugar vi algo así", declaró según recoge el reportaje. Brasil empezó a abrazar un nuevo abordaje terapéutico a partir de los ochenta. La ciudad tuvo un gesto hacia la revisión del pasado: abrió el Museo de la Locura en las instalaciones hospitalarias en 1996.
Entre los presentes en la inauguración estaban Débora, entonces una cría de 12 años, sus padres adoptivos y su madre biológica, aunque la hija no es consciente de haberla conocido aquel día ni la tiene localizada entre los muchos internos a los que trataba, según relató.
El historial médico de Sueli también refleja el cambio que supuso en su vida entre aquellos muros la humanización progresiva del tratamiento. "Acabaron los electrochoques. Empezaron a ser tratados como individuos. Participaban en talleres. Llegó la higiene, lavarse los dientes, la manicura, las comidas con sabor…", según leyó Débora en el expediente. Página a página, vio "cómo su comportamiento fue cambiando a medida que cambiaba el tratamiento".
Débora recalca que los propios trabajadores del manicomio, incluidos sus padres, ya fallecidos, tampoco estaban preparados ni tenían medios para gestionar aquel centro que llegó a albergar a 5.000 internos al mismo tiempo. Cualquiera daba la medicación o aplicaba el electrochoque, según explicó.
EXPECTATIVAS Y NUEVOS TESTIMONIOS
Los supervivientes que no tenían familia, muchos con gravísimas secuelas, fueron paulatinamente trasladados a residencias terapéuticas de Barbacena, una ciudad que aprendió lecciones del pasado, según el reportaje.
João Bosco apunta que, "lamentablemente, en Brasil el derecho penal está diseñado para los pobres y el derecho civil, para proteger a los ricos", según declaró. Los demandantes solo tienen buenas palabras sobre el fiscal, pero sus expectativas son moderadas.
"Lo que mi madre sufrió fue peor que encarcelar a un inocente", afirma Débora. "Una condena de 35 años, una vida entera perdida, toda una vida de castigo", dijo. Nada les devolverá a su madre, ni curará del todo las secuelas del trauma, pero, dice, una indemnización permitiría a las hermanas cruzar cada tanto el Atlántico para verse y recuperar en la medida de lo posible el trozo de vida que les fue arrebatado.
Al bufete del abogado Hess, el hijo de su esposo, van llegando testimonios de otros supervivientes de Barbacena. Dice que algunos nunca oyeron hablar de Holocausto Brasileiro, pero cuentan detalles que solo quien vivió aquel horror conoce, según informó el letrado.


