La cobertura de la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán se ha convertido en un ejercicio de periodismo a ciegas, según admitió Guillermo Altares, redactor jefe de Internacional de El País. El conflicto, que se extendió sobre una decena de países incluyendo Líbano, Qatar y Arabia Saudí, presenta circunstancias que agravan la contaminación informativa por propaganda de los bandos enfrentados.
Los principales actores del conflicto son administraciones con historial de opacidad: el Gobierno de Donald Trump en Estados Unidos, el de Benjamin Netanyahu en Israel y el régimen de los ayatolás en Irán, todos con tendencia a la hipérbole y poco dados a dar cuenta fiel de sus actos, según el análisis publicado por el medio español.
El régimen iraní ha implementado un control estricto sobre la información, cerrando la puerta a periodistas que puedan contrastar sobre el terreno, una situación similar al veto que Israel impuso previamente en Gaza. Apenas unos pocos medios informan desde dentro de Irán, lo que deja grandes vacíos informativos sobre aspectos cruciales del conflicto.
El País ha desplegado prácticamente toda su redacción para cubrir la escalada bélica. El grueso de la información recae en las corresponsalías en Estados Unidos y Jerusalén, con apoyo de colaboradores en Líbano y Turquía. Los corresponsales en Londres, Berlín, Bruselas, París y Roma están siguiendo los movimientos diplomáticos, mientras que la sección de Economía aborda el impacto en los indicadores económicos y la de España relata la postura del Gobierno de Pedro Sánchez ante Trump, la evacuación de españoles y el despliegue militar.
En el ámbito visual, el periódico depende completamente de agencias de noticias internacionales como Associated Press o Getty, que en muchos casos recurren a medios locales debido al cierre informativo. Moeh Atitar, redactor jefe de Fotografía, explicó que la propaganda bélica se nota claramente en las imágenes disponibles.
Un ejemplo de esta dependencia es la extensión del conflicto al océano Índico, mostrada mediante fotografías del hundimiento de un buque de guerra iraní atacado por Estados Unidos en Sri Lanka, proporcionadas por el Gobierno de Trump sin posibilidad de verificación por otras vías, según Atitar.
El impacto de los bombardeos sobre el complejo residencial del ayatolá Jamenei no se documentó mediante el trabajo de fotógrafos en Teherán, sino gracias a imágenes por satélite distribuidas por empresas privadas. Atitar expresó su preocupación porque estas dificultades impiden dimensionar lo que verdaderamente está pasando.
"Algunas de las pocas fotos disponibles son o de un medio oficial iraní o de tours organizados por las autoridades", añadió el redactor jefe de Fotografía.
El bombardeo a la escuela de Minab, al sur de Irán, y el posterior entierro de las víctimas fueron fotos de primera página en el periódico de papel. Sin embargo, la elaboración de artículos sobre este ataque se realizó con enormes dificultades, utilizando información de agencias que citan fuentes oficiales, sin posibilidad de contrastar las cifras de fallecidos al no estar sobre el terreno. No se han dado detalles de las menores por la falta de acceso a la información, según explicó Altares.
La cobertura del conflicto ha generado críticas de lectores, particularmente por la publicación el miércoles de información sobre la muerte de los primeros soldados estadounidenses. Enrique Casas cuestionó "la rapidez con que han convertido a esos militares que han participado en una acción criminal quebrantando el derecho internacional en 'personas', mientras las niñas asesinadas en el colegio de Teherán ni tienen nombre ni foto que las recuerde".
Daniel Isaac Mayor esgrimió argumentos similares y acusó al periódico de "parcialidad" por este tratamiento informativo.
La noticia sobre los soldados estadounidenses fallecidos fue elaborada por una redactora de US, la edición que trabaja con miras a un público estadounidense, que supone el 8% de quienes consultan la edición de España y el 20% de los de América. Además, el 65% de estos lectores consumen noticias relacionadas con su propio país, según datos del medio.
Javier Lafuente, subdirector de América, defendió la idoneidad de la información argumentando que no existen muertos de primera y de segunda, sino que todos forman parte del relato de una guerra. "Es imposible recoger las historias de todos los fallecidos en las guerras del mundo porque, por desgracia, hay muchos", puntualizó. "Es una cuestión del contexto de cada país, de recursos y de acceso a la información".
Lafuente justificó que la información sobre los soldados fallecidos era relevante incluso para quienes no son estadounidenses, porque la muerte de militares en el campo de batalla refleja lo inhumano de las guerras. Como se vio durante la guerra de Vietnam, la pérdida de vidas es el motor más fuerte de movilización social contra un conflicto, según el subdirector.
El caso expone las tensiones inherentes al periodismo de guerra en la era de la información controlada. Un periódico no puede dejar de informar por miedo a incomodar, porque lo que cada uno es capaz de soportar es subjetivo, según la reflexión publicada por el medio. Tampoco es fácil acertar cuando la opacidad, la propaganda y la falta de acceso a la información condicionan el relato de la guerra, que casi siempre queda incompleto.
La situación refleja un desafío más amplio para el periodismo internacional: cómo informar con precisión sobre conflictos en países que cercenan el derecho a la información, donde la mayoría de los involucrados controlan estrictamente qué se puede ver y reportar. La primera baja en una guerra es la verdad, aunque resulte un tópico, según reconoció el propio medio al inicio de su análisis sobre las dificultades de cobertura.
La escalada bélica en Oriente Próximo continúa desarrollándose en un entorno donde la verificación independiente es prácticamente imposible, dejando a los medios de comunicación navegando entre la propaganda de múltiples gobiernos, la información fragmentaria de agencias internacionales y la imposibilidad de acceder directamente a las zonas de conflicto para contrastar los hechos sobre el terreno.


