La convocatoria masiva del miércoles pasado frente al Congreso argentino representó una reivindicación del movimiento feminista tras años de cuestionamientos y retrocesos. "Subite, te invito a pasarnos tres pueblos", rezaba uno de los carteles artesanales que flotaban sobre la multitud, según reportó El País, en respuesta directa a un discurso que señala que los feminismos se excedieron en su militancia y alimentaron una ola reaccionaria que culminó con el gobierno de Javier Milei.
"Todos los movimientos colectivos atraviesan distintos momentos. Hay ciclos de enorme masividad y también hay momentos en los que las demandas se reorganizan, se expresan de otros modos o se sostienen en redes, territorios, organizaciones y conversaciones sociales menos visibles", dijo Mariela Belski, directora ejecutiva de Amnistía Internacional Argentina. Belski ve un "nuevo impulso" en el feminismo argentino, no como una vuelta al punto de partida, sino como "la expresión de un movimiento que sigue vivo y que vuelve a tomar fuerza frente a un contexto muy concreto: el desmantelamiento y desfinanciamiento de políticas públicas de prevención, acompañamiento y sanción de la violencia de género, la persistencia de los femicidios y el aumento de discursos que relativizan la violencia de género, incluso promovidos por las más altas autoridades estatales", según declaró.
El origen del movimiento Ni Una Menos se remonta a 2015, cuando el feminicidio de Chiara Páez, de 14 años, asesinada y enterrada en el jardín de su casa por su novio Manuel Mansilla, generó una gran conmoción en Argentina. Una pregunta lanzada por la periodista Marcela Ojeda en la red social X —"¿No vamos a levantar la voz? NOS ESTÁN MATANDO"— bastó para organizar la emoción y convocar a una multitud en las calles, según El País. Ese fue el inicio de un movimiento que desde Argentina se expandió a otros países de Latinoamérica y Europa.
El ciclo feminista tuvo otro punto de alta efervescencia en 2018, cuando se inició la discusión por la legalización de la interrupción voluntaria del embarazo, finalmente convertida en ley en 2020. Fueron los años de la "marea verde", como se nombró a las miles de mujeres que impulsaron esta agenda en todo el país y establecieron el pañuelo verde como símbolo definitivo, según la fuente.
El gobierno del peronista Alberto Fernández (2019-2023) se autopostuló como "el más feminista de la historia" y creó un Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad que le dio impulso a diversas políticas. Sin embargo, el fracaso de su gestión económica, las secuelas de la pandemia de Covid-19 y la denuncia por violencia de género que recibió el propio Fernández de parte de su expareja terminaron volviéndose contra el feminismo, que se convirtió en una bolsa de descarga de frustraciones y en una explicación simple para el ascenso meteórico de la ultraderecha, que resultó especialmente convocante para los varones jóvenes, según reportó El País.
"La falta de resultados de las gestiones de gobierno en materia económica generó mucho malestar, que no encontró respuesta desde la política partidaria. Culpar al feminismo de ese sentimiento de agobio fue una reacción fácil y poco precisa de muchos sectores", dijo Natalia Gherardi, directora ejecutiva del Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA).
Con Milei en el gobierno, la afrenta a los feminismos se volvió directa y se tradujo en medidas concretas. Las políticas para prevenir y abordar la violencia machista tuvieron un recorte presupuestario del 89% respecto de 2023, de acuerdo con un informe de ELA. Se desmantelaron programas clave como Acompañar, que pasó de asistir a 102.000 mujeres en 2023 a ninguna en 2025, según el informe. La línea de atención telefónica 144 redujo casi un 50% su dotación, según la misma fuente.
No solo el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad fue disuelto, sino que el Estado argentino se quedó por primera vez en 37 años sin un organismo nacional especializado en la promoción de los derechos de las mujeres, según El País. Hubo recortes drásticos en las compras de métodos anticonceptivos. El propio presidente se manifestó reiteradas veces en contra de "la agenda sangrienta del aborto", vinculó las diversidades sexuales con los abusos y mostró su intención de eliminar la figura legal del femicidio, según la fuente.
Para María Florencia Alcaraz, periodista y una de las fundadoras del colectivo Ni Una Menos, los ataques de los últimos años terminaron por dañar la autoestima del propio movimiento. "Creo que la movilización de la semana pasada fue una especie de reconciliación con nosotras mismas; en lo individual y también en lo colectivo, como sujeto político", dijo Alcaraz. Para ella, la marcha, que fue atizada por la noticia del feminicidio de Agostina Vega, muestra un intento de recuperar un sentido común sobre lo que está bien y mal dentro de una sociedad, de reconstruir una sensibilidad distorsionada por tanto odio y por las narrativas violentas en las redes sociales. Evidencia, también, un traspaso generacional: cientos de mujeres muy jóvenes que no fueron parte de los grandes hitos anteriores y se sienten convocadas ahora, según declaró.
Marina Abiuso, también periodista y parte del grupo organizador de la primera marcha de Ni Una Menos en 2015, coincide en que "hay un nuevo impulso ante el horror", que se percibe en la masividad de la marcha y en la atención mediática que suscitó. "No sé si es perdurable, pero cuando pasa el furor algo queda, como pasó con la enorme movilización antifascista después del discurso homofóbico de Milei en Davos. Incluso una sociedad cansada y agobiada por la crisis muestra que hay límites", dijo Abiuso.
En este nuevo ciclo, el feminismo busca defender los consensos, las conquistas y los avances logrados antes e incorpora la preocupación por los proyectos de ley que proponen endurecer las penas por falsas denuncias únicamente en casos de violencia de género o abuso sexual. De acuerdo con Belski, de Amnistía Internacional, lejos de buscar resolver un problema en materia de acceso a la justicia, tienen por objeto disciplinar o desalentar a quienes ya enfrentan mayores obstáculos para denunciar. Las falsas denuncias ya son un delito en Argentina, por lo que la decisión de agravar las penas solo en casos que afectan a mujeres y niñas no es neutral, según explicó.
"El problema real no son las denuncias falsas —las cuales en su mayoría responden a delitos económicos y no de género—: el problema es que muchísimas violencias no se denuncian, que muchas víctimas temen no ser creídas y que el sistema todavía pone demasiados obstáculos para acceder a protección, justicia y reparación", dijo Belski.
Para Alcaraz, este momento también abre la posibilidad de repensar políticas feministas y reflexionar sobre cómo podrían articularse las demandas en un eventual gobierno más empático con la agenda de las mujeres. "Creo que hay que dar esa discusión, que el feminismo no dio. El Ministerio de las Mujeres del gobierno de Fernández, por ejemplo, fue más una demanda de los organismos internacionales que de los feminismos, que no discutimos cómo queríamos que fuera", dijo. "Necesitamos una instancia de imaginación, de creatividad, de pensar cómo debería ser ese futuro que podríamos tener", según declaró.
La movilización masiva de la semana pasada marca un punto de inflexión en un contexto donde la persistencia de los femicidios, el desmantelamiento de políticas públicas y los discursos oficiales que relativizan la violencia de género han generado un escenario de retroceso en materia de derechos de las mujeres. El movimiento feminista argentino enfrenta ahora el desafío de sostener este impulso y traducirlo en acciones concretas que permitan revertir los recortes y recuperar las políticas desmanteladas, mientras busca articular una nueva generación de activistas con las veteranas del movimiento que nació hace más de una década.


