A la 1.52 de la madrugada del viernes, un dron de ataque de origen ruso cruzó la frontera desde territorio ucranio y entró en el espacio aéreo de Rumania, violando así el territorio de la Unión Europea y la Alianza Atlántica, según informó el ejército rumano. El aparato se dirigía hacia la ciudad de Galati, ubicada a unos 10 kilómetros de la frontera con Ucrania, poniendo en riesgo inminente a la población civil.
Dos aviones de combate F-16 y un helicóptero IAR 330 de la Fuerza Aérea rumana salieron inmediatamente a interceptar el vehículo aéreo no tripulado. Sin embargo, el mando militar tomó la decisión de no derribarlo, permitiendo que continuara su trayectoria hasta que finalmente impactó contra la décima planta de un edificio de viviendas. El incidente dejó como resultado una mujer y un menor heridos.
Según los detalles ofrecidos en rueda de prensa por el general de brigada rumano Gheorghe Maxim, el ejército tuvo apenas cuatro minutos para responder desde que el dron cruzó la frontera hasta su impacto. Basándose en la distancia recorrida y el tiempo transcurrido, se estima que el vehículo de ataque volaba a una velocidad de entre 100 y 150 kilómetros por hora, aunque la identificación exacta del modelo requiere un análisis técnico pendiente.
Maxim explicó que este tipo de aparatos no son proyectiles rápidos. El Geran 2, un modelo habitual en las ofensivas rusas, puede circular a una media de unos 180 kilómetros por hora. Estos drones vuelan bajo con trayectorias erráticas en apariencia, lo que complica significativamente el tiro de los sistemas tradicionales antiaéreos tierra-aire, diseñados para perseguir misiles a gran altura y velocidad.
La decisión de no interceptar el dron respondió a tres factores principales, según reconocieron tanto el Gobierno como el ejército rumano. Primero, las cuestiones tácticas: aunque el dron podría haber sido derribado con un misil de uno de los cazas o con la munición del cañón montado en el helicóptero, existía el riesgo de que el derribo, la explosión y los restos del aparato representaran un peligro mayor para la población que el propio impacto del dron. Segundo, la posibilidad de que alguno de los proyectiles utilizados en la interceptación violara el espacio aéreo de Ucrania, una medida al margen de la legalidad internacional.
La caída de los restos de drones de gran envergadura, muchos de ellos copias de los Shahed iraníes que miden dos metros de altura, causa en ocasiones grandes destrozos sobre edificios de viviendas, incendios y víctimas mortales. Esta realidad pesó en las precauciones tomadas por el ejército rumano, contrastando con la interceptación de modelos FPV de visión subjetiva y poco tamaño, que pueden ser pulverizados sin dejar rastro.
El incidente se produjo en el contexto de una ofensiva masiva de drones rusos contra Ucrania. Durante la madrugada del viernes, 232 drones volaron hacia 14 localizaciones del territorio ucranio, según los datos de Kiev. Entre los objetivos estaba el estratégico puerto de Izmail, en la provincia de Odesa, ubicado a tan solo 65 kilómetros en línea recta de la ciudad rumana de Galati siguiendo el curso del río Danubio.
Moscú lanza a diario un enjambre de decenas o cientos de aparatos de ataque hacia el oeste para golpear objetivos civiles y militares en Ucrania. Esta batalla de los drones ha alcanzado su mayor cota en la guerra entre las tropas rusas y ucranias, presentando desafíos complejos para las defensas aéreas.
El ejército ucranio, el más experimentado en el derribo de drones tras más de cuatro años de contienda, ha desarrollado una defensa en varias capas en búsqueda del mayor rendimiento. Kiev enfrenta aparatos con un precio por unidad de entre 50.000 y 70.000 euros, muy por debajo del coste de un misil interceptor, por lo que prioriza el derribo mediante unidades móviles de artillería o medios electrónicos para dosificar el uso de proyectiles más costosos.
Las unidades móviles de artillería ucranias, equipadas con ametralladoras y lanzacohetes, han desarrollado técnicas específicas para enfrentar estos aparatos. Los drones suben y bajan con alturas diferentes, y la prioridad son aquellos que vuelan más bajo, especialmente cuando descienden de los 100 metros, momento en que representan un riesgo claro para los civiles. En esos casos, los artilleros deben tomar una decisión instantánea: disparar en el momento justo para causar el menor daño posible, o dejar pasar el aparato para que sea la siguiente posición la que enfrente al vehículo no tripulado cargado de explosivos.
La OTAN está tratando de reforzar precisamente este último nivel defensivo, basado en medios electrónicos, en su flanco este. Sin embargo, este tipo de defensa es difícil de implementar y requiere una experiencia que, en ocasiones, solo ofrece el combate directo en la trinchera, según reconocen expertos militares.
El incidente del viernes evidencia los dilemas operativos y legales que enfrentan los países de la OTAN en la frontera con Ucrania ante la guerra de drones. La violación del espacio aéreo rumano por un aparato ruso plantea interrogantes sobre los protocolos de respuesta de la Alianza Atlántica y los límites de la intervención militar cuando los riesgos para la población civil pueden multiplicarse con una acción defensiva. La proximidad de ciudades rumanas a zonas de combate intenso, como el puerto de Izmail, sugiere que incidentes similares podrían repetirse mientras continúe la ofensiva rusa con drones contra objetivos ucranios cercanos a la frontera.


