Rusia pierde la guerra en Ucrania mientras Kiev gana solo a medias, según análisis de corresponsal tras cuatro años en el frente
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Rusia pierde la guerra en Ucrania mientras Kiev gana solo a medias, según análisis de corresponsal tras cuatro años en el frente

Tras cuatro años y tres meses cubriendo la invasión rusa de Ucrania, el corresponsal Cristian Segura concluye que Rusia no solo está perdiendo la guerra sino que probablemente carece de opciones para ganarla en 2026, mientras Ucrania preserva su soberanía pero enfrenta una catástrofe demográfica irreversible y la posibilidad de un conflicto de baja intensidad perpetuo que obstaculizará su integración en la Unión Europea.

INTERNACIONAL12 JUL 2026

El análisis del corresponsal de El País se basa en cambios fundamentales en la dinámica del conflicto que comenzó en febrero de 2022. Según Segura, las tropas invasoras rusas ya no avanzan y en algunos enclaves están retrocediendo, aunque estos retrocesos son menores y no implican que Ucrania recupere territorios perdidos. El ejército ruso, que progresaba desde 2024, ha detenido su avance.

El fracaso estratégico ruso es evidente. Rusia ocupó entre febrero y abril de 2022 hasta un tercio de Ucrania, pero tras las retiradas de ese año, actualmente controla el 19% del territorio, incluidas regiones que ya controlaba directa o indirectamente en 2014, como la península de Crimea y las ciudades de Lugansk y Donetsk en Donbás. El objetivo estratégico de Putin se limita hoy a conquistar todo Donbás, pero le queda tomar un 30% de la provincia de Donetsk y, al ritmo actual de movimientos en el frente, ni siquiera esto parece plausible en por lo menos dos años.

Dos factores explican el cambio en la dinámica militar. Primero, Ucrania ha desarrollado un nuevo poderío de fuego de medio y largo alcance con su industria de drones, que está poniendo en jaque la red logística del ejército ruso a cientos de kilómetros del frente. Segundo, Rusia enfrenta problemas crecientes para el reclutamiento. El momento de una movilización obligatoria, si la guerra continúa, parece inevitable, y en ese caso la popularidad de Putin caería de forma preocupante para el Kremlin.

La saturación del frente con drones tampoco hace viable que ninguno de los contendientes haga grandes avances, pero la diferencia crucial es que desde 2024 el ejército ruso progresaba y ahora esto ya no es así.

Segura admite haber cometido un error predictivo. En el segundo semestre de 2024 estaba convencido de que la guerra terminaría en 2025, basándose en la tesis de que China y Estados Unidos llegarían a un acuerdo para obligar a Rusia a silenciar las armas. El ministro de Exteriores polaco, Radoslaw Sikorski, había manifestado en septiembre de 2024 que China era el único país capaz de forzar un alto el fuego en Ucrania debido a la gran dependencia rusa de China.

Sin embargo, Trump asumió la presidencia para destruir el orden mundial, y Pekín ha dejado claro que la situación le conviene. En julio de 2025 se filtró a los medios que el ministro de Exteriores chino, Wang Yi, había asegurado en un encuentro con la jefa de la diplomacia europea, Kaja Kallas, que China no puede permitirse que Rusia pierda la guerra. Wang expresó que Putin debe aparecer victorioso en pro de la estabilidad rusa y concluyó que, mientras Estados Unidos y sus aliados estén ocupados en Ucrania, China tendrá menos presión militar occidental en el Pacífico y en Taiwán.

La fractura social en Ucrania es profunda. Hay millones de varones ucranios que se esconden para no servir en las Fuerzas Armadas, que se han ido del país para no volver o que desean irse a la primera oportunidad. En mayo, Segura tuvo acceso a un documento del Estado Mayor del ejército ucranio que reveló que un 39% de los nuevos reclutas desertaba antes de los dos primeros meses de servicio. El ministro de Defensa, Mijailo Fédorov, reveló en enero que el número de desertores era en aquel momento de 200.000 soldados, equivalente al 25% de las tropas.

También hay millones de ucranios que siguen consumiendo productos culturales rusos, aunque son muchos menos que antes. Pero si algo une a la gran mayoría, sean patriotas o no, es el odio hacia quien era un hermano y que les ha hundido la vida.

Rusia ha perdido la guerra en el campo geopolítico. Ha roto los lazos que mantenía con Europa y que le aportaban pingües beneficios. La ruptura de Moscú con Berlín es un desastre para Putin. Además, Rusia se ha convertido en un vasallo económico de China.

Ucrania está ganando la guerra en parte. Su principal victoria es haber preservado su soberanía, algo que en febrero de 2022 no estaba nada claro. El Estado ucranio, con sus muchas vulnerabilidades, es hoy más fuerte que en sus 35 años de existencia. Otro triunfo para Kiev es que el planeta sabe ahora que Ucrania es un Estado independiente, no un satélite del mundo ruso.

Ucrania está ganando porque ha dejado claro que cualquier agresión futura será a costa de terribles pérdidas rusas. Ha construido en una década uno de los ejércitos más poderosos del mundo y ha levantado una industria de defensa que produce miles de drones, además de sus primeros misiles de crucero. Ucrania castiga periódicamente a Rusia en su territorio, a cientos de kilómetros de sus fronteras, cada vez más profundo y con mayor facilidad. Ucrania ya no sueña con formar parte de la OTAN, ha aprendido a luchar sin ser miembro de esta.

Ucrania ha triunfado porque tarde o temprano formará parte de la Unión Europea, y ese día el imperio ruso quedará en su pasado para siempre.

Sin embargo, Ucrania también pierde en dos aspectos clave. El país ha sufrido una catástrofe demográfica difícilmente reparable. En 2021 tenía Ucrania 41 millones de habitantes. Hoy son 29 millones. Unos 10 millones han cruzado sus fronteras escapando de la guerra, y dos millones permanecen en los territorios ocupados por Rusia. La situación empeorará cuando se levante la ley marcial y los hombres en edad de servicio militar puedan salir al extranjero.

El Instituto Ptuja, el más importante en estudios demográficos de Ucrania, estima que, con suerte, una vez finalizada la guerra, regresará a la patria un 30% de esta diáspora. Hace dos años contaban sus académicos que sería el 50%. Cuanto más tiempo pasa y más incierto es el futuro, menos opciones hay de que estos millones de ucranios vuelvan. Para la Unión Europea es agua de mayo, son migrantes con facilidad de adaptación, la mayoría mujeres con niños y con una formación elevada. Para Ucrania, que estará tan necesitada de gente para renacer de las cenizas, es un desastre.

Ucrania también pierde porque hay muchas opciones de que el conflicto sea perenne: una guerra de baja intensidad, de drones, fría o psicológica, pero guerra en definitiva, que podría seguir con poco que dedique Rusia a poner palos en las ruedas. Un conflicto abierto dificultará la integración en la UE y hará dudar a los inversores y a la población que un día se fue.

Sobre el futuro hay dos interrogantes de importancia crucial para Ucrania y para Europa. Rusia está perdiendo la guerra, pero su voluntad de romper la UE continuará. El enemigo de Rusia no es Ucrania en sí, es lo que representa la Unión Europea, y para atacarla no son necesarias armas. La pregunta es hasta qué punto crecerán políticamente los aliados de Rusia en la izquierda y sobre todo en la derecha europeas.

La otra incertidumbre es la Ucrania que surgirá de la guerra. Todo lo que tocó la Unión Soviética es dinamita. Aquellas sociedades que se quedaron al otro lado del telón de acero se construyeron con unos valores diferentes a los de la Europa occidental. Los valores fundacionales de la reconstrucción europea fueron la democracia cristiana y la socialdemocracia. Del Mayo del 68 surgió una nueva izquierda liberal, también importante, que tiene a los Verdes alemanes como parangón. Nada de esto fue determinante en el mundo soviético. Nada de esto existe en Ucrania.

Después de casi medio siglo de aquel sistema brutal, autoritario y corrupto surgieron traumas, nacionalismos y una estructura política pobre. Si ha habido euroescepticismo, nacionalismos populistas y derechas extremas en Hungría, Polonia, Eslovaquia o Rumania, es poco con lo que podría aparecer en Ucrania.

Segura relata que en julio de 2025 miles de jóvenes tomaron las calles de Kiev y de otras ciudades ucranias para protestar contra el presidente Volodímir Zelenski. El presidente había exigido al Parlamento una reforma legal exprés para eliminar la independencia de la fiscalía anticorrupción, con el objetivo de detener investigaciones sobre fraudes millonarios en su círculo más cercano. La juventud que tiene a sus padres en el frente salió a la calle y Zelenski dio marcha atrás. Este episodio ilustra la complejidad política de una sociedad que, pese a enfrentar obstáculos gigantescos, quiere mejorar.

Segura ha pasado del enamoramiento idealizado del inicio a un amor maduro por Ucrania, aceptando sus defectos. Los acepta porque ha comprobado que el país quiere mejorar. Y gracias a su gente ha aprendido lecciones valiosas de coraje, siendo la más importante el patriotismo.

El corresponsal fue el prototipo de europeo occidental progresista, alérgico a los nacionalismos y a los ejércitos. Luego aprendió lo que era el patriotismo constitucional de Jürgen Habermas, la defensa del Estado de derecho y la democracia como valor que une por encima de banderas. Ucrania le ha mostrado un patriotismo que rompe sus prejuicios. Hombres de más de 50 años se alistaron voluntarios, muchos por sentimiento nacional pero otros, la mayoría, porque son conscientes de que su país es un desastre, sí, pero lo que les impondría Rusia es mucho peor.

Ha conocido a activistas LGTBI que le han relatado historias de terror y que, sin embargo, habían tomado las armas. Como le dijo un chico gay de Zaporiyia, en el este duro de Ucrania, con las tropas invasoras a tan solo 25 kilómetros de su casa, la homofobia en su país es terrible, pero al lado de Rusia es Disneylandia.

Vova, amigo de Segura y padre de uno de los manifestantes de julio de 2025, era comercial de bebidas y tiene 54 años. Combate en el frente de Zaporiyia. Vova no quiere que su hijo se aliste. Continúa al pie del cañón tras cuatro años en primera línea, dice que es para evitar que más jóvenes tengan que pasar por su calvario. Pero Vova estaba muy orgulloso de aquellas protestas que exigen un país mejor, una sociedad diferente a la del enemigo. Para eso, explicó a Segura, él seguía luchando.

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12 jul 2026
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El análisis del corresponsal de El País se basa en cambios fundamentales en la dinámica del conflicto que comenzó en febrero de 2022. Según Segura, las tropas invasoras rusas ya no avanzan y en algunos enclaves están retrocediendo, aunque estos retrocesos son menores y no implican que Ucrania recupere territorios perdidos. El ejército ruso, que progresaba desde 2024, ha detenido su avance.

El fracaso estratégico ruso es evidente. Rusia ocupó entre febrero y abril de 2022 hasta un tercio de Ucrania, pero tras las retiradas de ese año, actualmente controla el 19% del territorio, incluidas regiones que ya controlaba directa o indirectamente en 2014, como la península de Crimea y las ciudades de Lugansk y Donetsk en Donbás. El objetivo estratégico de Putin se limita hoy a conquistar todo Donbás, pero le queda tomar un 30% de la provincia de Donetsk y, al ritmo actual de movimientos en el frente, ni siquiera esto parece plausible en por lo menos dos años.

Dos factores explican el cambio en la dinámica militar. Primero, Ucrania ha desarrollado un nuevo poderío de fuego de medio y largo alcance con su industria de drones, que está poniendo en jaque la red logística del ejército ruso a cientos de kilómetros del frente. Segundo, Rusia enfrenta problemas crecientes para el reclutamiento. El momento de una movilización obligatoria, si la guerra continúa, parece inevitable, y en ese caso la popularidad de Putin caería de forma preocupante para el Kremlin.

La saturación del frente con drones tampoco hace viable que ninguno de los contendientes haga grandes avances, pero la diferencia crucial es que desde 2024 el ejército ruso progresaba y ahora esto ya no es así.

Segura admite haber cometido un error predictivo. En el segundo semestre de 2024 estaba convencido de que la guerra terminaría en 2025, basándose en la tesis de que China y Estados Unidos llegarían a un acuerdo para obligar a Rusia a silenciar las armas. El ministro de Exteriores polaco, Radoslaw Sikorski, había manifestado en septiembre de 2024 que China era el único país capaz de forzar un alto el fuego en Ucrania debido a la gran dependencia rusa de China.

Sin embargo, Trump asumió la presidencia para destruir el orden mundial, y Pekín ha dejado claro que la situación le conviene. En julio de 2025 se filtró a los medios que el ministro de Exteriores chino, Wang Yi, había asegurado en un encuentro con la jefa de la diplomacia europea, Kaja Kallas, que China no puede permitirse que Rusia pierda la guerra. Wang expresó que Putin debe aparecer victorioso en pro de la estabilidad rusa y concluyó que, mientras Estados Unidos y sus aliados estén ocupados en Ucrania, China tendrá menos presión militar occidental en el Pacífico y en Taiwán.

La fractura social en Ucrania es profunda. Hay millones de varones ucranios que se esconden para no servir en las Fuerzas Armadas, que se han ido del país para no volver o que desean irse a la primera oportunidad. En mayo, Segura tuvo acceso a un documento del Estado Mayor del ejército ucranio que reveló que un 39% de los nuevos reclutas desertaba antes de los dos primeros meses de servicio. El ministro de Defensa, Mijailo Fédorov, reveló en enero que el número de desertores era en aquel momento de 200.000 soldados, equivalente al 25% de las tropas.

También hay millones de ucranios que siguen consumiendo productos culturales rusos, aunque son muchos menos que antes. Pero si algo une a la gran mayoría, sean patriotas o no, es el odio hacia quien era un hermano y que les ha hundido la vida.

Rusia ha perdido la guerra en el campo geopolítico. Ha roto los lazos que mantenía con Europa y que le aportaban pingües beneficios. La ruptura de Moscú con Berlín es un desastre para Putin. Además, Rusia se ha convertido en un vasallo económico de China.

Ucrania está ganando la guerra en parte. Su principal victoria es haber preservado su soberanía, algo que en febrero de 2022 no estaba nada claro. El Estado ucranio, con sus muchas vulnerabilidades, es hoy más fuerte que en sus 35 años de existencia. Otro triunfo para Kiev es que el planeta sabe ahora que Ucrania es un Estado independiente, no un satélite del mundo ruso.

Ucrania está ganando porque ha dejado claro que cualquier agresión futura será a costa de terribles pérdidas rusas. Ha construido en una década uno de los ejércitos más poderosos del mundo y ha levantado una industria de defensa que produce miles de drones, además de sus primeros misiles de crucero. Ucrania castiga periódicamente a Rusia en su territorio, a cientos de kilómetros de sus fronteras, cada vez más profundo y con mayor facilidad. Ucrania ya no sueña con formar parte de la OTAN, ha aprendido a luchar sin ser miembro de esta.

Ucrania ha triunfado porque tarde o temprano formará parte de la Unión Europea, y ese día el imperio ruso quedará en su pasado para siempre.

Sin embargo, Ucrania también pierde en dos aspectos clave. El país ha sufrido una catástrofe demográfica difícilmente reparable. En 2021 tenía Ucrania 41 millones de habitantes. Hoy son 29 millones. Unos 10 millones han cruzado sus fronteras escapando de la guerra, y dos millones permanecen en los territorios ocupados por Rusia. La situación empeorará cuando se levante la ley marcial y los hombres en edad de servicio militar puedan salir al extranjero.

El Instituto Ptuja, el más importante en estudios demográficos de Ucrania, estima que, con suerte, una vez finalizada la guerra, regresará a la patria un 30% de esta diáspora. Hace dos años contaban sus académicos que sería el 50%. Cuanto más tiempo pasa y más incierto es el futuro, menos opciones hay de que estos millones de ucranios vuelvan. Para la Unión Europea es agua de mayo, son migrantes con facilidad de adaptación, la mayoría mujeres con niños y con una formación elevada. Para Ucrania, que estará tan necesitada de gente para renacer de las cenizas, es un desastre.

Ucrania también pierde porque hay muchas opciones de que el conflicto sea perenne: una guerra de baja intensidad, de drones, fría o psicológica, pero guerra en definitiva, que podría seguir con poco que dedique Rusia a poner palos en las ruedas. Un conflicto abierto dificultará la integración en la UE y hará dudar a los inversores y a la población que un día se fue.

Sobre el futuro hay dos interrogantes de importancia crucial para Ucrania y para Europa. Rusia está perdiendo la guerra, pero su voluntad de romper la UE continuará. El enemigo de Rusia no es Ucrania en sí, es lo que representa la Unión Europea, y para atacarla no son necesarias armas. La pregunta es hasta qué punto crecerán políticamente los aliados de Rusia en la izquierda y sobre todo en la derecha europeas.

La otra incertidumbre es la Ucrania que surgirá de la guerra. Todo lo que tocó la Unión Soviética es dinamita. Aquellas sociedades que se quedaron al otro lado del telón de acero se construyeron con unos valores diferentes a los de la Europa occidental. Los valores fundacionales de la reconstrucción europea fueron la democracia cristiana y la socialdemocracia. Del Mayo del 68 surgió una nueva izquierda liberal, también importante, que tiene a los Verdes alemanes como parangón. Nada de esto fue determinante en el mundo soviético. Nada de esto existe en Ucrania.

Después de casi medio siglo de aquel sistema brutal, autoritario y corrupto surgieron traumas, nacionalismos y una estructura política pobre. Si ha habido euroescepticismo, nacionalismos populistas y derechas extremas en Hungría, Polonia, Eslovaquia o Rumania, es poco con lo que podría aparecer en Ucrania.

Segura relata que en julio de 2025 miles de jóvenes tomaron las calles de Kiev y de otras ciudades ucranias para protestar contra el presidente Volodímir Zelenski. El presidente había exigido al Parlamento una reforma legal exprés para eliminar la independencia de la fiscalía anticorrupción, con el objetivo de detener investigaciones sobre fraudes millonarios en su círculo más cercano. La juventud que tiene a sus padres en el frente salió a la calle y Zelenski dio marcha atrás. Este episodio ilustra la complejidad política de una sociedad que, pese a enfrentar obstáculos gigantescos, quiere mejorar.

Segura ha pasado del enamoramiento idealizado del inicio a un amor maduro por Ucrania, aceptando sus defectos. Los acepta porque ha comprobado que el país quiere mejorar. Y gracias a su gente ha aprendido lecciones valiosas de coraje, siendo la más importante el patriotismo.

El corresponsal fue el prototipo de europeo occidental progresista, alérgico a los nacionalismos y a los ejércitos. Luego aprendió lo que era el patriotismo constitucional de Jürgen Habermas, la defensa del Estado de derecho y la democracia como valor que une por encima de banderas. Ucrania le ha mostrado un patriotismo que rompe sus prejuicios. Hombres de más de 50 años se alistaron voluntarios, muchos por sentimiento nacional pero otros, la mayoría, porque son conscientes de que su país es un desastre, sí, pero lo que les impondría Rusia es mucho peor.

Ha conocido a activistas LGTBI que le han relatado historias de terror y que, sin embargo, habían tomado las armas. Como le dijo un chico gay de Zaporiyia, en el este duro de Ucrania, con las tropas invasoras a tan solo 25 kilómetros de su casa, la homofobia en su país es terrible, pero al lado de Rusia es Disneylandia.

Vova, amigo de Segura y padre de uno de los manifestantes de julio de 2025, era comercial de bebidas y tiene 54 años. Combate en el frente de Zaporiyia. Vova no quiere que su hijo se aliste. Continúa al pie del cañón tras cuatro años en primera línea, dice que es para evitar que más jóvenes tengan que pasar por su calvario. Pero Vova estaba muy orgulloso de aquellas protestas que exigen un país mejor, una sociedad diferente a la del enemigo. Para eso, explicó a Segura, él seguía luchando.

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