

El K-278 Komsomolets, submarino nuclear soviético hundido en 1989 a 1.667 metros de profundidad cerca de las islas Svalbard, continúa liberando material radiactivo desde su reactor nuclear en descomposición, con niveles de cesio-137 que superan 800.000 veces la radiación típica del mar de Noruega, según revela un nuevo estudio publicado en la revista científica PNAS por investigadores de la Autoridad Noruega de Seguridad Radiológica y Nuclear.
Un submarino nuclear de la era soviética yace en el fondo del mar de Noruega desde hace 37 años, liberando periódicamente material radiactivo que alcanza niveles cientos de miles de veces superiores a lo normal en las aguas circundantes, según advierte una nueva investigación científica.
El Komsomolets o K-278 entró en servicio en 1983 como el orgullo de la marina de la Unión Soviética, según las fuentes. Era el único de su tipo, equipado con un doble casco de titanio que le permitía sumergirse a mayores profundidades que cualquier otro submarino. Su propulsor nuclear alimentado por plutonio lo hacía autónomo durante años, y junto a una decena de torpedos convencionales, transportaba dos ojivas nucleares.
El 7 de abril de 1989, mientras surcaba aguas del mar de Noruega, se desató un incendio en el compartimento 7, según las fuentes. El fuego se extendió por los compartimentos cercanos a través de los tubos de ventilación, obligando al submarino a emerger antes de hundirse en las cercanías de la isla del Oso, en las Svalbard. El accidente cobró la vida de 42 miembros de la tripulación, la mayoría por la gélida temperatura del agua, mientras que solo 27 sobrevivieron. Ahora, a 1.667 metros de profundidad, el Komsomolets representa una amenaza desde el fondo del mar.
Los niveles de radiación detectados son alarmantes. Durante una de las inmersiones de vigilancia, los investigadores observaron distorsiones en la columna de agua sobre el tubo de ventilación del compartimento de motores, según el estudio publicado en la revista científica PNAS. Al analizar esta agua, descubrieron concentraciones de 398 kilobequerelios por metro cúbico de estroncio-90 y 792 kilobequerelios por metro cúbico de cesio-137. Estos niveles superaron 400.000 veces el primero y 800.000 veces el segundo la radiación típica en el mar de Noruega, según Justin Gwynn, científico sénior de la Autoridad Noruega de Seguridad Radiológica y Nuclear y primer autor del informe.
Tanto el isótopo del estroncio como el de cesio son resultado de la fisión del plutonio y uranio que alimentaban el reactor nuclear del Komsomolets, según las fuentes. El bequerelio es la unidad que mide la actividad radiactiva.
"Según una de las primeras investigaciones rusas, el material nuclear de las ojivas estuvo en contacto con el agua de mar debido a los daños físicos sufridos por los propios torpedos cuando el Komsomolets se hundió", explicó Gwynn. Poco después del accidente, en plena Guerra Fría, los soviéticos organizaron varias misiones con sumergibles MIR para evaluar el estado del submarino. En ese momento, no hacía mucho que había ocurrido el desastre de la central de Chernóbil y las autoridades soviéticas necesitaban disipar temores.
"Esto fue lo que impulsó a los rusos a cubrir las grietas a ambos lados del compartimento de torpedos, tapar otras aberturas, rellenar el hueco del compartimento y sellar los tubos lanzatorpedos", según Gwynn. Las reparaciones de emergencia se realizaron con titanio. En 1994 se colocó un sello protector adicional en los torpedos, según las fuentes.
Tras las primeras misiones soviéticas y rusas, los noruegos tomaron el relevo en la vigilancia del submarino hundido. La penúltima misión al Komsomolets utilizó un robot submarino que logró filmar y analizar el problema de cerca, según las fuentes. El K-278 sigue echado en el lecho del mar, con tres metros enterrados en la arena. Aunque la estructura permanece entera, los investigadores observaron serios daños en la proa y en la cubierta superior, justo en el compartimento de los torpedos.
"No encontramos rastro de plutonio apto para armas nucleares en las muestras de agua del mar y sedimentos recogidas junto al casco del submarino", destacó Gwynn. Sin embargo, el combustible del reactor se está corroyendo activamente. El uranio o plutonio de los reactores nucleares se comprime en cilindros insertados en tubos metálicos, normalmente de circonio. "Si esta estructura se degrada, entonces el uranio o plutonio deja de estar confinado", explicó Nuria Casacuberta, investigadora en oceanografía física de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich, Suiza, recién mudada al Instituto de Ciencias del Mar en Barcelona.
Las fugas no son constantes y se producen en picos esporádicos a través de tuberías de ventilación dañadas, según las fuentes. Los investigadores informaron que la estructura libera periódicamente nubes visibles de material radiactivo directamente en el agua salada. Estas liberaciones se vienen produciendo desde hace más de treinta años, aunque la acumulación de elementos tóxicos en el entorno cercano ha sido escasa porque las corrientes marinas diluyen rápidamente la contaminación, según las fuentes.
A pesar de las alarmantes cifras detectadas cerca del reactor, a pocos metros del submarino la contaminación desciende drásticamente, según las fuentes. En cuanto al impacto en la vida marina, "en algunas de las muestras de organismos marinos que recolectamos a ambos lados del submarino, observamos bajas concentraciones de cesio-137, probablemente debido a las emisiones continuas, pero no se espera que estos niveles tengan ningún impacto en los organismos mismos", dijo Hilde Elise Heldal, investigadora del departamento de contaminantes y riesgos biológicos del Instituto de Investigación Marina de Noruega.
Heldal añadió que "como se puede apreciar en algunas de las fotografías, el casco del submarino está cubierto por una fina capa de diversos organismos marinos". La vida marina que crece sobre la cáscara oxidada, como las esponjas y los corales, tiene niveles de radiación ligeramente elevados pero no presenta signos visibles de deformaciones anatómicas, según las fuentes.
Casacuberta, que usa la presencia de radioisótopos en el mar para estudiar la dinámica oceánica y las grandes corrientes marinas, proporcionó contexto sobre la radiactividad en los océanos. "En todos los océanos y no solo en la superficie, sigue existiendo una pequeña cantidad de radioactividad", recordó. Cuando dice pequeña, lo es realmente: en torno a un bequerelio por metro cúbico de agua de media. "El cesio-137, el estroncio-90, el uranio-235, el plutonio-240... todos son elementos específicos de la industria nuclear, casi no existen de forma natural. Cualquier átomo que podemos medir, casi en el 99% de los casos, es de origen artificial", explicó.
La gran mayoría de esa radiación en los mares procede de los ensayos nucleares de los años 60 y 70, según Casacuberta. La mayoría de ellos fueron realizados en el atolón Bikini por Estados Unidos y en el archipiélago ártico de Nueva Zembla por la Unión Soviética. La segunda porción de esta contaminación procede de los vertidos autorizados de las dos principales plantas de reprocesamiento del material nuclear: la de La Hague en la costa atlántica de Francia y la de Sellafield en la costa británica. En tercer lugar aparecería la radiación escapada del Komsomolets y otros dos submarinos soviéticos hundidos en el Ártico ruso tras el fin de su vida operativa. En este cálculo no está incluido el Kursk, otro submarino nuclear hundido en 2000, según las fuentes.
Respecto a los dos torpedos nucleares, "los sellaron con placas de titanio y ellos han medido allí y, aparentemente, sigue funcionando el sellado", recordó Casacuberta. El sello protector de emergencia colocado en los torpedos en 1994 permanece intacto, según las fuentes. "No podemos especular sobre si existe algo que pueda recuperarse. Lo que sí podemos afirmar es que no observamos ningún indicio de plutonio apto para armas nucleares en el entorno marino alrededor del submarino", concluyó Gwynn.
Sin embargo, la estructura metálica del submarino pierde su fuerza cada año que pasa sobre el aplastante y helado fondo del océano, según las fuentes. Los científicos advierten que es absolutamente vital vigilar de cerca esta bomba de tiempo para evitar un desastre ambiental sin precedentes en el futuro y comprender mejor los riesgos de otros sitios de desechos nucleares en el Ártico. Los investigadores confirmaron que continuarán realizando misiones de vigilancia para monitorear el estado del viejo submarino soviético.