Artistas ucranianos exponen en Madrid la vida cotidiana entre bombardeos tras cuatro años de invasión rusa
Arte y Cultura

Artistas ucranianos exponen en Madrid la vida cotidiana entre bombardeos tras cuatro años de invasión rusa

Roman Khimei y Yarema Malashchuk presentan hasta el 21 de junio en el Museo Thyssen de Madrid la exposición Pedagogías de guerra, cuatro instalaciones audiovisuales que muestran cómo la violencia se infiltra en lo cotidiano de Ucrania, un país que atraviesa su cuarto año de invasión rusa. Los artistas buscan alejarse de las imágenes de explosiones y muerte que dominan las noticias para mostrar "lo mundano y aburrido", ese "tiempo entre explosiones" que las coberturas mediáticas describen con dificultad, según explicaron a EL PAÍS durante su visita a Madrid.

ARTE Y CULTURA2 JUN 2026

La guerra en Ucrania se ha convertido en una imagen constante en pantallas y algoritmos de millones de personas, pero Roman Khimei y Yarema Malashchuk quieren que el mundo se detenga a mirar la otra vida, esa que transcurre en su Kiev natal entre los bombardeos, según explicaron ambos artistas a EL PAÍS. Su exposición Pedagogías de guerra, que puede visitarse hasta el 21 de junio en el Museo Thyssen de Madrid, está compuesta por cuatro instalaciones audiovisuales que reflexionan sobre cómo la violencia se infiltra y reconfigura lo cotidiano en Ucrania, un país sumergido en su cuarto año de invasión rusa.

"Cuando todo es caos, la realidad es surrealista", explican los artistas. Esta teoría se comprueba al entrar a la primera parte de la exposición, donde lo que más irrumpe en la lógica de una muestra sobre la guerra es precisamente el silencio. La calma de la naturaleza y el sonido ambiente de los Cárpatos abren el recorrido con The Wanderer (El caminante), una obra producida poco después del inicio de la invasión a gran escala en Ucrania por parte de Rusia, según detalla la información de la muestra. En ella, Khimei, de 34 años, y Malashchuk, de 33 años, utilizan sus cuerpos para escenificar los cadáveres de los soldados rusos que se confunden con el paisaje de la segunda cordillera más larga de Europa.

La línea entre realidad y ficción en su trabajo "es irrelevante", según afirman los artistas. Actualmente, "no basta solo con documentar", apuntan, porque la realidad que les gustaría representar "ya no existe". Quieren alejarse de "las explosiones en plena calle o restos humanos visibles" porque "eso se ha convertido en algo normal", detallan. En este contexto, los artistas refuerzan la puesta en escena de lo común: "Hay que filmar una escena normal, un accidente normal. De modo que eso se convierta en un gesto surrealista", explican. En ningún momento la brutalidad es protagonista.

Khimei y Malashchuk presentan además un ciclo de cine en la Filmoteca Española los días 3, 10 y 17 de junio, un diálogo entre sus cortometrajes y películas de la vanguardia ucraniana, según informaron a EL PAÍS. "En la exposición, aunque no se vea, hay dolor. Es muy sutil", cuentan ambos durante su reciente visita a Madrid.

Ese dolor se manifiesta en su segunda pieza, Open World (Mundo abierto), una videoinstalación que articula códigos del videojuego con recursos del cine documental. En dos pantallas, una que alcanza el techo y otra más pequeña, el espectador sigue a un joven ucraniano desplazado mientras teledirige un perro robot de uso militar. Con él recorre las calles y los lugares de su infancia. "No hay violencia", solo un objeto usado para ese fin, explican los artistas. "Pero hay sufrimiento debido a la distancia, por no poder volver a casa", sentencian. Casi 20 minutos en bucle de "violencia invisible".

Ese patrón se repite en las cuatro instalaciones, en las que ambos artistas huyen de la idea "de tener que decirle al espectador qué sentir", pero sí insisten en "hacerlo parte de la historia". En la tercera instalación audiovisual, seis canales y pantallas de diferentes tamaños envuelven al espectador. La obra, marcada por el silencio, presenta a niños y niñas de Ucrania mientras duermen. Lejos de la aparente quietud de esas imágenes, esos son algunos de los más de 20.000 casos documentados de menores trasladados a la fuerza a territorio ruso y después devueltos a su país de origen, según explican los artistas. De allí el nombre de esta pieza: You Shouldn't Have to See This (No deberías tener que ver esto).

"Los asistentes están metidos en la conversación. No están desconectados, como puede que te pase con tu dispositivo", argumentan los artistas. Esta tercera instalación sitúa al espectador en el terreno complejo de ser testigo, en un espacio en el que convergen la empatía, la responsabilidad y la reflexión. "Es una buena oportunidad para hablar y hacerlo desde una perspectiva diferente, no desde el feed de noticias. Las imágenes en movimiento suelen crear esa distancia entre el espectador y lo que ocurre. Esa distancia es la que queremos cuestionar, quizá no para reducirla, sino para desafiarla. Desafiar la guerra a distancia", explican.

Aunque el título Pedagogías de guerra sugiere que algo se puede aprender del conflicto, Khimei y Malashchuk recuerdan que "el arte no enseña nada". Sin embargo, sí puede ser una herramienta para hacerlo. "Esta exposición trata de un aprendizaje, pero no a través de información concreta", afirman. Los datos duros, dicen, como "cuántas personas sufren, o lo terrible que es que Rusia haya matado o destruido esto y aquello, ya sale en las noticias", lamentan.

Su pedagogía es la de "un carnaval", según explican: "La guerra empuja a desempeñar roles muy estrictos: eres soldado o civil, estás muerto o vivo". Ambos aseguran que con la expresión artística "se puede adoptar otro rol, durante un breve instante, como en una fiesta". "Eso te aporta el conocimiento de algo nuevo y fresco", afirman. Al final, "es lo que te permite el arte, un gesto que te libera de algo". En el caso de ellos: de la presión de la guerra.

La obra que cierra la muestra resume mejor su ideología, según los artistas. We Didn't Start This War (Nosotros no empezamos esta guerra), cuyo título hace referencia a una frase que la sociedad ucraniana repite constantemente, presenta tres escenas "normales" de la vida cotidiana en las calles de Kiev, con una calma inesperada. De pronto, y de manera simultánea, ocurren tres incidentes: un hombre resbala en un desnivel, otro es arrollado en un paso de peatones y un tercero, que duerme, comienza a toser. "Vivimos en un estado de emergencia constante", aseguran. "Resulta difícil ver las cosas simples". Por eso, ambos artistas quieren reflexionar sobre "la falta de aburrimiento y de normalidad". Porque, repiten, "en lo sencillo encuentras la felicidad".

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Roman Khimei y Yarema Malashchuk presentan hasta el 21 de junio en el Museo Thyssen de Madrid la exposición Pedagogías de guerra, cuatro instalaciones audiovisuales que muestran cómo la violencia se infiltra en lo cotidiano de Ucrania, un país que atraviesa su cuarto año de invasión rusa. Los artistas buscan alejarse de las imágenes de explosiones y muerte que dominan las noticias para mostrar "lo mundano y aburrido", ese "tiempo entre explosiones" que las coberturas mediáticas describen con dificultad, según explicaron a EL PAÍS durante su visita a Madrid.

2 jun 2026
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La guerra en Ucrania se ha convertido en una imagen constante en pantallas y algoritmos de millones de personas, pero Roman Khimei y Yarema Malashchuk quieren que el mundo se detenga a mirar la otra vida, esa que transcurre en su Kiev natal entre los bombardeos, según explicaron ambos artistas a EL PAÍS. Su exposición Pedagogías de guerra, que puede visitarse hasta el 21 de junio en el Museo Thyssen de Madrid, está compuesta por cuatro instalaciones audiovisuales que reflexionan sobre cómo la violencia se infiltra y reconfigura lo cotidiano en Ucrania, un país sumergido en su cuarto año de invasión rusa.

"Cuando todo es caos, la realidad es surrealista", explican los artistas. Esta teoría se comprueba al entrar a la primera parte de la exposición, donde lo que más irrumpe en la lógica de una muestra sobre la guerra es precisamente el silencio. La calma de la naturaleza y el sonido ambiente de los Cárpatos abren el recorrido con The Wanderer (El caminante), una obra producida poco después del inicio de la invasión a gran escala en Ucrania por parte de Rusia, según detalla la información de la muestra. En ella, Khimei, de 34 años, y Malashchuk, de 33 años, utilizan sus cuerpos para escenificar los cadáveres de los soldados rusos que se confunden con el paisaje de la segunda cordillera más larga de Europa.

La línea entre realidad y ficción en su trabajo "es irrelevante", según afirman los artistas. Actualmente, "no basta solo con documentar", apuntan, porque la realidad que les gustaría representar "ya no existe". Quieren alejarse de "las explosiones en plena calle o restos humanos visibles" porque "eso se ha convertido en algo normal", detallan. En este contexto, los artistas refuerzan la puesta en escena de lo común: "Hay que filmar una escena normal, un accidente normal. De modo que eso se convierta en un gesto surrealista", explican. En ningún momento la brutalidad es protagonista.

Khimei y Malashchuk presentan además un ciclo de cine en la Filmoteca Española los días 3, 10 y 17 de junio, un diálogo entre sus cortometrajes y películas de la vanguardia ucraniana, según informaron a EL PAÍS. "En la exposición, aunque no se vea, hay dolor. Es muy sutil", cuentan ambos durante su reciente visita a Madrid.

Ese dolor se manifiesta en su segunda pieza, Open World (Mundo abierto), una videoinstalación que articula códigos del videojuego con recursos del cine documental. En dos pantallas, una que alcanza el techo y otra más pequeña, el espectador sigue a un joven ucraniano desplazado mientras teledirige un perro robot de uso militar. Con él recorre las calles y los lugares de su infancia. "No hay violencia", solo un objeto usado para ese fin, explican los artistas. "Pero hay sufrimiento debido a la distancia, por no poder volver a casa", sentencian. Casi 20 minutos en bucle de "violencia invisible".

Ese patrón se repite en las cuatro instalaciones, en las que ambos artistas huyen de la idea "de tener que decirle al espectador qué sentir", pero sí insisten en "hacerlo parte de la historia". En la tercera instalación audiovisual, seis canales y pantallas de diferentes tamaños envuelven al espectador. La obra, marcada por el silencio, presenta a niños y niñas de Ucrania mientras duermen. Lejos de la aparente quietud de esas imágenes, esos son algunos de los más de 20.000 casos documentados de menores trasladados a la fuerza a territorio ruso y después devueltos a su país de origen, según explican los artistas. De allí el nombre de esta pieza: You Shouldn't Have to See This (No deberías tener que ver esto).

"Los asistentes están metidos en la conversación. No están desconectados, como puede que te pase con tu dispositivo", argumentan los artistas. Esta tercera instalación sitúa al espectador en el terreno complejo de ser testigo, en un espacio en el que convergen la empatía, la responsabilidad y la reflexión. "Es una buena oportunidad para hablar y hacerlo desde una perspectiva diferente, no desde el feed de noticias. Las imágenes en movimiento suelen crear esa distancia entre el espectador y lo que ocurre. Esa distancia es la que queremos cuestionar, quizá no para reducirla, sino para desafiarla. Desafiar la guerra a distancia", explican.

Aunque el título Pedagogías de guerra sugiere que algo se puede aprender del conflicto, Khimei y Malashchuk recuerdan que "el arte no enseña nada". Sin embargo, sí puede ser una herramienta para hacerlo. "Esta exposición trata de un aprendizaje, pero no a través de información concreta", afirman. Los datos duros, dicen, como "cuántas personas sufren, o lo terrible que es que Rusia haya matado o destruido esto y aquello, ya sale en las noticias", lamentan.

Su pedagogía es la de "un carnaval", según explican: "La guerra empuja a desempeñar roles muy estrictos: eres soldado o civil, estás muerto o vivo". Ambos aseguran que con la expresión artística "se puede adoptar otro rol, durante un breve instante, como en una fiesta". "Eso te aporta el conocimiento de algo nuevo y fresco", afirman. Al final, "es lo que te permite el arte, un gesto que te libera de algo". En el caso de ellos: de la presión de la guerra.

La obra que cierra la muestra resume mejor su ideología, según los artistas. We Didn't Start This War (Nosotros no empezamos esta guerra), cuyo título hace referencia a una frase que la sociedad ucraniana repite constantemente, presenta tres escenas "normales" de la vida cotidiana en las calles de Kiev, con una calma inesperada. De pronto, y de manera simultánea, ocurren tres incidentes: un hombre resbala en un desnivel, otro es arrollado en un paso de peatones y un tercero, que duerme, comienza a toser. "Vivimos en un estado de emergencia constante", aseguran. "Resulta difícil ver las cosas simples". Por eso, ambos artistas quieren reflexionar sobre "la falta de aburrimiento y de normalidad". Porque, repiten, "en lo sencillo encuentras la felicidad".

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