

Un equipo de investigadores de la Universidad Estatal de Utah ha refutado afirmaciones previas sobre la intensidad del efecto que tuvo la reintroducción de lobos grises en el Parque Nacional Yellowstone de Estados Unidos. Según el nuevo análisis, el aumento en la densidad de árboles jóvenes fue de 17,5 veces en lugar de las 152 veces reportadas inicialmente, debido a errores metodológicos en el estudio original publicado en julio de 2025.
El caso de Yellowstone ha sido durante décadas un ejemplo clásico en la enseñanza de las cascadas tróficas, un concepto ecológico que describe cómo los depredadores superiores influyen en todo un ecosistema. Sin embargo, la magnitud real de este fenómeno está ahora bajo escrutinio científico.
La historia comienza con la eliminación de los lobos del parque, lo que provocó un aumento descontrolado en la población de alces. Sin depredadores naturales que mantuvieran sus números bajo control, estos herbívoros comenzaron a sobrepastorear los árboles jóvenes, especialmente los álamos temblones (Populus tremuloides) que definían el paisaje de Yellowstone, según explica la fuente.
A medida que los árboles maduros alcanzaban el final natural de sus vidas sin nuevos ejemplares que los reemplazaran, el paisaje cambió dramáticamente. Especies que dependían de los álamos maduros, como castores y aves que anidan en cavidades, quedaron sin hábitat. Sin lobos, el ecosistema se estaba desmoronando, según el reporte.
Tras décadas de campañas, una población de lobos grises proveniente del Parque Nacional Jasper en Canadá fue introducida en Yellowstone en 1995, con la esperanza de que su presencia restaurara el bosque a su antigua gloria.
En julio de 2025, un equipo de científicos liderado por el ecólogo Luke Painter de la Universidad Estatal de Oregón anunció que la reintroducción de lobos grises había desencadenado una cascada trófica sorprendentemente fuerte en comparación con escenarios similares en otros ecosistemas, según la fuente. Esta investigación se basó en mediciones de campo de grupos de álamos y su altura, asumiendo que los árboles más altos que cierta medida estaban relativamente a salvo del pisoteo de herbívoros en términos de supervivencia a largo plazo.
Ahora, un equipo separado de científicos liderado por el ecólogo de vida silvestre Daniel MacNulty de la Universidad Estatal de Utah ha cuestionado esa investigación, publicando su refutación en la misma revista que Painter y su equipo: Forest Ecology and Management, según el reporte.
Los investigadores plantearon críticas inicialmente en una carta al editor de una revista diferente en noviembre de 2025, pero ahora han presentado un artículo completo sobre el asunto.
"Painter y colaboradores afirman que la recuperación de grandes carnívoros en el Parque Nacional Yellowstone ha producido una cascada trófica fuerte en comparación con otros sistemas, citando un aumento de 152 veces en la densidad de árboles jóvenes de álamo y un reclutamiento generalizado de nuevos árboles", escriben MacNulty y su equipo, según la fuente. "Mostramos que estas conclusiones exageran sustancialmente la fuerza de la cascada debido a fallas metodológicas e interpretativas clave".
MacNulty y su equipo señalan que la densidad base de árboles en el conjunto de datos de Painter fue calculada incorrectamente. Esto significa que el aumento reportado de 152 veces en la densidad de árboles jóvenes de álamo, observado entre 1998 y 2021, es en realidad más cercano a un aumento de 17,5 veces, según el análisis.
También hubo otros problemas con el análisis de datos. Tratar las mediciones de los mismos grupos de árboles como si fueran muestras independientes, por ejemplo, resultó en un tamaño de efecto enormemente exagerado, afirman MacNulty y su equipo, según la fuente.
Los investigadores también señalan que el uso de métricas basadas en promedios por parte de Painter resultó en que una pequeña minoría de parcelas influyera desproporcionadamente en los resultados, y que la presencia de uno o dos tallos altos dentro de una parcela no es evidencia de reclutamiento generalizado de árboles, como se reportó.
"Finalmente, sus suposiciones de que los tallos de dos metros o más han escapado del ramoneo, y que la reducción del ramoneo por sí sola impulsa el crecimiento en altura, son contradichas por datos a largo plazo" que muestran ramoneo sustancial por encima de esas alturas, escriben MacNulty y su equipo, según la fuente.
Los científicos tienen cuidado de señalar que esta crítica no socava la importancia de los grandes depredadores en los ecosistemas, sino que destaca la importancia del rigor científico cuando se trata de estudiar un tema tan complejo como un ecosistema.
"Los efectos de los depredadores en Yellowstone son reales pero dependientes del contexto, y las afirmaciones fuertes requieren evidencia fuerte", dijo MacNulty en un comunicado de prensa anterior, según la fuente.
No hay duda de que la reintroducción de lobos tuvo un impacto en la recuperación forestal en curso de Yellowstone; simplemente no es tan fuerte como el equipo de Painter reportó originalmente, según el análisis.
"La evidencia respalda la ocurrencia de una cascada trófica en Yellowstone, pero no la magnitud de fuerza afirmada", concluyen MacNulty y su equipo en su última correspondencia, según la fuente.
"La evaluación precisa de la fuerza de la cascada trófica en Yellowstone es vital para garantizar que este sistema icónico informe de manera confiable la comprensión ecológica y la práctica de restauración", añaden los investigadores.
Este intercambio científico representa un ejemplo de la ciencia en acción: un debate saludable que ayuda a avanzar o refinar la comprensión a medida que la evidencia evoluciona o es reanalizada. Aunque este tipo de crítica puede ser difícil de aceptar, es fundamental para el progreso del conocimiento científico, según explica la fuente.
El caso de Yellowstone sigue siendo relevante para la educación en biología y la gestión de ecosistemas, pero ahora con una comprensión más matizada de la magnitud real de los efectos de la reintroducción de depredadores. La lección principal permanece: los grandes depredadores son importantes para la salud de los ecosistemas, pero la medición precisa de su impacto requiere metodologías rigurosas y análisis cuidadosos.