Ecuador ha permanecido 846 días en estado de excepción durante los últimos dos años y medio, con siete toques de queda decretados por el presidente Daniel Noboa que han restringido la movilidad de los ciudadanos durante 272 días, según reporta El País. A pesar de estas medidas, el país registró en 2025 su año más violento con más de 50 homicidios por cada 100.000 habitantes, mientras la población normaliza rutinas de autoprotección y convive con balaceras, robos constantes y una sensación permanente de inseguridad.
Ecuador atraviesa su séptimo toque de queda desde que el gobierno de Daniel Noboa asumió el poder, consolidando lo que expertos y ciudadanos describen como una "nueva normalidad" marcada por restricciones permanentes a la movilidad y una violencia que no cede, según información de El País.
En dos años y medio, el país sudamericano ha estado 846 días en estado de excepción, casi el mismo tiempo que Noboa lleva en el poder, según el medio español. Durante este periodo, el presidente ha restringido por 272 días la libre movilidad de la población, decretando siete toques de queda que el gobierno mantiene como su principal estrategia para enfrentar la violencia.
Para las autoridades ecuatorianas, el supuesto éxito de la iniciativa se mide en personas detenidas: en los 15 días del toque de queda de marzo pasado se aprehendió a 1.283 personas por infringir la medida y se contuvieron los homicidios casi un 30% durante la madrugada, según datos oficiales citados por El País.
En las nueve provincias y cuatro ciudades donde rige el último toque de queda, la vida cotidiana se ha transformado radicalmente. El transporte público comienza a circular más tarde, obligando a modificaciones en horarios escolares y laborales. En Quito, por ejemplo, los colegios han tenido que flexibilizar su horario de entrada, según el reporte.
La prohibición de movilizarse entre las 23.00 y las 05.00 horas ha golpeado directamente al comercio nocturno, los servicios de logística y el transporte de carga, que operan precisamente en ese horario. Durante el día, los camiones tienen prohibido circular por las zonas urbanas en la mayoría de las ciudades. Desde la implementación de la medida, muchos transportistas que viajan hacia Pichincha —la única provincia andina bajo toque de queda— se quedan varados en la frontera de esa zona y deben dormir en los tráilers, expuestos al riesgo de la carretera, según El País.
Vanesa Cervantes, residente de uno de los barrios más peligrosos de Guayaquil a orillas del estero Salado, describe una realidad donde las balaceras ocurren a cualquier hora, los robos son constantes y la tensión nunca permite bajar la guardia. Para ella, la vida en el barrio se traduce en una sola regla: no ver, no escuchar, no hablar con nadie, según declaró al medio español.
"Los buses pasan casi una hora más tarde del horario y hay que pelear por un puesto para subir, porque todos vamos tarde al trabajo", explicó Cervantes, quien además debe incurrir en gastos inesperados en taxis para llegar a tiempo. Los toques de queda, dice, no han significado más seguridad. Nunca ve patrullas militares o policiales rondando por las calles de su barrio.
Cervantes ha desarrollado estrategias de supervivencia cotidiana. Los días 15 y 30 de cada mes, cuando las empresas pagan salarios, no carga objetos de valor. "Los ladrones saben que ese día quienes trabajamos recibimos nuestro sueldo, así que son los peores días para estar en la calle o subirse en un bus con dinero o el teléfono", describió. Deja todo en casa y apenas lleva consigo una mochila liviana con alguna camiseta o billetera vacía, porque incluso no tener nada que entregar puede provocar que los criminales se alteren y se tornen violentos, según su testimonio.
La socióloga Natalia Sierra considera que esa "normalización" es producto del agotamiento de la población, no solo por la violencia de los grupos criminales, sino también por una violencia estatal. "Tiene que ver con una estrategia inconsciente de resistir; si no lo hacemos así, si vivimos conscientemente esta presión de violencia, puede llevarnos a una crisis psiquiátrica", explicó la experta a El País.
"Hemos normalizado un estado permanente de vigilancia", dijo Sierra. "La ansiedad de caminar mirando hacia atrás, comprobar a cada rato si alguien nos sigue, tocar el bolso para asegurarse de que sigue ahí. Vivimos atentos a cada movimiento. Y cuando eso se vuelve cotidiano, lo que realmente se normaliza es la violencia", añadió.
En los últimos cinco años, la violencia en Ecuador creció de manera abrupta. El país pasó de tener una de las tasas de homicidios más bajas de América Latina a superar los 50 crímenes por cada 100.000 habitantes en 2025, el año más violento de su historia, según El País.
Este repunte coincide con un contexto regional en el que la inseguridad y la violencia presionan a los gobiernos latinoamericanos a implementar medidas más duras. Al mismo tiempo, la política antidrogas de Washington ha encontrado en el gobierno de Noboa un aliado estratégico. Entre las operaciones conjuntas más controvertidas están los ataques aéreos y marítimos en aguas ecuatorianas, según el medio español.
En lo que va de 2026, pescadores de tres embarcaciones han denunciado que fueron bombardeados por drones y capturados por "gringos". Los ataques han dejado 38 supervivientes y ocho desaparecidos, según El País. El gobierno de Ecuador no ha negado que Estados Unidos esté realizando operativos en aguas ecuatorianas, pero tampoco ha confirmado los bombardeos.
Para Sierra, en Ecuador no existe un plan de país sobre qué tipo de seguridad se busca. "El miedo es un dispositivo de control. Moviliza a las personas hacia donde el poder quiere, para ejecutar proyectos de su interés. Porque el miedo paraliza, y parte de eso es la normalización de la violencia", añadió la socióloga.
Cervantes ya ni se interesa en los resultados del séptimo toque de queda impuesto en los últimos años. Tampoco cree que esta vez le devuelva la tranquilidad que alguna vez tuvo. Sobre todo porque, en la primera semana desde que empezó la medida, no ha pasado un solo día sin que el silencio del encierro se rompa abruptamente en varios barrios de Guayaquil por balaceras después de las 5.00 de la mañana, justo cuando se levanta el toque de queda, según su testimonio a El País. La rutina de miedo y alerta nunca descansa.