

La reciente masacre en El Fasher, donde las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) ejecutaron a cientos de civiles, evidencia la escalada de un conflicto que ha cobrado más de 150.000 vidas en dos años y medio. Lejos de ser una simple guerra civil, la crisis sudanesa se ha convertido en un complejo entramado de intereses locales, nacionales, regionales y geopolíticos, donde potencias extranjeras como Emiratos Árabes Unidos, Egipto, Arabia Saudita y Rusia juegan un papel determinante en la prolongación del conflicto.
Lo que comenzó como una lucha de poder entre dos generales sudaneses se ha transformado en un conflicto multidimensional que amenaza con desintegrar el país mientras potencias extranjeras compiten por influencia y recursos en una región estratégica.
Según el Instituto Egmont, el conflicto en Sudán se libra simultáneamente en cuatro niveles diferentes. A nivel local, diversos actores como aldeas, grupos étnicos y clanes se enfrentan por tierra, agua y rutas comerciales. A nivel nacional, la lucha se centra en la ideología, la identidad y el control del estado y sus recursos. Regionalmente, los países vecinos intervienen basándose en sus propios intereses de seguridad y poder. Y a nivel geopolítico, Sudán forma parte de una competencia más amplia entre bloques de poder del Golfo por el acceso al oro, puertos y corredores estratégicos.
"Sudan no es una única guerra: es un enredo de conflictos que se refuerzan mutuamente, haciendo cada vez más difícil entenderlo, y mucho menos detenerlo", según el análisis del Instituto Egmont.
El conflicto principal enfrenta a dos generales: Abdel Fattah al-Burhan, líder del ejército nacional (SAF), contra Mohamed Hamdan "Hemedti" Dagalo, jefe de las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF). Tras la caída de El Fasher, las RSF controlan prácticamente todo Darfur y ahora apuntan hacia Kordofán, donde se encuentran oleoductos, silos de grano, depósitos de combustible y rutas de suministro cruciales hacia Jartum.
"Quien controle Kordofán puede estrangular económicamente al resto de Sudán y/o acelerar la división administrativa del país", advierte el Instituto Egmont.
**La influencia extranjera: un factor determinante**
La participación de potencias extranjeras ha complicado aún más el panorama. CNN informa que Emiratos Árabes Unidos (EAU), Arabia Saudita, Egipto y Rusia han sido acusados por expertos, organizaciones de derechos humanos y varios gobiernos occidentales de intentar influir en el conflicto mediante el suministro de armas, apoyo financiero y logístico, y respaldo diplomático.
Emiratos Árabes Unidos ha sido repetidamente señalado como proveedor de armas para las RSF de Dagalo. "Expertos y activistas de derechos humanos han rastreado armas encontradas en Darfur hasta los EAU, y bajo la administración Biden, Estados Unidos —un aliado clave de los EAU— ha establecido vínculos entre varias empresas con sede en el país del Golfo y los rebeldes de las RSF", según CNN.
Aunque los EAU han negado vehementemente estas acusaciones, un panel de expertos designado por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas las calificó de "creíbles" el año pasado. La semana pasada, el Comité de Relaciones Exteriores del Senado de EE.UU. pidió que las RSF fueran designadas oficialmente como organización terrorista y afirmó que "patrocinadores extranjeros", incluidos los EAU, han "alimentado y se han beneficiado del conflicto".
Khalil al-Anani, profesor de política e investigador visitante en el Centro de Estudios Árabes Contemporáneos de la Universidad de Georgetown, explicó a CNN que los EAU están involucrados en Sudán "principalmente por objetivos económicos —para controlar su riqueza natural, incluida la agricultura y el oro", pero también porque "no quieren ver una transición democrática exitosa en Sudán".
"Esto encaja en su campaña regional más amplia contra los movimientos de la Primavera Árabe; durante más de una década, (los EAU) han sido un patrocinador principal de las fuerzas contrarrevolucionarias en todo el mundo árabe", añadió al-Anani.
Por su parte, Egipto ha apoyado claramente a al-Burhan y las SAF, proporcionándoles respaldo diplomático. El Ministerio de Relaciones Exteriores egipcio expresó específicamente su "compromiso con la soberanía de Sudán, la integridad territorial y el papel vital de sus instituciones nacionales, particularmente las Fuerzas Armadas Sudanesas".
Como vecino inmediato, Egipto tiene múltiples razones para interesarse en el futuro de Sudán, incluyendo preocupaciones de seguridad nacional, particularmente las implicaciones de la inestabilidad de Sudán en el río Nilo, "la línea de vida de Egipto", según al-Anani. Además, Egipto teme "las consecuencias humanitarias de la guerra: la afluencia de decenas de miles de refugiados sudaneses ha añadido presión a una economía ya frágil".
Arabia Saudita, aunque mantiene una neutralidad aparente y copatrocina esfuerzos de mediación con Estados Unidos, ha brindado sutilmente apoyo diplomático a al-Burhan y sus SAF. El país ha dejado claro que ve a Sudán como su vecino inmediato y su principal esfuerzo ha sido mantener la estabilidad a lo largo del Mar Rojo, un canal comercial clave para los planes económicos del Primer Ministro y Príncipe Heredero Mohammed bin Salman.
Rusia, por su parte, ha sido acusada por Estados Unidos de "jugar a ambos lados del conflicto para avanzar en sus propios objetivos políticos egoístas a expensas de vidas sudanesas". CNN ha informado previamente que el grupo mercenario Wagner estaba suministrando misiles a las RSF a través de Siria, Libia y la República Centroafricana.
**Un país fragmentado**
El resultado de estas intervenciones y del conflicto interno es que partes de Sudán ya funcionan casi como estados independientes. "Darfur está de facto bajo control de las RSF. Grandes partes del Valle del Nilo y el norte están bajo la autoridad de las SAF. En otras regiones periféricas, movimientos armados controlan su propio territorio. En papel, Sudán sigue siendo un país, pero en realidad se parece cada vez más a un archipiélago de mini-estados en competencia", señala el Instituto Egmont.
El jueves, ante la creciente presión internacional por la masacre reportada en Darfur, las RSF dijeron haber acordado entrar en una tregua humanitaria propuesta por cuatro países conocidos como el Cuarteto: Estados Unidos, Emiratos Árabes Unidos, Egipto y Arabia Saudita. Un portavoz del Departamento de Estado de EE.UU. dijo que el país continúa dialogando directamente con las RSF y las Fuerzas Armadas Sudanesas (SAF) "para facilitar una tregua humanitaria".
**Perspectivas sombrías**
A pesar de estos esfuerzos diplomáticos, las perspectivas para la paz son sombrías. "La única esperanza reside en las conversaciones de paz en Estados Unidos, en las que también participan los Emiratos, Egipto y Arabia Saudita. Pero aquí también hay motivos para el pesimismo", advierte el Instituto Egmont.
La influencia de EE.UU. en la región ha disminuido considerablemente, y Washington sabe que los Emiratos están armando a las RSF, pero no interviene. "La relación con Abu Dhabi es demasiado valiosa estratégicamente, tanto militar como económicamente. Washington prefiere mirar hacia otro lado antes que alienar a un proveedor clave de drones, petróleo e inversiones", explica el Instituto.
"La era en la que los actores internacionales intervenían en conflictos sangrientos por razones humanitarias ha terminado. La idea de una 'responsabilidad de proteger' parece olvidada y enterrada. Las misiones de mantenimiento de la paz ya parecen algo de un pasado distante", añade.
Selma el Obeid, investigadora independiente que ha estudiado la situación en Sudán y la región durante más de una década, señaló que la cooperación militar entre los EAU y las RSF va mucho más allá de las transferencias de armas. "Para los EAU, lo más importante es obtener (acceso a) la milicia RSF, para poder usarla en otros lugares", dijo a CNN.
Al-Anani afirmó a CNN que cree que "no hay actor neutral en el conflicto sudanés". "Cada parte tiene sus propios objetivos e interviene para perseguir sus intereses. Controlar (Sudán) significa tener influencia sobre toda la región subsahariana", explicó.
Los años de horrible violencia han debilitado a Sudán, sumiendo a sus instituciones en el caos y haciendo a su población más vulnerable y más pobre. Todo eso, según al-Anani, lo hace propicio para la explotación por potencias extranjeras.
"Las guerras no terminan mientras sigan produciendo ganancias. Y en Sudán, la guerra ciertamente produce ganancias: económica, militar, geopolíticamente —local, regional e internacionalmente. El resultado es una guerra que continúa alimentándose a sí misma. Pero las ganancias van solo a las partes en conflicto. Los civiles pagan el precio, y su sufrimiento se está volviendo casi imposible de expresar con palabras, mientras el mundo sigue mirando hacia otro lado", concluye el Instituto Egmont.