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Guerra entre Estados Unidos e Irán se estanca tras dos semanas de ofensiva conjunta con Israel

La ofensiva militar lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán hace dos semanas ha entrado en un callejón sin salida, según expertos en política internacional. La operación, que comenzó tras un "pálpito" del presidente Donald Trump, ha dejado más de 2.000 muertos, provocado una crisis económica global por el cierre del estrecho de Ormuz y generado dudas sobre la viabilidad de sus objetivos iniciales de cambio de régimen en Teherán.

INTERNACIONAL15 MAR 2026

La guerra iniciada por Estados Unidos e Israel contra Irán el pasado 1 de marzo ha derivado en una situación de estancamiento militar y crisis geopolítica, según análisis de expertos consultados por El País. La ofensiva, que cumple dos semanas y un día, ha generado consecuencias imprevistas que van desde el cierre del estrecho de Ormuz hasta la caída de los mercados bursátiles y el aumento del precio del petróleo.

La periodista del New Yorker Susan Glasser señala que la "reticencia" del presidente Trump a comentar el conflicto en su red social Truth puede deberse a que está cansado del tema, prefiere no mencionar sus contradicciones tras años prometiendo no meter a Estados Unidos en un nuevo conflicto en Oriente Próximo, o porque le resulta complicado abordar el asunto sin mencionar los precios disparados de la gasolina, la caída de la Bolsa y la caótica situación geopolítica desatada, según El País.

"Estamos ante una mezcla de objetivos estratégicos mal pensados, una completa incomprensión del contexto político de Irán y una previsión muy, muy pobre sobre la posible respuesta de Teherán", advierte Frederic Wehrey, experto en Oriente Próximo del laboratorio de análisis Carnegie en Washington, según declaraciones recogidas por el diario español.

Charles Kupchan, exasesor de Barack Obama e investigador del Consejo de Relaciones Exteriores, afirma que "esa falta de cálculo es la demostración de que en Estados Unidos no existe un Gobierno funcional, que elabora informes y debate, sino solo un grupo de personas en torno a un presidente que sigue sus instintos", según El País.

La ofensiva inicial fue fulminante y cumplió uno de los principales objetivos: matar al líder supremo de Irán, Alí Jameneí, según ha reconocido el propio Trump. Sin embargo, Danny Citrinowicz, experto israelí en Irán e investigador sénior del Instituto de Estudios de Seguridad Nacional de la Universidad de Tel Aviv, aseguró el pasado miércoles en un panel del think-tank Cato Institute que Jameneí era "la persona dentro del régimen iraní que estaba en contra de apresurarse a conseguir una bomba atómica". La actual guerra, por tanto, "acerca más a Irán a una bomba nuclear que a un acuerdo" con su hijo Mojtaba al mando, más próximo a la Guardia Revolucionaria, según Citrinowicz.

El ataque también eliminó a decenas de altos mandos de la República Islámica. Washington pensaba buscar en esa cantera a un sustituto más moderado como parte de una estrategia de "decapitación" de la cúpula de poder, similar a la ensayada en Venezuela, según El País.

La guerra ha dejado más de 2.000 muertos, sobre todo en Irán, entre ellos 175 en una escuela de primaria, en lo que apunta a otro error de cálculo del Pentágono, según el diario. Las bajas incluyen 13 militares estadounidenses y un número desconocido de israelíes debido a la censura castrense sobre esa información.

Según Wehrey, no contaron con la capacidad iraní de "agravar la crisis y de poner a Estados Unidos en una posición reactiva", sembrar el caos en la región, sumar a nuevos países al conflicto y provocar un cataclismo económico global, según El País.

El estrecho de Ormuz, por donde pasa el 20% del petróleo del mundo, se ha cerrado de facto debido a los ataques de Irán a buques en esa travesía, empujando el barril de crudo por encima de los 100 dólares antes de volver a caer a merced de los vaivenes de Trump, según el diario. El republicano lo mismo dice que Estados Unidos "ha ganado" que afirma que la tarea "aún no ha terminado".

Según una exclusiva de The Wall Street Journal citada por El País, el general Dan Caine, jefe del Estado mayor, avisó en varias reuniones previas a la guerra de que los informes de inteligencia llevaban tiempo calculando que Irán desplegaría minas, drones y misiles para cerrar el estrecho de Ormuz. Trump reconoció el riesgo pero siguió adelante, creyó que Teherán capitularía antes de llegar a ese extremo y que el Ejército estadounidense sería capaz de hacerse cargo de la crisis, según esa investigación periodística.

Washington lanzó el viernes pasado, cuando los mercados energéticos ya estaban cerrados, un ataque sobre Jarg, isla en la boca del estrecho en la que Irán concentra sus refinerías de crudo, según El País. Se trata de una escalada de consecuencias impredecibles que llevó al republicano a pedir el sábado en Truth que "China, Francia, Japón, Corea del Sur, el Reino Unido y otras naciones afectadas" envíen "buques de guerra" para mantener el paso abierto. La Guardia Revolucionaria iraní contestó con la amenaza de que "reducirá a cenizas" los activos de Estados Unidos en el Golfo si sus fuerzas no abandonan la región, según el diario.

Una pregunta sobre el ataque a Jarg, "joya de la corona" y una "línea roja" para la República Islámica, había enfadado al presidente de Estados Unidos horas antes de la operación militar en una entrevista radiofónica en la que avisó de que sus instintos decidirán cuándo ha llegado el momento de poner fin a la guerra. "Lo sentiré en mis huesos", dijo, según El País.

Además del instinto de Trump, al inicio de la ofensiva también contribuyeron los meses de insistencia del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, según el diario. Aquella madrugada de sábado en la que empezaron a caer las bombas sobre Irán, ambos líderes parecían en sintonía sobre el propósito del cambio de régimen en la República Islámica.

Dos semanas después, el propio Trump reconoció el viernes que los intereses de ambos países "pueden ser algo diferentes" y Netanyahu ha comenzado a modular el discurso, poniendo menos énfasis en el derrocamiento de los ayatolás y más en los objetivos puramente militares (los programas nuclear y balístico de Teherán) y la guerra paralela con la milicia libanesa Hezbolá, según El País.

El primer ministro israelí, con un tono duro en su última comparecencia ante la prensa el pasado miércoles, pareció preparar el terreno para un final abrupto de la guerra sin el prometido cambio de gobierno en Teherán. Volvió a subrayar que "al final depende" de que los iraníes tomen las calles. "¡Está en vuestras manos!", les dijo, según el diario. Todo acompañado de loas a la alianza con Trump ("hablamos casi a diario") y palabras grandilocuentes ("estamos en días históricos que quedarán grabados en los anales de Israel").

Israel aspira a un cambio de régimen o, en su defecto, a un debilitamiento y fragmentación apoyado en las minorías como las que ha promovido desde hace décadas en otros países de Oriente Próximo. El premio de consolación sería dañar seriamente las capacidades militares de Irán, con un ojo puesto ya en la próxima ronda bélica, según El País.

"Uno de los principales problemas desde el principio es que el Gobierno de Israel ha generado unas expectativas que no tenemos forma alguna de cumplir", aseguró recientemente en la televisión pública israelí Itamar Yaar, ex subdirector del Consejo de Seguridad Nacional y director ejecutivo de Comandantes por la Seguridad de Israel, según declaraciones recogidas por el diario. "¿Podemos acabar con Hezbolá? No. ¿Con Irán? Tampoco. Entonces estamos en una guerra de desgaste", añadió Yaar.

Con elecciones en octubre, Netanyahu necesita ahora vender de antemano como victoria una promesa incumplida. Su campaña en Irán no ha aumentado su popularidad, y su coalición de gobierno sigue en los sondeos por debajo de la oposición, según El País.

Según han crecido las dudas sobre la viabilidad del objetivo, lo han hecho también los mensajes sobre Líbano, con la gran derrota de Hezbolá como el potencial trofeo que se presenta esquivo en Irán, según el diario. El jefe del Estado Mayor israelí, Eyal Zamir, ha subrayado que Líbano "no es un escenario secundario" respecto a Irán, e Israel se prepara para lanzar una ofensiva masiva terrestre, según medios locales citados por El País. En las carreteras hacia el norte de Israel puede verse estos días trasiego de vehículos transportando blindados, excavadoras militares o grandes generadores eléctricos.

Netanyahu ve la guerra con Irán en términos personales, como una especie de Winston Churchill al que ha tocado salvar al pueblo judío en su conjunto y a todo el mundo libre frente al que llama "régimen malvado" de Teherán, tras haber debilitado a sus aliados, como Hezbolá, Hamás, los hutíes de Yemen o las distintas milicias en Irak. "Nosotros somos los buenos", dijo la semana pasada en una entrevista, según El País.

"Sigue siendo, en muchos sentidos, la guerra de Israel", señala el experto Wehrey según el diario. "Y el objetivo de Netanyahu es rehacer Oriente Próximo. Se siente envalentonado porque tienen a Trump de su lado. Es una relación de conveniencia mutua, entre individuos con temperamentos autoritarios muy parecidos, que ven al Ejército como una herramienta a su disposición. Así que no solo entran en juego los intereses nacionales, sino las dos personalidades", subrayó.

Para Trump, que ya está en su segundo mandato, es más un tema de legado. Kupchan cree que "busca pasar a la historia como el presidente que tuvo las agallas de acabar con una teocracia que amenaza a Estados Unidos y a la región desde 1979", cuando nació con la Revolución Islámica que tumbó al sah, aliado de Estados Unidos e Israel, según El País. Para dar la guerra por ganada, necesita ahora "presentar la reapertura del Estrecho de Ormuz y una afirmación creíble de que ha logrado sus objetivos" y que, si bien "la amenaza que representa Irán no ha sido erradicada", sí "reducida considerablemente", según Kupchan.

Entre tanto, al presidente de Estados Unidos se le amontonan los problemas en casa en un año electoral: en noviembre se celebran las elecciones de medio mandato, que renuevan toda la Cámara de Representantes y un tercio del Senado, según El País. Los republicanos del Congreso empiezan a perder los nervios sobre los efectos que una guerra duradera y carísima (11.300 millones de dólares ha costado en sus seis primeros días) puede tener en sus campañas y en los bolsillos de sus votantes, con el precio de la gasolina en máximos nunca vistos en cuatro años, según el diario. Algunos en el partido incluso se están atreviendo tímidamente a presionar a la Casa Blanca, más en privado que en público, tras 14 meses de poner al servicio del poder ejecutivo al Capitolio, donde tienen mayoría.

Dos ataques independientes, uno en Míchigan y otro en Virginia, resucitaron el pasado jueves los fantasmas de la onda expansiva de terrorismo que puede tener en Estados Unidos una guerra en Oriente Próximo, según El País. Un ciudadano libanés con varios familiares muertos bajo las bombas de Israel trató de provocar una matanza en una sinagoga a las afueras de Detroit, y un guardia de seguridad lo mató. A 1.200 kilómetros de allí, Mohamed Bailor Jalloh, que se declaró culpable en 2016 de proveer de material a ISIS, asesinó a un hombre en la universidad Old Dominion e hirió a otros dos antes de morir apuñalado, según el diario.

Tanto Trump como el secretario de Defensa Pete Hegseth restaron trascendencia a esos ataques, que siguen a un tiroteo en Texas el primer día de la guerra y a un atentado fallido en Nueva York la semana pasada, según El País. Se dedicaron en cambio a amenazar a medios como CNN y The New York Times por publicar informaciones que ponían en duda la planificación de la ofensiva en Irán. Para Hegseth, la noticia es otra, y así se lo dijo a los reporteros del Pentágono el viernes: que Estados Unidos ha alcanzado en estas dos semanas "15.000 objetivos" y reducido en un 90% los misiles iraníes y en un 95% sus drones, según el diario.

A diferencia de Israel, donde la apoya al menos un 91% de la población judía y todos los partidos parlamentarios (salvo los árabes), la aventura de Trump y Netanyahu arrancó con el apoyo popular más bajo de cualquier operación militar estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial, de acuerdo con las encuestas citadas por El País. El respaldo entre los suyos resiste: el 77% de los republicanos, según CNN. Un porcentaje que sube al 90% si esos republicanos se identifican como MAGA (Make America Great Again), a pesar de que algunos de sus líderes hayan criticado abiertamente a Trump por la ofensiva, de Tucker Carlson a Megyn Kelly, y de Joe Rogan a Marjorie Taylor Greene, según el diario.

La guerra enfrenta ahora a ambos líderes a la necesidad de redefinir objetivos o asumir un conflicto prolongado cuyas consecuencias económicas, políticas y de seguridad siguen siendo impredecibles. El cierre del estrecho de Ormuz representa el principal desafío inmediato, mientras que la posibilidad de que Irán acelere su programa nuclear bajo el nuevo liderazgo de Mojtaba Jameneí plantea interrogantes sobre si la operación habrá logrado sus objetivos estratégicos a largo plazo.

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