La popularidad de Putin se desmorona en Rusia mientras la guerra de Ucrania agota la economía
La aprobación del presidente ruso Vladímir Putin ha caído drásticamente en los últimos meses, descendiendo del 85% al 75% según encuestas del centro independiente Levada, mientras refinerías bombardeadas, racionamiento de combustible, reclutamientos forzosos y una crisis económica profunda golpean a la población rusa tras casi cinco años de guerra en Ucrania. Pese a este deterioro, tres de cada cuatro rusos aún aprueban su gestión y el régimen mantiene un control represivo que impide manifestaciones, aunque el Kremlin enfrenta un frágil equilibrio: el miedo que silenciaba a la sociedad se ha quebrado y muchos rusos hablan abiertamente sobre el impacto de la invasión en sus vidas.
Los indicadores de descontento en Rusia alcanzan niveles no vistos desde antes de la invasión de Ucrania en febrero de 2022. Apenas un 52% de los rusos cree que el país va en la dirección correcta, apenas dos puntos porcentuales más que en enero de 2022, según el centro de estudios sociológicos independiente Levada. Se trata de un porcentaje extraordinariamente bajo para un régimen que controla todos los medios de comunicación y presenta a su pueblo contra un supuesto enemigo común: Ucrania y Occidente.
Este índice de aprobación había permanecido por encima del 70% desde que Putin ordenó el ataque hasta que la crisis económica comenzó a notarse a finales de 2025. La caída de popularidad de Putin específicamente ha sido aún más pronunciada: descendió de un 85% al 75%, según otra encuesta de Levada. Aunque esta caída es llamativa, todavía está lejos de su punto más bajo histórico: el 59% de abril de 2020 durante los confinamientos por coronavirus, un suelo bajo incluso para un autócrata.
Los datos de Levada, con casi 40 años de historia, siguen estándares rigurosos en sus encuestas. A diferencia de otros centros, sus profesionales no realizan llamadas telefónicas ni detienen a gente al azar en la calle, sino que conducen entrevistas personales domicilio a domicilio. Su director, Alexéi Levinson, describe este proceso como "complejo y costoso", pero sostiene que "ha demostrado ser el más fiable en las ciudades y pueblos rusos". A pesar de que el Kremlin etiquetó a Levada como "agente extranjero", la imagen que proyectan sus encuestas se ve respaldada por los sondeos de las instituciones oficiales, con resultados incluso peores para Putin. Según VTsIOM, la agencia de sondeos del Kremlin, la aprobación de Putin se ha desplomado al 66,9% desde el pico del 79,2% que alcanzó en mayo de 2025, sufriendo en junio de este año su mayor caída porcentual en una semana desde 2018.
La acumulación de problemas ha erosionado el consenso que Putin logró al inicio de la invasión. Los rusos se unieron en torno a su bandera cuando comenzó el conflicto, pero esto ya no le sirve al Kremlin para tapar todos sus problemas tras cuatro años y medio de guerra. El descontento hacia las autoridades ha vuelto a los niveles previos a la invasión de Ucrania, cuando se acumulaban las quejas por la reforma de la edad de jubilación, la gestión del covid, la represión desatada tras la detención del disidente Alexéi Navalni en enero de 2021 y el propio cansancio de tres décadas de putinismo extendidas hasta 2036 gracias a enmiendas constitucionales realizadas en plena pandemia.
La crisis económica es profunda. El gasto militar y policial ronda el 40% del presupuesto ruso pese a que la crisis se ha hecho evidente desde 2025. El barril de petróleo ruso Urals, que incluye descuentos para compensar las sanciones, ha caído a unos 41 dólares a principios de julio, lejos de los 59 dólares que equilibran el presupuesto de este año. El déficit superó en junio el 2,5% del producto interior bruto frente al 1,6% previsto para todo el año. Los ingresos presupuestarios por petróleo y gas cayeron un 22,7% en el primer semestre, hasta los 3,66 billones de rublos, equivalentes a más de 40.000 millones de euros, según el Gobierno ruso. Reuters estima que las refinerías rusas han perdido un 25% de su capacidad productiva por los ataques ucranios.
Rusia, potencia petrolera mundial, ha comenzado a importar combustible de terceros países para paliar su escasez. En pleno periodo estival, el país enfrenta racionamiento de combustible, refinerías bombardeadas y gigantescas columnas de humo sobre las ciudades por todo el país. Andréi Kolésnikov, analista político de Rusia, advierte que "el presupuesto ya se ha sobrepasado, aunque a Putin parece importarle poco. El déficit seguirá creciendo, al igual que la falta de financiación para todo tipo de sectores y la intensificación de la presión fiscal".
Sin embargo, la merma de la capacidad bélica rusa no implica su colapso. Los ingresos por hidrocarburos solo representan un 20% de todo el presupuesto. Antón Barbashin, director del centro de análisis Riddle, sostiene que "esta crisis no llegará a ser un punto de inflexión; solo puede darse un punto de inflexión en la línea del frente". Barbashin añade que "los ataques ucranios están generando muchos problemas e incomodidades, pero no hay indicios de que los rusos responsabilicen a Putin". En su opinión, el presidente ruso "puede y va a imponer sus prioridades presupuestarias, y la situación se volverá cada vez más difícil, pero los recursos de la economía rusa aún no se han agotado. Ni mucho menos".
El costo humano de la guerra es devastador. Según una investigación de la BBC y el medio ruso prohibido Mediazona, han muerto 217.808 militares rusos hasta la fecha, aunque calculan que la cifra real llega a los 352.000 fallecidos. Como comparación, durante los confinamientos del coronavirus, Rusia sufrió un exceso de mortalidad de más de un millón de muertos, según estudios publicados por la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos y la revista científica Lancet. Aquella caída de popularidad preocupó al Kremlin hasta el punto de levantar prácticamente todas las restricciones contra la covid a cambio de ese exceso de mortalidad.
El reclutamiento militar se ha convertido en un punto crítico. El Kremlin optó por ofrecer salarios altos por alistarse al ejército tras su dramática movilización forzosa de 2022, uno de los momentos más tensos de la guerra. Sin embargo, hay indicios que apuntan a que su ritmo de reclutamiento ha caído por debajo de los 30.000 hombres al mes que alistaba hasta el año pasado. A mediados de junio saltaron las alarmas al saberse que muchos hombres estaban siendo llevados a la fuerza a centros de reclutamiento en Penza, a 500 kilómetros al este de Moscú. El comisario militar de la región, Andréi Surkov, declaró que no era una movilización, sino una serie de redadas "con el propósito de buscar a ciudadanos que evaden el registro militar o han abandonado sus unidades sin permiso".
Putin calificó su invasión de Ucrania como una "operación militar especial", pero su portavoz, Dmitri Peskov, asumió a principios de julio que esta ya es "una guerra" librada contra Occidente. Según la doctrina militar rusa, ese nuevo estatus podría implicar una mayor movilización, tanto en la industria como en el reclutamiento de tropas. Algunos expertos militares rusos han apuntado a que una movilización no alteraría la situación en el frente y además podría agravar los problemas de Rusia. Cuando el Kremlin acometió esta medida en 2022, cientos de miles de hombres se marcharon del país o se escondieron, y se desataron protestas que fueron rápidamente reprimidas por la policía.
Kolésnikov remarca que el cansancio de los rusos es hoy palpable y el Kremlin deberá calcular sus próximas medidas represivas para no sobrepasar unos niveles de irritación que todavía son tolerables para la población. "Una nueva movilización no solo destruiría el mercado laboral, sino también el contrato social del Kremlin con la población, que, tras cuatro años y medio de guerra, se niega a seguir pagando al Estado con la vida de sus hombres", advierte Kolésnikov. "Creo que las autoridades continuarán con su política de movilización latente y replicarán [en otras regiones] la experiencia de Penza", opina el experto.
A pesar del deterioro económico y la caída de popularidad, el régimen mantiene un control represivo que impide manifestaciones masivas. Refinerías bombardeadas, bloqueos de Internet, reclutamientos forzosos y crisis económica no han provocado protestas en Rusia y nadie las espera. Putin cuenta con un par de millones de agentes de seguridad a su servicio. En pleno apogeo de los cortes de Internet, una encuesta de Levada recogía en abril que un 72% de los rusos no veía ningún potencial para que la población salga a protestar y otro 8% no sabía qué contestar, mientras que solo un 20% creía posible una manifestación.
El porcentaje de rusos que veía posible una protesta apenas había crecido respecto al 14% registrado a finales de 2024, el momento más estable de la guerra, y seguía siendo bastante inferior al 42% de enero de 2021, que marcó un antes y un después en la represión rusa. Aquel mes comenzó la represión sistemática tras el arresto del disidente Alexéi Navalni, que falleció envenenado tres años después en prisión.
Otro resultado demoledor del sondeo era que solamente un 16% de los encuestados estaba dispuesto a unirse a unas hipotéticas protestas. El riesgo de manifestarse es muy alto: al menos 4.801 personas son hoy víctimas de la persecución política en Rusia, 2.175 se encuentran en prisión y muchas más han dejado atrás sus hogares por el exilio, según la organización de derechos humanos OVD-Info, declarada "extremista" por el Kremlin.
Las observaciones de Levada están en línea con resultados más recientes de los centros de sondeos oficiales, ya realizados en plena crisis del combustible. La agencia del Kremlin VTsIOM señala que un 18% de los rusos ve potencial para protestas y un 14% se sumaría a ellas, mientras FOM recoge que un 16% piensa que unas hipotéticas manifestaciones tendrían un seguimiento masivo frente al 44% que cree que serían pequeñas.
Sin embargo, la espiral de silencio que reinaba en Rusia, el miedo a ser marginado por manifestar una opinión, se ha quebrado este año. Muchos rusos hablan abiertamente con sus vecinos sobre el impacto de la invasión de Ucrania en sus vidas. El Kremlin apuesta por una guerra de desgaste con la confianza de que la sociedad ucraniana sucumbirá, pero los murmullos de su propio pueblo le obligan a calcular bien sus próximas medidas represivas, inevitables para proseguir con un conflicto que ya va por su quinto año y puede durar varios más.
"La escasez de combustible no representa un punto de inflexión, ya ha habido muchos antes, y la gente se está adaptando a esta crisis", afirma Andréi Kolésnikov. El portavoz Dmitri Peskov declaró a mitad de julio que "la situación está absolutamente bajo control, es predecible y existe el margen de seguridad necesario".
El ministro de Exteriores, Serguéi Lavrov, acabó el pasado 9 de julio con cualquier esperanza que tuvieran los ciudadanos rusos sobre una tregua próxima. "El presidente ha remarcado claramente que seguiremos trabajando para alcanzar los objetivos que estableció en su discurso de junio de 2024", afirmó Lavrov. Estos objetivos, además de incluir la ocupación completa de las regiones ucranias de Donetsk, Lugansk, Jersón y Zaporiyia, incluyen el desarme de Ucrania, su abandono por Occidente y la imposición de un régimen afín a Moscú.
Putin camina sobre un frágil equilibrio. La sociedad rusa, que durante años fue silenciada por el miedo, ha comenzado a cuestionar abiertamente el costo de la guerra. Aunque el régimen mantiene su control represivo y la mayoría de la población aún aprueba al presidente, los indicadores económicos se deterioran, los recursos se agotan y la población envejece bajo el peso de un conflicto sin fin aparente. El Kremlin deberá navegar cuidadosamente entre mantener su capacidad militar, sostener una economía en crisis y evitar que el descontento latente se transforme en una amenaza real para su poder.






