

La vacuna contra la viruela, el primer inmunizante desarrollado contra una enfermedad contagiosa, ha evolucionado desde su creación en 1796 por el médico británico Edward Jenner hasta convertirse en una herramienta fundamental que logró la erradicación global de la viruela en 1977, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).
La vacuna contra la viruela representa un hito histórico en la medicina preventiva. Desarrollada inicialmente a partir del virus de la viruela bovina (cowpox), esta vacuna demostró que la infección con un virus relativamente leve podía conferir inmunidad contra la mortal viruela humana, según datos históricos documentados.
Aunque la vacunación rutinaria contra la viruela ya no se realiza en la población general tras la erradicación de la enfermedad, la producción de la vacuna continúa con fines de investigación y como protección contra posibles amenazas de bioterrorismo, guerra biológica y viruela del mono (mpox), según indica la información disponible.
El término "vacuna" deriva de "vacca", la palabra latina para vaca, reflejando los orígenes de la vacunación contra la viruela. Edward Jenner se refería a la viruela bovina como "variolae vaccinae" (viruela de la vaca). Con el tiempo, los orígenes de la vacuna se volvieron confusos, especialmente después de que Louis Pasteur desarrollara técnicas de laboratorio para crear vacunas en el siglo XIX.
La vacuna contra la viruela ha pasado por varias generaciones de tecnología médica. Desde 1796 hasta la década de 1880, la vacuna se transmitía de una persona a otra mediante la vacunación de brazo a brazo. A partir de la década de 1840, la vacuna se mantuvo con éxito en ganado, y la vacuna de linfa de ternera se convirtió en la principal vacuna contra la viruela en la década de 1880.
Las vacunas de primera generación, cultivadas en la piel de animales vivos, fueron ampliamente distribuidas entre las décadas de 1950 y 1970 para erradicar la viruela. Las vacunas de segunda generación, cultivadas en membrana corioalantoidea o cultivos celulares para mayor pureza, se utilizaron en algunas áreas durante la campaña de erradicación. Las vacunas de tercera generación, basadas en cepas atenuadas de vaccinia, tuvieron un uso limitado antes de la erradicación de la viruela.
Las tres generaciones de vacunas están disponibles en reservas estratégicas. Las vacunas de primera y segunda generación contienen virus vaccinia vivo no atenuado y pueden causar efectos secundarios graves en un pequeño porcentaje de receptores, incluida la muerte en 1-10 personas por millón de vacunaciones. Las vacunas de tercera generación son mucho más seguras debido a los efectos secundarios más leves de las cepas atenuadas de vaccinia.
La administración de las vacunas de primera y segunda generación se realiza mediante múltiples punciones de la piel (escarificación) con una aguja bifurcada que contiene la solución de la vacuna. La piel debe limpiarse con agua en lugar de alcohol, ya que este último podría inactivar el virus vaccinia. La vacunación resulta en una lesión cutánea que se llena de pus y eventualmente forma una costra, lo que se conoce como "prendimiento" de la vacuna y demuestra inmunidad contra la viruela.
Entre las vacunas de tercera generación destacan la MVA (Vaccinia Ankara Modificada), desarrollada en Alemania Occidental mediante pases seriados, y la LC16m8, una cepa atenuada replicante de vaccinia fabricada por Kaketsuken en Japón. La MVA-BN (comercializada como Imvanex en la Unión Europea, Imvamune en Canadá y Jynneos en Estados Unidos) es una vacuna fabricada por Bavarian Nordic mediante el cultivo de MVA en cultivo celular. A diferencia de las vacunas replicantes, la MVA-BN se administra por inyección subcutánea y no resulta en un "prendimiento" de la vacuna.
La seguridad es una consideración importante con estas vacunas. La vaccinia es infecciosa, lo que mejora su eficacia, pero causa complicaciones graves para personas con sistemas inmunitarios comprometidos (por ejemplo, pacientes en quimioterapia y con SIDA), antecedentes de eczema, y mujeres embarazadas. Tampoco se recomienda para quienes viven con personas pertenecientes a estos grupos de riesgo.
Desde la erradicación de la viruela, la población no se vacuna rutinariamente contra esta enfermedad. La OMS mantuvo una reserva de 200 millones de dosis en 1980 para protegerse contra la reaparición de la enfermedad, pero el 99% de la reserva fue destruida a finales de la década de 1980 cuando la viruela no reapareció.
Tras los ataques del 11 de septiembre de 2001, muchos gobiernos comenzaron a reconstruir reservas de vacunas por temor al bioterrorismo. Varias compañías vendieron sus reservas de vacunas fabricadas en la década de 1970, y se reanudó la producción de vacunas contra la viruela. Las reservas de vacunas más nuevas deben recomprarse periódicamente ya que tienen fechas de caducidad, mientras que las vacunas de primera generación no tienen una fecha de caducidad especificada y permanecen viables indefinidamente en congelación profunda.
La historia de la inmunización contra la viruela se remonta a prácticas anteriores a la vacuna moderna. La variolación, un método para inducir inmunidad, se practicaba en África y China mucho antes de que la práctica llegara a Europa. En China, se soplaban costras de viruela pulverizadas por las narices de personas sanas, quienes desarrollaban un caso leve de la enfermedad y quedaban inmunes. Esta técnica tenía una tasa de mortalidad del 0,5-2,0%, considerablemente menor que la tasa de mortalidad del 20-30% de la enfermedad misma.
La variolación también se practicaba durante la segunda mitad del siglo XVII por médicos en Turquía, Persia y África. En 1714 y 1716, se presentaron dos informes sobre el método turco de inoculación a la Royal Society en Inglaterra. Lady Mary Wortley Montagu, esposa del embajador británico en Constantinopla, descubrió esta práctica local y en 1718 hizo variolar a su hijo de cinco años, quien se recuperó rápidamente. Al regresar a Londres, hizo variolar a su hija en 1721 durante una epidemia de viruela, lo que alentó a la familia real británica a interesarse por el procedimiento.
Estimulada por una epidemia severa, la variolación se empleó por primera vez en América del Norte en 1721. El procedimiento era conocido en Boston desde 1706, cuando el predicador Cotton Mather lo aprendió de Onesimus, un hombre que mantenía como esclavo y que había sido inoculado en África antes de ser secuestrado. Esta práctica fue ampliamente criticada al principio, pero un ensayo limitado mostró que solo seis muertes ocurrieron de 244 personas varioladas (2,5%), mientras que 844 de 5.980 murieron de la enfermedad natural (14%), y el proceso fue ampliamente adoptado en todas las colonias.
La técnica de inoculación se documentó con una tasa de mortalidad de solo uno en mil. La variolación fue eventualmente reemplazada por la vacunación, un procedimiento más seguro y efectivo que ha llevado a uno de los mayores logros en salud pública: la erradicación global de la viruela.