La escritora, periodista y ensayista croata Slavenka Drakulić falleció el sábado pasado a los 77 años, según informó El País. Nacida en Rijeka en 1949, Drakulić se convirtió en una de las voces más influyentes de la literatura europea contemporánea al explorar cómo las transformaciones políticas del comunismo, la guerra yugoslava y la transición democrática marcaron los cuerpos y las vidas de las personas comunes, especialmente las mujeres.
Slavenka Drakulić dedicó su carrera a documentar los lugares donde la historia se encuentra con la vida cotidiana, donde las decisiones del poder político se materializan en los cuerpos y destinos individuales. Formada en literatura comparada y sociología en la Universidad de Zagreb, desarrolló una mirada única que combinaba el periodismo de precisión con la intensidad literaria, según El País.
Su obra pionera en el feminismo de Europa del Este comenzó con Los pecados mortales del feminismo (1984), donde abordó cuestiones ignoradas en los regímenes comunistas que presumían haber alcanzado la igualdad. Drakulić documentó la represión patriarcal, la ausencia de liderazgos femeninos, los comportamientos abusivos en la intimidad sexual y problemas materiales como la escasez de productos de higiene femenina o la carga del trabajo doméstico, según la fuente.
La escritora partía de la premisa de que el cuerpo femenino no era solo un territorio físico, sino también político, donde se proyectaban expectativas sociales, estructuras autoritarias y control social. Esta perspectiva atravesó toda su producción literaria, desde Hologramas del miedo (1987), novela con núcleo autobiográfico sobre su experiencia como paciente de trasplante de riñón, hasta obras posteriores como El cuerpo de su cuerpo (2006), que relata en clave de reportaje cómo diferentes personas donan sus órganos por altruismo, según El País.
En Frida o el dolor (2007) exploró la vulnerabilidad física de la artista mexicana, convirtiendo el dolor en eje central de identidad y creatividad. "El dolor me hizo consciente de mi cuerpo. El cuerpo me hizo consciente de la decadencia y de la muerte. Esa conciencia me hizo vieja", escribió Drakulić, según la fuente. En Mileva Einstein, teoría de la tristeza (2016) rindió reconocimiento a la esposa del científico por sus contribuciones y reflexionó sobre la desgracia y el dolor.
La década de los noventa marcó un punto de inflexión en su vida. El desmoronamiento de Yugoslavia supuso un trago amargo personal en lo espiritual y existencial. Drakulić se negó a sumarse a cualquier entusiasmo patriótico y prefirió mantener una posición humanista, centrada en las víctimas y en los mecanismos perversos que hacían posible y consentían la violencia entre las diferentes partes, según El País.
Esta postura le costó cara. En 1992, el sociólogo y escritor croata Slaven Letica publicó un artículo en Globus en el que la acusaba a ella y a otras escritoras de ser "brujas" y de "violar" a Croacia, según la fuente. Poco después de la publicación, Drakulić comenzó a recibir amenazas telefónicas y su propiedad fue vandalizada. Señalada por varios medios de comunicación nacionalistas por ser insuficientemente patriota o incluso una traidora, y ante la falta de apoyos, emigró de Croacia y estableció su residencia en Estocolmo, donde compartió su vida con el corresponsal y escritor Richard Swartz, según El País.
Apartada de los medios locales, encontró su lugar en medios extranjeros con los que ya había colaborado antes de la fragmentación yugoslava. Sus textos aparecieron en The New York Times, Frankfurter Allgemeine Zeitung, La Repubblica y El País. Fue traducida a más de veinte idiomas y se convirtió en una de las escritoras croatas más conocidas, según la fuente.
De su experiencia del exilio y la guerra surgieron tres de sus obras más importantes: Cómo sobrevivimos el comunismo e incluso nos reímos (1992), Balkan Express (1993) y Café Europa (1996), libros fundamentales para entender el peso de la fragmentación yugoslava en las almas locales y las complejidades y perversiones de la transición poscomunista, según El País. A estos se sumó Una visita guiada por el Museo del Comunismo. Fábulas de un ratón, un loro, un oso, un gato, un topo, un cerdo, un perro y un cuervo (2011). Nunca trató de posicionarse desde el victimismo, y sus cuestionamientos más afilados también fueron dirigidos contra los abusos e injusticias de la economía de mercado, según la fuente.
Su aproximación a la guerra fue singular no solo por su faceta disidente, sino por apartarse de las simplificaciones morales. Quería entender cómo personas aparentemente normales podían cometer actos atroces. No matarán ni una mosca (2003) es una de sus crónicas más reconocidas, donde extrajo de su experiencia asistiendo a los juicios en el Tribunal de La Haya y analizando los perfiles de varios criminales de guerra lecciones para el resto de la humanidad: el mal suele adoptar rostros ordinarios y esta posibilidad siempre estará latente, según El País. Las circunstancias, el contexto y la anarquía destapan los comportamientos más inesperados, según la autora.
La existencia de una vida después del horror fue una temática que obsesionó a Drakulić, cuyo ejemplo más notable fue Como si yo no estuviera (1999). La escritora realizó cientos de entrevistas para trasladar un horripilante panorama de testimonios de mujeres violadas, pero consideró más conveniente la ficción para alcanzar el punto de dramatismo necesario que conectara con los lectores, según la fuente. Para la escritora, "el gran poder de la literatura reside en la capacidad de identificarse", según El País. El libro sirvió de inspiración para la película de la realizadora Juanita Wilson.
Drakulić logró borrar las fronteras entre géneros literarios con eficacia. Sus novelas poseían la precisión analítica del periodismo, y sus ensayos se caracterizaban por la intensidad literaria. Su estrategia estaba marcada por convertir detalles aparentemente insignificantes en una radiografía de una época, según la fuente. Un producto de una tienda, una conversación trivial, una visita a un hospital o un gesto durante un encuentro eran puntos de partida para explicar dinámicas sociales de amplio espectro sobre el comunismo, la transición democrática, la convivencia o la guerra, según El País.
En este sentido, la fuente compara su trabajo con el de las también fallecidas escritoras Dubravka Ugrešić y Vedrana Rudan. Sus libros encontraron lectores muy lejos de los Balcanes, y se puede decir que impidió que una gran parte de la opinión pública occidental cayera en los estereotipos sobre la región, contribuyendo a que también conectara emocionalmente con ella, según El País.
El año pasado recibió el premio de la Asociación Croata de Periodistas por su larga trayectoria profesional y los lectores podían disfrutar de sus textos en el diario Jutarniji List, según la fuente. Acababa de publicar Por qué no aprendí a cocinar (2026), escrito en clave feminista y autobiográfica, según El País.