La carrera por el liderazgo de la ONU entra en su fase crítica. Tras meses de escaramuzas diplomáticas, el debate de este jueves en la Asamblea General marcó el inicio de la batalla real por la sucesión de Guterres. En una semana, los 15 miembros del Consejo de Seguridad se reunirán a puerta cerrada para evaluar las candidaturas, momento en el que la competencia se intensificará.
Los seis candidatos que participaron en el debate fueron: la costarricense Rebeca Grynspan, directora de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD); la chilena Michelle Bachelet, expresidenta y exalto comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos; la guyanesa Carolyn Rodrigues-Birkett, exministra de Asuntos Exteriores; la ecuatoriana María Fernanda Espinosa, exministra y expresidenta de la Asamblea General; el argentino Rafael Grossi, actual director general del Organismo Internacional de la Energía Atómica; y el senegalés Macky Sall, expresidente de Senegal y único representante africano en la contienda.
El debate, estructurado de manera rígida en la que cada candidato respondía preguntas sin intercambio directo de ideas entre ellos, no logró generar un claro favorito. Según la fuente, el experimento buscaba levantar el interés de un proceso que hasta ahora no ha calado en la opinión pública, con candidatos poco conocidos que no han cautivado a los países miembros. La falta de un vencedor evidente refleja la complejidad de la situación actual de la ONU.
Rebeca Grynspan resumió la difícil situación de la organización con una respuesta contundente cuando le preguntaron qué logros aspiraba a presentar en cinco años si resultara elegida: "Me gustaría que nadie más me preguntara dónde está la ONU. Ese será mi indicador". Esta declaración captura la percepción generalizada de que la ONU ha perdido relevancia y visibilidad en el escenario internacional.
Existe una expectativa ampliamente extendida de que en esta ocasión le corresponda a América Latina y el Caribe liderar la ONU, no por casualidad cinco de los seis candidatos provienen de esa región. Además, sería un avance histórico que una mujer asumiera el cargo por primera vez en los más de 80 años de historia del organismo. Sin embargo, nada está garantizado. Ni que vaya a ser una mujer ni que sea latinoamericana. Tampoco es descartable que a última hora surja un candidato sorpresa que acabe ganando la posición.
Un elemento de incertidumbre adicional surgió tras la información del tabloide estadounidense The New York Post de que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, desea ver al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, al frente de la ONU. Las fuentes consultadas no sabían si se trataba de un chiste o de algo con visos de verosimilitud, lo que subraya la volatilidad del proceso.
María Fernanda Espinosa, en su alegato final, resumió los desafíos fundamentales que enfrenta la ONU: "Esta institución atraviesa una crisis. Hay que restablecer la confianza y la comunicación con el personal de la organización. Necesitamos recuperar la capacidad de diálogo y hacer que la ONU sea relevante, pueda prevenir conflictos y proteger a las personas".
Michelle Bachelet enfatizó la importancia de la autoridad moral en el cargo, aunque enfrenta reticencias en Estados Unidos e incluso en su propio Gobierno chileno, liderado por el ultraderechista José Antonio Kast. Cuando se le preguntó sobre su posición respecto a la guerra de Gaza si fuera secretaria general, respondió: "Siempre hace falta autoridad moral. Hay que alzar la voz ante situaciones en las que se producen violaciones del derecho internacional y del derecho humanitario. Pero hay que insistir en encontrar vías para reunir a las partes e identificar estrategias que, aun sin ser perfectas, permitan convencerlas de seguir ese camino".
Bachelet ilustró su compromiso con la independencia relatando una experiencia de cuando dirigía ONU Mujeres: "Un donante me dijo: 'Si hace eso, le retiraré todos los fondos'. Y lo hice, porque era lo que había que hacer. La neutralidad, la imparcialidad y la independencia forman parte de mi ADN. Es fundamental, ya que es lo único que permite a los 193 Estados miembros sentir que el secretario general los representa a todos, tanto a los poderosos como a los menos poderosos. De lo contrario, no vale la pena ocupar el cargo".
Carolyn Rodrigues-Birkett defendió que, pese a las dificultades inherentes al cargo, un puesto sin poder ejecutivo y obligado a hacer equilibrismos políticos siempre tiene margen de actuación. Argumentó que "el secretario general aporta neutralidad y actúa sin más motivación que la de ayudar a las personas vulnerables y a quienes necesitan la asistencia de la ONU. Aprovecharía esa neutralidad y los recursos a mi alcance, así como la presencia de la ONU sobre el terreno, para recabar toda la información necesaria y formular propuestas al Consejo de Seguridad; puede que este no actúe de inmediato, pero tal vez lo haga la semana siguiente basándose en la recomendación del secretario general".
Rafael Grossi fue cuestionado sobre cómo actuaría si un miembro permanente del Consejo de Seguridad librara una guerra de agresión contra otro Estado miembro, una pregunta que sin mencionar explícitamente a Rusia ni a Vladímir Putin estaba directamente relacionada con la guerra de Ucrania. Respondió: "El secretario general debe ante todo dialogar y escuchar. También abordar el conflicto desde una perspectiva realista. Las buenas palabras no bastan. Debemos examinar las raíces del conflicto y comprender por qué un país tomó la decisión más grave de todas, el uso de la fuerza, algo que no se adopta a la ligera. Es preciso entender esto y, por supuesto, comprender la situación de la víctima de dicha agresión, así como plantear soluciones viables".
Rebeca Grynspan abordó otro de los grandes conflictos mundiales, la guerra de Irán y el bloqueo del estrecho de Ormuz que afecta a la economía global. Sugirió qué debería haberse hecho diferente desde la ONU: "Deberíamos habernos involucrado desde muy pronto con todos los actores para tratar de abrirnos, al menos en beneficio de las personas que sufren la situación en el estrecho de Ormuz". Recordó su contribución al cierre del acuerdo de paz entre Ucrania y Rusia en el mar Negro que permitió el comercio de grano entre 2022 y 2023, y enfatizó: "La labor del secretario general comienza cuando el Consejo de Seguridad está bloqueado, ya que su función consiste precisamente en abrir posibilidades para alcanzar un acuerdo".
Macky Sall, el único representante africano en la contienda, destacó el papel que tiene el jefe de la ONU para extender la prosperidad en todo el mundo. Propuso: "Esto implica que, en primer lugar, debemos reformar la arquitectura financiera internacional. La financiación pública por sí sola no basta para ofrecer respuestas adecuadas; por ello, buscaría establecer un diálogo global con los Estados miembros, las instituciones de Bretton Woods, las instituciones financieras internacionales y, sobre todo, con el sector privado, la sociedad civil y los filántropos. Al aunar a todos estos actores, podremos facilitar el acceso de todos los países a las condiciones necesarias para una prosperidad compartida y, de este modo, lograr un mundo más seguro y próspero".
Antes del debate público, los aspirantes ya se habían enfrentado a sesiones de tres horas en las que los representantes de los 193 Estados miembros les sometieron a sus preguntas. Sin embargo, la fase más importante comienza el próximo 30 de julio, cuando los 15 miembros del Consejo de Seguridad, cinco de ellos permanentes con poder de veto, realizarán los llamados sondeos informales (straw polls). De estos sondeos debería salir un nombre con muchas posibilidades que se sometería a la votación de la Asamblea General, quien tendrá la última palabra en una fecha indeterminada a finales de año.
La rigidez del debate, en el que casi todos los candidatos respetaron los turnos de palabra y solo se mencionaban los unos a los otros para decir que compartían tal o cual punto de sus rivales, no ayudó a generar un claro diferenciador entre los aspirantes. El formato no permitió confrontaciones directas que hubieran podido revelar diferencias sustanciales en sus enfoques.
La ONU atraviesa un momento de crisis institucional. Enfrenta problemas financieros significativos y se encuentra alejada de las mesas negociadoras de los grandes conflictos del mundo, desde la guerra de Ucrania hasta el conflicto en Gaza y la tensión en el estrecho de Ormuz. El próximo secretario general heredará una organización que necesita recuperar su relevancia y capacidad de influencia en la política internacional.