Un mes después de los terremotos en Venezuela: búsqueda de cuerpos y crisis de reconstrucción
Un mes después de los dos devastadores terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 que azotaron Venezuela el 24 de junio, familiares aún excavan en busca de sus seres queridos bajo los escombros mientras enfrentan una crisis de reconstrucción agravada por la falta de recursos financieros y el colapso de los servicios básicos. Según el gobierno de la presidenta encargada Delcy Rodríguez, la cifra de fallecidos asciende a más de 5.300, con 16.740 heridos, aunque muchos calculan que aún quedan centenares de víctimas bajo los escombros. La mayoría de los decesos se produjeron en el estado costanero de La Guaira, la región más afectada, donde voluntarios y familiares realizan excavaciones manuales en edificios parcial o totalmente derrumbados, mientras el gobierno promete entregar 4.000 viviendas antes de diciembre.
CARACAS — Un mes después de los dos devastadores terremotos que azotaron Venezuela el 24 de junio, la tragedia persiste en múltiples frentes. Mientras familiares continúan excavando en busca de sus seres queridos bajo los escombros, la reconstrucción se presenta como un desafío casi imposible para la mayoría de las familias afectadas, cuya situación económica ya era crítica antes de los sismos.
Las excavaciones, a las que se suman voluntarios sin experiencia previa en rescate, tienen lugar en edificaciones derrumbadas de forma parcial o total en La Guaira, donde los escombros aún no han sido removidos con maquinaria pesada. La posibilidad de localizar a alguien con vida parece ya casi imposible, según reportes de AP, y la mayoría de los rescatistas internacionales se fueron del país hace semanas.
Javier Navarro, de 36 años, perdió a nueve familiares en una de las enormes torres de la Misión Vivienda en Caraballeda que cayeron tras los sismos. Ha pasado un mes entero al pie de las ruinas donde vivió durante más de una década con su familia. "Perdí a mi mamá, mi abuela, una hija, un nieto, mi hermana, mi sobrino, mi padrastro", intenta nombrarlos, pero la memoria no lo ayuda. Esta semana esperaba las cenizas de su madre, la última que lograron sacar, pero aún le quedan cuatro cuerpos dentro. Se ha convertido en un líder improvisado, coordinando desde una carpa que levantó la entrega de mascarillas, guantes, botas de hule, agua, herramientas y alimentos que ha conseguido a través de donaciones para sostener el trabajo de centenares de voluntarios y rescatistas.
En las OPP (Oficina de Planes Presidenciales), cada familia ha cavado su propio túnel para llegar a los cuerpos. El que abrió la cuadrilla de los familiares de Navarro tiene unos diez metros de profundidad, ventiladores y un cordón de bombillos que ilumina el camino. Se recorre arrastrándose hasta alcanzar un espacio donde pueden permanecer sentados excavando el tiempo que los pulmones se los permitan. Los voluntarios lo llaman "el túnel del infierno" porque hay partes de cuerpos que alcanzan a verse entre las rendijas del derrumbe.
Eddy Ponce, de 35 años, llegó hace unos días como voluntario sin experiencia previa. "No tenía idea de cómo hacer esto. Solo tengo experiencia en la construcción, pero ahí hemos estado, ayudando a los demás porque son seres humanos", comenta. "Hay que luchar con el sol, las moscas y las cabillas. La vida de uno corre peligro", agrega mientras recoge un tapabocas nuevo.
Juan Carlos Marcano, de 40 años, comerciante informal, busca a su sobrina y aún no la ha encontrado, pero ha recuperado diez cuerpos de otras familias. "Aquí ya somos hasta forenses", dice. "Si me hubieran preguntado hace un mes si era capaz de hacer esto, habría dicho que no. Lo más duro es la cantidad de niños que he visto bajo esos escombros", relata. "Todos los que vivimos esto necesitamos ayuda psicológica. Pero no me puedo preocupar por mí, porque hay gente que necesita más ayuda, que tuvo pérdidas mayores".
Incluso los profesionales del rescate se sienten desbordados. María Andrade, de 43 años y con nueve años de servicio como bombera en Yaracuy, lleva 15 días de trabajo sin posibilidad de relevo. Su compañero, Asdrúbal Meléndez, cuenta que esta semana recuperó los cuerpos de una familia de cuatro miembros. "Ellos querían sacarlos completos, pero tuvimos que hacer una maniobra y a uno tuvimos que romperlo", lamenta. Con una grúa especializada, explica, se podría levantar losa por losa y comprobar si hay restos antes de retirar los escombros. "Nada hacen con meter máquinas de triturar, porque así nadie va a poder ser reconocido", critica.
La tensión entre quienes buscan cuerpos y quienes recogen los edificios colapsados es evidente. En algunos de los bloques caídos donde ya no queda gente han dejado mensajes: "No demoler". En otros han colgado carteles para subrayar que se trata de una "propiedad privada", la antesala a la batalla por venir de los sobrevivientes por los terrenos donde estaban sus viviendas. "No queremos que nos piquen a nuestros muertos. La gente no va a dejar a sus muertos ahí. Hay quienes dicen que no se pueden sacar, pero nosotros decimos que sí", afirma Javier Navarro.
CIFRAS DEL DESASTRE
Según el último reporte difundido el miércoles por el gobierno, la cifra de fallecidos asciende a por lo menos 5.398 y el número de heridos se mantiene en 16.740 desde hace dos semanas. Sin embargo, por la cantidad de personas que un mes después aún esperan en los alrededores de algunos edificios, muchos calculan que todavía quedan centenares de víctimas bajo los escombros. En los balances oficiales no se especifica si los cuerpos recuperados son de hombres, mujeres o niños, ni en qué sectores vivían. Tampoco se habla de desaparecidos. No se sabe cuántos faltan.
Un total de 856 edificios sufrieron daños y de ellos 190 colapsaron totalmente, mientras que más de 1.600 estructuras de otra índole, como puentes y carreteras, también fueron afectadas. El gobierno estima que los terremotos dejaron 17.907 personas sin hogar y que más de 21.000 que sufrieron daños de distinto tipo reciben refugio en 107 campamentos instalados en La Guaira, Caracas y el vecino estado Miranda.
CRISIS DE RECONSTRUCCIÓN
La reconstrucción es un reto financiero casi insuperable para la mayoría de las familias afectadas, cuyos ingresos ya eran deficitarios antes de los dos sismos sucesivos. Rafael Quintero, administrador de 36 años, dijo a The Associated Press: "Estamos agradecidos de estar vivos, de tener todavía dónde vivir". Pero la falta de certeza sobre "lo que ocurrirá en el futuro" profundiza las dudas. "Los daños en mi casa tienen arreglo, pero no hay dinero, eso me quita el sueño", resaltó.
Las dificultades obedecen a la falta de recursos y a las demoras en conseguir el permiso para realizar las reparaciones debido a sucesivas inspecciones que se solapan unas con otras y en ocasiones son contradictorias, sostienen los damnificados. Muchos aseguran que, tal como no recibieron ayuda del gobierno para rescatar a sobrevivientes justo después de los sismos, ahora tampoco cuentan con el apoyo necesario para desenterrar a sus muertos. El gobierno niega esos señalamientos.
Solicitar un crédito no es una opción para la mayoría de los venezolanos. Los créditos en la banca pública y privada son casi inexistentes. El porcentaje de los depósitos totales que un banco debe mantener como reserva obligatoria en el Banco Central se ubica en alrededor del 73%, lo que limita severamente el crédito. La medida busca controlar la liquidez para frenar la presión sobre el tipo de cambio y la inflación, y se mantiene pese a los sostenidos pedidos para que sea reducido de expertos y gremios financieros.
Genesis Ramírez renunció a su trabajo como empleada pública para mejorar sus ingresos realizando servicios de entrega de paquetes y vendiendo postres y almuerzos. "Ahora más que nunca toca tener varios trabajos, y bueno, no perder la fe", dijo.
Los venezolanos están agobiados por los bajos salarios fijados en bolívares y los elevados precios de los bienes que en los últimos años se fijan en dólares. La mayoría de los 3,5 millones de trabajadores del sector público subsisten con aproximadamente 190 dólares al mes, casi en su totalidad bonos. De acuerdo con el Observatorio Venezolano de Finanzas, un organismo independiente, un empleado promedio del sector privado ganaba el año pasado alrededor de 237 dólares mensuales. Numerosos venezolanos tienen dos o más empleos para mejorar sus ingresos. El precio de una canasta básica de alimentos ha superado los 500 dólares, según el Observatorio.
PROMESAS DEL GOBIERNO
El gobierno sostiene que está acelerando el proceso de reconstrucción y alquiler de viviendas. La presidenta Delcy Rodríguez prometió entregar 4.000 viviendas que ya estaban en construcción antes de diciembre para los afectados y construir otras más para superar las 10.000 el año próximo. Esta semana entregó los primeros 240 apartamentos.
Las alcaldías y gobernaciones, entre otros organismos, han empezado a brindar ayuda para remover escombros y donar materiales para la reparación de las viviendas dañadas que no han sido declaradas inhabitables.
Rodríguez también ha dicho que el gobierno "está en la revisión de los suelos". Su administración rechaza las denuncias que señalan que muchos de los edificios colapsados fueron construidos por el sector público en terrenos inestables. Los críticos dicen que se habrían saltado regulaciones por la prisa de entregar viviendas luego de pasadas tragedias naturales que dejaron a miles sin hogar.
CONTEXTO POLÍTICO
La mandataria intenta gestionar el desastre bajo la tutela de Washington, en un país que ya vivía en un terremoto institucional y político desde la intervención militar estadounidense del 3 de enero de este año. Mientras impone medallas a perros y rescatistas y anuncia planes de reconstrucción, la crisis humanitaria se profundiza.
La crisis social y económica en la última década empujó a más de 7,7 millones de personas a emigrar en busca de mejores condiciones. Ahora, con los terremotos, la presión migratoria podría intensificarse aún más.
SITUACIÓN EN EL TERRENO
El sonido de fondo en La Guaira ya no es el mar, sino el de los motores y las palas de las retroexcavadoras desplegadas por el Gobierno. Si en los primeros días las calles estaban colapsadas por ambulancias, vehículos de rescate y miles de voluntarios llevando ayuda, ahora lo que más circula por la vía principal de esta ciudad costera son camiones que transportan escombros de un lado a otro.
Con el paso de los días, han comenzado a aparecer personas que no participan en las labores de ayuda, pero sí buscan beneficiarse de las donaciones que han llegado a La Guaira. Con el paso de los días también empiezan a escasear los suministros. La falta de agua ya se siente, se reclama y amenaza con profundizar la crisis.
Por la carpa de Javier pasan civiles, bomberos y militares. Todos comparten la misma precariedad ante la falta de equipos necesarios para emprender la recuperación de cuerpos en el mayor desastre que ha vivido Venezuela en tiempos recientes. Una tarea que en otros países está a cargo de especialistas en rescate en estructuras colapsadas aquí ha quedado en manos, casi literalmente, de la gente.






