Bolivia elimina símbolos indígenas de instituciones públicas bajo el Gobierno de Paz
El Gobierno centroderechista de Rodrigo Paz, instaurado hace ocho meses en Bolivia, está desmontando sistemáticamente los símbolos indígenas que el anterior régimen del Movimiento al Socialismo (MAS) había elevado a rango oficial durante dos décadas. Desde la retirada de la bandera andina wiphala del Palacio de Gobierno hasta la remoción de retratos de líderes indígenas coloniales de la Casa de la Libertad, el nuevo mandatario ejecuta un cambio radical en la identidad simbólica del Estado que refleja una disputa profunda sobre qué significa ser boliviano.
El desmarque del presidente Paz con el anterior régimen no es únicamente económico o ideológico, sino que busca transformar la imagen cultural y simbólica de la nación. Desde el día de su investidura, la bandera andina wiphala ya no flota junto a la bandera nacional tricolor en la fachada del Palacio de Gobierno, según reporta El País. Esta decisión revierte una política instaurada por el MAS que había colocado el símbolo indígena como emblema oficial del Estado.
A la retirada de la wiphala le siguió un cambio más amplio de la iconografía de las instituciones públicas, transformando la inspiración de motivos precolombinos hacia una estética republicana. El Gobierno también ha omitido la celebración presidencial del año nuevo aimara en el altiplano, una festividad que había sido elevada a rango oficial durante el mandato anterior.
La acción más reciente ocurrió esta semana en la Casa de la Libertad, el museo más importante del país donde se firmó el acta de independencia en 1825. Los retratos de los rebeldes indígenas coloniales Túpac Katari y Bartolina Sisa, que habían estado colgados desde 2014 en el salón principal junto a los de los próceres Simón Bolívar y José Antonio de Sucre, fueron retirados para ser trasladados a una nueva sala dedicada a las sublevaciones originarias, según la fuente.
Mario Linares, director del museo, defendió la medida como una "organización cronológica". En declaraciones a la prensa, Linares explicó: "La gente que veía a Bolívar y a Sucre junto a Katari y Sisa interpretaba que estuvieron juntos en la creación del país. No dejan de ser importantes porque son precursores de la independencia en Bolivia. Pero, reitero, son precursores, no actores de la independencia".
La distinción que establece Linares refleja una interpretación historiográfica específica. La subversión de Túpac Katari en 1781 fue un movimiento anticolonial que buscaba instaurar el imperio incaico, mientras que la gesta libertaria del siglo XIX fue comandada por criollos y enarbolaba los valores de la revolución francesa, una diferencia fundamental en los objetivos políticos de ambos movimientos.
Sin embargo, detrás de estas acciones existe una disputa más profunda sobre qué historiografía, simbología y noción de nación debe oficializar cada régimen. Luciana Jáuregui, socióloga y científica política, señala que "todo proceso de construcción nacional es un proceso de construcción simbólica, de interpretación de la historia y de cómo esta se relaciona con el futuro".
Durante el mandato del MAS, que fundó el Estado Plurinacional de Bolivia en 2009, la identidad y la narrativa indígenas fueron colocadas por primera vez en el centro del poder estatal. Este cambio incluyó la imagen de la chakana, o cruz andina, en los logotipos de edificios públicos, ofrendas a la Pachamama en entregas de obras, rituales andinos en actos de posesión y arquitectura con motivos indígenas en predios del Gobierno.
Según Jáuregui, lo que está ocurriendo ahora bajo Paz es "el restablecimiento de la hegemonía mestiza como materia prima de la bolivianidad. En el fondo es la pelea por cuál es la cultura legítima del Estado". Esta reconfiguración simbólica refleja un cambio en quién se considera el fundamento de la nación.
El drástico cambio de identidad impulsado por el MAS generó críticas de "folclorización" de las comunidades indígenas, muchas veces provenientes de personalidades de origen nativo. Pedro Portugal, intelectual e historiador aimara, califica esta corriente de reivindicación originaria como "pachamamismo". Portugal, quien fue director de la oficina de descolonización y despatriarcalización del actual Gobierno durante menos de un mes —oficina que hoy está cerrada—, critica esta tendencia como "una distorsión caricaturizada de la verdadera cosmovisión indígena. Un timo, pues no es una ideología nacida de las bases indígenas, sino un constructo posmoderno, construido desde afuera, por ONG, intelectuales occidentales y el partido del MAS".
Portugal recuerda que a lo largo de la historia de Bolivia, cada mandatario ha interpretado lo indígena de acuerdo con la ideología imperante y sus convicciones, pero ninguno ha logrado concebir una verdadera identidad nacional que integre a todos. "La estrechez de lo 'propio' es característica común", sentencia.
El Estado Plurinacional tampoco logró unificar el país bajo una identidad paraguas. Los mestizos y las clases urbanas se sentían excluidos, como ciudadanos de segunda, al ser desplazados por los indígenas como fundamento de la nación. El declive de los símbolos indígenas vino acompañado del declive del Gobierno del MAS. En las protestas de 2019, que terminaron con el derrocamiento del expresidente Evo Morales tras denuncias de fraude electoral, hubo quema de wiphalas y clamores por abolir el Estado Plurinacional para volver a la República.
Paz, tanto en su campaña como en su discurso de investidura, prometió resolver este problema y gestar una nación en la que todos se sientan identificados. Identificó a su Gobierno como "nacional popular" y reiteró que "hay varias naciones, pero patria, Bolivia, solo hay una". Sin embargo, en la práctica ha demostrado una hegemonización de lo mestizo y un regreso a lo republicano, renegando de lo plurinacional no solo en lo simbólico, sino también en la composición de su Gobierno y en los sectores más favorecidos por sus políticas.
Esta inclinación le ha costado al Gobierno más de 50 días de conflicto social, con organizaciones campesinas que exigían su renuncia al sentirse "excluidas", según la fuente.
Jáuregui discrepa con la premisa de Paz de que solo hay una Bolivia. "El problema del país no es solamente culturalista, de cómo te identificas tú culturalmente; es un problema de sociedades. Existen varias de ellas dentro de un territorio, cada una con su propio sistema de gobierno, justicia y organización". Por lo tanto, la "bolivianidad" siempre estará en disputa.
"Es inevitable y hasta sano porque procesa la desigualdad. La cuestión es reconocer la legitimidad de todos para disputar el significante de la nación porque en Bolivia cualquier nuevo modelo de nación significa la expulsión o aniquilación del anterior", concluye Jáuregui.
El cambio simbólico en curso refleja una tensión estructural en Bolivia: la dificultad de construir una identidad nacional que no excluya a ninguno de sus componentes sociales. Cada régimen redefine los símbolos del Estado según su visión política, pero en un país con múltiples identidades, esta redefinición inevitablemente genera conflicto y la sensación de exclusión en quienes pierden representación simbólica en las instituciones públicas.




