Canadá construirá un oleoducto paralelo al Trans Mountain para exportar petróleo a Asia y eludir aranceles estadounidenses
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Canadá construirá un oleoducto paralelo al Trans Mountain para exportar petróleo a Asia y eludir aranceles estadounidenses

El Gobierno de Canadá aprobó la construcción de un nuevo oleoducto de 1.200 kilómetros que conectará Edmonton con la terminal portuaria Robert Banks en Vancouver, con el objetivo de duplicar la capacidad de exportación de crudo hacia Asia y reducir la dependencia de los mercados estadounidenses en medio de la guerra comercial con la administración Trump. El proyecto, financiado casi en su totalidad con fondos públicos por un costo de hasta 27.000 millones de euros, enfrentará obstáculos políticos, ambientales y técnicos, además de la oposición de comunidades indígenas que temen daños ecológicos en sus territorios ancestrales.

NEGOCIOS13 JUL 2026

Canadá posee la cuarta mayor reserva de petróleo del mundo, estimada en unos 160.000 millones de barriles, según la fuente. Sin embargo, la falta de infraestructura logística ha limitado históricamente su capacidad de exportación más allá de Estados Unidos, obligando a los productores canadienses a aceptar precios rebajados por su crudo, según Michelle Brouhard, analista de la consultora Kpler.

En 2024, Ottawa amplió la capacidad del oleoducto Trans Mountain, el único destinado a la costa oeste, hasta unos 800.000 barriles al día. No obstante, dado que tampoco opera a pleno rendimiento, por el Pacífico salen unos 500.000 barriles diarios, frente a los cuatro millones que exporta el país en total, según Kpler. Esta brecha representa una oportunidad económica significativa para diversificar mercados.

El nuevo oleoducto paralelo al Trans Mountain será de 1.200 kilómetros entre Edmonton y desembocará en la terminal portuaria Robert Banks, en las afueras de Vancouver. Elevará la capacidad máxima teórica de exportación hacia el Pacífico a unos dos millones de barriles diarios, según la fuente. Jonah Resnick, analista de la consultora energética Wood Mackenzie, calcula que las ganancias crecerían en unos 640 millones de euros al año, lo equivalente a un tercio del beneficio de Repsol.

El proyecto se financiará casi por completo con fondos públicos y debería empezar a finales del próximo año, aunque aún necesita permisos federales y provinciales, previstos para antes de octubre, según la fuente. Con un costo de hasta 27.000 millones de euros, representa una inversión significativa del Estado canadiense.

El primer ministro liberal Mark Carney ha respaldado el proyecto e incluso participó el pasado 2 de julio en la ceremonia de presentación. Carney, criado en Edmonton y nacido en un pueblo remoto a cuatro horas en coche del río Athabasca, defiende la iniciativa como una forma de mitigar la guerra comercial con Estados Unidos. Los aranceles de Donald Trump, que desde 2025 gravan con un 10% el crudo canadiense y amenazan con subir el peaje según sus cambios de política, han acelerado la búsqueda de alternativas de exportación.

La alianza entre Ottawa y Alberta es inusual. Durante décadas, la provincia petrolera ha tenido numerosas fricciones con gobiernos liberales, a los que acusa de intervenir en competencias provinciales. La tensión es tal que un movimiento separatista ha tomado fuerza en Alberta y en octubre se celebrará una consulta que puede abrir la puerta a un referéndum independentista, según la fuente.

Fuera de los círculos políticos, el oleoducto ha generado controversia considerable. Los ambientalistas critican el aumento de las emisiones contaminantes y cuestionan a Carney por sus recientes concesiones en la agenda medioambiental. En 2025, el primer ministro eliminó el plan federal de gravámenes al carbono para consumidores y acortó los plazos de evaluación medioambiental para los grandes proyectos de infraestructura, según la fuente.

El proyecto tampoco encanta a los consumidores canadienses. Si se exporta más crudo, los precios en Canadá subirán. Además, al contar con poca financiación privada, el costo recaerá sobre el contribuyente, según Gonzalo Escribano, investigador del Real Instituto Elcano.

Una fuerte oposición procede de comunidades indígenas que llevan siglos conviviendo con los depósitos de petróleo. Diversas comunidades indígenas mostraron su férreo rechazo a un trazado que terminase en la costa noroeste por el peligro de causar daños a la naturaleza. Estos grupos han mantenido varios pulsos con gobiernos y empresas en el marco de proyectos similares, considerando que no son suficientemente consultados pese a que los proyectos atraviesan sus tierras ancestrales.

"El mensaje principal es que necesitamos una participación significativa y una consulta acorde con nuestros derechos reconocidos en tratados y protegidos constitucionalmente", afirmó Valerie Cross, representante del pueblo tsawwassen, a la prensa local. La Constitución canadiense obliga a consultar a los pueblos indígenas sobre cualquier proyecto de infraestructura en sus territorios, pero esa audiencia no tiene carácter vinculante. Se trata de consulta, no consentimiento.

El Gobierno de Alberta ha afirmado que los pueblos indígenas que decidan colaborar con el proyecto también se beneficiarán de esta fuente de riqueza. De hecho, algunos pueblos han considerado la posibilidad de sumarse como socios. La primera ministra de Alberta, la conservadora Danielle Smith, sostuvo a finales de 2025 una reunión con varios líderes indígenas para explicarles sus planes para el nuevo oleoducto. El proyecto prevé ofrecer participación accionarial a las comunidades indígenas que se sumen, aunque todavía no se ha concretado ni el porcentaje ni el valor económico de esa participación.

Además de los escollos políticos, la construcción del oleoducto se enfrenta a trabas técnicas. La ampliación de Trans Mountain, el último gran proyecto de este tipo en Canadá, acumuló unos seis años de retraso y acabó costando casi siete veces más de lo previsto, según la fuente. Otros proyectos no tuvieron la misma suerte. Un oleoducto que debía desembocar en la costa este fue cancelado en 2017 por falta de permisos medioambientales.

"Históricamente, los proyectos de oleoductos en Canadá se han enfrentado a muchos obstáculos y, en última instancia, han tenido una baja tasa de finalización", apunta George Morris, analista de la consultora Vortexa. Como contrapunto, Taylor Lee, investigador de Rystad Energy, sostiene que el nuevo oleoducto cuenta con ventajas particulares por ya seguir la ruta de otro, como "aprovechar usos del suelo ya consolidados, el acceso a infraestructuras y la familiaridad de las partes implicadas, al tiempo que se minimiza la alteración del terreno".

Para dejar de ser un actor menor en los mercados asiáticos, siendo tan solo el quinto suministrador de China, Canadá tendría que mejorar la eficiencia de los terminales portuarios de la costa oeste. "Una forma de aumentar la capacidad exportadora de Canadá sería dragar el puerto de Vancouver para permitir que los petroleros de tamaño medio-grande carguen a plena capacidad. Actualmente, las restricciones portuarias impiden llenarlos por completo, por lo que los volúmenes exportados por cargamento son menores de lo que podrían ser", afirma Morris.

La guerra en Irán ha redibujado el mapa energético mundial. La crisis provocada por el estrecho de Ormuz ha golpeado especialmente a Asia, y el flujo de crudo del Golfo está sujeto a los vientos de la geopolítica. Entre la oportunidad y la necesidad de cobertura, el Gobierno de Alberta remitió en las últimas semanas al Ejecutivo federal el proyecto del nuevo oleoducto.

Sin embargo, la historia de la industria petrolera canadiense demuestra que nada es lo que parece. Hasta que se concluya el nuevo oleoducto, si es que llega a hacerlo, nada garantiza que la demanda asiática vaya a seguir siendo la misma. El continente es el mayor mercado de petróleo del mundo desde 2008, impulsado por la industrialización de China, pero cada vez más Pekín promueve la transición ecológica para reducir su dependencia del carburante, una política intensificada con la guerra en Irán.

Un dato revelador es que solo una petrolera se ha incorporado al proyecto, con una participación del 10%. "No hay ninguna empresa privada interesada en asumir este nivel de riesgo con el nuevo oleoducto. No ven futuro en una producción de esa escala en Canadá", argumentó Chris Severson-Baker, director ejecutivo del centro de estudios ambiental Pembina Institute, a la prensa canadiense. Como los comerciantes de pieles que hace tres siglos apenas prestaron atención a Thanadelthur cuando le habló de aquella goma negra que afloraba en las orillas del río Athabasca, la propia industria petrolera canadiense prefiere hoy mantenerse al margen de este proyecto.

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El Gobierno de Canadá aprobó la construcción de un nuevo oleoducto de 1.200 kilómetros que conectará Edmonton con la terminal portuaria Robert Banks en Vancouver, con el objetivo de duplicar la capacidad de exportación de crudo hacia Asia y reducir la dependencia de los mercados estadounidenses en medio de la guerra comercial con la administración Trump. El proyecto, financiado casi en su totalidad con fondos públicos por un costo de hasta 27.000 millones de euros, enfrentará obstáculos políticos, ambientales y técnicos, además de la oposición de comunidades indígenas que temen daños ecológicos en sus territorios ancestrales.

13 jul 2026
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Canadá posee la cuarta mayor reserva de petróleo del mundo, estimada en unos 160.000 millones de barriles, según la fuente. Sin embargo, la falta de infraestructura logística ha limitado históricamente su capacidad de exportación más allá de Estados Unidos, obligando a los productores canadienses a aceptar precios rebajados por su crudo, según Michelle Brouhard, analista de la consultora Kpler.

En 2024, Ottawa amplió la capacidad del oleoducto Trans Mountain, el único destinado a la costa oeste, hasta unos 800.000 barriles al día. No obstante, dado que tampoco opera a pleno rendimiento, por el Pacífico salen unos 500.000 barriles diarios, frente a los cuatro millones que exporta el país en total, según Kpler. Esta brecha representa una oportunidad económica significativa para diversificar mercados.

El nuevo oleoducto paralelo al Trans Mountain será de 1.200 kilómetros entre Edmonton y desembocará en la terminal portuaria Robert Banks, en las afueras de Vancouver. Elevará la capacidad máxima teórica de exportación hacia el Pacífico a unos dos millones de barriles diarios, según la fuente. Jonah Resnick, analista de la consultora energética Wood Mackenzie, calcula que las ganancias crecerían en unos 640 millones de euros al año, lo equivalente a un tercio del beneficio de Repsol.

El proyecto se financiará casi por completo con fondos públicos y debería empezar a finales del próximo año, aunque aún necesita permisos federales y provinciales, previstos para antes de octubre, según la fuente. Con un costo de hasta 27.000 millones de euros, representa una inversión significativa del Estado canadiense.

El primer ministro liberal Mark Carney ha respaldado el proyecto e incluso participó el pasado 2 de julio en la ceremonia de presentación. Carney, criado en Edmonton y nacido en un pueblo remoto a cuatro horas en coche del río Athabasca, defiende la iniciativa como una forma de mitigar la guerra comercial con Estados Unidos. Los aranceles de Donald Trump, que desde 2025 gravan con un 10% el crudo canadiense y amenazan con subir el peaje según sus cambios de política, han acelerado la búsqueda de alternativas de exportación.

La alianza entre Ottawa y Alberta es inusual. Durante décadas, la provincia petrolera ha tenido numerosas fricciones con gobiernos liberales, a los que acusa de intervenir en competencias provinciales. La tensión es tal que un movimiento separatista ha tomado fuerza en Alberta y en octubre se celebrará una consulta que puede abrir la puerta a un referéndum independentista, según la fuente.

Fuera de los círculos políticos, el oleoducto ha generado controversia considerable. Los ambientalistas critican el aumento de las emisiones contaminantes y cuestionan a Carney por sus recientes concesiones en la agenda medioambiental. En 2025, el primer ministro eliminó el plan federal de gravámenes al carbono para consumidores y acortó los plazos de evaluación medioambiental para los grandes proyectos de infraestructura, según la fuente.

El proyecto tampoco encanta a los consumidores canadienses. Si se exporta más crudo, los precios en Canadá subirán. Además, al contar con poca financiación privada, el costo recaerá sobre el contribuyente, según Gonzalo Escribano, investigador del Real Instituto Elcano.

Una fuerte oposición procede de comunidades indígenas que llevan siglos conviviendo con los depósitos de petróleo. Diversas comunidades indígenas mostraron su férreo rechazo a un trazado que terminase en la costa noroeste por el peligro de causar daños a la naturaleza. Estos grupos han mantenido varios pulsos con gobiernos y empresas en el marco de proyectos similares, considerando que no son suficientemente consultados pese a que los proyectos atraviesan sus tierras ancestrales.

"El mensaje principal es que necesitamos una participación significativa y una consulta acorde con nuestros derechos reconocidos en tratados y protegidos constitucionalmente", afirmó Valerie Cross, representante del pueblo tsawwassen, a la prensa local. La Constitución canadiense obliga a consultar a los pueblos indígenas sobre cualquier proyecto de infraestructura en sus territorios, pero esa audiencia no tiene carácter vinculante. Se trata de consulta, no consentimiento.

El Gobierno de Alberta ha afirmado que los pueblos indígenas que decidan colaborar con el proyecto también se beneficiarán de esta fuente de riqueza. De hecho, algunos pueblos han considerado la posibilidad de sumarse como socios. La primera ministra de Alberta, la conservadora Danielle Smith, sostuvo a finales de 2025 una reunión con varios líderes indígenas para explicarles sus planes para el nuevo oleoducto. El proyecto prevé ofrecer participación accionarial a las comunidades indígenas que se sumen, aunque todavía no se ha concretado ni el porcentaje ni el valor económico de esa participación.

Además de los escollos políticos, la construcción del oleoducto se enfrenta a trabas técnicas. La ampliación de Trans Mountain, el último gran proyecto de este tipo en Canadá, acumuló unos seis años de retraso y acabó costando casi siete veces más de lo previsto, según la fuente. Otros proyectos no tuvieron la misma suerte. Un oleoducto que debía desembocar en la costa este fue cancelado en 2017 por falta de permisos medioambientales.

"Históricamente, los proyectos de oleoductos en Canadá se han enfrentado a muchos obstáculos y, en última instancia, han tenido una baja tasa de finalización", apunta George Morris, analista de la consultora Vortexa. Como contrapunto, Taylor Lee, investigador de Rystad Energy, sostiene que el nuevo oleoducto cuenta con ventajas particulares por ya seguir la ruta de otro, como "aprovechar usos del suelo ya consolidados, el acceso a infraestructuras y la familiaridad de las partes implicadas, al tiempo que se minimiza la alteración del terreno".

Para dejar de ser un actor menor en los mercados asiáticos, siendo tan solo el quinto suministrador de China, Canadá tendría que mejorar la eficiencia de los terminales portuarios de la costa oeste. "Una forma de aumentar la capacidad exportadora de Canadá sería dragar el puerto de Vancouver para permitir que los petroleros de tamaño medio-grande carguen a plena capacidad. Actualmente, las restricciones portuarias impiden llenarlos por completo, por lo que los volúmenes exportados por cargamento son menores de lo que podrían ser", afirma Morris.

La guerra en Irán ha redibujado el mapa energético mundial. La crisis provocada por el estrecho de Ormuz ha golpeado especialmente a Asia, y el flujo de crudo del Golfo está sujeto a los vientos de la geopolítica. Entre la oportunidad y la necesidad de cobertura, el Gobierno de Alberta remitió en las últimas semanas al Ejecutivo federal el proyecto del nuevo oleoducto.

Sin embargo, la historia de la industria petrolera canadiense demuestra que nada es lo que parece. Hasta que se concluya el nuevo oleoducto, si es que llega a hacerlo, nada garantiza que la demanda asiática vaya a seguir siendo la misma. El continente es el mayor mercado de petróleo del mundo desde 2008, impulsado por la industrialización de China, pero cada vez más Pekín promueve la transición ecológica para reducir su dependencia del carburante, una política intensificada con la guerra en Irán.

Un dato revelador es que solo una petrolera se ha incorporado al proyecto, con una participación del 10%. "No hay ninguna empresa privada interesada en asumir este nivel de riesgo con el nuevo oleoducto. No ven futuro en una producción de esa escala en Canadá", argumentó Chris Severson-Baker, director ejecutivo del centro de estudios ambiental Pembina Institute, a la prensa canadiense. Como los comerciantes de pieles que hace tres siglos apenas prestaron atención a Thanadelthur cuando le habló de aquella goma negra que afloraba en las orillas del río Athabasca, la propia industria petrolera canadiense prefiere hoy mantenerse al margen de este proyecto.

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