La anorexia nerviosa es un trastorno de la conducta alimentaria grave y potencialmente mortal, caracterizado por la restricción voluntaria de alimentos frecuentemente acompañada de hiperactividad, lo que puede derivar en desnutrición severa y consecuencias potencialmente fatales. Según datos presentados por la neurocientífica Virginie Tolle del Instituto Nacional de Salud y Medicina de Francia (INSERM), la anorexia nerviosa presenta la tasa de mortalidad más alta entre todos los trastornos psiquiátricos.
El desafío clínico es considerable. Aproximadamente el 40 por ciento de los pacientes hospitalizados son readmitidos dentro de los seis meses posteriores al alta, según la investigación. A pesar de la gravedad del trastorno, actualmente no existe un fármaco efectivo para tratarlo. Los tratamientos existentes se basan en rehabilitación nutricional y atención multidisciplinaria, pero la recuperación puede tomar muchos meses y las tasas de recaída permanecen elevadas.
El estudio, publicado en la revista Translational Psychiatry, involucró a 30 mujeres diagnosticadas con anorexia nerviosa, con edades entre 18 y 60 años. Las participantes fueron parte de un programa de cuatro meses en un centro especializado en trastornos de la conducta alimentaria, donde recibieron tratamiento de realimentación. Los investigadores recolectaron muestras de sangre antes y después del tratamiento, y nuevamente seis meses después.
El enfoque se centró en dos moléculas clave del sistema hormonal del hambre. La grelina es una hormona que el estómago libera cuando es momento de comer, aunque los mecanismos exactos de su liberación aún no están completamente claros. La LEAP2 (péptido antimicrobiano expresado en el hígado 2) actúa como antagonista de la grelina, es decir, contrarresta las señales normales de hambre del cuerpo.
Los resultados revelaron un patrón significativo. Los pacientes con anorexia nerviosa hospitalizados presentaban aproximadamente un 20 por ciento más de niveles de LEAP2 en comparación con los que tenían después de cuatro meses de tratamiento, durante los cuales recuperaron peso. Tolle y sus colegas observaron que la proporción grelina/LEAP2 se correlacionaba negativamente con el control de impulsos en pacientes después de la restauración del peso, pero únicamente en aquellos que mantuvieron una ganancia de peso estable después del alta. Entre los pacientes que recayeron, los niveles de LEAP2 volvieron a elevarse.
Para validar estos hallazgos, los investigadores realizaron experimentos paralelos con ratones que habían perdido una cuarta parte de su peso corporal. Los resultados reiteraron la participación de la hormona en el control de impulsos. En las pruebas de impulsividad, se ofrecía a los ratones con dieta restringida una pequeña recompensa alimentaria inmediata o, si podían esperar, una comida mucho más grande. Los ratones que habían sido privados de alimento se volvieron más impulsivos, un comportamiento que solo se redujo parcialmente con la realimentación. Los niveles más altos de LEAP2 se correlacionaban fuertemente con comportamientos impulsivos que persistían después de la realimentación.
Estos hallazgos sugieren que el desequilibrio hormonal podría estar involucrado en mantener los ciclos peligrosos de recaída que hacen que la anorexia sea tan difícil de superar. Según los investigadores, las consecuencias metabólicas y cognitivas de la restricción de alimentos pueden influir en cómo se modifican las elecciones alimentarias en pacientes con anorexia nerviosa y pueden estar asociadas con una mayor probabilidad de lograr una ganancia de peso estable.
Las implicaciones clínicas son potencialmente transformadoras. Si los resultados pueden replicarse en una muestra más grande de pacientes humanos, los análisis de sangre que busquen este biomarcador podrían ayudar a identificar quién corre riesgo de recaída antes de que ocurra. Esto permitiría intervenciones preventivas tempranas y adaptación del tratamiento según sea necesario.
Además, el vínculo entre LEAP2 y la anorexia nerviosa podría ayudar a los investigadores a desarrollar tratamientos farmacológicos muy necesarios para catalizar el cambio hacia la recuperación completa. Tolle señala que "las señales metabólicas que normalmente regulan el hambre se adaptan de manera diferente en la alimentación patológica como la anorexia nerviosa. Estas señales también influyen en el cerebro y en los procesos de toma de decisiones".
"Lo que hemos aprendido sobre LEAP2 sugiere que es un objetivo potencial para estrategias terapéuticas nuevas y muy necesarias. Además, nuestra investigación identifica LEAP2 como un biomarcador de recaída, lo que sugiere que podría ser posible evaluar y monitorear a los pacientes y adaptar el tratamiento según sea necesario", agregó la neurocientífica.
El contexto más amplio de este descubrimiento es crucial. La anorexia nerviosa afecta desproporcionadamente a adolescentes y adultos jóvenes, aunque puede presentarse a cualquier edad. El trastorno tiene consecuencias médicas graves, incluyendo complicaciones cardíacas, óseas y metabólicas. La falta de tratamientos farmacológicos efectivos ha dejado a los pacientes y sus familias dependiendo casi exclusivamente de enfoques psicológicos y nutricionales, que aunque valiosos, tienen tasas de éxito limitadas.
Este descubrimiento abre una nueva vía de investigación que podría revolucionar el tratamiento de la anorexia nerviosa. Al identificar un biomarcador objetivo y medible, los clínicos podrían pasar de un enfoque reactivo, donde esperan a que ocurra la recaída, a uno proactivo, donde pueden identificar el riesgo y ajustar las intervenciones antes de que el paciente vuelva a caer en patrones de restricción alimentaria. La investigación fue presentada en el Foro de la Federación de Sociedades Europeas de Neurociencia 2026 y publicada en la revista Translational Psychiatry.